Vicio #18 – Tabaco

Los chicos del Upper East Side no son como los demás. Mientras en el resto del mundo los adolescentes que deciden rebelarse contra sus padres, la escuela o el mundo beben cerveza, fuman cigarrillos a escondidas o les roban las llaves del auto a sus padres, los chicos de la zona más exclusiva de Manhattan llevan la rebeldía a un nuevo nivel. Se bajan botellas enteras de champagne y whiskey como si de agua se tratase, dejan la marihuana para el baño de la escuela y se dan con cocaína en las fiestas, y si realmente desean hacer enfadar a sus padres, se escapan un fin de semana en el yate familiar.

Chuck Bass, el chico-problema del Upper East Side, el peor mujeriego, el que jamás dice que no a una fiesta y quien nunca se molestó ni en aprender las reglas ni en seguirlas, jamás ha probado un cigarrillo y sólo tomó cerveza una vez, en el mejor pub irlandés de Manhattan, y la encontró tan asquerosa que jamás volvió a hacer el intento.

Tal vez por eso se queda de una pieza cuando encuentra a Blair Waldorf fumando un Malboro en el baño de una fiesta.

La mira un momento con los ojos abiertos de par en par. En un principio cree que se trata de una alucinación, que ese último martini estuvo de más, pero no hay lugar a dudas: la chica con el vestido negro ceñido al cuerpo, el moño de terciopelo en el cabello y un cigarrillo entre los labios es Blair.

Ella no se da cuenta de su presencia, ocupada como está en darle una calada al cigarrillo y toser después. Anillos de humo salen de su boca, creando una extraña aureola alrededor de su cabeza.

- Blair, ¿qué haces?

Ella es demasiado digna para dar un respingo, pero parpadea un par de veces por la sorpresa. Cuando sus ojos se topan con él, sin embargo, su expresión se vuelve desafiante.

- Me fumo un cigarrillo, ¿no ves?

Él entorna los ojos, suspicaz.

- ¿Y desde cuándo fumas?

Ella encoge sus delicados hombros, y en ese momento él se da cuenta que lleva un strapless que los deja descubiertos. Traga saliva y aparta la vista por una milésima de segundo. Recuerdos de una enagua de seda deslizándose por esos hombros inundan su mente, al punto que casi puede sentir la piel tersa ardiendo bajo sus dedos.

- Podrías por lo menos fumar algo más... no sé, light, quizás. Malboro no es tu estilo.

Ella mira al cigarrillo y deja escapar un suspiro.

- Me lo dio un chico.

- ¿Quién? – pregunta Chuck, con el súbito e incomprensible deseo de romperle la cara. Ella pone los ojos en blanco.

- Nadie importante.

Da otra calada al cigarrillo y esta vez tose un poco menos. Casi ha dominado la técnica para evitar que la ceniza caiga en sus zapatos y Chuck no puede evitar preguntarse qué ha impulsado esto. Blair Waldorf no es de las que la juegan de rebeldes. Ella es la Reina de la Corrección, la Guardiana de las Buenas Costumbres, la Alumna e Hija Modelo. Tal vez ya no sea ni virgen ni inocente, tal vez sea manipuladora y despiadada, pero Blair no es de las que rompen las reglas sino de las que las crean. Sea lo que sea que la haya empujado a provocarse un cáncer de pulmón (y amarillearse los dientes) tiene que ser grave.

A Chuck no debería importarle. Ella dejó muy en claro cuál era su lista de prioridades y qué lugar ocupaba él en ella, y él ya se ocupó de aclararle su escaso interés en lo que pudiera pensar de él.

Pero los dos saben que no son más que mentiras y autoengaños, y esta noche Chuck no está de humor para seguir con la función.

- Blair, ¿qué es lo que te pasa?

Ella se muerde apenas el labio inferior, y Chuck casi puede leer las causas en su frente. Nate sigue enfadado con ella, mamá la ignora como siempre, papá está en Francia con su novio, Serena en Brooklyn con el suyo y ella ha perdido su corona en su círculo elitista. Blair no es nada si no predecible y sin embargo, sigue fascinando a Chuck de un modo inexplicable.

- Estoy tan... cansada – susurra, y Chuck casi se pierde sus palabras con el ruido infernal de la fiesta al otro lado de la puerta – Estoy cansada de hacer siempre las cosas bien y que me salgan mal, estoy harta de preocuparme todo el tiempo, de estar pendiente de todo el mundo... – Sus ojos están fijos en el espejo frente a ella pero parece no ver su propio reflejo ni el de Chuck detrás – Quería olvidarme de todo por un rato, supongo. Ser otra persona, hacer las cosas de otra manera, no sé. Dejar de ser... yo, supongo.

¿Por qué? Eres la única persona que realmente importa en este lugar, en toda la ciudad. Chuck se apresura a borrar el pensamiento traicionero de su mente.

- ¿No te parece que hay mejores maneras de relajarte? No sé, emborracharte quizás, o fumarte un porro o, ya que quieres rebelarte, ¿por qué no algunas líneas de cocaína?

Sin darse vuelta a mirarlo ella pone los ojos en blanco.

- Todo el mundo hace esas cosas.

- ¿El cáncer de pulmón es original ahora?

Ella abre la boca para responder, pero se lo piensa mejor. Ahora mira al cigarrillo con desconfianza.

- Nadie se muere de cáncer por un cigarrillo – reflexiona, pero él nota que no vuelve a darle una calada. Él enarca una ceja.

