Hellooooooooooow!!!!!! Bueno, ya estoy aquí con el último capítulo de este fic. Si, leyeron bien es el último. ¡Qué emoción! Pero ni crean que todo termina aquí. Esta es solo la primera parte de la historia. Próximamente podrán leer su secuela: Más de un Malfoy en mi vida. Que tendrá más tintes de humor cómo se podrán imaginar.
¡Estoy sumamente agradecida con todos mis lectores por haber llegado hasta aquí junto conmigo! Saben que ustedes son el motor que alimenta mi inspiración. Lamento todos los retrasos que hubo por una o mil razones, pero como pueden ver no pienso abandonar mis fics. De nuevo muchísimas gracias y sin más los dejo con el último cap.
Disclaimer: Todos absolutamente todos los personajes pertenecen a su autora J.K. Rowling ¿ok?... yo solo los tomo prestados para escribir esto n.n… juro k trataré d k no se me olvide poner esto!!!! Pero no me demanden!!!!! TT
Capítulo 8: Negando
-Joven Malfoy- pronunció con un tono entre severo y preocupado –acompáñeme a mi oficina inmediatamente- dictó la orden y salió. Los murmullos no tardaron en llegar más Snape los hizo callar. El rubio cruzó la puerta donde lo esperaba Dumbledore con una mirada indescifrable.
-¿Qué pasa director?- preguntó con un perfecto autocontrol.
-Hay unas personas del ministerio que desean hacerte algunas preguntas, por ello te pido que me cuentes todo lo que sepas respecto a la muerte del señor Donnadieu- el rostro del aristocrático chico palideció un poco, su pulso se aceleró y su mirada se tornó fría y vacía una vez más. No podía estarle pasando esto justo ahora. ¿Por qué la felicidad solo puede durar tan poco tiempo?
-Escuchará lo que sé en el mismo momento que ellos, cuando me lo pregunten- respondió tajante. Sabía lo que debía hacer y si su destino era ir a Azkaban que así fuera. No iba a huir más. Ya no.
Le pareció que Dumbledore quiso replicar algo, más lo pensó mejor y prefirió callar. Caminaron unos minutos en silencio. El rubio ordenaba rápidamente los hechos en su cabeza. Tenía que recordar a la perfección cada detalle si pretendía confesar y salir bien librado.
Entraron a la oficina del director donde un par de sujetos los esperaban. Draco se limitó a sentarse sin siquiera dirigirles la mirada. Todo estaba sucediendo demasiado rápido para su gusto.
-Joven Malfoy- comenzó uno de ellos –tiene varios cargos sobre usted- informó –por disposición del director Dumbledore haremos el interrogatorio aquí- alzando una ceja tomó el frasco que le era ofrecido con total indiferencia. Bebió su contenido de un solo golpe, sintiendo como los efectos de la poción surgían.
-¿Estuvo presente durante el asesinato del Sr. Donnadieu?- comenzó.
-Si, aunque seguramente ya lo sabía. Me reuní con su hijo esa noche- explicó el chico. Por dentro sentía que se rompía a pedazos. Esa gente no le iba a creer. Lo iban a refundir en prisión o iba a recibir el beso del Dementor.
¡Era un Malfoy por amor a Merlín! Lo declararían culpable a penas terminara de contar lo sucedido, pero diría la verdad. Ya no se escondería detrás de su padre. No sería un maldito y estúpido cobarde. Cometió un homicidio e iba a pagar por ello. Respiró profundo, tratando de calmar su alterado corazón que no podía latir más rápido aunque quisiera.
-¿Sería capaz de identificar a quién cometió dicho crimen?- preguntó después. El rubio alzó la vista hacia a él, lanzando una mirada que le produjo un escalofrío por toda su espalda.
-Lo tiene enfrente- siseó firme, decidido. Escuchó sus propias palabras resonar en la habitación creando un eco imaginario en su mente. Lo había dicho, ya no había vuelta atrás.
-¿Trata de decirnos que usted lo mató?- ¿¡Bueno pero en qué idioma había hablado¿¡Qué no quedó claro!?
