Escape

Capítulo Dos

Summary: La muerte de una persona siempre es algo difícil de confrontar y superar. Especialmente cuando se sufre en silencio. Un sufrimiento solitario y compartido a la vez en una noche fría.

Disclaimer: Los personajes de Zetsuen no Tempest no me pertenecen, esta historia es sin fines lucrativos sino tan sólo de aficionados para aficionados.

Este FanFinc tiene contexto yaoi, si eres intolerante al tema y/o crees que no estás apto a leerlo, está bajo tu decisión.

No trato de hacerle ningún tipo de propaganda a ninguna marca/artista/escritor/etc. Simplemente uso sus nombres como complemento, sin poseer ningún derecho sobre ellos.

Parejas:MahiroxYoshino.

Advertencia: Lemon, es un NC-17.

Comillas: ' '

Diálogos:- -

Pensamientos: " "


"Dos personas nacen para cruzar

sus caminos, sus vidas, sus corazones.

Si uno llegase a alejarse

¿se perderían por siempre?

Supongo que creo que hay una razón por la que hacemos esto.

Pero me pregunto si existe algo más aparte de ti."

Cowboy Junkies - Something More Besides You


En realidad era un escape. Los dos lo sabían. Estaban intentando huir de ese dolor que les podría carcomer el alma si lo dejaban continuar. Los días debían seguir pasando y ellos debían sobrevivir al menos uno más. Por eso acordaron ese encuentro. Era más fácil estar en compañía del otro que intentar lidiar con otras personas haciendo preguntas innecesarias y dolorosas. Algunos que sentían pena de hablar directamente con los Fuwa y todo el cuestionario caía sobre la cabeza de Yoshino, como si él fuera un intermediario, como si no tuviera su propio dolor a cuestas. Era obvio, nadie había sabido, nadie nunca sabría.

Aunque Mahiro estaba lidiando con la situación más fácilmente de lo que el castaño hubiera creído. Lo veía comer de a ratos, sin interrupciones ni prisas como si nada hubiera sucedido en los últimos días. Su estómago seguía aceptando la comida, sus ojos no estaban rojos, su piel ni siquiera estaba pálida. Y por un momento Yoshino deseó ser él, para poder siquiera pasar bocado.

– Come. Se te va a enfriar –evidenció el rubio sin detener su tarea–.

Pero su compañero no podía. Intentaba llevarse algo a los labios y antes de levantarlo ya sentía el nudo en el estómago, la debilidad de sus brazos, el mareo sobre su cuerpo. Sabía lo que era, pero no lo admitiría. No podía ponerse melancólico ni angustiarse bajo ninguna circunstancia. Tenía que intentar comer al menos un poco, fortalecerse al menos un poco, con la esperanza de que un día ese malestar disminuyera y pudiera seguir con su vida sin tanta agonía. Pero sólo era eso… un puñado de esperanzas. Comió finalmente un par de bocados muy a fuerzas, sólo para simular que nada andaba mal y luego se levantó a lavar los trastes.

La habitación estaba en tanto silencio que aturdía. Solamente el agua corriendo rompía con la monotonía del pitido, y cuando ésta se cerró las luces pronto se apagaron. Los futones ya estaban acomodados en el piso de la habitación, uno al lado del otro.

No se quedaban a dormir juntos muchas veces. De hecho casi nunca. Pero el castaño sabía que el otro necesitaba escapar de su casa y él mismo ya no soportaba la soledad.

Yoshino entró al cuarto encontrándose con que el otro ya se había desnudado casi completamente. Cuando comenzó a quitarse la ropa, el rubio ya tenía puesto sólo la ropa interior. Ni siquiera se prestaron atención al inicio mientras se ocupaban de doblar las prendas que deberían rehusar en la mañana. La luz era tenue por la lámpara de noche, y afuera había un intenso viento golpeando las ventanas.

– Yoshino –llamó cuando vio al susodicho sentado sobre las cobijas abotonándose la parte de arriba del pijama–.

– ¿Mhm?

– Estás pálido –le indicó estirándose a tocarle la frente–.

– Solamente es cansancio –le aseguró el ojiverde con una sonrisa queda y afectada; ciertamente le había costado dormir los últimos días–.

– ¡Estás helado! –se quejó con su ceño marcado–, muévete.

– ¿Q-Qué?

Antes de que pudiera terminar de formular vio cómo su compañero de casi toda la vida movía las cobijas y se metía en el mismo futón que él, apenas usando la ropa interior.

– ¡¿Crees que a mí me gusta?! ¡Si te mueres de hipotermia sería un problema, acuéstate y tápate! Tsk.