- Probablemente no pero, ¿y tus dientes?

Ella frunce el ceño y lo mira a los ojos a través del espejo.

- ¿Qué pasa con mis dientes?

Él asume un aire indiferente, poniendo las manos en sus bolsillos.

- Bueno, van a volverse amarillos, lo que se verá horrible en las fotos. Y en cuanto a tu aliento... mejor ni hablemos.

Ahora sí parece horrorizada Blair, pero aún no apaga el cigarrillo. A Chuck se le ocurre que para ella tal vez simboliza la libertad que jamás disfruta, la rebeldía que no se atreve a manifestar. Puede imaginarse entonces lo difícil que es para ella desprenderse de esta pequeña rebeldía, de este pequeño desafío por más tonto e insignificante que en realidad fuese.

- Si quieres hacer algo diferente, algo... liberador – le dice y ella levanta la vista - ¿por qué no intentas con algo más divertido?

Ella lo observa con cierta suspicacia.

- ¿Como qué?

- Bueno, no sé. Podríamos empezar yéndonos de la fiesta más aburrida del siglo e ir algún sitio divertido.

Ella pone los ojos en blanco otra vez y arruga la nariz.

- Yo no vuelvo a subirme a tu limusina, Bass.

Él se encoge de hombros.

- Podríamos ir caminando.

- Llueve.

- ¿Y qué? Es verano.

Ella sacude la ceniza en el lavatorio, pensativa.

- ¿Y a dónde iríamos?

Chuck no tiene idea, así que suelta lo primero que le viene a la mente.

- Podemos ir al parque. Siempre te gustaron las hamacas.

Por primera vez, ella se da vuelta para mirarlo de frente, sus ojos castaños enormes por la sorpresa.

- ¿Lo recuerdas?

- ¿Cómo olvidarlo, si siempre me obligabas a empujarte cuando Nate no lo hacía?

- Mentira – replica ella de inmediato, haciendo un mohín – Era perfectamente capaz de hamacarme sola.

- Yo no dije que no fueras capaz, sólo que no se te daba la gana. Ya en ese entonces te gustaba mandar.

Ella sonríe débilmente por el comentario y él le devuelve la sonrisa. ¿Qué está pasando aquí? Se supone que se detestan, que se han arruinado la vida mutuamente, que nunca volverán a dirigirse la palabra. Y sin embargo aquí están, ella con su mirada eternamente triste de muñeca rota, él tratando con desesperación de hacerla sonreír como si de ello dependiera su vida, y tal vez, tal vez lo haga.

- ¿Y qué haríamos en el parque, además de hamacarnos?

Él le sigue el juego.

- Podríamos tomarnos un helado...

Sorpresivamente, ella no se apresura a señalar que esas cosas engordan, sino que se limita a decir:

- Chuck, son las dos de la mañana.

Él se limita a sonreír.

- Blair, es Nueva York. En algún lugar debe haber una heladería abierta y si no, siempre podemos robar un poco en la cocina del hotel. ¿Qué dices?

Ella parece dudar, el cigarrillo consumiéndose entre sus dedos, un bucle rebelde enmarcando su rostro. Él espera su respuesta, casi conteniendo la respiración. Casi, casi puede imaginarlo...

Ella caminando bajo la lluvia suave de verano, sin importarle su peinado perfecto ni su maquillaje y él a su lado, envolviendo sus hombros desnudos con el saco de su traje, sin importarle si se arruina. Los dos jugando carreras en la calle, empujándose uno al otro como cuando eran niños, tomándose el pelo como lo han hecho toda la vida. Sus zapatos de taco alto hundiéndose en el barro mientras caminan por el parque, él riéndose al imaginar la cara de Dorota cuando le toque lavarlos, ella uniéndose en sus carcajadas. Sus bucles castaños flotando en el viento mientras se hamaca más y más alto, él a su lado, tratando siempre de alcanzarla, sus pies rozando el cielo...

Y después caminando bajo las luces de Nueva York, el helado derritiéndose en su boca, la mano cálida de ella apretada en la suya y tal vez, después...

Ella apaga lo que queda del cigarrillo contra el borde del lavatorio y lo deja apoyado allí.

- Gracias por la oferta, pero me tengo que ir. Le prometí a Kati que bailaría aunque fuera una vez con su hermano. Hasta luego.

Y antes de que él pueda decir palabra, Blair abandona el baño, la máscara de Reina de Hielo de vuelta en su lugar, con su sonrisa plastificada y sus ojos opacos. Chuck la observa marcharse, la magia de un instante atrás disolviéndose bajo las luces fluorescentes.

Traga saliva y él también vuelve a colocarse su máscara. Como Blair, él tiene un rol que cumplir, una reputación que mantener. Puede ser que sea considerado el rebelde del Upper East Side, pero la verdad que Chuck está tan atado por lo que todo el mundo espera de él como la propia Blair.

Va a salir del baño, con el firme propósito de terminar de emborracharse y conseguir una chica con quien pasar la noche, cuando sus ojos se posan en la colilla de cigarrillo. Siguiendo un impulso, la agarra y se la guarda en el bolsillo del saco. No puede explicar porqué le parece importante llevarse un recuerdo de esta noche, pero Chuck Bass raras veces se cuestiona a sí mismo.

Con una última mirada rápida al espejo, Chuck se prepara para volver a cargar con sus propias cadenas, llevándose el recuerdo de la última rebelión de Blair Waldorf con él.