Vicio #24 – Control

Blair Waldorf aprendió a muy corta edad que había ciertas cosas que no podía controlar.

No podía hacer que su mamá dejara sus dibujos y sus telas para que la llevara al parque, en vez de enviarla con Dorota. No importaba cuántos berrinches tuviera, cuántas lágrimas rodasen por sus mejillas, su madre siempre se mantenía inflexible. A lo sumo levantaría la vista el tiempo suficiente para mirarla con desaprobación, diciendo que si seguía llorando así la cara se le llenaría de arrugas y se volvería una niña tan fea que nadie querría jugar con ella.

No podía hacer que su papá volviera antes del trabajo, aunque lo llamase por teléfono constantemente e inventara que le dolía la panza. Él siempre se mostraba comprensivo y le prometía que le compensaría el tiempo perdido en el fin de semana, pero no era lo mismo.

No podía hacer que su cabello brillara como un halo ni reírse a carcajadas como Serena, en quien se fijaban todas las miradas. Por mucho que lo quisiera, no podía correr libremente, treparse a los árboles ni abrazar impulsivamente a la gente al igual que hacía su amiga, a quien todos admiraban y parecían querer instintivamente.

No podía hacer que su dibujo fuese el más bonito de la clase ni su voz la más alta del coro. No podía hacer que la eligieran primera cuando se formaban equipos para cualquier juego, ni que la invitasen a todas las fiestas de cumpleaños.

No podía hacer que sus padres dejaran de discutir en voz baja tras puertas cerradas, ni impedir que su madre se deshiciera en llanto cuando su papá desaparecía durante horas y volvía oliendo a un perfume de hombre que no era el suyo. Tampoco pudo evitar que su papá finalmente se marchase, dejándolas atrás.

Había muchas cosas que Blair Waldorf no podía controlar. Lo aprendió a muy corta edad, y también aprendió a muy corta edad que debía intentar controlar tantas cosas como pudiera para evitar terminar con un corazón roto.

Aprendió a calcular todo hasta el más mínimo detalle, a hacer esquemas y trazar planes. Organizó su vida según diagramas cuidadosamente diseñados, empezó a regirse por horarios, normas, pautas. Si planeaba todos los detalles, si calculaba los pro y los contra, si cumplía paso a paso con sus objetivos, entonces nada podría salir mal. Nada podría derrumbar su castillo en el aire, nadie podría lastimarla.

El plan era simple. Dar las mejores fiestas (para ser tan popular que todas las niñas quisieran ser sus amigas y no quedarse nunca más sola en un rincón), ser la mejor alumna (para que también sus maestros le prestaran atención), comportarse siempre como la hija modelo (para que sus padres nunca volvieran a ignorarla), tener el noviazgo y el matrimonio perfectos con el chico ideal (para nunca sufrir lo que padecían sus padres), ir a Yale y convertirse en una dama de sociedad (para que nunca nadie pudiera pasarle por encima). Sólo tenía que seguir el plan y todo sería perfecto.

Lo que Blair no aprendió de pequeña, sin embargo, era que nada perfecto duraba por siempre. Podías conseguir un instante de belleza inmaculada, un momento de felicidad absoluta, un latido de perfección y paz, pero sólo sería eso: un instante, un momento, un latido que se desvanecería demasiado aprisa. Blair no pudo, no quiso aprenderlo pese a ver el matrimonio de sus padres derrumbarse ante sus ojos, pese a descubrir fisuras y grietas en su relación con Nate, pese a enterarse que su mejor amiga no le brindaba la lealtad que ella siempre había dado por sentada. Blair seguía creyendo que podría alcanzar la perfección y con ella su felicidad si cuidaba de los detalles, si respetaba los esquemas, si hacía que todos se movieran a su compás, si tiraba de los hilos correctos.

Blair se había olvidado, sin embargo, que aún los mejores planes tenían puntos ciegos, pequeñas e impredecibles fallas que podían desequilibrar toda la estructura.

Ella nunca esperó que él fuera uno de esos puntos ciegos. Él, quien no seguía más normas ni reglas que las suyas propias, quien jamás había trazado un plan a largo plazo, quien se desplazaba por la vida con despreocupado abandono. Él, de cuyos hilos ella no podía tirar; él, que veía a través de todas sus manipulaciones y descifraba sus maquinaciones al instante, quien la conocía demasiado bien para dejar engañar. No podía manejarlo, no podía hacer que él actuara como ella quería. No entraba en ninguno de sus proyectos, se salía de todos los esquemas. Era la única persona a la que ella no podía predecir, la única a la que no podía controlar.

Era inaceptable y por lo tanto trató de arrancarlo de su vida cuanto antes.

Mas él jamás estuvo dispuesto a seguir su juego y en cambio creó uno nuevo, un juego del cual ella no conocía las reglas, tal vez porque no existieran, tal vez porque cambiaban todo el tiempo como cambiaba el torbellino de emociones que él le despertaba, un torbellino que nublaba sus sentidos y socavaba su razón.

Uno a uno, él fue arruinando cada uno de sus planes, desbaratando cada una de sus metas. Tendría que haberlo odiado, tendría que haber huido de él a la menor oportunidad. Alguien que con una sonrisa ladeada, un destello en sus ojos, unas palabras susurradas en su oído pudiera tener tanto poder sobre ella era peligroso y toda su vida ella fue a lo seguro.

No huyó, sin embargo, no lo espantó ni lo volvió a apartar de su lado. Porque cuando sus dedos se deslizaban por su espalda, cuando sentía su cálido aliento sobre su cuello, cuando sus labios recorrían centímetro a centímetro su piel, Blair Waldorf por primera vez se sentía realmente viva, y tal vez aquello no bastase para alcanzar la perfección, tal vez era su polo opuesto... pero hacía que perder el control valiera finalmente la pena.