Un par de ojos verdes observaron con recelo al rubio durante un par de segundos, para con un rostro lleno de inquietud, terminar recostándose y arropándose bajo las mantas. Ninguno dijo absolutamente nada luego de apagar la luz. Un poco de iluminación se colaba por la ventana, de una luna menguante en medio del cielo casi negro.

Yoshino recordó la foto en su celular, los violáceos ojos de Aika en aquél soleado día de verano, sus palabras, el modo en que su cabello ondeaba con el viento; se preguntó por qué debía recordarla, por qué no podía simplemente dejar de ser quien era, qué hacer de ahora en más –pregunta que se repetía prácticamente a diario sin obtener una respuesta. Pasados unos cuantos minutos, quizás media hora, sintió el movimiento del cuerpo a su lado volteándose para darle la cara.

– Oi –susurró pretendiendo no romper el ambiente–, mañana…

La oración se perdió apenas al comenzar con los dos adolescentes mirándose a los ojos, uno con el ceño fruncido y el otro expectante.

– Nada –concluyó–.

– ¿Qué pasa contigo?...

– ¿Qué tal estás? –interrumpió el muchacho de temperamento delicado sacando una mano de entre las sábanas y posándola en la frente del otro–

– Estoy bien, esto no es necesario.

– Todavía estás frío –contradijo–. Acércate.

– ¡¿Ah?!

La orden había salido de su boca antes de escuchar la queja del otro. Mahiro jaló el cuerpo delgado y lo encadenó silenciosamente con brazos y piernas impidiéndole escapar. Sabía muy bien que aquello sonaba raro, y también sabía que su amigo no estaba sintiéndose bien. Casi no había comido, no podía dormir, su cuerpo estaba helado. La muerte era algo que no quería volver a enfrentar, al menos temporalmente. Todavía estaba algo sentido al respecto.

– ¡Mahiro…!

Sin que nadie respondiera a su pedido no tuvo más opción que dejarse hacer. El aroma del rubio le invadía los sentidos, lo adormecía junto al calor que emanaba de su piel. Sólo entonces se dio cuenta del frío que tenía, de lo mucho que necesitaba aquel contacto, de lo mucho que necesitaba un poco de una realidad que no fuera deprimente.

Fuwa se quedó mirando a la nada de la pared, con las manos en la espalda baja de aquél que consideraba como un amigo, a quien le confiaba su vida, sus emociones, su pasado, su destino. Pensó en lo claro que se volvía todo cuando lo tenía cerca, en lo fácil que era expresarse, en lo simple que parecía vivir y socializar; recordó los momentos de compañía y felicidad con una añoranza impropia en su personalidad, y comprendió que más allá de cuánto lo molestara el asesinato de Aika, la vida no sería igual sin Yoshino allí.

Jamás habría llegado tan lejos sin él, supieron ambos para sus adentros, en la seguridad de sus pensamientos más privados.

– Oi, Yoshino.

– ¿Y ahora qué?

De nuevo no hubo respuesta a su pregunta. De vuelta el llamado era seguido de un silencio ensordecedor. Pero esta vez el cuerpo del más alto se separó ligeramente, y sus labios buscaron a los desprevenidos del castaño, que no pudo hacer más que sorprenderse, aturdirse, y tensarse sin posibilidad de escapar.

Si hubiera que ser honestos Mahiro siempre había tenido esta sensación de "y sí…" que descarrilaba en un tren de pensamientos donde sólo existían la palabras Yoshino y pareja. No se consideraba a sí mismo gay, no podía definirse como tal, seguía haciéndose creer férreamente que le gustaban las mujeres –razón por la cual salía con ellas y no duraba con ninguna–, pero en lo profundo sabía que quien más ocupaba su mente, era él, su mejor amigo, su amigo de la infancia, aquel sin el que su vida sería un completo infierno.

Aika era un nombre más. Aika era la identidad de alguien que lo perturbaba. Aika era quien parecía saber de sus emociones y al mismo tiempo ignorarlas, jugando con ellas a gusto. Aika era, después de Yoshino, la única persona con la cual sentía que su vida tenía lógica. Pero los momentos felices se limitaban a Yoshino, siempre, cada vez. Aika era el reto de una mujer a no ser conquistada.

– Ma-Mahiro… –susurró entrecortado mientras un intenso rubor se apoderaba de sus mejillas–.

