Vicio # 12 – Mentir

En un mundo donde los espejos devuelven un reflejo engañoso y el barniz dorado de una vida glamorosa intenta esconder lo oscuro y retorcido, es difícil distinguir entre la verdad y la mentira. Nadie está obligado a cargar con el rostro o los rasgos físicos que le tocaron en suerte, no cuando puedes pagar a los mejores cirujanos y a un ejército de estilistas para que te rodeen las 24 horas del día, cuidando que ni un solo cabello se salga de su lugar, que el maquillaje no se corra y revele una imperfección que descubra tu humanidad. Y si lo peor llegara a suceder, el Photoshop puede cubrir con una pátina brillante cualquier pesadilla y convertirlo en un producto a vender.

Los límites entre realidad y ficción se difuminan cuando cualquier historia puede rescribirse con sólo conocer los contactos adecuados, cuando se puede teñir de brillo y glamour los eventos más anodinos, cuando los secretos más oscuros se esconden bajo alfombras persas y tapices de hilos de oro. Conceptos supuestamente absolutos como "amistad" y "amor" pierden su sentido cuando los niños aprenden a valorar a sus compañeros de colegio por la cuenta bancaria de sus padres y primero se firman los acuerdos prenupciales antes de que se elija el anillo de compromiso.

La mentira es el lenguaje natural en su mundo y eso es algo que Eric Van der Woodsen sabe muy bien.

A corta edad aprendió que el engaño y la simulación no se encontraban sólo sobre las tablas de un escenario sino en el mismo living de su casa. Eric y Serena aprenden de pequeños que es mejor pretender que su padre jamás existió a hacer preguntas sobre su paradero. Mientras los cheques sigan llegando con la puntualidad de un reloj suizo, es inútil intentar preguntarse porqué nunca han recibido una sola llamada por teléfono suya desde que abandonó su casa antes de que Eric siquiera pudiera formarse un recuerdo nítido de él. También aprenden a sonreír plásticamente cuando su madre empieza a hacer planes para una nueva boda, haciendo de cuenta que realmente creen que esta vez será la vencida. Como si no supieran de sobra que una vez que la luna de miel se acabe y las valijas de quien debería haberse convertido en un padre sustituto se encuentren en la puerta, sólo les quedarán un nombre y algunas fotos que irán a parar a la basura.

En una casa donde su madre sigue jugando a que tiene la familia modelo cuando termina firmando sus divorcios antes que el vestido de novia tenga tiempo de juntar polvo en el placard, donde las "indiscreciones" de Serena se cubren con crema para tapar las ojeras y reuniones secretas con la directora para que no la suspendan, donde las vendas en las muñecas de Eric intentan ocultarse con un viaje imaginario a Miami, no es de extrañar que la mentira se vuelva algo familiar.

Aún cuando no les guste, aún cuando se esfuercen por encontrar algo sólido de lo que aferrarse, los Van der Woodsen caen en sus propias trampas una y otra vez. Eric no se sorprende demasiado cuando Serena insiste en que ha encontrado el amor verdadero y un camino para ser auténtica en Dan Humprhey y al mismo tiempo trata de ocultarle tanto sobre su pasado como le es posible. O cuando su madre asegura que no volverá al ciclo de nunca acabar y luego empieza a organizar su boda con un hombre que tiene una única expresión en el rostro pero una cuenta bancaria abultada y quien al parecer aún se cree los cuentos de hadas de Lily Van der Woodsen.

Tampoco debería sorprenderle cuando él mismo se ve envuelto en la misma red de mentiras y simulaciones. Cuando le asegura a la Dra. Miller que las cosas en casa marchan mejor que nunca, cuando delante de sus compañeros finge que las pastillas que debe tomar son medicamentos cualquiera en vez de antidepresivos, cuando pretende no ver que Serena está otra vez en problemas o al sonreírle a su madre y felicitarla por sus inminentes nupcias – de una forma y otra, él forma parte del mismo círculo vicioso. Le guste o no, está en sus genes, en el aire que ha respirado toda su vida.

Por ello es que, quizás, cuando vislumbra un destello de algo verdadero, procura aferrarse a ello, construir algo tangible a partir de aquello que no está compuesto meramente de dorados y barnices. Como su nueva camaradería con Chuck, por ejemplo.

Eric no es ingenuo, contra lo que la mayoría de la gente pueda creer. Sabe perfectamente que Chuck elige pasar tanto tiempo con él últimamente en parte porque desde que Nate ha dejado de hablarle se ha quedado bastante solo y en parte porque para él tener una familia es una novedad y el rol de hermano mayor es uno que nunca creyó que podría ocupar. Eric sabe todo esto, pero también se da cuenta que eso no significa que el interés de Chuck por cultivar su amistad sea menos sincero.

