Candy - Help
Los días fueron pasando, y convirtiéndose en un semana, luego dos. Daryl comenzó a tener una rutina. Aunque pareciera increíble nunca había tenido una rutina, ni siendo un crio. No había tenido hora de acostarse, y desde que recordaba, eran más los días que faltaba a clase que los que asistía.
Comenzaba a sentirse normal, parte del sistema, ese que quería convertirlo en un contribuyente, borrego y sumiso, como diría Merle.
Lo único que perturbaba esa rutina era esa chica rubia que iba a ver a la gata, lo hacía cada día, pero nunca a la misma hora, ya que se escabullía cuando le era posible. Daryl había descubierto que se llamaba Beth, a causa de los gritos agudos que emitía una de sus amigas para llamarla en el patio. Porque él no había vuelto a hablar con ella, exceptuando cuando le preguntó si tenía que darle esas bolas de comida poco a poco a la gata.
—Sí, una al día, Sr. Dixon —contestó, leyendo el nombre en su mono de trabajo, y le sonrió antes de alejarse.
Después de aquello, pese a coincidir en la casa en varias ocasiones él no había vuelto a dirigirle una sola palabra, pero ella era la que hablaba. Hablaba sin que le preguntara nada. Él se limitaba a asentir, mientras ella le explicaba que; le gustaban los animales, que su padre era veterinario, que en su casa siempre había animales, pero que no había tenido nunca una mascota como tal, que prefería a los perros a los gatos porque eran más cariñosos, pero los gatos eran bonitos, aunque que su animal favorito eran los caballos, eso la llevaba a decir que le gustaba cabalgar, y a contar que los caballos grandes le daban un poco de miedo, que tenía un hermano mayor que tenía un caballo muy alto, que ella jamás se había atrevido a montar, pero sí Maggie, su otra hermana mayor, porque era más valiente. Él solo asentía.
—Puede que montara en Heaven por rebeldía, aunque le diera también miedo —comentó Beth, asomada desde el exterior a la ventana, donde acariciaba a la gata —. Maggie siempre ha sido algo rebelde y también un poco cabezota... —siguió hablando, haciendo dudar a Daryl de si se lo decía a él, a la gata o simplemente expresaba sus pensamientos en alto —Claro, que si puedes superar un miedo solo por llevar la contraría es que no lo tienes realmente.
En el interior de la casa, Daryl asintió mientras daba una calada a un cigarro.
—Me tengo que ir... ¿Estarás aquí el fin de semana? —preguntó la joven asomándose a la casa.
—¿Por qué? ¿No pensarás venir? —preguntó Daryl desconcertado.
Era la primera vez que ella le preguntaba algo directamente, casi siempre eran preguntas retoricas que él no se molestaba a contestar más que con un movimiento de cabeza.
—No... —contestó cohibida por el tono cortante de su interrogatorio —. Pero Candy tendrá los gatitos en un día o dos...
—Mmm... —asintió con la cabeza, entendiendo a que se refería la joven, aun así ella se explicó.
—Para que no esté sola —murmuró cabizbaja, pero el conserje permaneció en silencio —. Me tengo que ir —repitió ella, acariciando por última vez a la gata —. Hasta el lunes, Candy.
Daryl negó con la cabeza le parecía absurdo que la llamase Candy, porque la gata no atendía al nombre, pero la joven insistía.
Con pesadez y poca agilidad por su estado la gata saltó al interior de la casa y fue a tumbarse debajo de una silla, sobre una manta que Beth había llevado aconsejándole ponerla en un sitio recogido y cálido. El animal en los últimos días apenas se alejaba de la casa, y solía estar en el interior más que de costumbre, así que tal vez debiera seguir los consejos de la chica y no salir de caza el fin de semana como tenía planeado para quedarse con la felina.
Con paso tranquilo se acercó a la ventana frontal de la casa que daba al campo de entrenamiento y observó como la rubia saludaba a su novio con un casto beso tras su práctica deportiva y juntos se alejaban hasta el aparcamiento. Parecían un anuncio de Tommy Hilfiger pensó con aversión.
