Capítulo 12
El lunes siguiente a Rosalie le ocurrieron tres cosas. Se despertó al darse cuenta de que se sentía mareada y tuvo que salir corriendo al baño antes de vomitar.
Y se dio cuenta también de que hacía demasiado tiempo que no tenía la regla.
A las tres de la tarde de ese mismo día, estaba de pie en la oficina vacía de Emmett. Volvió a leer la nota que había escrito.
Necesito irme a casa pronto hoy. Espero que no te importe. Me pondré al día con el trabajo mañana. Rosalie.
Con manos temblorosas colocó la nota bajo un pisapapeles que había sobre el escritorio de Emmett, donde pudiera verlo cuando regresara, y se dio cuenta de que ésa era la manera cobarde de actuar.
Pero en ese momento no podía enfrentarse a él, así que huiría antes de que regresara de su reunión.
«Tiempo. Necesito tiempo para mí, y entonces estaré bien. Sé exactamente lo que tengo que hacer».
Se apresuró hacia el ascensor y apretó el botón para bajar al aparcamiento. Por suerte tenía el ascensor para ella sola, porque no creía que hubiera podido soportar compañía en ese momento. Cerró los ojos y apoyó la cabeza en la pared. «Debería haberme dado cuenta. Todas las señales estaban ahí. ¿Por qué no las vi? ¿Por qué no tuvimos más cuidado la primera vez?».
Ya era demasiado tarde para lamentarlo. Estaba embarazada de Emmett. Cada vez que lo pensaba, instintivamente colocaba una mano sobre su ombligo y el pánico se apoderaba de ella.
Había visitado al ginecólogo a la hora de comer y, aunque era pronto para irse a casa, no podría haberse quedado un minuto más en la oficina aunque su vida hubiera dependido de ello.
Emmett estaba al otro lado de la ciudad en la reunión. Siempre llevaba consigo un guardia de seguridad, así que Rosalie no tenía por qué preocuparse por eso. Y él la había llamado cuando llegó, así que sabía que estaba bien. Pero volvería a las cuatro. Iría directo a la oficina y ella necesitaba tiempo para pensar antes de que sus caminos volvieran a cruzarse.
«Me iré a casa y me relajaré. Después planearé algo». Las puertas del ascensor se abrieron y se dirigió hacia su nuevo coche. «Entonces, cuando esté totalmente preparada…».
—He estado esperándola, señora McCarthy — James salió de una furgoneta aparcada junto a su coche, acorralándola entre los dos coches.
Lo primero que ella pensó fue en su marido, pero estaba a salvo, lejos de allí. Antes de que pudiera meterse en el coche y escapar, James la agarró de la cintura y le quitó las llaves para lanzarlas unos metros más allá.
—¿Qué estás haciendo? Me haces daño —dijo Rosalie tratando de luchar con él, pero no podía escapar atrapada como estaba.
—Y te haré más daño si no cooperas. Entra en la furgoneta. He pensado en un modo mejor de conseguir mi dinero. Voy a secuestrarte, Rosalie. Tu marido pagará un buen rescate, más de lo que yo iba a conseguir de ti. Seré rico. Mis problemas se solucionarán. Es perfecto.
—Se lo diré —dijo ella—. La policía te encontrará y te juzgarán.
—Tú no dirás nada —dijo mientras la arrastraba hacia la furgoneta—. ¿No pensarás realmente que te dejaría vivir para que contaras la historia?
—Alice… Alice sabrá que has sido tú. Ella se lo dirá a la policía.
—Alice estará tan asustada cuando le diga lo que te ha ocurrido, que sólo le preocupará que ella pueda ser la siguiente.
—Gritaré pidiendo ayuda —dijo ella mientras se retorcía—. No saldrás impune de esto.
—Venga, grita. Nadie te oirá —exclamó él con una risa histérica.
Rosalie lo miró a los ojos y se dio cuenta de que se le había ido la cabeza por completo.