-¿Se puede deducir otra cosa?- dio por toda respuesta. El hombre solo cabeceó, probablemente no esperaba algo tan directo.
-¿Y exactamente cómo lo hizo?- cuestionó el otro de los trabajadores del ministerio.
-Con un Cruciatus y un Avada Kedavra- declaró mientras miraba distraídamente sus manos, las cuales se encontraban pálidas de la presión que ejercía una con la otra.
-¿Es conciente de lo que está diciendo?- el chico solo afirmó con la cabeza. Esa pregunta bien podía ser traducida como ¿te das cuenta de que irás a Azkaban por esto?
-No tenemos más preguntas. Joven Malfoy tiene que acompañarnos- al oír esto el rubio se puso de pie, siguiéndolos ante la mirada asombrada de su director. Por lo que Draco había dicho no había mucho que Dumbledore pudiese hacer al respecto.
Por medio de un traslador llegaron en cuestión de segundos al Ministerio de Magia. La situación fue planteada ante el ministro completamente ajena al slytherin. Su mirada estaba perdida así como sus oportunidades de retomar su vida. No hubo necesidad de un juicio pues la declaración estaba hecha. El ojigris tan solo esperaba de pie la sentencia.
-El presente Ministerio de Magia- la respiración del chico se cortó –por las declaraciones presentadas- su pulso aceleró al máximo –encuentra a Draco Malfoy culpable del asesinato del Sr. Donnadieu- solo para detenerse abruptamente.
-Si planean llevar a mi hijo a prisión me subestiman demasiado- la inconfundible voz de Lucius Malfoy inundó el lugar. Sus ojos plateados se clavaban como dagas sobre cada uno de los presentes.
-Señor Malfoy, la decisión ya fue tomada además el acusado confesó- las miradas de padre e hijo se cruzaron, un suspiro resignado fluyó del primero. Conocía a Draco, era alguien de quien esperarse algo así.
-Este caso va mucho más allá de esa confesión- siseó desafiante –exijo un juicio- después de varios murmullos la gente hizo silencio para conocer la respuesta.
-Mañana a primera hora- Lucius Malfoy no pudo evitar una sonrisa de superioridad. Su hijo no estaba libre, pero esto le daría tiempo de pensar en una solución. Se acercó hasta su heredero que evitaba su vista en todo momento.
-¿En qué estabas pensando?- preguntó en una voz exageradamente baja.
-Lo maté padre y no voy a seguir escondiéndome detrás de ti- explicó. La respuesta de su hijo no lo sorprendió, por dentro se alegró de que su hijo si tuviera conciencia a diferencia de él.
Al cruzar la puerta un sin fin de camarógrafos los interceptaron impidiendo que su breve conversación continuara. Ignorándolos olímpicamente subieron hasta el carruaje que trajo a Lucius hasta ahí, donde Narcissa Malfoy aguardaba.
-Draco- murmuró la atractiva mujer normalmente inexpresiva, una vez que su hijo abordó el vehículo.
Se abrazó a él como si su vida dependiera de ello. El solo sonrió escasamente. Su madre no solía ser cariñosa, pero sabía que siempre se preocupaba por él. Debió destrozarle los nervios enterarse de la situación. A pesar de las apariencias, de la falta de afecto, él seguía siendo su hijo y ella su madre.
-No vuelvas a actuar con esa imprudencia- regañó su padre –si querías decir la verdad siempre hay modos de hacerlo- de cierta forma, su tono le pareció alterado.
-Irás a casa, necesitamos idear una defensa- informó Narcissa.
La noticia no tardaría en llegar al Colegio Hogwarts y tampoco a oídos de cierto pelinegro que se negaba a creerlo cuando le fue comentado durante la cena. Nadie hablaba de otra cosa. El príncipe de slytherin estaba acusado de homicidio con imperdonables.
-Tengo que hacer algo- expresó alarmado. Esto no podía estar pasando. Nada de lo que decían era verdad. Draco no pudo haber hecho algo así. No. No desconfiaría de él. Si lo había hecho debió ser por grandes razones.
