Vicio #16 – Fastidiar
Parecía inmaculada, con su vestido de terciopelo sin una sola arruga, con sus bucles cuidadosamente sujetos por una cinta roja, su carita seria, las manos pequeñas y blancas sobre su regazo. Se veía tan acicalada, tan prolija, tan perfecta que no parecía una niña de verdad.
Aquello le molestaba por alguna razón demasiado complicada para que un niño de cinco años la comprendiera. Lo único que sabía era que había algo poco natural en su postura tiesa, con los tobillos cruzados dejando ver medias con encaje, su cabeza erguida, su vocecita queda y solemne diciendo "buenos días, señorita" como una muñeca a cuerda. Las demás niñas cuchicheaban y se reían, tironeaban de los juguetes y se empujaban unas a otras, pero ella no. Ella simplemente se quedó sentada en un rincón, muy quietecita, peinando una muñeca de pelo lacio, largo y rubio (tan distinto de sus cortos rizos chocolate que parecían resortes). Pese a estar rodeada del bullicio de un montón de niños pequeños a la hora del recreo, ella permanecía imperturbable. A él eso no le gustaba nada.
Tal vez, si rompía su concentración, si la distraía de su muñeca, ella dejaría su semblante serio, tal vez dejaría de parecer una muñeca de porcelana para convertirse en una niña de verdad con la que él pudiera jugar.
Hizo todo lo que se le ocurrió para llamar su atención. Su risa se volvió la más potente, su voz la más alta. Se esforzó en correr más rápido que cualquiera de los otros niños, caminó haciendo equilibrio por el borde del cantero (e incluso se cayó dentro aparatosamente, aplastando las flores), atrapó un sapo y empezó a perseguir a las otras niñas con él. Todo fue en vano. Con su aire de reina característico, ella continuó desenredando los cabellos de la muñeca, perdida en su mundo, como si todos los demás fuesen insignificantes a sus ojos. Como si él fuese insignificante.
Aquello era inaceptable. Nadie lo ignoraba, nunca, y mucho menos las niñas con cabellos como resortes, ojos brillantes y cintas rojas en la cabeza. Era hora de tomar medidas drásticas.
Caminando en puntas de pie, se acercó a ella por detrás. Miró una vez alrededor, asegurándose que la maestra estuviera distraída (ya bastante lo había reprendido por lo del sapo y las flores), y que los demás niños estaban ocupados en sus juegos y peleas. Entonces, con una sonrisa maliciosa, tomó uno de los rizos y tiró con fuerza.
Todo se sucedió muy rápidamente.
La niña gritó, saltó de un brinco de su asiento, dejando caer la muñeca y se dio vuelta a mirarlo con ojos llenos de lágrimas que no lograban empañar la furia destellando en ellos.
- ¡Te odio! Eres malo, feo y... ¡y un cerdo!
Él no se sintió dolido. Al contrario, estaba encantado de por fin tener su completa atención. Además, cuando se enojaba los ojos le brillaban y sus mejillas pálidas se volvían color rosa, y él pensó que así ya no parecía una muñeca.
Sonriendo como había visto sonreír a su papá cuando "hacía negocios", le extendió la mano para que ella la estrechase.
- Yo soy Chuck. ¿Y tú?
Ella apretó los puños y los dientes.
- No te importa.
Frunció la nariz, como si hubiese olor feo, y se dio media vuelta. Él empezó a correr tras ella, pero un niño con pelo claro y mejillas redondas le cortó el paso.
- ¿Es tuya?
La niña se detuvo y miró al recién llegado, que sostenía su muñeca.
- ¡Belle!
El chico le alcanzó la muñeca, y para consternación de Chuck, la pequeña le correspondió con una sonrisa radiante.
- Yo soy Nate. ¿Y tú?
La niña estrechó la muñeca contra su pecho, parecía dudar.
- Yo soy Blair – dijo en voz queda. Nate le tendió una mano.
- ¿Quieres ir conmigo a las hamacas?
Ruborizándose, ella asintió tímidamente y tomó su mano. Los dos se alejaron charlando, dejando atrás a un niño de cabellos oscuros y rasgos puntiagudos hirviendo de furia y también, de decepción.