Probablemente sea la persona más manipuladora, retorcida e inescrupulosa en todo el Upper East Side (siempre y cuando Georgina Sparks y la abuela Cece estén fuera de la ciudad, claro está) y sin embargo, es también la más honesta con la que Eric haya tratado nunca. Chuck no intenta ocultar su naturaleza, no intenta barnizar la fealdad a su alrededor con una pátina dorada y una sonrisa forzada. Eric no tiene que fingir que es feliz todo el tiempo cuando está con él, no tiene que pretender que le importan los sentimientos de todo el mundo, no tiene que ocultar que él también puede ser egoísta a veces. Es un alivio poder correrse de la imagen del niño frágil pero eternamente comprensivo que su madre y su hermana le han construido, un alivio poder reírse de bromas de mal gusto y poder hacer chistes sobre las cicatrices en sus muñecas sin preocuparse porque alguien pueda sobreinterpretarlo como un signo de depresión.

Chuck no lo trata como si fuera de cristal, no lo mira como a un fenómeno de circo. Quizás es algo paternal con él a veces, quizás se toma demasiado a pecho su autoimpuesto rol de hermano mayor, pero Eric tiene que admitir que es mucho más divertido tener un hermano que una hermana, aunque nunca se lo confesará a Serena.

Claro que, como todo en este mundo, la amistad de Chuck también tiene su precio a pagar.

- Es un montaje, te das cuenta a kilómetros de distancia. ¿No viste cómo lo mira, como si viera a través de él? Y él prácticamente le pide permiso para tomarla de la mano... Te apuesto mi reloj Piaget a que no se están acostando.

Eric frunce el ceño. Están cómodamente sentados en la limusina de los Bass, tomándose sendos capuccinos de Starbucks (el de Chuck con una buena dosis de whiskey, por supuesto) y mirando a través de los vidrios polarizados cómo Blair Waldorf besa una vez más a Carter Baizen al otro lado de la calle. Hay tal grado de azúcar en las sonrisas que intercambian que Eric está convencido de que si sigue mirándolos mucho rato morirá de diabetes.

- Creí que ya no tenías ese reloj... ¿No te lo había robado Carter?

Chuck hace un gesto con su mano libre para restarle importancia.

- Era una manera de decir. Pero mira, simplemente míralos. Es lo más falso que vi en mi vida desde que Hazel se operó la nariz.

- Y que encima le quedó torcida – agrega Eric, con una risa ahogada nada magnánima. Chuck, sin embargo, no sonríe. Tiene el ceño fruncido con tanta fuerza que Eric está casi convencido que la frente le quedará así de forma permanente, y sus ojos no se despegan de la pareja en la vereda de enfrente. La mano que sostiene el café tiene los nudillos blancos y Eric espera que no termine reventando el vaso de cartón y volcándoselo encima... aunque con la concentración de Chuck tan irrevocablemente fijada en los otros dos, es probable que ni siquiera se dé cuenta al sentir el café hirviendo sobre él.

- Chuck, ¿por qué no lo dejas ya? Si seguimos acá mucho rato más Blair se va a dar cuenta y probablemente pida una orden de restricción en tu contra.

- No lo hará – le responde él con su seguridad característica - ¿No te das cuenta que esto es precisamente lo que ella busca?

- ¿Que la persigas en plan acosador psicópata?

- ¡No! Bueno, no sé – Duda un momento y por primera vez despega la vista de la pareja feliz para clavarla en Eric, quien se sorprende al ver la mirada esperanzada en los ojos castaños - ¿Crees que podría estar haciéndolo sólo para que yo la vea y me enfade? ¿Que lo hace por mí?

Eric sabe que camina sobre aguas muy pantanosas, porque Chuck Bass no será una persona muy abierta con sus sentimientos que digamos, pero habría que estar ciego y sordo para no darse cuenta de ciertas cosas.

Lo cual hace que uno se pregunte – una vez más – por el coeficiente intelectual de Nate Archibald, pero ésa es otra historia.

- ¿Tengo cara de saber qué pasa por la cabeza de Blair Waldorf?

Chuck tiene que admitir que no, probablemente porque hay veces en que ni siquiera él mismo puede saber qué hay debajo de los moños de terciopelo y las sonrisas filosas de la chica.

Al cabo de un rato, Chuck se toma de un trago lo que queda de su capuccino (probablemente helado a estas alturas) y se hunde en el asiento.

- Tienes razón, no tiene sentido seguir aquí mirándolos. No voy a poder sacar nada en limpio así.

Eric suelta un casi imperceptible suspiro de alivio... hasta que Chuck se da vuelta a mirarlo con una sonrisa decididamente macabra en el rostro.

- Pero tú sí puedes hacerlo por mí.

El chico se endereza de golpe en el asiento y casi vuelca su propio café.

- Chuck, sea lo que sea que estés pensando...