Todavía privado de respuestas pudo sentir cómo el otro cuerpo se acomodaba dándole espacio para voltearse boca arriba. Yoshino no supo en qué momento tenía a su mejor amigo entre las piernas, con una mano masajeando su zona íntima hacia arriba y hacia abajo. Intentó detenerlo en vano porque la humedad y las caricias lo ponían incómodo, inquieto. La extraña sensación se esparcía desde su pubis hacia arriba y luego hacia las extremidades entumeciéndolo, haciéndole estremecerse.

¿Cómo habían llegado a esa situación? Intentaba recapitular y recordar en qué momento se habían puesto tan íntimos, pero con cada intento las caricias le distraían más, la mente se le dispersaba más, y ya no podía seguir pretendiendo mantenerse neutral. La mente racional se le escapaba de las manos como líquido cuando un simple roce llegaba a sus sentidos. No podía pensar si era por su inexperiencia, si era porque Mahiro la tenía en demasía, o si era la debilidad de su cuerpo lo que le impedía hacer funcionar la mente. Solamente se dejaba hacer. No existían las preocupaciones, siempre supo de la locura y braveza del rubio, siempre supo que algo fuera de lo normal podía suceder, y no temía; cuando él estaba cerca no había nada qué temer.

– Uhg… –se quejó seguido de un jadeo sonoro–, para… Mahiro…

El castaño sintió un aliento cálido e intenso en su clavícula y a continuación la humedad de una lengua recorriéndole el cuello. El cuerpo se le tensó, su espalda se arqueó, y por fin las caricias cesaron dejándolo agitado e incómodamente duro. No podía explicar qué había sido aquello pero para cuando se dio cuenta, su ropa interior ya no estaba con él, y una mano fácilmente reconocible subía por el lado interno de sus muslos.

– ¡M-Mahiro! –protestó ya más alerta mientras ponía distancia entre ambos torsos descubiertos–

Lo único que pudo ver fue la absoluta certeza en las dagas rojizas clavadas en él, con la pasión escrita en lo profundo de sus pupilas. Mahiro nunca admitiría la contradicción, el hambre de más y la imperiosa necesidad de repetirse que esto era un escape, la falta de una mujer. Pero su cuerpo no mentía, el deseo no mentía, los latidos de su pecho tampoco, y el gusto de sus labios menos.

El ojiverde supo que de allí no se podría ir, que nada había por hacer, y en lo profundo de su corazón tampoco tenía ánimos de negarse. Lo único que le suponía un impedimento era el ser su mejor amigo, el que aquello fuera extraño y demasiado nuevo, que jamás nadie lo había tocado así y no era normal, pero sabía que acabaría resignándose tarde o temprano, hoy o mañana. Porque Mahiro tenía ese efecto en él que lo guiaba al fin del mundo sin miedos, que le volvía la vida un desastre, le hacía vivir más de lo que quería y al final sólo dejaba marcas en su alma y (ahora) en su piel.

El gemido quedó apagado en el beso, enredado entre la lengua del rubio que usurpaba la cavidad bucal del otro, mientras los dedos mojados del primero se abrían paso en la intimidad del segundo. El excedente de saliva se escurrió por la comisura de sus bocas hacia la cama mientras ellas se frotaban con insistencia. Fueron los tres dedos en su interior y la pasión de sus labios lo que finalmente acabaron con la reticencia de Yoshino.

No había nada de malo en lo que hacían, los dos estaban silenciosamente de acuerdo. Estaban solos y se tenían mutuamente, nada más existía, entonces ¿por qué importaba, precisamente, si iban un poco más lejos? Quizás eso incluso ayudara a sanar la herida que se había marcado en sus corazones. Quizás eso hiciera que se sintieran menos desgarrados y abandonados…

El castaño se quejó cuando le alzaron las piernas. El gemido del rubio sonó gutural en la habitación mientras su miembro entraba lentamente en su compañero, abriendo las estrechas paredes, quitando cualquier vestigio de virginidad, haciéndolo suyo y dejando que sus cuerpos se amolden el uno al otro. Sus bocas volvieron a unirse necesitadas casi al instante, aunque más eran sus lenguas las que se trenzaban deseosas de más mientras las caderas de uno terminaban de juntarse a la parte trasera del otro.

- Ya no tienes frío, ¿cierto? –casi se burló el de orbes rojizas al oído de su amante mientras ejecutaba las primeras embestidas-.

- ¡Ah…!

Las sábanas hace mucho olvidadas se corrieron hacia los lados con cada simple movimiento, sus extremos superiores eran apretados entre las manos del ojiverde mientras se retorcía intentando apaciguar el calor, el ardor, la ansiedad. No podía cerrar las piernas ni apartarse de su torturador, de su amante, de su compañero, que se movía ágilmente contra él con cada suspiro ahogado; no podía principalmente porque se sentía bien, porque aquello no dolía, y porque aunque todavía lo sentía prohibido, su cuerpo lo deseaba.

