Vicio #03 – Vergüenza

Su actuación es impecable. La nota emotiva justa, las palabras adecuadas, cada gesto perfectamente cronometrado. Blair Waldorf no sólo sabe cómo planear un ataque, sino que también es capaz de ejecutarlo con la frialdad y la precisión necesarias. Serena Van der Woodsen nunca tuvo la menor oportunidad.

Mientras todos los presentes murmuran entre ellos, sus ojos fijos en la reina dorada con su corona rota a sus pies, Chuck no le saca la vista de encima a su verduga, quien camina con la cabeza erguida y porte orgulloso.

No está en Chuck negarle la victoria a quien se la merece (sobre todo si él no es del bando derrotado) y hay algo innegablemente atractivo en el brillo perverso de los ojos de Blair, así que decide seguirla para felicitarla. El hermano menor de Serena, como-se-llame Van der Woodsen, la intercepta primero.

Chuck se detiene unos pasos detrás de Blair, intrigado por ver cómo el mocoso intentará contraatacar. Duda que su artillería más pesada pueda siquiera desacomodarle el cabello, pero quiere observar bien de cerca cómo Blair lo aplasta al igual que aplastó a su hermana delante de toda la élite de Manhattan.

Desde donde está no escucha sus palabras ni puede ver la reacción de Blair, pero sí se da cuenta que el chico, lejos de parecer derrotado, se marcha de la habitación con la cabeza en alto y aspecto resuelto, cerrándose los puños de la camisa mientras se aleja. Intrigado, Chuck se acerca a Blair pero ella rehuye su mirada.

- ¿Qué fue eso?

Blair se muerde el labio y Chuck nota que le está costando un esfuerzo sobrehumano mantener la máscara de frialdad e indiferencia en su lugar.

- Nada – dice, y en su voz, habitualmente firme y gélida hay una nota quebrada, un tono roto que no le sienta en absoluto. Las palabras de felicitación mueren en su garganta y con un nudo en el estómago, él observa que en sus ojos castaños brilla una emoción poco familiar y que le produce un sabor amargo en la boca.

- Blair¿qué...?

Pero ella ya se está alejando de él. Por una vez su cabeza no está en alto, sus hombros no están echados hacia atrás: camina cabizbaja, como si súbitamente el peso del mundo se hubiera depositado sobre su espalda, su victoria convertida en amarga derrota.