Capitulo 2: El galán de negro

Su corazón dio un vuelco cuando divisó, fuera de la ventana a otro bandido, pero a diferencia del que estaba en su camarote, éste llevaba una pistola en la mano. Oh no. El que estaba en su camarote también tenía una pistola... rayos.

Volvió su mirada al hombre parado frente a ella, tan exquisitamente masculino. Y comprendió que no estaba jugando cuando le preguntó a Kagome dónde estaba el dinero. Su voz era ronca y viril, muy sensual.

—Usted está equivocado. Este tren no lleva dinero. Solo contiene el féretro del General Wolf. Por favor, no nos haga daño, váyase —su voz sonaba ahora temblorosa. Estaba asustada.

—Tranquila, no voy a hacerte daño. Solo... solo déjame robarte una mirada... tus ojos son las dos joyas mas hermosas que he visto en toda mi vida... —

Kagome se quedo literalmente embobada. Jamás alguien le había hecho tal cumplido, y menos aun, haberlo pronunciado con tanto halago y devoción. Los ojos de su captor resplandecían, llameando e hipnotizando a Kagome. Jamás había visto tales ojos...

Repentinamente, Kagome se dio cuenta de que estaba semidesnuda, frente a un bandido al cual no conocía en lo absoluto y que ciertamente llevaba consigo una pistola y un cuchillo.

Pegó el grito del año, y tratando de protegerse del asalta trenes, agarró un candelabro que tenía a mano y se lo arrojó con toda la fuerza que tenía en ese momento.

El candelabro pasó rozando al bandido, ya que éste lo había evadido ágilmente.

—Vaya vaya, pero qué valor... tirarme un candelabro en vez de gritar como una loca frenética o desmayarse... ciertamente esta noche será muy agradable...— pensó Inuyasha, a la vez que avanzaba, hábil, hasta quedar frente a frente con la mujer que casi le había roto el cráneo debido a sus tiros locos.

Kagome estaba embobada por la cercanía de aquel hombre que la hacía sentirse como una tonta chiquilla enamorada, y a la vez temerosa por no saber qué intenciones tenía ahora que sabía que en el tren no había dinero.

Trémula, lo miró a los ojos y la sonrisa de Inuyasha la sobresaltó.

—Por favor, váyase. Aquí no tiene nada que hacer. No hay dinero ni ningún objeto de valor. No nos haga daño— la voz de Kagome parecía quebrada, aunque quería que sonase tranquila.

—Ya me había dicho usted anteriormente que no había dinero en el tren. Pero creo que se equivoca al decir que no hay ningún objeto de valor aquí— Inuyasha no dejaba de sonreír con esa sonrisa sensual característica de él.

En ese instante a Kagome le temblaron las piernas. Llegó a su mente vago recuerdo del dije de oro y lapislázuli que le había dado su madre en su lecho de muerte, y que apreciaba tanto.

El dije siempre lo llevaba consigo, colgado de su níveo cuello. Y en raras ocasiones se lo sacaba, para dejarlo en su cofre secreto. Lastima que en ese preciso momento el dije no estuviera en el cofre, sino colgado de su cuello.

Instintivamente se toco el cuello, como un acto de protección. Fue solo una fracción de segundo, que no paso desapercibida para la mirada dorada de Inuyasha, que recorría con descaro, todas las curvas del cuerpo de Kagome.

— ¿A que se refiere con que me he equivocado? Le aseguro que en este tren solo llevamos el féretro del general, que es lo único de gran valor que hay aquí. Claro, si es que usted considera la ropa interior de los pasajeros como un objeto de gran valor...— apuntó Kagome, que iba ya perdiendo el temor que le causaba el encapuchado frente a ella.

Inuyasha rió con suavidad, mostrando su perfecta y blanca dentadura.

— Bueno, jamás había considerado la ropa interior masculina atrayente, pero no puedo decir lo mismo de la femenina...— bajó su mirada hasta el pecho de Kagome, que solo esta cubierto con una manta, y que aparentemente no tenía mucha utilidad, ya que dejaba entrever parte de los senos de la muchacha.

Kagome, al notar que la mirada del sujeto delante de ella había descendido para situarse en su pecho, aferró la manta con más fuerza a su pecho, sonrojándose profundamente.

— ¡Usted es un degenerado! Salga inmediatamente de mi camarote o aténgase a las consecuencias —

—Hm... creo que me atendré a las consecuencias... me gustan los retos — y dicho esto se acercó a Kagome, tomando delicadamente su mentón con su mano, rozando sus labios con los de ella.

En ese instante, unos pasos se oyeron sonar en el pasillo, junto a la puerta de Kagome.

— ¿Señorita Kagome, se encuentra usted bien? Escuche gritos allá adentro— sonó la voz profunda y masculina del capitán Kouga tras la puerta.

Justo cuando Kagome volteó para ver la reacción que había puesto Inuyasha al oír la voz del capitán, se dio cuenta de que se iba a escapar por su ventana, como anteriormente lo hubiera hecho, pero para entrar.

Lo hubiera detenido para que el capitán lo arrestara, pero Inuyasha fue más rápido que ella y salto por la ventana, quedando sentado en el lomo de un caballo que no había ni visto venir.

Cuando respondió al capitán, que no había pasado nada, y este se hubiera marchado, oyó el sonido de dos disparos al aire.

Seguro que era el misterioso bandolero burlándose del que no lo ha podido atrapar.


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