Sabe que los empleados de la tienda lo miran con lástima mal disimulada cuando lo ven entrar cargado con bolsas y expresión agotada, a duras penas capaz de mantenerle el ritmo a Blair, quien avanza con paso decidido y la frente en alto, con el aire de quien tiene una misión que cumplir y está dispuesto a triunfar o perecer en el intento. O hacer que Chuck perezca por ella, en cualquier caso.
Pasa por entre las perchas como un vendaval, agarrando vestidos a diestra y siniestra, y sigue su camino hacia el fondo del local. Chuck casi tiene que trotar para alcanzarla.
- Tú siéntate allí – Señala un mullido sillón y Chuck suelta un suspiro de alivio. Ella lo mira, frunciendo el ceño – Y no te vayas a ningún lado, que todavía no terminamos.
- Sí, señor – murmura entre dientes, pero hace lo que le dice sin pronunciar protesta alguna. Está demasiado familiarizado con el brillo maníaco en sus ojos como para correr riesgos. Ella lo mira una vez más, el ceño aun fruncido, y luego desaparece tras la puerta de un probador.
- Te tiene con la correa bien corta¿no?
Chuck se gira y sus ojos se encuentran con un hombre de unos cincuenta años sentado un poco más allá, quien lo mira con expresión divertida. Chuck enarca una ceja.
- ¿Disculpe?
El hombre encoge sus hombros, enfundados en una camisa Armani de corte impecable.
- Tu novia, digo. Te tiene las riendas bastante cortas.
Chuck da un respingo, indignado. Nadie lleva las riendas de Chuck Bass, menos que menos una chica. Es lo más insultante que le han dicho en su vida. Empieza a contradecirlo con su sarcasmo característico, pero sólo parece divertir al hombre, quien suelta una risita sardónica.
- Muchacho, cuanto antes te hagas a la idea, mejor. Te ahorrarás unos cuantos quebraderos de cabeza.
Chuck está a punto de decirle un par de cosas al hombre, ninguna de ellas demasiado cortés, cuando la puerta del probador se abre. El hombre deja de prestarle atención automáticamente, sus ojos se han abierto al doble y de sus labios sale un silbido de admiración. Chuck se da vuelta tan rápido que le suena el cuello y aunque nunca lo admitirá después, se le corta la respiración ante la visión que aparece ante él.
Piernas delgadas que parecen aún más largas gracias a los tacos, seda negra varios centímetros por encima de las rodillas, enmarcando sus caderas y abrazando su cintura. La mirada de Chuck sube lentamente, centímetro a centímetro, sus ojos deteniéndose un momento en su escote, mucho más pronunciado de lo habitual, y sigue subiendo hasta que finalmente se topa con sus ojos brillantes.
- ¿Y bien? – dice ella, mordiéndose el labio. Le toma un momento recuperar el don del habla, por no mencionar el aplomo.
- Podrías protagonizar el sueño húmedo de cualquiera.
Le dedica su sonrisa más lasciva, y ella se limita a poner los ojos en blanco y chasquear a lengua. Sin embargo, la inseguridad vuelve a filtrarse a través de su máscara mientras se mira en el espejo de cuerpo entero.
- Creo que el verde me quedaría mejor¿no te parece? – Antes de que él pueda responder, ella ya ha cerrado la puerta de nuevo - ¡Y no te muevas de allí!
Chuck se hunde en el asiento, tratando de no imaginarse el vestido de fina seda negra deslizándose por los hombros desnudos de Blair hasta caer al suelo, tratando de no imaginarse a Blair contemplándose al espejo cubierta sólo con su ropa interior.
No lo logra, por supuesto (ni tampoco lo intenta con demasiado ahínco). En consecuencia, no regresa a la realidad hasta que un susurro del hombre de Armani llega hasta sus oídos.
- ¿Sabes una cosa, muchacho? Con una novia así, bien vale la pena tener las riendas cortas.
Antes de darse cuenta de lo que está haciendo, Chuck asiente con la cabeza. No se molesta en explicarle que en realidad es la novia de su mejor amigo. Tampoco es que tenga importancia alguna: la puerta del probador vuelve a abrirse y el vestido que lleva Blair la hace aún más deseable que antes y él se olvida del hombre por completo.
A veces, reflexiona Chuck en ese rincón de su mente que jamás compartirá con nadie, no cuesta tanto tragarse el orgullo y agachar un poco la cabeza si la recompensa lo vale.
