Capítulo 2:

La joven inuit comenzaba a sentir la necesidad de aire, en cuestión de segundos los parpados parecían pesadas rocas, estaba consciente de que sus fuerzas comenzaban a mermar, en instantes desfallecería y su enemigo huiría.

¡No! No podía permitírselo. Es decir, su hermano, Tulok, a pesar de estar fornido y más alto que ella nunca había podido vencerla, mucho menos consentiría que ese peón de Artic Biosystems la derrotara.

Si lo hiciera su orgullo sería herido, pues ello equivaldría a ser sometida por Hatake. ¡No, no se rendiría tan fácilmente!

Ese maldito Hatake no volvería a triunfar, jamás. Con el poco aire que le quedaba y haciendo uso de toda la fuerza que le fue posible reunir, propinó un puñetazo al hombre, justo en el sitio donde había sido herido.

Sergio se dobló de dolor, soltando así a la joven. De un rápido movimiento, Anana, desenfundó su arma.

-¡No lo hagas!- exclamó ella al tiempo que le apuntaba- ¡¿Entiendes?!- cuestionó con rabia.

Mientras el apuesto soldado sólo le veía con desdén, apretando la mandíbula y los puños.

Cansada de la renuente actitud del militar, la joven le ató las manos a la espalda y posteriormente le desencadenó. Hizo que se incorporara, y como si de un prisionero se tratará, le condujo por un pequeño pasillo.

-¡Tranquila!- exclamó el adolorido hombre, mientras Anana, que iba detrás de él, le empujaba con fuerza.

-¿Quieres saber por qué estás aquí?- dijo al tiempo que entraban a una reducida habitación- Echa un vistazo- señaló una pared decorada con fotografías de niños.

-¿Qué estoy mirando?- preguntó confundido- ¿un puñado de niños?

-Niños perdidos. Treinta y uno en las últimas dos décadas, todos en un radio de doscientos kilometros de Artic Biosystems y tu querido doctor Hatake- Sergio le miraba desconcertado.

-No entiendo…

-Alguien ha estado robando a nuestros niños- se acercó a él- No tienes ni idea de a quién estás protegiendo- dijo fijando sus intensos ojos castaños en los del soldado- O quizá sí- colocó la punta de su arma bajo la barbilla del confundido hombre- Dímelo tú.

Los intensos ladridos de los perros afuera de la vivienda atrajeron la atención de la chica.

-Si intentas algo otra vez, te dispararé- aseguró.

Desesperado, Balleseros, revolvía los artículos que se encontraban sobre la mesa de centro. En busca de cualquier objeto que pudiera servirle para abrir esas esposas. ¡Bingo! Las abrió sin dificultad alguna. Tomó una chaqueta y se vistió con ella.

Revisó cada uno de los cajones tratando de encontrar algo que sirviera como arma. Se decidió por un cuchillo. Apresurado se calzó unas botas. Unas siluetas llamaron su atención.

Con cuidado abrió la persiana y pudo ver como la chica esquimal corría alegremente hacia un recién llegado hombre.

-¡Hola!- exclamó con júbilo mientras él le cargaba.

El hombre se deshizo de sus gruesos lentes y su cálido pasamontañas.

-¡Maldito!- susurró Sergio mientras observaba con detenimiento como Daniel sonreía a la chica.

Lleno de furia, salió del lugar dispuesto a acabar con el maldito que le había herido y abandonado en el hielo.

El joven inuit se encontraba distraído revisando su motoneta. Sergio, con cuchillo en mano, se abalanzó contra él, tumbándolo sobre la blanca nieve.

Ambos forcejeaban, Sergio colocó el arma sobre el cuello del muchacho.

-¡Alto ahí!- dijo autoritaria la joven, mientras ponía su arma sobre la nuca del militar.

-Los dos trabajan para Hatake- aseguró sin dejar de amenazar al hombre que yacía bajo él.

-¿Eso es todo? Deja que se vaya- ordenó la chica.

-¡Intento matarme en la base!

-¿Qué?- cuestionó sorprendida- ¿Cuándo?

-¿Quieres información sobre Hatake? ¡Pregúntale a tu esposo! ¡Adelante! ¡Pregúntale!- exclamó exaltado.

-¡¿Estás loco?! ¡Es mi hermano!- corrigió rápidamente.

-¿Daniel es tu hermano?

-¿Quién es Daniel?- el militar la empezaba a confundir- ¡Este es mi hermano Tulok!

Luego de su intento fallido de escape, Sergio volvió a su papel de rehén. Esta vez Anana se aseguró de esposarlo bien y no dejar ningún objeto a su alcance.

Asimismo le despojó del abrigo, nuevamente estaba con el torso desnudo. Otra vez podía admirar su perfecto abdomen. ¡Diablos, no debía pensar en ello! Pero era casi imposible fingir demencia ante el apuesto hombre.

Entonces notó que la herida sangraba, seguramente durante el forcejeo ésta se abrió. La joven preparó nuevamente el emplasto de algas, no sería bueno que se infectara.

-Tonto- pensó al frotar con sus manos el área afectada.

Anana rogaba porque el militar no se diera cuenta de que estaba totalmente sonrojada.

-¿Quieres decirme por qué atacaste a mi hermano?- dijo luego de minutos de silencio.

-Sólo intentaba… escapar- contestó sin mirarla.

Anana tomó del buró una fotografía.

-Esta foto es de mi hermano y mía- la chica le mostró el papel a Sergio- Gemelos- Balleseros sintió curiosidad y posó su mirada en el retrato- Ya has conocido a Tulok. Éste es Miksa- dijo señalando a uno de los niños- Desapareció cuando éramos niños- el militar fijó su vista en el horizonte- Sólo tenía cuatro años.

-¿Dónde está Miksa ahora?- interrogó sin mirarle.

-Dímelo tú, desgraciado. ¿Lo has visto?- preguntó con un brillo especial en los ojos; esperanza.

-Tengo que volver a la base.

-Tenemos que volver a la base- dijo decidida.