Sus hermanas, hermanastras más bien, habían considerado toda su vida a Cyrce como un chicazo… claro, que la máxima aspiración de ellas, era convertirse en una bellas y pacíficas esposas, y ocuparse de los telares de las sirenas, tallando, recogiendo bellas conchas, peinando sus hermosos cabellos, alejando o atrayendo con sus cantos a los barcos…
Por eso las sorprendía que en ese día especial, Cyrce se vistiera con sus mejores galas, peinara su sedosa melena negra azulada, y la recogiera en un estilizado moño, pero sin flores, ni adornos gigantes a los que eran tan propensas sus hermanas. Todas ellas estaban revolucionadas: su hermana pequeña Elia iba a desposarse ese mismo día con Jasón el príncipe de la tierra.
"La verdad es que no me extraña que haya preferido a Elia antes que a Cyrce" murmuraba Tosca tras Cyrce suponiendo que ella no la escuchaba. "Es mucho mejor partido".
"Es verdad. decía otra. ¿os imaginais la vida que le habría hecho llevar al pobre muchacho? Todo el día de aquí para allá. Sin parar en el mar.- las hermanas se echaron a reír. Estaban sentadas 6 o 7 en un círculo, cuando ella se levantó del tocador y se dio la vuelta.
"Parece mentira que vosotros seais sirenas. Dijo tranquilamente. ¿y aún os cuestionais el que quiera pasar el día en el mar? El mar es mi hogar, es mi vida."
"Sí, querida, y al paso que vas, también será tu amante, porque no habrá hombre que te quiera si continúas así."
"Vamos preciosa, no te preocupes". Dijo su hermana Alga acercándose a ella y estrechándola entre sus brazos. "sabes que todas ellas son unas insípidas, más preocupadas por que no se marchite la flor de sus cabellos que por lo que hay debajo de ellos".
Cyrce esbozó una sonrisa de complicidad con su hermana. Ella era la única que conocía su secreto. Ella y por supuesto, Elia. Ni siquiera su madre Calypso conocía lo que iba a acontecer.
