Capitulo 3: San Francisco de los Arenales
Cuando por fin llegaron a su destino, Kagome estaba hecha un mar de nervios. Nunca le gustó cambiarse de casa cuando era más pequeña, y definitivamente todavía no le era de su agrado. Pero le reconfortó saber que pronto se irían de allí, ella y su hermano. Solo debía quedarse dos días en aquel lugar, tiempo suficiente para comprarse un poco de ropa nueva y presenciar la lectura del testamento del difunto, el cual redactaba que su hermano heredaría toda su fortuna y que ella iba a ser la encargada de cuidar por su hermano hasta que cumpliera la mayoría de edad y pudiera cobrar su herencia.
Cuando salió del vagón, la luz de las velas la cegó por un momento, haciendo que tropezara con un peldaño del tren. Cerró los ojos instintivamente, como ocurre cuando alguien sabe que está por caerse y que trata de amortiguar la caída con sus manos. Pero para sorpresa de Kagome, no cayó al suelo, sino que había caído en el regazo de unos fuertes brazos la retenían en un posesivo abraso.
Al levantar la vista y posarla en los ojos del hombre frente a ella, la sorpresa emanaba de cada poro de su cremosa piel. ¡Era el bandido! Estaba segura. Esa mirada... y su intensidad... tenía que ser él, aunque no se explicaba el porqué de su aparición en ese pueblo. Tal vez fuese un simple pueblerino que ha de tener el mismo color de ojos que el asalta trenes... Muy convincente, más no para ella.
Trató de balbucear algo, más fue callada por el supuesto "bandido".
— ¿Acaso tengo algo en la cara, que es el motivo de su insistente mirada? O es que me encuentra atractivo... — su sensual sonrisa la hipnotizó, como anteriormente lo había hecho el bandido encapuchado.
—No me gusta alardear... pero para las mujeres soy irresistible. Se vuelven locas con solo verme... Y veo que este es uno de esos casos — sonrió Inuyasha, sardónico, tratando que Kagome se enojara, mostrando ese rubor tan inocente que se apoderaba de sus mejillas cada vez que la invadía la rabia.
Y se regocijó interiormente cuando pudo notar el fugaz rubor en las mejillas de la joven delante de él. Se le veía totalmente azorada. Y él sabía porque...
—Perdone usted, pero creo que me debe más respeto. Si no se ha dado cuenta, le informo que soy la viuda del difunto General Wolf y déjeme decirle que no me agradan este tipo de "bienvenidas" — trató de parecer indiferente, conteniendo la ira y el azoramiento provocado por... ése.
En ese momento llegó el Capitán Kouga, y en el mismo instante se percató del montón de personas que estaban reunidas allí, seguramente para darle el pésame y despedirse de su venerado General.
—Disculpe. Sí… usted. Si me permite, tengo que ir a recibir los más sentidos pésames de estos pueblerinos. Si me hace el honor de moverse... —
La verdad es que a Kagome le pareció que había sido algo injusta y... pesada con ese hombre. Además, él la había sostenido cuando casi se había tropezado, y seguramente estaba jugando con ella cuando mencionó la reacción de las mujeres por su atractivo. Aunque debía de admitir que tenía un físico espectacular y un rostro demasiado perfecto...digno de los Dioses y un...
— Inuyasha —
— ¿Perdón? — la acariciadora voz varonil la había sacado de sus pensamientos, turbándola enormemente.
—Inuyasha Taisho. Ese es mi nombre. Soy el presidente de este pueblo y médico de la población. Lamento que no le haya parecido mi bienvenida, pero creo que es mi deber el informarle que en este pueblo todos los hombres saludamos a la bellas damas así— al guiñarle un ojo, Kagome se sintió enrojecer súbitamente.
Cuando por fin pudo hablar, balbució unas cuantas cosas, muy cómicas para el humor de Inuyasha.
—Bien señor Taisho, si me disculpa, tengo que atender algunos asuntos. Adiós — le dedicó una fugaz sonrisa algo forzada y se marchó, demasiado apurada para su gusto y conformidad.
Cuando estuvo alejada de aquel perturbador hombre, exhaló el aire contenido, que extrañamente había contenido al hablare anteriormente. No sabía porqué, pero ese hombre la turbaba enormemente. Talvez fuese por su increíble atractivo, se dijo, o por su voz tan sensual... o por esos ojos encandilantes que hechizaban y reflejaban lo fogoso y apasionado que podía ser en el dormitorio.
Rápidamente se reprimió por el curso que llevaban sus pensamientos, y recibió, con una sonrisa, el pequeño ramo de flores que le entregaban un niño que sollozaba incontrolablemente.
Al finalizar la despedida al cuerpo sin vida del General, una fuerte brisa azotó a todos los allá presentes, apagando las velas y causando el murmullo de voces atrás de la capilla.
— ¿Qué te dije? Es el mal augurio de ésa... el mal augurio que trajo al pueblo y a todos nosotros. Seguro que está maldecida —
Cuando la ceremonia efectuada en la iglesia hubo terminado, todos los pueblerinos se dispusieron a volver a sus humildes hogares. Todos, excepto Kagome e Inuyasha, junto con el Capitán y una joven de cabello negro lacio, muy sensual, y que descaradamente trataba de llamar la atención de Inuyasha cada vez que podía, moviendo sus rebosantes senos o contoneándose sobre su bien proporcionado trasero cuando pasaba al lado de Inuyasha.