—Mira a tu alrededor, querida. El lugar está desierto.
Rosalie no estaba dispuesta a morir. Tenía que hacer que siguiera hablando e ingeniárselas para escapar.
—¿Cómo has sabido que estaría aquí? Nunca dejo la oficina tan pronto.
—Supuse que tendría que esperar —dijo él encogiéndose de hombros—. Pero me lo has puesto más fácil.
—Hay varias personas que saldrán pronto esta tarde —dijo ella—. Vendrá más gente en cualquier momento.
—Buen intento —dijo él, y la colocó frente a la puerta de la furgoneta—. Ahora entra.
—No —exclamó Rosalie, se echó hacia delante y empujó a James con toda su fuerza. Él se tambaleó hacia atrás, pero le dio tiempo a agarrarla del brazo antes de que pudiera escapar.
Rosalie abrió la boca y gritó lo más fuerte que pudo. Entonces le dio un pisotón y trató de meter el codo entre los dos para clavárselo en el estómago.
—¡Para! —el grito venía de lejos pero ella lo reconoció—. ¡Déjala en paz!
Aparentemente su asaltante también lo reconoció, porque susurró el nombre de su marido entre una lista de improperios.
Con una última palabrota, James la empujó contra su coche. Su cuerpo se tambaleó hacia atrás y se golpeó la cabeza contra el cristal del conductor, sintiendo un intenso dolor.
Lo último que Rosalie vio mientras se caía al suelo fue a Emmett corriendo hacia ella. Entonces todo se volvió negro.
—¡Rosalie! —mientras Emmett corría hacia Rosalie, una furgoneta blanca arrancó justo al lado del coche y salió disparada. La puerta corredera estaba abierta, de modo que pudo ver al conductor claramente.
Eso fue lo único que tuvo tiempo de hacer antes de arrodillarse ante su esposa inconsciente.
—Oh, Dios, Rosalie. Por favor, despierta.
Estaba desplomada junto al coche, con la cara pálida y las piernas dobladas. Emmett no vio ningunas señal externa de lesión, pero había visto cómo se golpeaba la cabeza cuando ese hombre la había empujado. Cuando la examinó más detenidamente, descubrió un bulto en la parte de atrás de su cabeza del tamaño de un huevo. Podía tener una conmoción cerebral o una hemorragia interna.
De pronto sintió furia. Quería seguir a ese hombre y hacerle pagar por lo que había hecho. ¿Quién sería?
¿Conocía a Rosalie, o a él mismo? ¿Habría alguna relación o habría sido pura coincidencia?
Un guardia de seguridad había salido tras el hombre y Emmett deseaba que lo hubiera pillado, pero sabía que el tráfico a esas horas era muy malo.
—Aguanta, mi amor. Te pondrás bien.
¿Podría escucharlo, aunque fuera en el subconsciente? Trató de mantenerse calmado por si acaso, pero por dentro estaba aterrorizado. Si algo le ocurriera a Rosalie…
Le agarró la muñeca suavemente y dijo:
—Buena chica. Tienes el pulso fuerte.
Mantuvo los dedos ahí y con la otra mano sacó el móvil y llamó a una ambulancia.
—El parking subterráneo del edificio de Sistemas de Seguridad McCarthy —dijo por teléfono—. Mi mujer ha sido atacada y golpeada contra un coche. Está inconsciente. He notado un bulto en la parte de atrás de su cabeza. No sangra, pero no sé qué otras lesiones puede tener.
—Muy bien, señor. No intente moverla. Quédese ahí. Vamos de camino.
—Por favor, dense prisa.
Tras finalizar la llamada, llamó a la policía y al director del equipo de seguridad del edificio, alertando a ambos de la situación y pidiéndoles que hicieran todos los esfuerzos posibles por localizar la furgoneta.