- No te preocupes, no es nada ilegal ni riesgoso físicamente – responde él con tranquilidad – Sólo quiero que los sigas y veas qué hacen cuando no está todo el mundo mirándolos.

Eric enarca una ceja, replanteándose seriamente las supuestas y engañosas ventajas de tener un nuevo hermano mayor.

- ¿Y dices que no es riesgoso físicamente? ¿Qué crees que me hará Blair cuando descubra que la estoy siguiendo?

Chuck pone los ojos en blanco.

- Blair no va a arriesgarse a romperse una uña para golpearte. Además, eres el hermano de su mejor amiga... y le caes bien.

Eric se lo queda mirando con los ojos abiertos de par en par.

- Yo no estaría tan seguro sobre...

Pero antes de que pueda decir otra palabra, Chuck le abre la puerta de la limusina y empieza a empujarlo para que salga.

- Vamos, Eric, que es un favorcito de nada. ¿Para qué están los hermanos, acaso?

La Dra. Miller suele decirle que tiene que ser más firme en sus decisiones. Que no puede seguir dejando que los demás hagan sus elecciones por él sólo porque odia las confrontaciones, que a veces uno tiene que enfrentarse a sus seres queridos para reafirmar su independencia. Que no será el fin del mundo si alguna vez le dice que no a alguien.

Mientras observa a la limusina alejarse por la ajetreada avenida, Eric se pregunta porqué sigue haciéndole despilfarrar a su madre quinientos dólares por sesión a la semana sólo para que le digan obviedades que nunca pondrá en práctica.

-

Para ser una tarde de primavera, el clima está jodidamente frío y Eric se está calando en los huesos. Tuvo que guardar la bufanda en la mochila porque era demasiado reconocible, y se levanta el cuello del saco en un vano intento por paliar el aire gélido, imitando el estilo de Chuck sin darse cuenta. Podría mandar a la mierda a Chuck e irse a su casa, donde la calefacción y un cómodo sillón lo están esperando... pero en cambio sigue caminando a unos cuantos metros detrás de Blair Waldorf y Carter Baizen, ocultando el rostro cada vez que sospecha que uno de los dos puede mirar por encima del hombro. Muy a su pesar, Eric tiene que admitir que la pareja del año está picando su curiosidad.

Caminan de la mano, acompasando sus pasos, y a primera vista lucen como cualquier otra pareja adolescente del mundo... pero hay pequeños detalles que no encajan. Por ejemplo, la distancia entre ambos. Pese a estar tomados de la mano, caminan tan lejos el uno del otro como les es posible. Por el otro lado, casi ni se miran. Blair parece estar más pendiente de las vidrieras o de saludar con entusiasmo a cualquier conocido que se crucen que de su flamante novio, y Carter no disimula demasiado cuando mira a otras chicas pasar.

Éste último detalle desconcierta a Eric cuando ve que no sólo Blair no le llama la atención a su novio por su conducta, sino que ni siquiera parece importarle. Conociendo a Blair como la conoce, y sabiendo de sobra la naturaleza asfixiante-obsesiva-paranoica de su relación con Nate, que no muestre ni una pizca de celos demuestra que está muy segura de los sentimientos de su novio... o que no le importan en absoluto.

Llegan hasta el edificio de Blair y Eric se agacha, ocultando el rostro mientras finge atarse los cordones. Los observa entrar por el rabillo del ojo y se pregunta qué hacer. Técnicamente, ya ha cumplido con Chuck. Los ha seguido, los ha observado y no ha sacado nada en limpio pero ése no es asunto suyo. Su misión aquí ya está cumplida.

Y sin embargo... Eric se conoce a sí mismo mejor de lo que la Dra. Miller cree, y sabe perfectamente que la curiosidad puede ser uno de sus peores defectos. Serena y su madre se horrorizarían al saber cuántas cosas él es capaz de enterarse con sólo detenerse a escuchar tras la puerta en el momento oportuno, y ahora que lo piensa quizás no sea tan extraño que alguna vez todo el mundo haya creído que él mismo era Gossip Girl.

Eric se pone de pie y le echa una mirada rápida al reloj. Conoce al guardia del edificio mejor que al del Hotel Palace y sabe que Dorota no será un problema. Duda, mira de nuevo al reloj. Quince minutos deberían bastar.

Se apoya contra una pared en la vereda de enfrente y por una vez lamenta no fumar, porque sería una excelente forma de matar el rato sin levantar sospechas. Mala suerte, piensa, y entonces se le ocurre sacar el celular. Es tan buena excusa como cualquier otra y como no tiene nada mejor que hacer se pone a mirar el blog de Gossip Girl. Tuerce el gesto cuando ve la interminable lista de rumores ridículos contra Blair y Jenny que parecen llenar la página, y cuando ve una entrada que compara los nuevos novios de cada una de ellas algo se retuerce en su estómago. Algo que podría muy bien ser culpa, sobre todo cuando ve la sonrisa radiante de Jenny.