A Kagome esto le enfureció. No era que le importase que ésa estuviese coqueteándole a ese hombre... para nada. Solo estaba molesta porque era un mal ejemplo para su hermano...
Cuando las ultimas personas salieron de la iglesia, Kagome preguntó al Capitán donde dormirían su hermano y ella. El Capitán le había respondido que en su casa, pero al momento su madre, Tsubaki, se había opuesto con el pretexto de que no podían quedarse en su casa debido a que no le gustaban los niños que no obedecían órdenes y que se quedaban jugando con los soldaditos. O como ella los había llamado, mocosos problemáticos.
—Souta es un niño muy bien educado señora, y siempre obedece cuando alguien le ordena hacer algo. Y le voy a decir algo, usted no tiene ningún derecho a llamar a mi hermano mocoso problemático. El es el mejor niño que existe, y si le soy sincera, aunque usted no se opusiera a alojarnos en su casa, no le aceptaríamos. Prefiero dormir en la calle a compartir el mismo techo con una arpía como usted — y dicho esto, Kagome giró sobre sus talones y arrastró a su hermano lejos de esa gentuza.
— ¿Y ahora donde vamos a dormir Kagome? — Las lágrimas comenzaron a salir de los grandes ojos cafés de su hermano, quien le sujetaba la mano con fervor.
—No te preocupes Souta, ya encontraremos algún lugar, no llores. Sabes que no me gusta verte llorar... ahora seca esas lágrimas que vamos a comprar un dulce¿sí? —
— ¡Sí! —
Ya estaban llegando al hombre que vendía algodones de azúcar, cuando una mano retuvo a Kagome del brazo y la hizo voltearse suavemente, para encontrarse con esa mirada tan apasionada y brillante. Se estremeció al sentir el tacto de sus cálidas manos sobre su tersa piel, acariciándola y subiendo cada vez más...
— ¿Le podemos ayudar en algo, señor Taisho? —Logró musitar, todavía turbada por la repentina presencia de aquel hombre y por el suave contacto de su mano con su piel.
—Vi como Tsubaki se portó con ustedes, y si le soy sincero, nunca había visto a alguien responderle tan tajante. Es una mujer muy fría e hiriente con sus comentarios, que no soporta que nadie le vaya con la contraria. Y cuando usted se dio la vuelta, su rostro estaba rojo por la ira y parecía que iba a perseguirla hasta que le pidiera perdón de rodillas — sonrió al imaginar a Kagome pidiéndole perdón a esa señora.
Aunque no llevaba mucho tiempo conociendo a Kagome, sabía que a la menor presencia de ofensa hacia ella o su hermano, esta respondía con comentarios punzantes e hirientes. O sino, con comentarios sarcásticos, que sin duda, para ella eran como un arma de defensa contra otros.
—Mire, si vino aquí solo para darme el sermón del día está perdiendo el tiempo. Me importa un pepino si a esa mujer le caigo mal o si quiere perseguirme y matarme. Ella ofendió a mi hermano llamándolo mocoso problemático y yo le respondí como cualquier hermana lo hubiese hecho. Si eso la ofendió, bueno, mejor lo hubiera pensado dos veces antes de expresarse así de mi hermano — sus mejillas estaban encendidas al máximo y su cabello estaba alborotado. Sus ojos llameaban, y eso maravilló a Inuyasha por completo.
—Se equivoca Kagome, yo no vine a darle el sermón. Vine a ofrecerle mi casa para que usted y su hermano pudieran darse una ducha y descansar. Si usted desea, podemos olvidarnos de este acontecimiento e irnos felices todos a dormir. ¿Qué le parece? O ahora me va a saltar con que no porque no le gustan los hombres a los cuales les coquetean las mujeres... — dijo, guiñándole un ojo, sonriendo malévolo.
Las mejillas de Kagome se tornaron de un color carmín intenso. Sentía que el corazón se le aceleraba y que el calor la abrazaba efusivamente.
— ¿Qué quiere decir con eso? A mi no me importa que ésa mujer esté coqueteándole. Es más, me importa más la vida de una hormiga a lo que ocurra con ustedes dos. Por mí, pueden hacer lo que les plazca hacer —
La sonrisa de Inuyasha se ensanchó al oír las palabras de Kagome. Con que había visto cómo Kikyo trataba de llamar su atención… Muy bien. Le gustaba la dirección que iban tomando las cosas.
—Muy bien señorita¿Qué le parece si dejamos este tema para otra ocasión? Está comenzando a helar y no creo que a usted y su hermano les guste estar en cama por una semana, bebiendo caldos de pollo ¿O me equivoco? — rió suavemente, haciendo que Kagome se estremeciera y asintiera molesta. No le gustaba que ése sujeto tuviera la razón. En nada...
Inuyasha tomó la mano de Souta y ofreció a Kagome su brazo, para escoltarla hasta su caballo. Kagome miró a Inuyasha con in disimulada sorpresa. La verdad es que nunca hubiese imaginado a ese hombre ofreciéndole el brazo ni menos su casa.
"Creo que me apresuré al juzgar a este hombre. Talvez solo trata de agradarme y yo no le he dado la oportunidad con mis evasivas..." — pensó Kagome, antes de aceptar el brazo de Inuyasha con una tímida sonrisa y perderse entre la oscuridad de la noche.
Muchisimas gracias por todos sus reviews! abrazo
