Cenicienta

Las manos le temblaban. No podía casi ni respirar de los nervios. Su corazón latía agitadamente y mantenía sus ojos fuertemente cerrados, intentando evitar saber lo que pasaba a su alrededor.

- ¿Estás segura de que todo está en su lugar? – una voz masculina reprochaba a lo lejos y en voz baja.

- Si, todo está en orden, sólo falta que comiencen – otra voz, pero femenina, le respondió.

- Bien, entonces mantengámonos cerca por cualquier detalle

Abrió un ojo con miedo y pudo divisar a la rubia idiota de Rei, con una sonrisa triunfante, ya lista sobre el escenario. Llevaba un vestido estilo antiguo color verde oscuro. Apretó sus puños, recordando el episodio insoportable de hacía unos minutos atrás.

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Todos estaban sentados en sus respectivos asientos frente al escenario donde entregarían los diplomas a los graduados del Instituto. Los chicos en las primeras filas y, más atrás, sus familiares.

Entre las primeras butacas se encontraban Rukia, con su panza de seis meses de embarazo, Ichigo, teniéndola de la mano, Uryu con una sonrisa nerviosa, mirando de reojo a Orihime, que estaba sentada a su lado, y Renji, que recién había llegado de la Sociedad de Almas. Todos charlaban muy bajito.

Miyu giró su cabeza para comprobar si aún no llegaba Byakuya, ella sabía que estaba invitado y que Haruto no lo sabía. Sonrió pensando en la cara de espanto que pondría al verlo y volvió a su anterior posición. Carraspeó para llamar la atención de su novio, que sólo mantenía su vista fija en el escenario y su ceño muy arrugado.

- Hey – le dijo con timidez y algo de picardía.

- ¿Qué quieres?

- ¿Qué es lo que tanto miras?

- Estoy intentando no pensar en nada, para no terminar de decidir salir corriendo de aquí – se cruzó de brazos.

- Vas a arrugar tu uniforme – Miyu llevó su mano derecha a su boca para tapar su risotada. Haruto gruñó.

- Hmp

Una de las profesoras más viejas del Instituto subió rápidamente al escenario, con unos papeles en la mano. Tomó el micrófono y comenzó a hablar.

- En unos minutos daremos por comenzado este acto – leyó algo en los papeles – Les pedimos muy encarecidamente que nadie se mueva de su asiento hasta que no se los llame a subir al escenario. El telón permanecerá cerrado debido a que está listo para la obra que presentarán nuestros alumnos de la tercera división después de la entrega de diplomas – una señora que estaba sentada en la primera fila, levantó la mano con insistencia. Llevaba un cuadernillo y unas gafas ridículas.

- ¿Señora? ¿Quiere decir algo? – preguntó la profesora, con molestia.

- Si, por favor, podría adelantar algo de la obra que presentarán los alumnos. Soy del periódico de Karakura y hemos venido expresamente por esta obra

- Mire – miró con indiferencia a la mujer, leyendo su credencial, que colgaba de su cuello – Señora Kamina, todo lo referente a la obra será debidamente presentado en el momento en que haya terminado la ceremonia de entrega de diplomas. Le voy a pedir que espere hasta ese momento. Gracias

Miyu esbozó una sonrisa y Haruto chasqueó la lengua. ¿Ahora también saldrían en el periódico? No sólo había venido Renji, sino que media Karakura lo vería en fotos.

- ¿Sucede algo, Haru? – lo miró con sus ojos afinados y de reojo.

- ¿Eh? – giró su cabeza. ¿Haru? ¿Y ahora qué bicho le había picado?

- Digo, estás tan callado y serio…

- No, no pasa nada

- ¡¡Haruto-kun!! – la voz histérica de Rei le taladró los oídos.

- ¡¡Hola Kurosaki-san!! – y no faltaba nunca su hermanito a su lado.

- ¡Ay! ¡Ya se sentaron juntos! – protestó Rei. Haruto y Miyu los ignoraban, mirando al escenario.

- No importa, ne-chan, nos sentaremos a su lado – los dos se sentaron, Rei junto a Haruto y Kazu junto a Miyu.

- ¿No les molesta que nos sentemos aquí, verdad? – la rubia les preguntó.

- Como quieran – ambos le contestaron al unísono.

- ¡Qué bien! ¡Son lugares perfectos! – acotó Kazu, a los gritos. Todos los de alrededor comenzaban a voltear y mirarlos.

- ¿Puedes bajar la voz? – le preguntó Miyu. Haruto se recostó en el respaldo.

- Pero, ¿qué hay de malo? Pronto nos verán todos sobre el escenario – Rei se oía muy emocionada.

- Nada, déjalo… - dijo Miyu resignada, apoyando su mano en la rodilla de Haruto.