Ella no se merece algo así y lo sabes, le dice la muy irritante voz de su conciencia, y en momentos así realmente le gustaría ser como Chuck y no tener una, aunque en el fondo sepa que eso no es necesariamente cierto.

Da vueltas el teléfono en su mano, sin saber qué hacer. Ver la felicidad de Jenny estos últimos días ha sido una patada al hígado, y cada vez que se la encuentra con una sonrisa de oreja a oreja Eric tiene que contenerse para no empezar a gritar.

Y sin embargo, no te atreviste a decirle nada, ¿verdad?

Realmente odia a su conciencia.

Eric Van der Woodsen no es una persona particularmente valiente. Tiene sus momentos, como todo el mundo, pero en general duda demasiado antes de actuar, pensando y volviendo a pensar cada paso, las más de las veces acobardándose antes de darlo. Las únicas veces que hizo algo drástico en su vida (decirle la verdad a Blair y a Jenny sobre su supuesto viaje a Miami, escapar del Centro Ostroff, incluso tomar la Gillette de la repisa del baño y rasurarse las muñecas) siempre fue por impulso, actuando antes de darse tiempo para echarse atrás, sin permitirse siquiera pensarlo dos veces... porque sabía que si lo hacía, nunca se atrevería.

Sus dedos buscan en el directorio del celular la letra J, y marca el número correspondiente sin detenerse a pensar en lo que va a decir. Jenny merece saber la verdad, y está harto de quedarse callado, harto de acobardarse cada vez que intenta hablar con ella. Se lo va a decir de una, como le salga, y que sea lo que Dios quiera.

Como no puede ser de otra manera, lo atiende el correo de voz. No debería sorprenderle, dada su mala suerte natural y el hecho de que casi no ha podido hablar con Jenny estas últimas semanas. Si no fuera porque tanto Dan como el señor Humphrey le aseguran que ellos tampoco casi le han visto el pelo a Jenny en días, él podría jurar que lo está evitando.

Si supiera la verdad, seguro que te evitaría.

Trata de desechar ese pensamiento y vuelve a fijar la vista en el edificio de enfrente. Ni Carter ni Blair han salido aún y Eric se pregunta si debería esperar un poco más. ¿Realmente se atreverá a llevar a cabo la idea que se le acaba de ocurrir? ¿O se echará atrás como de costumbre? Vuelve a mirar el reloj, quizás para infundirse ánimos, y siente el celular vibrar en su bolsillo. Lo saca a toda velocidad y casi lo deja caer en su prisa por abrirlo, pero al ver de quién es el mensaje lo cierra de nuevo con furia. Si será caradura...

Quizás sea por la ira repentina que lo invade, quizás porque está harto de esperar como ha hecho toda su vida a que finalmente pase algo, o tal vez simplemente porque se está muriendo de frío, pero el caso es que decide tirar toda precaución por la borda y cruza la calle.

El guardia lo reconoce en seguida y lo deja pasar. En cuanto a Dorota, un giro afortunado del destino hace que ella no lo vea entrar al penthouse y así Eric logra subir las escaleras sin que nadie se dé cuenta de su presencia allí. Al alcanzar el cuarto de Blair se detiene un momento, pero al ver la puerta entreabierta su confianza regresa a él. Blair podrá ser muchas cosas pero no una exhibicionista (salvo alguna vez, quizás, en Victrola), así que sea lo que sea que esté haciendo con Carter allí dentro, al menos los dos estarán vestidos.

Entra sin llamar y se detiene en seco, sorprendido. Carter y Blair se encuentran en extremos opuestos de la habitación, él mirando la tele, ella sentada frente a la computadora. No se miran ni se dirigen la palabra en ningún momento, como si ni se percatasen que el otro se encuentra allí.

- Eh... ¿Blair?

Los dos se dan vuelta a mirarlo, Blair abriendo los ojos, sorprendida, Carter con expresión indiferente.

- ¡Eric! Qué... sorpresa. ¿Cómo estás?

- Eh... bien, ¿y tú?

- Perfectamente.

Un silencio decididamente incómodo se instala entre ellos. Blair gira la silla de modo que queda de espaldas a la computadora y concentra su atención en Eric, cruzando las manos sobre el regazo. Hay una mirada expectante en sus ojos y él se da cuenta con un sobresalto que ella seguramente debe estar esperando que él explique qué hace allí.

- Esteee... ¿Podríamos hablar un momento?

- Seguro – responde Blair, claramente intrigada. Mira por primera vez a Carter y su voz sufre una sobredosis de sacarina al decir – Cariño, ¿te importaría...?

- Por supuesto que no – responde Carter automáticamente – Tengo que ver a mi padre de todos modos, así que...

- Oh, sí, ve, no lo hagas esperar. ¿Nos vemos mañana?