Para luego de un rato sus cuerpos sudorosos y agotados se friccionaban con exquisita suavidad. La virilidad del menor se estimulaba entre ambos, sensible por el falo que sabía rozarle el interior de su cuerpo repetidamente, con firmeza. Las manos de Mahiro sabían acariciar, qué tocar, dónde, cómo, en qué momento; y la mente de su amante se esfumaba al igual que su consciencia cada vez que se sentía completo, lleno. Su inexperiencia lo apabullaba, lo dejaba en un rol sumiso de puros gemidos y suspiros, incapaz de devolver caricias o besos, incapaz de acompañar el vaivén con el que ambos se conectaban sobre el colchón.

– Yoshino… -gimió con la respiración entrecortada, acelerada, mientras las manos le sostenían sobre el más delgado; las caderas se le movían instintivamente, cada vez más rápido–, ¡a-ahn…!

La voz del susodicho llenaba el cuarto, traspasando los límites de las paredes, inconsciente del volumen. Clamaba de placer, estrujando entre sus dedos las sábanas –porque ya había incluso marcado la espalda del rubio durante algunas de las embestidas más profundas–, con el cuerpo debilitado y al borde del éxtasis. Le llevó pocos segundos más sentir la carne en su interior hinchándose, vaciándose completamente, quemándole las entrañas y produciéndole subsecuentemente el primer e inolvidable orgasmo de su vida.

- ¡Aah!

El aire en los pulmones de Yoshino escapó con la última exclamación, echando la cabeza hacia atrás y alzando un poco más las piernas, víctima de la explosión que sufrían sus sentidos. Su compañero, más silencioso, se deleitó con la visión intentando recuperar algo del oxígeno que su cuerpo había perdido durante su propia eyaculación, permitiéndose un momento más conectado al castaño.

Con la vista nublada, las mejillas rojas, el cabello algo humedecido de sudor, el pecho moviéndose al compás de su respiración todavía dificultosa, los ojos verdes vieron a su perpetrador. Mahiro se sonrió de lado y se inclinó juntando sus frentes. Ninguno dijo lo innecesario, ni se movió bruscamente para apartarse. Tras un par de minutos en la misma posición tuvieron que separarse y abrigarse con las mantas, de vuelta a como empezaron con el castaño de lado y su compañero atrás, abrazándole por la cintura. El tiempo volvió a ralentizarse, el silencio volvió en forma de pitido una vez más, pero el frío había desparecido hacía ya demasiado tiempo para recordarlo.

Un pensamiento fugaz relajó al rubio mientras conciliaba el sueño. Quien había muerto era Aika, no Yoshino. A éste último lo tenía entre sus brazos, caliente, seguro, y jamás permitiría que nada le sucediera. Aunque quizás esa última afirmación intentara olvidarla y denegarla en la mañana. Con el sueño pesándole en los párpados se dio cuenta, profundo en su intimidad, que ese chico no sólo era lo mejor que le había pasado en la vida, sino la última persona a la que permitiría que hiriesen. El buen sexo no tenía nada que ver en el asunto.

– Es increíble que te sientas más hombre por haberte acostado con otro hombre –fue la frase que soltó al aire un ojiverde completamente despabilado, quitándole el sueño de un solo golpe al de ojos rojizos–.

– ¿Qué demonios significa eso? –farfulló a su vez, confundido e indignado–

– Supongo que las mujeres ya no te son suficientes –concluyó a modo de respuesta cerrando los ojos, disponiéndose a dormir con la cabeza apoyada en el antebrazo del otro–.

– Yoshino –llamó demandando una explicación, pero fue ignorado totalmente–. Oi, Yoshino.

– Buenas noches.

– ¡Yoshino! Tsk.

Aunque el mayor no pudiera verle la sonrisa triunfal escrita en los labios del castaño, los dos guardaron silencio por fin permitiéndose descansar. El vidrio se estremeció por la ráfaga de viento. La luna ya se ocultaba entre unos nubarrones sospechosamente oscuros.

La carrera contra el destino acababa de comenzar.


N/A: Esto inicialmente iba a ser un oneshot y de alguna forma acabó en twoshot…

Whatever. Primer (y único, dado cómo me costó) fanfic de Zetsuen no Tempest, dedicado a una de mis mejores amigas, Lime, que se lo prometí y tardé siglos en terminarlo…. Perdón.

Ryoko Yuy Eiri Lamperouge