///

- Había una vez un hombre que se casó en segundas nupcias con una mujer, la más altanera y orgullosa que jamás se haya visto. Tenía dos hijas que se le parecían en todo. El marido, por su lado, tenía una hija, pero de una dulzura y bondad sin par; lo había heredado de su madre que era la mejor persona del mundo – un chico bajito leía con voz fuerte la introducción de la obra.

Rukia tomó la mano de Ichigo con fuerza, él, sonrió.

- ¿Nerviosa? – le preguntó divertido.

- Es que…

- ¡No me digas que Haruto actuará! – dijo Renji.

- Pues, si… - Rukia bajó la vista.

- ¿Y por qué tan deprimida, Rukia? – le preguntó Uryu, corriendo su mano de la de Orihime. La castaña lo miró mal.

- Es que temo que Haruto haga alguna de sus escenas – todos comenzaron a reír, menos Rukia que levantó su vista al escenario y puso su otra mano en su panza.

- Junto con realizarse la boda, la madrastra dio libre curso a su mal carácter; no pudo soportar las cualidades de la joven, que hacían aparecer todavía más odiables a sus hijas. La obligó a las más viles tareas de la casa: ella era la que fregaba los pisos y la vajilla, la que limpiaba los cuartos de la señora y de las señoritas sus hijas; dormía en lo más alto de la casa, en una buhardilla, sobre una mísera cobija, mientras sus hermanas ocupaban habitaciones con parquet, donde tenían camas a la última moda y espejos en que podían mirarse de cuerpo entero – continuó el relator.

- Todo saldrá bien – le dijo Ichigo a Rukia, acercándose a su oído. Luego le dio un pequeño beso en la mejilla. Rukia sonrió y apretó más su mano.

- Eso espero – acotó.

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- ¡Papá! ¡Papá! – Miyu corría por uno de los pasillos de la mansión Ishida. - ¡Papá! – llegó a una habitación y abrió de golpe la puerta.

- Acá no está Uryu… - la voz y la sonrisa de Orihime decepcionaron a Miyu, que bajó resignada la cabeza. - ¿Qué sucede? – Orihime se levantó de la silla donde estaba sentada y se acercó a Miyu.

- Quería decirle algo a mi papá – dijo, sin ganas.

- ¿Y no puedes decírmelo a mí? – Miyu la miró.

- Es que…

- Está bien si no quieres contarme, no pretendo que lo hagas… Sé que no actué bien contigo

- No sigas, por favor

- Si, es necesario que hablemos de esto, hija – Miyu entró en la habitación y se sentó en una de las sillas. Orihime permaneció parada.

- ¿Qué es lo que quieres decirme? ¡¿Por qué no me llamaste en todo ese tiempo?! – la voz de Miyu comenzaba a tornarse iracunda.

- Nada de lo que diga será válido para remediar lo que hice, y lo sé… Pero ni un solo segundo dejé de pensar en ti

- ¿Y de qué me sirve saber eso ahora? ¡De nada! – las lágrimas comenzaron a brotar. - ¡¿Sabes qué lo que es sentirte sola?! ¡No tener a quién pedirle un abrazo! Estaba sola… te necesitaba – se llevó las manos a la cara.

- Yo… lo siento… - Orihime se acercó y puso sus manos en los hombros de Miyu. – Sé que tal vez nunca puedas perdonarme, y que nadie pueda hacerlo, pero yo, te amo, hija – Miyu levantó su cabeza y la miró a los ojos. Hime tenía lágrimas ahogadas en ellos, no las dejaba salir.

- ¿Por qué no lloras? - una lágrima cayó.

- ¿De qué sirve llorar si no puedes remediar nada con eso?

- Es que quiero que llores conmigo – se aferró a la cintura de Hime - ¡Yo también te amo, mamá!

///

- La pobre muchacha aguantaba todo con paciencia, y no se atrevía a quejarse por miedo a que le dieran más tareas. Cuando terminaba sus quehaceres, se instalaba en el rincón de la chimenea, sentándose sobre las cenizas, lo que le había merecido el apodo de Cenicienta. Sin embargo Cenicienta, con sus míseras ropas, no dejaba de ser cien veces más hermosa que sus hermanas que andaban tan ricamente vestidas – el relator se ponía nervioso cada vez que miraba al público, pero podía continuar sin problemas.

Orihime volvió a poner su mano sobre la de Uryu, él la miró.

- ¿Qué sucede? – le dijo con su dulce y cantarina voz, sonriendo.

- ¿Por qué tanta insistencia en mostrar que estamos juntos? – susurraba para evitar que los demás escucharan.

- Por Miyu – le contestó. El Quincy se sorprendió.

- ¿Por Miyu?