- Claro, claro – dice él mientras recoge sus cosas – Después te llamo.

Eric anota mentalmente que Carter no le da un beso de despedida a Blair cuando se marcha y que ella no parece darse cuenta del detalle. No sabe cómo lo interpretará Chuck, pero seguro que le va a encantar escucharlo. Vuelve a la realidad cuando ve que Blair empieza a impacientarse y, presa del pánico, Eric suelta lo primero que le viene a la cabeza.

- Estoy preocupado por Serena.

Esto captura definitivamente la atención de Blair, y él siente un inconveniente retortijón de culpa cuando ve la preocupación en su rostro.

- ¿Qué pasó? ¿Ha vuelto a meterse en problemas?

- No... no estoy seguro – admite Eric, sentándose en el borde de la cama – Es sólo que hace un par de semanas hubo unos días en los que anduvo actuando muy raro, ¿recuerdas? Hasta se perdió el examen de los SAT y se la había pasado estudiando semanas enteras...

Blair parece pensativa.

- Sí, eso fue bastante extraño. Es decir, si se hubiera tratado de la Serena a.C – Eric reconoce el término "a.C" como "antes de Connecticut", adonde su hermana huyó el año pasado para encerrarse en un internado – no me hubiera llamado tanto la atención. Hubiera pensado que había salido a tomar algo la noche anterior y que la resaca no la había dejado levantarse, pero...

- Serena ya no hace esas cosas – completa Eric y ella asiente con la cabeza.

- ¿No habrá tenido una pelea con Cabbage Patch...? No, él tampoco sabía nada – Blair se muerde el labio y se acomoda el moño en la cabeza que ya estaba perfectamente colocado antes de que lo tocara – La verdad, no tengo idea. Pero ahora ha vuelto a la normalidad, ¿no?

- Bueno... sí – admite Eric a regañadientes. Blair le dedica una sonrisa.

- Entonces, sea lo que sea ya ha pasado – Se inclina hacia delante para apoyar una mano en su rodilla y le habla en un tono casi maternal – Te prometo que voy a estar atenta, pero no creo que tengas nada por lo que preocuparte, ¿de acuerdo?

- Gracias, Blair – le responde, sintiéndose fatal. Blair vuelve a enderezarse en su asiento y al cabo de un rato, frunce el ceño.

- ¿Eso era todo, Eric? ¿O querías preguntarme algo más?

Demasiado tarde, él se da cuenta que se ha quedado estático en el lugar, dejando pasar una perfecta oportunidad para la retirada. Los ojos castaños de la chica se clavan en los suyos cual sondas que intentasen atravesarle el cráneo para ver qué hay debajo. Eric hace un esfuerzo para no tragar saliva y escupe lo primero que llega a sus labios:

- Es... Jenny.

Sabe que es un craso error incluso antes que Blair se envare y su expresión adquiera el hermetismo de una bóveda de seguridad. La guerra por los escalones del Met y el trono de Constance Billards se ha vuelto cruenta y – porqué no – bizarra desde que el blog de Gossip Girl se volvió el nuevo campo de batalla. Serena ya le advirtió que no vale de nada intentar razonar con Blair, quien culpa – quizás no sin una pizca de razón – a Jenny de su caída en desgracia. Eric lo sabe, sabe también que no vale de nada meterse donde no lo llaman, que por algo evita las confrontaciones a toda costa... y sin embargo, tal vez porque no se ha apartado de sus pensamientos durante toda la semana, quizás porque su culpa le hace sentir que le debe algo, Eric alza la barbilla y dice:

- Creo que estás cometiendo un error con ella, Blair. Jenny no es... Jenny no nació para manejarse en el Upper East Side.

Blair alza las cejas y sus labios se curvan en una sonrisa levemente escalofriante, pero Eric lleva el tiempo suficiente viviendo bajo el mismo techo con Chuck Bass como para amedrentarse.

- Eso no lo duda nadie, Eric. Por eso quiero mandarla de vuelta a donde pertenece: al último escalón de la cadena alimenticia junto a las rebajas de Wal-Mart.

- No es eso lo que quise decir, Blair – replica él, poniéndose de pie y empezando a caminar por la habitación, quizás nervioso, quizás irritado o simplemente harto. – Quiero decir, ella no es como las demás chicas de Constance Billards o los chicos de St. Jude's o nuestros padres. Ella no se crió como ellos, aprendiendo a mentir antes que a hablar, a conspirar en el jardín de infantes y clavarle el cuchillo por la espalda a su compañerito de banco en la primaria.

Se pasa una mano por el pelo, revolviéndoselo más que de costumbre y se tira de los puños de la camisa en un gesto inconsciente adquirido en sus días en el Centro Ostroff para ocultar unas vendas que ya no están allí.

