Disclaimer: Los personajes de Glee no me pertenecen.
N/A: ¡He vuelto! No estaba muerto, estaba de parranda.
Lo sé, he tardado más que de costumbre, pero no siempre el viento sopla a tu favor y te puedes llegar a quedar semanas, incluso meses, a la deriva.
Lo que había asegurado Santana era cierto, se podía contemplar aquel acopio de humo desde cualquier ángulo del pueblo, hasta bien entradas las primeras luces del crepúsculo matutino. El hacinamiento de alcoholizados, la ausencia de ventilación y el reducido espacio convirtieron al inmueble en una verdadera bomba. Sin mencionar la suciedad y mugre que fueron los perfectos adláteres del licor derramado. Nuestro plan de escape se nos fue de las manos, y se convirtió prontamente en un ciclópeo estallido. El fuego se propagó hacia el resto de la añeja edificación más rápido de lo previsto, incendiando algún que otro aledaño hogar.
Nos conseguimos distanciar lo más lejos posible del siniestro. Y dormitamos en un anticuado y deslucido motel, donde nos alojaremos durante un tiempo aún indefinido. La situación actual está aparentemente suspendida en una especie de extraño patrón de espera, y no podemos aventurarnos a exhibir nuestras insignes cabelleras por las avenidas.
Cuantiosos fueron los cubos de agua necesarios para dominar el incendio, al igual que mucha fue el agua fría que he necesitado esta mañana al despertar; aunque después de lo soñado, todo el agua de los siete mares es poca. Y ningún incendio es equiparable a la llama que se ha asentado en mi interior.
Muchas veces he soñado y fantaseado con ella, pero pocas han sido las veces que mi subconsciente ha revivido un verídico acaecimiento. Solo con mencionarlo, mi libido aumenta hasta cotas insospechadas, todos mis pensamientos se tornan lujuriosos y Neptuno bien sabe que cuando ella aparece por mi mente, desprendo un ardor difícil de solventar de otra forma que no sea la que mi cuerpo exige.
Tras su partida, mi vida afectuosa fue aciaga; pero aprendí a masturbarse inspirandome en el fervor y gratitud que expresaba su rostro y en las huellas de sus dedos en mi piel. Unas marcas que ni el pasar de los meses, ni los abrasadores rayos del sol, ni el salitre, han conseguido borrar.
Ella era y es la única visión que me acompaña en mis encogidas soledades.
¡Cielo santo!, el placer no es un pecado ¿no?
Y en ese caso, de todos modos iba a descender al tártaro de cabeza, no importa que lo rememore una vez más.
Mi cuerpo se tambaleaba de un lugar a otro. El de ella estaba igual de inestable. Sólo era consciente de que no debía pasear tan cerca de la fogata y que cantábamos realmente fatal.
Al menos yo lo hacía. Mi voz no sonaba tan maravillosamente como la de ella. Borracha y todo, ella tenía una voz excelente.
"Saqueamos,
robamos,
sin nada importar
Todos brindando yo-ho" -cantaba ella, mientras desentonaba yo.
El alcohol hacía estragos con ambos cuerpos.
Comenzaba a sentir que el mundo estaba de cabeza y que daba demasiadas vueltas, incluso para mi, que me paso la mayor del tiempo ebria. Ella parecía un poco más sobria, pero aún así el alcohol hacía mella en su cuerpo, su leve balanceo era muestra tangible de eso.
En medio de sus vueltas sin sentido alrededor de la fogata, nuestros pasos coincidieron. Ella tomó mi cintura, y sin dar muestra de que ese detalle le importase comenzó a bailar de manera infantil, dando miles de vueltas.
El alcohol hizo lo demás.
Fui yo, quien ya no se aguantó más en pie y cayó estrepitosamente en la arena, llevándome su cuerpo conmigo al suelo.