Escuchó lejano el último timbrazo del día y por lo tanto de la semana. Su turno de trabajo había terminado técnicamente, así que se volvió y fue hasta la nevera, sacando una lata de cerveza.
La gata le miró desde su rincón y emitió un leve maullido que casi sonó interrogante.
Si mantenía sus planes no dejaría de preocuparse por ella, cosa que no reconocería, pero era cierta, así que tendría que prescindir de ir al bosque ese sábado. Al final era cierto que las mujeres le quitan a uno toda su libertad, como decía Merle.
—Pero no les pienso dar mi apellido a tus bastardos —sentenció señalándola con el dedo y dio un trago a su cerveza, desplomándose en el cómodo sillón —. Eso sería maldecirlos.
En casa de Susi, las tres amigas hablaban en el dormitorio de la joven, sentadas sobre la cama, mientras comían patatas con sabor a queso.
—Dicen que Verónica Bush dará una fiesta en su casa para Halloween, me lo ha dicho Billy —anunció Rachel —. Podríamos ir, seguro que será mejor que el baile del instituto.
—No creo que mi padre me deje —comentó Beth haciendo una mueca de fastidio.
—¿Por qué no? Te deja ir a los bailes, y no hay mucha diferencia —preguntó Susi.
—Sí que la hay —contestó Beth —, en el baile hay profesores, acompañantes y bebidas sin alcohol... en la fiesta no. Para mi padre es motivo más que suficiente para no dejarme ir a una fiesta.
—Mis padres dirán lo mismo —afirmó Susi tras considerar las palabras de Beth.
—Pero es que es eso... siempre estamos vigilados —se quejó Rachel —, como niños. Asi es imposible crecer y experimentar —sentenció, provocando las miradas curiosas de sus amigas —. ¡Oh! No me miréis así, por favor. Beth, son sinceridad, ¿no tienes ganas de... ya sabes... estar a solas con Jimmy?
—¿A solas? —preguntó para asegurarse de que era lo que pensaba.
—Sí, hacer una carrera completa.
—¡Solo llevamos dos meses saliendo! —clamó azorada la joven, mirándola con sus grandes ojos —. Ni me planteo dejarle llegar a la tercera base, Rachel —aseguró con rotundidad provocando la risa de sus amigas.
—Pero os conocéis desde siempre y soy tan... perfectos juntos —dijo Susi —. Tampoco sería reprochable que hicierais...
—Ni hablar —la interrumpió —, yo no tengo ninguna prisa con esas cosas.
—Bueno... entonces nada de fiesta loca —dijo apesadumbrada Rachel.
—Por mi no, me gustan los bailes de instituto —declaró Beth.
Unos golpes en la puerta anunciaron la entrada de alguien, al abrirse, la madre de Susi le informó a Beth que su hermano había ido a recogerla y tras despedirse de sus amigas la rubia se marchó.
En el coche, Beth miraba a su hermano mayor cada tanto, lo que el joven notó, pero esperó a que ella diera libertad a sus pensamientos.
—¿Crees que papá me dejaría ir a una fiesta? —preguntó titubeante.
—¿Que fiesta? —quiso saber antes de contestar.
—Una de Halloween que daría la hija de Luise Bush en su casa.
—¿Sin padres? Ni hablar, no al menos hasta cumplir los treinta —bromeó —. Y yo tampoco apoyaría que te dejara, eres una cría.
—Ya... —asintió bajando la cabeza —. Tampoco es que me apeteciera ir, pero si todos van, el baile sería un poco aburrido.
—Ya tendrás edad para fiestas...
—Claro, a los treinta —contestó Beth, con un leve puchero que hizo reír a su hermano.
Llegaron hasta la casa mientras el sol se ponía tiñendo de dorado los campos y pastos del paisaje. Beth saludó a sus padres y subió a su dormitorio para dejar sus cosas.
Tras cambiarse de ropa y ponerse cómoda, bajó al salón y se sentó cerca de su padre. Con las manos entrelazadas sobre sus rodillas, con una perfecta actitud de niña buena y angelical que tenía tan estudiada y que tan buenos frutos le había dado desde su más tierna infancia, en especial con su padre. Para su hermano Shawn, esa actitud no pasó desapercibida, y sonrió con disimiló sabiendo que su hermana pequeña estaba apunto de pedir algo, pero para su sorpresa no fue permiso para asistir a una fiesta sin supervisor.