- Ella es diferente, Blair. Puede que Jenny haya empezado esto, puede que no, no sé, pero sí sé que no tiene idea de en qué se está metiendo. Ella no está hecha para esto, ella... No es como tú o como yo.

Eric, harto de dar vueltas como un trompo, se deja caer nuevamente en el borde de la cama, falto de aire y con un remolino en la cabeza después de tanta sinceridad inesperada, después de admitir en voz alta que por más que le disguste, él está cortado por la misma tijera que Blair y todos los demás. No la mira de inmediato ni falta que le hace: la chica irradia gelidez en ondas expansivas.

Cuando finalmente se digna a hablar, la voz de Blair fácilmente podría cortar el acero y pulverizarlo.

- ¿De veras crees eso, Eric? ¿De veras crees que Jenny no es tan capaz de engañar y traicionar como el resto de nosotros? Dejame decirte algo, y que conste que me tomo el esfuerzo sólo porque me preocupo por ti.

Al escuchar esto Eric levanta la vista, incrédulo, pero Blair está completamente seria, los hombros rígidos, los labios apretados, su rostro sombrío.

- Jenny es capaz de lo que sea para subir aunque sea un escalón más, Eric. No le importará tener que mentir o pisar a quien tenga que pisar para conseguirlo. Conozco bien a las de su tipo, y no hay nada que no estén dispuestas a hacer para ganar, no dejes que te engañe con su cara de nenita inocente.

- Y sin embargo – replica Eric, su voz frigorífica – no me imagino a Jenny teniendo un noviazgo de fantasía para ganar unos puntos de popularidad en la escuela.

Son palabras dichas al tuntún, un tiro a ciegas sin más guía que las sospechas paranoicas producidas por los celos de Chuck... que pese a todo da en el blanco porque Blair da un respingo. Una milésima de segundo después, ella recupera el aplomo, pero los dos saben que ya es demasiado tarde. Se quedan mirándose fijamente un momento, hasta que la comprensión relampaguea en los ojos castaños de la chica.

- Te mandó Chuck, ¿verdad?

Podría mentir. Podría inventar otra excusa, podría limitarse a negarlo o a darse media vuelta y dejarla sin la satisfacción de una respuesta. Pero Eric está harto, harto de la red enmarañada en que se ha convertido su vida en que cada hilo es una mentira diferente que se retuerce y se enreda con todas las demás.

- ¿Para qué me preguntas lo que sabes de sobra? ¿Acaso no es él el destinatario de todo este espectáculo que te has montado?

Por primera vez Blair no le sostiene la mirada, sino que gira su silla levemente y fija sus ojos en la pantalla de la computadora.

- Chuck Bass no es mi preocupación principal ni mucho menos – Empieza a teclear algo cuando Eric suelta un resoplido. Sus dedos se detienen sobre el teclado y concede a mirarlo por sobre el hombro, incrédula como siempre que alguien osa cuestionarla - ¿No me crees?

Eric se encoge de hombros y se pone de pie.

- Se me hace muy difícil si te soy sincero pero, ¿sabés qué? Da igual. Pueden seguirse destrozando uno al otro tanto como les plazca. Hasta luego, Blair. Nos vemos.

Está llegando el ascensor cuando Blair se asoma por las escaleras, una expresión inescrutable en su rostro.

- No fui yo quién empezó con esto, Eric.

Nunca aclara si habla de Jenny o de Chuck pero tampoco importa realmente.

- Lo sé, Blair pero, ¿no crees que sería mejor terminarlo antes que...?

No completa la frase, porque en la mirada dura de Blair ya puede leer la respuesta. Cansado, le hace un gesto de despedida antes de meterse en el ascensor, y por un instante fugaz antes de que se cierren las puertas, Eric podría jurar que la máscara de frialdad de la chica se resquebraja... o tal vez sea simplemente su imaginación.

-

Aparentemente, Chuck está demasiado entusiasmado con la perspectiva de acompañar a Bart en su despedida de soltero como para prestar mucha atención a la versión resumida que le cuenta Eric de su conversación con Blair. Va de acá para allá dándoles órdenes a su valet para que coloque sus trajes de diseñador en la valija de tal o cual manera, buscando sus anteojos de sol o lamentándose de que Lily no le haya dado permiso a Eric para acompañarlos. El propio Eric no lo lamenta tanto. Extrañará un poco a Chuck, claro, pero no tanto a Bart y de todos modos, sospecha que la diversión que su futuro hermanastro espera encontrar en Mónaco simplemente no es de su estilo.

Sólo cuando el valet ha salido de la habitación para buscar un último traje de la tintorería, Chuck se pone a acomodar con aire distraído su pasaporte y sus documentos y pregunta como si tal cosa:

- Así que ella no negó que fuera todo una farsa, ¿verdad? ¿Y dices que ni siquiera se estaban besando cuando entraste a su habitación?