No dejó de mirar a Rosalie ni un momento mientras hacía las llamadas. Cuando terminó de hablar se dijo a sí mismo que no debía preocuparse. No serviría de nada. Estaba aterrorizado por ella. Aterrorizado ante la idea de perderla. Entonces no habría nada.
Había sido un estúpido. Imaginando que podría meter a Rosalie en su vida y no implicarse emocionalmente con ella, no amarla.
«Estúpido y arrogante», se dijo a sí mismo. «Eso es lo que eres. Es un milagro que accediera a casarse contigo». ¿Acaso su actitud había hecho que Rosalie se viera obligada a ocultar sus sentimientos? Claro. Él mismo le había dicho que ésas eran las condiciones.
—Cuando te despiertes, Rosalie, tenemos que hablar largo y tendido.
La ambulancia llegó, y el viaje hacia el hospital fue una pesadilla. Emmett condujo tras la ambulancia con la vista pegada a la parte trasera del vehículo y no dejó de susurrar para sí mismo que se dieran prisa, aunque ya iban demasiado rápido.
—¿Qué ocurre? ¿Dónde la llevan? —dentro del hospital trató de seguir la camilla, pero enseguida lo detuvieron.
—Cuidarán de ella, señor. Tiene que ir usted a Admisiones y hacer todo el papeleo.
¿A quién le importaba el papeleo? Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo por callarse las palabras que quería decir en ese momento.
—Soy Emmett McCarthy, de Sistemas de Seguridad McCarthy. Es mi esposa. Asegúrense de que recibe los mejores cuidados. Cualquier cosa que necesite. No reparen en gastos.
Sus palabras fueron recibidas con una mirada fría, dando a entender que ellos siempre les daban a los pacientes el mejor cuidado, fueran quienes fueran.
Emmett murmuró una disculpa y se dirigió a Admisiones para hacer el papeleo. Pero la impaciencia no se lo permitió. Quería estar con ella, estar a su lado para comprobar por sí mismo que se estaba haciendo todo lo posible.
De hecho pasó más de una hora hasta que pudo conseguir alguna información de valor. Cuando el médico finalmente se presentó en la sala de espera y dijo el nombre de Emmett, él saltó del asiento dispuesto a acabar con él si no le daba respuestas.
—¿Cómo está? ¿Qué ha ocurrido? Han pasado sesenta y cinco minutos y no sé nada. Absolutamente nada.
—Su mujer se pondrá bien —dijo el médico—. Si me sigue, le conduciré hasta ella y le diré lo que hemos averiguado.
Emmett caminó junto al doctor.
—La señora McCarthy está aquí —dijo éste mientras abría la puerta de una habitación privada.
En ese momento Emmett se dio cuenta de que estaban en una zona normal del hospital, y no en cuidados intensivos ni nada por el estilo. Pero no podía y no se relajaría hasta que no hubiera visto a Rosalie con sus propios ojos y hubiera escuchado todos los detalles.
En cuanto entró a la habitación su mirada se fue directa a la cama. Rosalie estaba allí con los ojos cerrados. Estaba pálida. Le habían puesto una bata de hospital y estaba tapada hasta la barbilla con la sábana.
Entonces abrió los ojos y sonrió.
—Emmett. Me han dicho que tú me has traído aquí.
—Estás despierta —dijo él mientras cruzaba la habitación para tomarle la mano—. ¿Cómo te sientes?
—Me duele la cabeza y me siento un poco mareada. Pero no es tan malo.
El doctor comenzó a hablar pero Emmett nunca dejó de mirar a Rosalie mientras escuchaba. Había sufrido un golpe, pero estaban seguros de que lo único que tenía era una pequeña conmoción.
El doctor incluso hizo una broma diciendo que Rosalie tenía la cabeza muy dura. Emmett sonrió, pero sin una pizca de humor en la cara. Quizá más tarde sería capaz de reírse de eso, aunque lo dudaba.
