Vicio #11 – Quebrar

Es extraño qué tan rápido puede todo desmoronarse.

En este instante, ella está en sus brazos, su piel más suave que la seda que viste, sus ojos brillantes fijos en los suyos, el perfume de sus cabellos intoxicando sus sentidos. La música los envuelve y el mundo parece desdibujarse a su alrededor mientras se deslizan por el salón semidesierto. Él sonríe, porque ella está allí con él, pese a todos los obstáculos, pese a que el destino había trazado otros planes. Ella está allí y todo lo demás se disuelve en nada.

Al instante siguiente, todo se derrumba. Ella ve a través de su máscara, ve lo que ha hecho y su rostro se contrae por la furia. Antes de que pueda detenerla, se escapa de su abrazo y se aleja de él, cada paso marcando no sólo la distancia entre ambos sino también su furia.

Él tendría que habérselo imaginado. Él tendría que haberse dado cuenta que ciertas cosas no se pueden controlar, que los mejores planes y maquinaciones nunca le servirán de nada porque ella ve a través de él como nadie nunca lo ha hecho. Él tendría que haber aceptado que hay batallas que están perdidas antes de librarse.

Mas ésa no es su naturaleza. A edad temprana le enseñaron que para obtener lo que quería tenía que agarrarlo con las dos manos, que nunca debía ceder un centímetro, porque nada en este mundo es un regalo, no realmente.

Por eso, en vez de aceptar que ha perdido esta partida, decide seguirla, corriendo tras el vuelo de su falda satinada a través del salón y escaleras arriba. No sabe qué es lo que hará una vez que la alcance, no sabe cómo podrá convencerla de quedarse con él cuando todos sus encantos, todos sus hechizos son inútiles, cuando ella es la única que jamás se deja engañar por su máscara ni sus palabras. Lo único que sabe es que no quiere, no puede dejarla escapar.

En su camino se atraviesan un grupo de muchachas de vestidos brillantes y coloridos, peinados de alto y sonrisas blancas y vacías. Él las esquiva y al hacerlo, pierde de vista su presa. Gira la cabeza a ambos lados, la busca entre la profusión de vestidos de seda que abandonan el salón, intenta distinguir su voz entre los comentarios a media voz y las risas que lo rodean, sus ojos persiguen unos rizos castaños, unos hombros delgados, un rostro de porcelana oculto entre el gentío.

Desesperado, corre escaleras arriba. No sabe qué es lo que hace a su corazón martillarle en el pecho, no sabe porqué su pulso se acelera. Lo único que sabe es que si no llega a ella a tiempo, entonces será demasiado tarde.

Sube los últimos escalones de dos en dos, y al doblar una esquina se detiene en seco, su nombre muriendo en sus labios. Su corazón deja de golpearle el pecho con furia, su respiración se corta, sus venas se vuelven hilos de hielo. Allí está ella, de seda blanca y sonrisa traviesa, sus rizos escapándose del rodete, sus mejillas de porcelana teñidas de carmesí. Él nunca la ha visto tan hermosa y tan lejana.

Allí está ella. Sólo a unos pasos de él. Podría cruzar la distancia que los separa en pocas zancadas, podría romper el silencio gritando su nombre, podría estrecharla entre sus brazos. Podría hacer muchas cosas, pero jamás importará, porque allí está ella entre los brazos de otro, entre los brazos del muchacho que siempre la tuvo, que siempre la tendrá. El muchacho que lo ve de pie en la escalera y no entiende, el muchacho que sonríe y le guiña un ojo mientras se la lleva tras una puerta que se cierra en su cara, dejándolo irrevocablemente afuera.

Él se da vuelta y empieza a bajar las escaleras, su rostro estoico y los labios apretados. Nadie que lo viera podría darse cuenta, nadie podría sospechar que hay algo roto dentro suyo, nadie podría imaginar que con cada paso que da para alejarse de ella, sus zapatos astillan sus deseos, destrozan sus ilusiones, rompen poco a poco lo que queda de su alma.