Eric suspira y vuelve a confirmárselo. Chuck suelta una risita maliciosa, aún sin levantar la vista.

- Siempre supe que Carter era un imbécil. Si yo estuviera a solas con Blair Waldorf en su habitación, puedes estar seguro que no estaríamos viendo la tele...

Al darse cuenta del giro peligroso que está tomando la conversación, Chuck calla de golpe. Arriesga una mirada de reojo hacia Eric, que mantiene su expresión neutra, y con cierto alivio evidente empieza a hablar sobre todas las mujeres con las que piensa acostarse en Mónaco. Eric asiente en los momentos apropiados, sabiendo perfectamente que aún a kilómetros de distancia Chuck encontrará el tiempo para chequear el blog de Gossip Girl obsesivamente, buscando el más leve indicio de Blair, y que ninguna de aquellas mujeres de las que tanto se jacta tendrá rizos castaños ni labios rojos.

-

Chuck se marcha aunque su presencia sigue haciéndose sentir en los llamados diarios que reciben Serena y Eric. Ya se echan a reír cuando ven que han recibido otra llamada suya, y sus risas intentan ocultar todas las cosas que ninguno de los dos quiere admitir en voz alta. Los hermanos Van der Woodsen saben que la fantasía de una familia salida de un cuadro de Norman Rockwell que ha construido Chuck en su cabeza – asumiendo que el bueno de Norman pintase familias que viviesen en penthouses y apreciaran el bótox y el whiskey importado – está destinada a fracasar porque ya han transitado este camino antes y saben cómo acaba la historia una vez que se firman los papeles de divorcio. Quizás porque una vez que ven a Chuck entusiasmado por algo que no es ni inmoral ni retorcido no se sienten capaces de acribillar su sueño infantil de cenas familiares al estilo Ingalls, quizás porque ellos mismos necesitan creer que esta vez están construyendo una relación sobre una base más sólida que los vaivenes sentimentales de su madre. En cualquier caso, hasta Serena le da el gusto a Chuck cuando éste decide actuar como el hermano mayor (aunque ella le lleve dos meses) y Eric se da cuenta que la preocupación de Chuck por ella tiene relación con el comportamiento extraño de su hermana semanas atrás. Debería extrañarle el alivio que le produce saber que, sea lo que sea que le haya sucedido a Serena, su hermanastro está al tanto y está dispuesto a echarle una mano, pero Eric ha aprendido que, pese a sus defectos, hay cosas para las que uno puede confiar en Chuck Bass tácitamente.

No sólo a causa de Serena encuentra tiempo Chuck para preocuparse cuando se supone que debería estarse divirtiendo en Mónaco. Extrañamente – o tal vez no, porque ya debe de haberse dado cuenta que no puede engañarlo tan fácilmente como a otros – Chuck no le pregunta por Blair sino por él mismo, y hay una genuina nota de preocupación en su voz.

- ¿Estás seguro de que estás bien? Porque suenas bastante raro, y ya en los últimos días que estuve en Nueva York no parecías estar del todo bien.

Eric se sorprende que en medio de su paranoia obsesiva respecto a Blair y Baizen Chuck haya tenido tiempo de notar que el mundo a su alrededor seguía girando, pero quizás debería empezar a darle un poco más de crédito. Por más centrado en sí mismo que pueda estar, Chuck siempre ha sido más agudo que Serena y a lo mejor Eric tendría que tenerlo en cuenta la próxima vez que intente ocultarle algo.

- No... no pensé que te hubieras dado cuenta. No me dijiste nada.

Eric juraría que casi puede ver a Chuck encogerse de hombros al otro lado de la línea telefónica y a un océano de distancia.

- Pensé que si querrías hablar de ello, lo harías.

Y he ahí porqué la relación entre Eric y Chuck es tan increíblemente sencilla cuando viven en un mundo tan jodidamente complicado.

- ¿Tiene algo que ver con el chico de Ostroff? Porque, bueno, no puedo aconsejarte mucho en esa área pero...

Eric puede sentirse cómo sus mejillas empiezan a incinerarse y agradece que Chuck no pueda verlo, aunque para ser sinceros su hermanastro suena tan incómodo como él se siente.

- Mira, si necesitas vengarte del imbécil ése, seguro que se me ocurre algo, aunque preferiría que esperases a que yo vuelva para ponerlo en práctica. No te ofendas, pero los planes conspirativos no son tu especialidad.

- No me ofendo, no te preocupes – responde Eric con una sonrisa que se esfuma al instante cuando a la entrada del colegio se detiene una limusina harto familiar y de ella desciende Jenny Humphrey, luciendo más radiante que nunca – Y no tienes que empezar con los planes conspirativos aún, creo... creo que esto puedo resolverlo yo.

- ¿Seguro? – pregunta Chuck y no le es difícil imaginárselo con un whiskey en la mano, una chica en su regazo y la ceja derecha enarcándose.