Apenas la noche anterior lo había tenido entre sus brazos, de ninguna forma se resignaría a perderlo. Se había prometido cuidar de él, protegerlo. No se quedaría observando cómo lo sentenciaban. No lo dejaría solo.
-Harry aunque quisieras él ya confesó- el castaño hacía esfuerzos por que su amigo no cometiera una estupidez por impulsivo –Además Lucius Malfoy no dejará que lo encarcelen- siseó el slytherin.
-¡Tú debes saber de algo que podamos hacer!- gritó desesperado. Se sentó sobre uno de los sillones del Salón de Menesteres tratando de calmarse. Zabini cerró los ojos escuchando la voz del rubio contarle lo sucedido en busca de cualquier cosa que pudiera servirles.
-El hijo de Donnadieu- pronunció al fin –¡Claro!- exclamó sin darse a entender –Tenemos que encontrarlo- y el pelinegro supo que por ahora no le interesaba qué relación tuviera con esto, si podía dejar a Draco en libertad lo localizaría donde fuera.
No podía conciliar el sueño. El recuerdo de que esta podría ser su última noche en libertad le impedía dormir. Tampoco tenía muchas ganas, pues era seguro que soñaría con ese lugar, si bien nunca antes lo había visto seguro su imaginación se encargaría de proporcionarle una buena aproximación.
Salió de su cuarto sin hacer mucho ruido. Sus padres estaban en el estudio, a unos pocos metros, tratando de dar una justificación viable a sus actos contra ese despreciable ser humano.
Caminó despacio, recorriendo el lugar como quien trata de memorizarlo. Llegó hasta uno de los salones y tomó asiento frente a ese gran instrumento. La habitación estaba insonorizada por lo que no lo escucharían por más ruido que hiciese.
Deslizó un dedo por las sensibles teclas, cerró sus ojos dejándose llevar. El piano tenía un sonido profundo, casi en solidaridad con lo que el rubio sentía. Sus manos viajaban a lo largo de éste rápidamente. Produciendo una música con tanta presencia, que Narcissa, al filo de la puerta, solo pudo recargar su cabeza sobre el hombro de su esposo, dejando escapar una sola lágrima. Su hijo se había resignado.
Se dio cuenta del tiempo que había estado ahí cuando la luz inundó la habitación. Estaba amaneciendo. Sus dedos entumecidos seguían tocando, ya casi no los sentía. Probablemente por eso continuaba. Quería dejar de sentir que su vida terminaba.
El sonido hueco de la puerta abriéndose lo trajo de vuelta al mundo real. Sus padres entraban al tiempo que él se ponía de pie. Ya era hora y tenía que alistarse para el final. Era como si fuera el cadáver que alistan antes de su velorio. ¿Para qué se arreglaba cuando iba a ese juicio?
A las ocho en punto ya se dirigían al ministerio. Su madre le repitió en varias ocasiones que todo saldría bien, mientras su padre le dijo que argumentar que lo sucedido fue en defensa propia era su vía de escape. Acompañado de ambos se situó en el centro del juzgado.
-Es cierto que lo maté- habló al fin –y si lo hice fue porque esa noche pudieron haber tres muertes en lugar de una- con eso relató cómo el Sr. Donnadieu había estado a punto de asesinar tanto a su hijo como a la prometida de este.
No tenía cómo probar que eso había pasado, Lucius estuvo pensando en ello toda la noche anterior, más era de conocimiento público que los únicos testigos se hallaban desaparecidos. Cuando se descubrió el cadáver del Sr. Donnadieu ellos ya no estaban ahí.
-Aún cuando lo que nos dijo fuera cierto, lo cual no podemos dar por sentado, usted utilizó dos imperdonables y asesinó al Sr. Donnadieu- lo iban a condenar. Después de todo lo que les dijo lo iban a condenar.
-Por ello damos por concluido este juicio- cerró los ojos prediciendo lo que dirían. Su mente le traía imágenes, recuerdos. Su familia, sus amigos y un par de ojos verdes brillantes que no volverían a formar parte de su vida. ¿Cómo podía estar perdiéndose en esos ojos verdes en un momento así¿Cómo su figura podía ser tan clara si su esencia se alejaba poco a poco?
