Grace por lo de que Cyrce y Jack hacen bonita pareja, lo he intentado ;).

Continuemos.

La marea blanca y esponjosa se deshizo ante sus pies desnudos, pero antes de caer, consiguió agarrarse a los tobillos de Jasón, lanzándose contra él. El muchacho comenzó a escurrirse a través de la planta, notando como cada una de las púas atravesaba su espalda, Jasón se caía planta abajo dejando un reguero sanguinolento por cada centímetro que recorría su piel.

Se agarró a una de las ramas, con lo que consiguió resistir durante unos instantes, le dio la mano a Elia, y cuando estaba consiguiendo alzarla, el tronco se partió, lanzando al vacío a los amantes. Juntos, abrazados cayeron unos metros, cuando de pronto… se toparon contra algo duro e inerte.

Abrieron los ojos y se levantaron, sacudiéndose la arena e incapaz de creer donde se encontraban:

estamos de nuevo en la estepa…- murmuró Elia. Gibs y Cotton corrieron a abrazarles.

¿Estáis bien?, ¿qué os ha pasado?.- Ambos lo relataron con velocidad.

Vaya, es la última prueba…- susurró Jasón

¿qué significa que es la última prueba?.- preguntó Gibs. Elia les contestó:

El príncipe debe enfrentarse a su destino… solo.

Jack también había recorrido un trecho caminando, y también había llamado a voz en grito a sus tripulantes, pero no había conseguido nada. Para él, la niebla no se había desplazado revelándole los espinos. El capitán continuaba andando a ciegas en el laberinto, sin saber que es lo que rozaba sus manos y las llenaba de sangre. A pesar de todo, llevaba la espada desenvainada y escuchaba con atención todos los ruidos que pudieran llegar a sus oídos.

De pronto, la blancura a su alrededor finalizó, y se encontró ante lo que había sido su fin durante toda la misión: la torre de Metal. Era, como su propio nombre indica, una torre, perfectamente cincelada, como si acabara de salir de un juego de ajedrez. Brillaba a la luz del sol que ahora llenaba los ojos de Jack. Destellaba en mil colores metálicos: oro, plata, bronce… todos unidos, creando una belleza sin parangón. Jack la observó durante unos segundos conteniendo la respiración y de pronto, algo llamó la atención del pirata. Dirigiéndose a la torre, con su vestido rojizo, se encontraba Cyrce. El sol arrancaba destellos azulados de su pelo, y el viento lo movía a su alrededor, creando una aureola mística que embriagó al capitán. Quiso llamarla, pero de su garganta no salió sonido alguno. Solo cuando estaba a punto de desaparecer, la siguió con premura. Cyrce se introdujo en la torre, no por la puerta como cabía esperar, sino por una pequeña rendija, dejándose llevar por ese viento que la mecía. Jack se paró ante el obstáculo, y tocó la puerta con sus manos, una y cien veces, se pasó la mano ahora desenjoyada, por la sedosa y larga cabellera que lucía y decidió hacer lo que había hecho Cyrce, dejarse llevar. Suspiró y notó como el viento se introducía en su ser, como los rayos de luz calentaban su cuerpo, como el poder iba llenándole y atravesó la puerta con el poder ya en sus manos. El príncipe del viento estaba a punto de tomar de nuevo su trono.