—Papá, ¿podría tener un gatito? —preguntó con el tono mas dulce que pudo y rápidamente se explicó con un poco de nervio —. Una compañera tiene una gata que va a tener crías, pero no se puede quedar con todo los gatitos.
Hershel levantó la vista de su libro, sin mirarla al principio, luego lo hizo solo de soslayo, hasta que la joven terminó su explicación. Se giró levemente hacia ella, apartando el libro solo un poco.
—¿Qué amiga? —fue lo primero que preguntó.
—Bueno, no es una amiga realmente, es de clase, no la conoces —comenzó a decir, intentando recordar si alguna compañera realmente tenía un gato —, es Emily. Y su gata evita que haya roedores en su casa, es muy práctico y útil tener uno
—Un gato podría asustar a las gallinas —apuntó su padre.
—No sí se le acostumbra desde bebé a ellas... —replicó su hija.
—Lo pensaré —concluyó el hombre de pelo cano.
Hershel sabía mejor incluso que sus hijos que pese a ser un padre severo en algunos aspectos y muy conservador por sus propios excesos, cometidos en su juventud, era incapaz de negar algo a su benjamina, más si ella lo hacía con ojos suplicante. Nunca había querido tener animales en casa que no fueran necesarios, mascotas con las que sus hijos se encariñasen y luego tuvieran que sufrir sus perdidas, en especial pensando en la pequeña Beth, pero la joven ya era mayor para poder asumir tener una mascota con todo lo que ello implicaba, se dijo a si mismo, para no tener que negarse.
—Bien —dijo entusiasmada, sabiendo que no había sido una negativa rotunda, y se acercó a darle un beso —.Gracias.
El sábado por la noche la gata comenzó a comportarse de una forma inusual, seguía a Daryl allá donde iba y el domingo lo despertó con sus maullidos lastimeros, el hombre le puso comida, la acarició y se quedó junto a ella sentado en el suelo, hora tras hora, no fue hasta que el sol comenzó a ponerse que se puso a parir.
En un principio parecía que todo iba bien, cuando salió el primer y minúsculo gatito, a los minutos vino otro. Daryl se apartó un poco sin alejarse, y se limitó a mirar, aquellas criaturas eran tan pequeñas que le daba miedo hacerles daño al tocarlas, el tercero vino un largo rato después. Pero desde ahí la cosa se complicó, la gata se quejaba pero no pasaba nada, era de madrugada y poco era lo que Daryl podía hacer. Con la salida del sol la felina parecía exhausta y débil y Daryl estaba nervioso.
Su turno de trabajo comenzaba en menos de una hora, así que se preparó sin dejar de comprobar a la gata. Con la vista puesta en ella meditó que hacer y finalmente cogió un trozo de papel y un lápiz y escribió con su mala caligrafía.
CANDY – HELP
Dobló el papel y lo guardó en su bolsillo.
—Aguanta —dijo al animal, acercándose a ella —. Volveré pronto.
Le acarició la cabeza y se levantó para marcharse, la gata emitió un agónico maullido.
Hizo con hábito rutinario su ruta, abriendo las clases y encendiendo las luces, caminando por los pasillos con paso distraído, hasta llegar a la taquilla de Beth, sabía cual era por verla allí recoger sus cosas, y siendo la única alumna que, podría decir, conocía, no era difícil recordarlo. Respiró profundamente, jugueteando con la nota en su mano con dudas, pero acabó colando el papel por la rendija de ventilación, esperando que ella la viera, y continuó su trabajo.
Minutos después los alumnos comenzaron a llegar, junto con los profesores. Daryl comenzó a sentirse embotado, notando las consecuencias de su noche de vigilia.
Estaba en el cuarto de suministros cuando una agitada Beth llegó hasta el jadeante con la nota en la mano y la cara llena de preocupación. Al verla Daryl pensó que aquello había sido una mala idea.
—¿Qué le pasa?