Todo a mi alrededor giraba, y la particular fragancia de su tocador con olor a coco, invadía mis fosas nasales, hasta instalarse en mi cerebro.
Su cabeza reposaba sobre mi agitado pecho, y su esparcido cabello escondía su rostro. Acomodé uno de los rebeldes mechones detrás de su oreja, y aún con el alcohol haciendo estragos en nuestros cuerpos, nuestras miradas se cruzaron.
"Me encanta esa canción…" -comenté desviando la vista. "Cuando vuelva a mi barco, se la enseñaré a toda mi tripulación"
Ella no parecía muy concentrada en escucharme, volví a buscar su mirada, sus ojos ardían de deseo al igual que sus análogos. Poseían un brillo aún más mágico si cabe, bajo la luz de la luna y con la iluminación de la fogata.
Mis centelleantes ojos vagaban libremente por sus rasgos, observando ese cabello marrón oscuro, deteniéndose en sus ojos pardos, tan marrones como su cabello, mostrándome tentada y atraída por aquel par de labios gruesos que me llamaban a probarlos.
Su cuerpo permanecía sobre el mío. Comencé a acariciar cada detalle de su rostro.
Rachel parecía mostrarse sorprendida, pero no molesta. Continue con mi escrutinio. Y cuando finalmente detuve mis dedos en sus labios, mi mano dudó.
Fue ella quien me dio su permiso. Fue ella la culpable de mi locura.
Posó su mano en mis labios, y lentamente, me atrajo hacía ella. Su cálido aliento golpeaba contra mi entreabierta boca. La respiración agitaba su pecho, subía y bajaba en un hipnotizante y enloquecedor vaivén.
Simplemente me dejé llevar por el instinto. Sus labios se acoplaron a los míos de una forma exquisita, con una dulzura indescifrable. Su sabor era inexplicable, únicamente fui capaz de distinguir cierto regusto a ron.
Finalmente, el aire se interpuso entre nosotras, pero únicamente el tiempo suficiente para normalizar la respiración y retomar el beso.
Rachel abarcó mi cuello y mi mandíbula con sus manos, atrayendome hacia ella con mayor intensidad. Colocó una de sus piernas sobre mi cintura, permitiendome acomodarme sobre ella. Instintivamente, crucé una de mis piernas con las suyas, encontrando una mejor postura.
Era cómodo, era confortable, podría haber estado así toda la vida, sin cansarme.
Sin embargo, Rachel con un rápido e inesperado movimiento, se posicionó sobre mi y con una de sus rodillas ejerció una ligera presión en mi centro.
Estaba perdiendo completamente la cabeza.
Dos golpes secos a la puerta interrumpen mi maniobra.
"Mierda." -murmuro.
Había habido un gran período de calma en los últimos acontecimientos, demasiado bonito para ser verdad.
"Oh, vaya, ¿te pillo en mal momento?" -espeta adentrándose en la habitación, mientras me regala una ladina sonrisa.
"Tu, siempre tan oportuna, Santana."
"¿Casualidad?" -pregunta sentándose a los pies de la cama y mirandome fijamente. "Ninguna. Te estaba buscando."
"Aquí estoy."
"Espera" -dice mientras empieza a olisquear la habitación. "¿Te estabas masturbando?"
"No. Me estaba recreando a solas."
"Después del último botín, te podrías costear unos lances con prostitutas." Voy a rebatir su observación, pero habla antes de que me de tiempo a articular palabra. "Sí, sí, ya sé, no es por tu típica sordidez." -rueda los ojos. "Si no que sus voces roncas, su aliento a tabaco, y sus caras inexpresivas, te asquean." -sonrio. Ni yo, hubiera sido capaz de resumirlo mejor. "No sé para qué digo nada. Después de todo, no estaríamos aquí, si quisieses concertar con meretrices, ¿no?"
Y al igual, que vino, se fue, dejandome sin opción a responder y con la duda de que demonios era lo que quería.