- Seguro – afirma Eric entre dientes mientras contempla, al igual que toda la escuela, cómo se besan Jenny y Asher parados en los escalones de entrada, casi tan cinematográficamente como lo están haciendo Blair y Carter contra una columna a pocos metros de ellos.

Se despide de Chuck y cierra el teléfono con mucha más fuerza de la necesaria, la bilis ardiéndole en la garganta cuando Jenny se despide de Asher con un último beso y corre a reunirse con sus amigas que la rodean como a una abeja reina. Asher no se mete de inmediato en su limusina, un craso error porque al levantar la vista su mirada se encuentra con la de Eric. Sus ojos se abren apenas por la sorpresa, y el muy caradura se da el lujo de saludarlo con la mano.

Eric se considera una persona tolerante. Probablemente no tan tolerante como su madre y Serena parecen creer cuando dicen que él es incapaz de enojarse o guardar rencor, pero aún así tolerante, poco dado a estallidos de furia o arranques de ira. Cuando gira sobre sus talones y se dirige a grandes zancadas hacia Jenny, sin embargo, es un milagro que no le estalle una vena para teñir las baldosas del carmesí que inunda sus pensamientos.

Ni siquiera se pregunta qué le va a decir a Jenny, cómo se las va a ingeniar para decirle la verdad sin lastimarla. Está harto, harto de espejos y pantallas, de mentiras piadosas que cortan más que las navajas y harto de pátinas de perfección y belleza que no logran ocultar la podredumbre debajo. Lo último que quiere es herir a Jenny, pero tiene que arrancarle la venda de los ojos de un tirón antes de que sea demasiado tarde, antes de que descubra en carne propia sobre qué bases engañosas se construyen las relaciones en el Upper East Side.

Eric no quiere darle la razón a Blair Waldorf, pero cuando Jenny suelta una risa tonta y una teoría ridícula, para después darle la espalda y arrojarle un "llámame luego, ¿vale?", se ve forzado a considerar que aunque no haya nacido para mentir y simular, Jenny Humphrey ya ha aprendido a engañarse a sí misma con la misma habilidad que cualquier habitante del UES.

Demasiado turbado para quedarse allí parado soportando las miradas y risitas tontas del nuevo séquito de Jenny, Eric se da media vuelta y baja los escalones de entrada a la carrera. Recibe unas cuantas miradas curiosas y si levantase la vista vería cómo Blair aparta a Baizen de sí para lanzarle una mirada preocupada, vería a Dan Humphrey cruzar el patio y seguirlo pocos metros después. No levanta la vista y no ve a ninguno de ellos.

No sabe lo que va a hacer a continuación ni le importa, nunca se ha salteado clases sin un buen motivo en su vida pero no puede permanecer ni un segundo más allí.

No llega a doblar la esquina cuando siente que lo toman del brazo y antes de poder reaccionar tiene su espalda contra la fría pared, unos ojos azules harto familiares mirándolo fijamente y su aliento cálido en su rostro, a escasos centímetros del suyo.

- No has respondido a ninguno de mis mensajes.

¿Y qué esperabas, imbécil? Como si no fuera lo suficientemente malo que se haya montado la linda obra de teatro sobre una feliz pareja normal, no tuvo mejor idea que elegir a la mejor amiga de Eric como co-estrella. Hablando de añadir insulto sobre injuria... Eric no se lo dice, porque no quiere admitir que por debajo de la furia hay dolor en carne viva y porqué no, celos también, porque él nunca se jactó de ser mejor que Chuck y un romance fingido no necesariamente duele menos.

- ¿No te preocupa que alguien nos vea? Es un lugar público y si mal no recuerdo tienes una novia.

Quizás debería concederle unos puntos extra porque Asher ni siquiera amaga a mirar por encima del hombro a los transeúntes que circulan por la calle, pero Eric no está dispuesto a concederle absolutamente nada. Intenta apartarse, pero Asher no está dispuesto a soltar su presa y cuando se inclina para besarlo quizás Eric se vea forzado a admitir que no se trata meramente de fuerza física porque su voluntad parece haberse ido por el desagüe.

En un mundo donde nada ni nadie es lo que parece ser a simple vista, donde se hacen denodados esfuerzos por pintar una ficción bella que cubra la putrefacción, es difícil distinguir la realidad del engaño. Eric tiene un inesperado momento de claridad en el cual se da cuenta que cada mentira no sólo es un hilo de una red que se vuelve cada vez más enmarañada, sino que las mentiras también son cadenas que atan y rasgan a cada una de las personas que conoce – su madre, Serena, Asher, Chuck, Blair, Carter y hasta la propia Jenny .

Y también descubre que, por más que lo deteste, por más que le horrorice y le repugne, él mismo está tan enmarañado y encadenado por sus propias mentiras como cualquiera de ellos.