—No lo sé —fue su única respuesta, lo que le hizo sentirse estúpido.
—Iré a verla, dile al director que mi madre llamó diciendo que estoy enferma, te creerá...
Daryl la miró sorprendido, pero no supo que decir.
La joven se alejó por los pasillos justo cuando el timbre comenzó a sonar.
Sin meditar lo que estaba haciendo se presentó en secretaria y habló brevemente con Luan, la encargada, la distrajo, robando una nota de justificación, que rellenó sobre una taquilla esmerándose en no cometer faltas y procurando una buena letra, y fue a entregarse al director. En el momento que sus manos le tendían el papel pensó que aquello le podía costar su despido.
Ser despedido por una gata y un plan adolescente, era tan estúpido como todos los errores de su vida. Con las clases comenzadas se encaminó a su casa, sin dejar de preguntarse porqué nunca pensaba nada antes de hacerlo, porqué todas las malas ideas las hacía sin meditar y porqué siempre acababa siguiendo el camino equivocado. La única respuesta que encontró era simple, era un Dixon y estaba destinado a cagarla, siempre.
Llegó a la casa, y se dio cuenta que Beth no podría haber entrado porque no le había dado las llaves, pero al entrar la halló dentro, junto a la gata.
—¿Cómo has entrado? —preguntó.
Ella se limitó a señalar la ventana de la cocina, siempre abierta, sin apartar sus ojos de la gata y él asintió.
La joven tenía a un gatito en la mano, y acariciaba suavemente a la gata con la otra con cara de preocupación. Daryl se acercó y se arrodilló junto a ella en silencio.
—Creo que tiene otro dentro y no puede echarlo —dijo la joven con pesar —¿Cuanto lleva así?
—Casi toda la noche —contestó y se atrevió a rozar con sus dedos a otro de los gatos que descansaban junto a su agotada madre —. ¿Sabes que hacer?
—No —se lamentó —, pero mi padre sí, seguro.
—No veo aquí a tu padre —respondió Daryl.
—Le avisaremos —propuso —, él podrá salvarla.
—¿Estás loca? —la miró serio —¿Quieres que me despidan? Ni deberías estar aquí.
—Si esperamos podría morir —repuso ella con vehemencia.
—Y si hacemos lo que dices yo me voy a la puta calle, así que ni lo pienses —contestó poniéndose en pie —.Es solo una jodida gata.
Ante esas palabras Beth lo miró de manera acusadora y desprecio.
—Está sufriendo, ¿no la ves?
—Me voy a trabajar, tú haz lo que quieras... —dijo de camino a la salida.
—¿Avisaste al director? —Daryl asintió sin volverse antes de cerrar la puerta.
La joven se quedó allí, sola con los felinos. No quería regresar a clase y tampoco debía si el conserje había mentido ya por ella. Pero allí no podía hacer mucho sola. Miró con frustración a Candy. Si esperaba moriría con seguridad, si hacía algo despedirían al Sr. Dixon.
Los minutos se le hacían eternos escuchando los quejidos de Candy. Un par de horas después el hombre regresó.
—Sigues aquí —dijo al verla.
—Me quedaré hasta que toque la campana y después me llevarás a mi casa con ellos, si aguanta —sentenció —. Así no te despedirán, ¿te parece bien?
Daryl lo meditó, para variar y acabó asintiendo.
—¿Aguantará? —preguntó arrodillándose junto a la joven.
—Sí, es una gata callejera, es fuerte —contestó con más ánimo.
Él se giró a mirarla, viendo su expresión esperanzada e intentó contagiarse de ella, pero el aspecto de la gata era cada vez peor.
—Vuelve al trabajo, que no sospechen —dijo ella —. No quiero que te despidan.
Aquello le sorprendió pero intentó disimular.
—Volveré en un par de horas.
—Aquí estaré —contestó ella y le sonrió para reconfortarlo antes de que volviera a irse.
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Continuará
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A ver que os parece ,este capitulo. Ya dije que el gato sería importante, y lo está siendo. El desenlace en el siguiente cap, pero solo del destino de Candy aun le quedan más cap a está historia, pero no será un relato demasiado largo.
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