Podía haber perdido a Rosalie y ni siquiera le había dicho que la amaba, que no podía afrontar el hecho de vivir sin ella.
Si ni siquiera se había dado cuenta de que sentía eso hasta que no había ocurrido el incidente. Una vez más pensó en lo tonto y ciego que había sido. Amaba a Rosalie. ¿Pero qué sentiría ella por él?
De pronto sintió la necesidad de que el doctor saliera de la habitación para que pudiera estar a solas con su esposa. Se giró hacia él justo a tiempo de oír sus últimas palabras.
—El bebé está bien. No ha habido ningún problema con eso. Mantendremos a su esposa en observación durante la noche. Si todo va bien, supongo que podrá llevársela a casa mañana y que podrá terminar la convalecencia allí.
—¿El bebé? —preguntó Emmett. Estaba totalmente desconcertado por las palabras del médico.
—Todo bien, como ya le he dicho —dijo el doctor mientras se giraba hacia la puerta—. Debo irme, pero nuestro personal tendrá vigilada a su mujer todo el tiempo. Que tenga un buen día.
Emmett dio las gracias. Fue lo único que pudo decir. Pero en cuanto el hombre abandonó la habitación, él cerró la puerta y regresó junto a Rosalie.
—¿Por qué no te sientas? —le dijo ella—. Me siento un poco intimidada cuando estás de pie junto a mí.
Él acercó una silla y se sentó, preguntándose por dónde empezar.
—Lo que ha dicho el médico… —comenzó a decir. Quería saber si era cierto. Pero había otra cosa que tenía que decir también y sentía que debía ser lo primero.
No le resultaba fácil enfrentarse a esos sentimientos. Llevaba toda la vida tratando de negar la existencia del amor y todo lo que eso conllevaba. Ese matrimonio había sido diseñado para darle las cosas que quería sin necesidad de implicaciones emocionales.
Pero todo había cambiado, y tenía que decírselo, sin importar lo que le fuese a costar.
—Te quiero, Rosalie. Con todo mi corazón —dijo tomándole la mano—. No me di cuenta de cuánto hasta que no te vi luchando con ese hombre en el aparcamiento. Descubriré quién es y me aseguraré de que lo condenen. Te lo prometo. Sé que dije que quería un matrimonio de conveniencia, pero me equivoqué al pedir eso cuando podía haber mucho más. Pretendo ganarte, Rosalie, a todos los niveles. Puede que al principio no seas capaz de corresponderme, pero espero que tus sentimientos crezcan con el tiempo. Si vamos a tener un bebé, deseo proteger también a nuestro hijo y darle una familia de verdad. Una familia feliz. Espero que digas que existe una posibilidad de tener todo eso, Rosalie. Una posibilidad para algo más que el matrimonio falso que yo había planeado.
—He descubierto lo del bebé hoy mismo —dijo ella finalmente—. Debió de ocurrir la primera vez.
—Entonces no era gripe. Es muy excitante, Rosalie. Me encanta la idea de tener un bebé contigo. ¿Le darás una oportunidad a esto? —preguntó, y examinó esos ojos profundos y marrones en busca de alguna señal—. ¿Dejarás que te quiera y tratarás de quererme?
—No puedo —dijo Rosalie con labios temblorosos. Cerró los ojos y giró la cabeza—. Oh, Dios, no puedo hacer esto.
Emmett no esperaba esa respuesta. Tenía que admitirlo.
Ella no lo amaba, y no creía que alguna vez pudiera hacerlo. Con esfuerzo Emmett se levantó de la silla y abandonó la habitación. ¿Dónde los dejaba eso ahora?
¿Que tal estuvo?
¡aviso importante! quedan solo un capitulo final y el prologo, los subir ambos durante la semana si me dejan reviews :3
Quiero agradecerles nenas por sus reviews y pasen a leer Looking Up una historia que he inventado.
Saludo y gracias XD
