Disclaimer: Los personajes de Glee no me pertenecen.


Abro los ojos con calma, poco a poco, notando como las pestañas comienzan a despegarse lentamente.

Un valiente y vigoroso rayo de sol está filtrándose entre las hojas de los árboles e incidiendo directamente sobre mi rostro.

Vuelvo a cerrar los ojos. Me pesan los párpados.

El fulgor del sol me está abrasando las retinas.

Arrastro las manos por el suelo y soy consciente, por primera vez, de donde me encuentro. Es arena, son decenas, cientos, miles de granitos de arena los que acarician el dorso de mis extremidades.

Suave, fina y alba, arena.

La brisa silba entre las palmeras de abajo, y a través de un resquicio entre los troncos que me rodean, alcanzo a divisar el tenue y esponjoso romper de las olas contra la ribera.

El pungente olor del ron y el angustioso hedor de carne quemada ha desaparecido. Al igual que los desgarradores y dolorosos alaridos, de rabia, de dolor, de miedo. Únicamente se percibe el rumor del oleaje.

Se respira tranquilidad. Una abrumadora calma a decir verdad.

De repente, una imagen oscura intercepta los rayos directos de la luz. Un contorno, proyectado necesariamente por un cuerpo opaco. Una silueta perteneciente a alguien.

A un alguien que se desliza de forma vertiginosa, casi sin rozar el suelo, entre las sombras de los arbustos.

Me levanto apresuradamente, y en vez de huir, como haría cualquier ser humano racional y consciente en esta situación, me dirijo tras él.

Según voy ganando distancia puedo distinguir una cobriza cabellera y un tostado cuero, que consigue desaparecer entre la frondosa espesura y maleza.

Atravieso un claro y puedo observar sin lugar a error, que se trata de una mujer. Una fémina con un níveo, casi transparente, vestido.

Únicamente un nombre franquea por mi complejo subconsciente. Golpea mis pensamientos, una y otra vez. Tantas veces que incluso parece real.

"¿Rachel?" -pregunto con la intención de despejar todas mis dudas.

Se gira durante unos segundos y emprende su paso. "¡Hey, Rachel! ¿Qué haces aquí?" -apresuro el ritmo de mis zancadas para darle caza.

"Te tienes que marchar, Quinn."

"¿Qué? ¿por qué? ¿qué pasa? ¿estás bien? ¿estás en peligro?"

"Este no es tu lugar."

"¿Cómo que no es mi lugar? ¿Dónde estamos?" -cuestiono mientras observo la zona.

No puedo ver nada fuera de lo corriente, no es un emplazamiento incongruente. Las palmeras, la brisa marina, no son tan diferentes de las del Caribe o las del mismo Mediterráneo. Y este atolón bien podría ser muy parecido a aquella isla, donde hace tanto tiempo, compartimos ese dorado lapso.

Sin embargo me invade una extraña e inexplicable sensación.

"Debes despertar."

"¿Desvelarme? ¡Por Calipso! Estoy lúcida."

"Es hora de que te vayas."

"No, no quiero. Quiero estar aquí, contigo." -grito frustrada. "No te haces una idea del tiempo que he estado indagando tu paradero, y la tierra que he removido para encontrarte. Ahora que lo he descubierto, no voy a abandonar. Sé que lo que hice no estuvo bien, y aún me arrepiento: de haberte dejado marchar, de que te alejaras de mi, de no oponerte resistencia alguna, de no seguirte; pero, sobre todo de no hacer todo lo que estaba en mis manos para ganarme tu doliente corazón. Pero ya he estado pagando las consecuencias de mis equívocos durante mucho tiempo, ¿no crees? -pregunto mientras unas malogradas lágrimas se deslizan por mis mejillas.

La vista se me empieza a difuminar y Rachel se esfuma delante de mis ojos, sin dejar ninguna señal o rastro, se ha evaporado como si de mera agua se tratase.

Una deslumbrante centelleo me impide seguir buscandola. De repente, todo se vuelve negro.

"¿Rachel?"

"¿Rachel?" -escucho a una voz repetir mi interrogante; pero no es la suya, no es su característico e inigualable tono de voz.

"¡Maldita sea, Quinn!" -exclama Santana entre los apretados dientes. "¿Cómo se te ocurre saltar? Me has asustado. No creo, que los infantes puedan matarme, ¡pero tú, lo estás intentando, desde luego!"

No respondo, aún estoy afectada por la vivencia de apenas unos segundos atrás. En realidad no se cuanto tiempo llevo lúcida, el tiempo es relativo. Sólo soy consciente de que Santana está moviendo los labios desde hace rato y no escucho sus palabras.

"¿Quinn?" -me pregunta.

No tardo mucho más tiempo en reponerme y, dar al olvido las circunstancias sobrenaturales que acompañaron a la aparición de Rachel.

"¿Qué? -consigo articular.

"Aprisa, tenemos que alejarnos de aquí, el ruido y el humo se tienen que ver desde todo rincón de esta villa."