Observándolo, como tantas veces había descubierto a ese pelinegro con sus esmeraldas sobre sí, sin decir nada tan solo sonriendo sabiendo que él no haría lo mismo. Buscando en todas partes la cabellera rubia, siguiéndolo sin hacer el más mínimo ruido. Sintiendo que con cada noche que lo acompañaba en el salón de astronomía algún día sabría que eran dos los que ocupaban esa habitación.
Entendiendo que debía conocerlo antes de poder acercarse a él, aprendiendo sus gestos, sus facciones, sus miradas. Soñando con tener el valor de estar frente a él y no solo detrás, amándolo en secreto. Ilusionado con devolverle la felicidad a sus grisáceos ojos vacíos. Ofreciéndole su apoyo, su infinita devoción bajo cualquier circunstancia.
-No harán eso sin que antes los testigos hablen- Severus Snape llegó al lugar acompañado de dos alumnos.
Negándose a abandonarlo. No era una ilusión. A la derecha del profesor de pociones se situaba Harry Potter y a su izquierda Blaise Zabini, seguidos de una pareja conocida dispuesta a testificar por él. Su vista se volvió borrosa más las lágrimas no cayeron y no lo harían. Una pequeña sonrisa de esperanza se dibujó en su boca sin que pudiera evitarlo, correspondida por una mucho más grande de parte del niño de oro.
-Mi padre trató de matarnos- declaró al fin –si no fuera por Draco, tanto mi prometida como yo habríamos muerto y probablemente él también lo estaría. ¿Se van a atrever a mandarlo a Azkaban después de que nos salvó?- preguntó molesto.
-El no solo arriesgó su propia vida, sino que estaba dispuesto a pagar el precio que ustedes impusieran por protegernos, por eso no dudó en lo que hizo y no debería arrepentirse. Estoy, además de eternamente agradecido, orgulloso de que Draco actuara como lo hizo- los debates entre miembros del ministro no tardaron en llegar.
Después de un rato de discusiones el ministro llamó la atención de todos. Se sometería a votación. –Los que estén a favor de calificar las acciones del Joven Draco Malfoy cómo un acto en defensa propia- los ojos del rubio se fueron al suelo. No quería mirar que nadie alzara su mano en su apoyo.
-Está decido- apretó sus puños fuertemente aún cabizbajo, esperando –Draco Malfoy, quedas en libertad- el oxígeno volvió a sus pulmones. El tiempo volvió a correr. Su boca volvió a sonreír.
Draco Malfoy gana más que su libertad
Después de un largo juicio en el que se acusó al heredero Malfoy, este fue considerado libre de los cargos al saberse que si utilizó imperdonables y dio fin al Sr. Donnadieu fue en verdadera defensa propia. El hijo del mismo testificó a su favor exigiendo su libertad, que le fue concedida después de una votación.
Al salir vimos al joven ser recibido por sus padres quienes, a pesar de su frialdad cotidiana, se notaban bastante felices y aliviados, demostrando que hasta en una familia como la de los Malfoy el cariño siempre está presente aunque no se muestre.
Pero todo esto queda de lado, pues la noticia del momento es la aparición de Harry Potter. Quién no solo ayudó a encontrar a los testigos que salvaron a Draco Malfoy sino que antes de que este subiera al carruaje acompañado de sus padres corrió hasta él para decirle unas cuantas palabras y felicitarlo de una manera muy especial.
Todo el comedor de Hogwarts estaba anonadado con la foto de primera plana que traía esa mañana el profeta, un pelinegro tomando la suave mejilla de un asombrado rubio, acercándose poco a poco, rozando sus labios cálidos.
-Pensé que tenía una obsesión contigo- murmuró a modo que los fotógrafos no pudieran escuchar –pero lo que siento va mucho más allá - finalizó depositando sus labios sobre los otros, besándolo dulcemente.
Hasta la secuela!!...
Kisses!
Nadeshda Vyacheslav.
