Cyrce era una de las hijas de Calypso y… un humano. No era la mayor, ni la pequeña, ni la más bella, ni la que mejor cantaba… a primera vista, Cyrce, la sirenia, pasaba desapercibida, pero tras mirarla un poco mejor… había algo… algo en ella… que te enganchaba y no podías alejarte.
Cyrce era morena, con el pelo tan oscuro, que si la claridad incidía directamente en él, arrancaba destellos azulados de sus cabellos. Como contraste, tenía unos ojos apaciblemente tormentosos, de color grisaceo como una mañana de invierno. Expresaban sus sentimientos casi con más claridad que su propio rostro: cuando se enfadaba relampagueaban como el rayo, cuando se alegraban reían, cuando se entristecía… parecía como si el mundo se hubiera cubierto de nubes.
Bien, Cyrce era una sirenia, sí, sí, sirenia, con la i entre la n y la a. Y esta sirenia tiene una leve diferencia con las sirenas normales, y es que puede cambiar su forma a placer. Esto es porque Calypso, su madre, reina de los mares, tuvo un hijo con un humano. Por ello, Cyrce, puede reemplazar su linda cola escamosa, por unas largas piernas cuando lo desee.
El Palacio de la Reina de los Mares, donde nuestra protagonista vive, no se hallaba en el fondo del mar, como hallais podido imaginar; sino que se encontraba bajo unos acantilados.
Sobre ellos se erigia una mansión, bellísima, blanca y reluciente. Pero Todo el mundo en los pueblos cercanos decía que el acantilado de MayFar, estaba maldito, y por ello nadie se acercaba a él. la parte de arriba, era una gran casa. Allí, vivían humanos que servían a la reina del mar, y habían hecho un pacto de no revelar jamás donde se encontraba el lugar ni quien habitaba allí, bajo pena de muerte. En la parte de debajo de la casa, la perspectiva cambiaba completamente. La luz desaparecía, dando lugar a una cueva, llena de agua marina. Completamente equipada para que allí vivieran durante mil años, todos los sirenos del mundo. Bajo el agua, una trama de corales, estalactitas y todo tipo de plantas marinas formaban pisos y pisos de moradas sirenianas, que llegaban a ese lugar por un pequeño hueco, que existía en el fondo de los acantilados.
Una tarde Cyrce salió de caza, para ahuyentar a unas morenas que rondaban por las rocas del Palacio. Nadaba con el oído aguzado, intentando encontrar señales que le llevaran hasta las presas, cuando de pronto, oyó un estruendo sobre ella. Se encontraba en mar abierto y a una profundidad bastante alta, por lo que a su alrededor solo había oscuridad. Subió unos cuantos metros y se refugió tras una roca. Una tormenta terrible sacudía el mar, que embravecido mecía violentamente un barco en su superficie.
Cyrce salió de su escondite, subiendo más arriba, para observar si había peligro para los humanos. Desconfiaba mucho de ellos, por lo que no quería mostrarse, pero tampoco era plan de que nadie muriera porque Eolo estuviera enfadado (dios de los vientos).
De pronto, comenzaron a caer objetos al mar, la sirenia les esquivó como pudo, pero antes de que se diera cuenta, se le vino encima un cuadro, enorme. La esquina le dio en la frente y se desvaneció, flotando hasta el fondo del mar, junto con la pintura.
Pasados unos minutos, la tormenta fue cediendo, el viento se calmó, y la lluvia arreció un poco. Las nubes continuaban allí, pero el barco podía ser dominado.
Cyrce abrió los ojos, y contuvo una exclamación, ante ella, había un hombre… observándola. Alejó la pintura de ella, que flotó hasta quedar apoyada sobre una roca. La pintura era bastante curiosa, ella estaba acostumbrada a ver hombres caballerosos y fuertes; y mujeres bellísimas y frágiles representadas en las pinturas.
En esta ante ella, solo había una figura: un hombre. Era… estaba… le observó lentamente: los ojos, negros, oscurísimos, con una mirada profunda y sensual, delineados por una raya negra. El pelo largo sobre los hombros, en rastas, con un pañuelo rojo que se lo apartaba de la cara. Un inicio de sonrisa socarrona asomaba en sus labios. La chaqueta negra, larga con galones, sobre la camisa blanca, completamente abierta mostraba un pecho firme, de hombre. Y las manos, con sus dedos largos repletos de joyas, estaban apoyadas, una sobre una mesa al lado de él, llena de mapas, y la otra sobre la empuñadura de su espada.
Una sonrisa franca afloró en los labios de Cyrce.
- Pirata, pensó automáticamente. Cargando con el cuadro y un par de tesoros más, se alejó de allí.