- Ella me pidió que no ocultáramos más que estamos juntos. Me dijo que no tenía caso hacerlo, que al fin y al cabo los demás se darán cuenta tarde o temprano – la sonrisa seguía en su cara. Uryu también esbozó una.

- Bien – dijo, volviendo su vista al frente y entrelazando sus dedos con los de Hime.

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El sol brillaba en lo alto. Hacía calor, pero la brisa marina refrescaba un poco el ambiente. El mar estaba sereno y casi sin olas, y la arena, sumamente blanca, casi ni quemaba al contacto con los pies.

La sombrilla roja con rayas blancas estaba ladeada hacia el lugar desde donde provenían los rayos del sol, dando una buena sombra, donde descansaban, sobre una lona amarilla, Orihime y Uryu. Los dos miraban hacia el horizonte, y a su hija, que jugaba al vóley playero con Noa y otras amigas.

- ¿Crees que esta paz durará siempre? – preguntó Uryu sin pensar demasiado. Hime sonrió.

- No lo sé… seguramente aparezcan más hollows

- No me refería a los hollows – el de gafas volteó a verla, ella seguía mirando al mar.

- ¿Entonces?

- Así estamos bien, ¿no? – las preguntas de Uryu seguían siendo confusas para Orihime, ¿dónde quería llegar? ¿Paz para siempre? No lo miró, porque temía encontrar alguna respuesta en sus ojos.

- S… si – respondió tímidamente.

- ¿Por qué dudas de eso? – él se acercó y la tomó por el mentón, obligándola a mirarlo.

- No dudo… es que-

- ¿Aún piensas que no te perdoné? – se miraban fijamente, Uryu permanecía serio y con su entrecejo arrugado. Orihime se quedó cayada.

Él la soltó y volvió a su anterior posición. Se escuchaba el ruido del mar de fondo y unas gaviotas revoloteando. También el murmullo de las chicas.

- ¿Sabes? – él siguió hablando – No es necesario que te perdone, porque te amo – ella volteó a verlo. Uryu tenía su vista en el mar. Se quedaron en silencio unos cuantos minutos.

Orihime se arrodilló lentamente. Luego, se acercó a Uryu y tomó su cara con ambas manos. Sonrió.

- No sé cuando pueda decirte lo mismo, pero, creo que estamos bien y que esta paz durará para siempre – lo besó.

///

- Sucedió que el hijo del Rey dio un baile al que invitó a todas las doncellas del reino; por supuesto que las dos hermanas estaban invitadas. Helas aquí muy satisfechas y preocupadas de elegir los trajes y peinados que mejor les sentaran; nuevo trabajo para Cenicienta, pues era ella quien planchaba la ropa de sus hermanas y plisaba los adornos de sus vestidos. No se hablaba más que de la forma en que irían trajeadas. – terminó de leer el relator antes de que se abriera el telón.

Las dos grandes cortinas rojas se abrieron, dejando ver a Rei parada justo en medio, con una sonrisa triunfal, y a su lado a Noa y a Tamiko, sentadas en dos sillones de felpa azul.

- ¡Ay! ¡No sé qué ponerme para el baile! – dijo Noa, parándose. Se escucharon unos aplausos desde las plateas, para dar la bienvenida a la obra. Miyu, desde un costado, apretaba con fuerza los puños. Estaba demasiado nerviosa.

- No te preocupes tanto, si no tienes lo que buscas, lo compraremos – Rei, que hacía a la madrastra, pronunció su libreto con total naturalidad, esbozando una sonrisa. Noa miró a Miyu de reojo.

- ¡Pero madre! No tenemos tiempo para eso, ¡el baile es esta misma noche!

- ¡Y el príncipe….! – suspiró Tamiko, levantándose y dando unas vueltas. – Es tan guapo…

- ¿Eso crees? – dijo Noa – yo creo que se las da de lindo – se cruzó de brazos, Rei se acercó seria.

- No hables así de Su Alteza el Príncipe, agradece que te haya invitado a su baile

- ¡Madre! – gritó Tamiko.

- ¿Y ahora qué sucede?

- ¿Cenicienta también irá?

- ¿Cómo crees? – sonrió maliciosamente - ¡Por supuesto! ¡Cenicienta! – la llamó.

Miyu entró en escena. Traía puesta una solera gastada, remendada en varios lugares. El pelo trenzado y unos trapos en la mano. Todos aplaudieron su entrada. Miyu se ruborizó.

- Usted diga, señora – dijo tímidamente.

- Ya hemos decidido qué llevaremos al baile – dijo. Las chicas se miraron extrañadas, y luego sonrieron.

- Yo llevaré mi vestido de terciopelo rojo y mis adornos de Inglaterra – dijo Noa - ¿puedes preparármelos ya?

- Por supuesto, señorita

- Y yo iré con mi falda sencilla, pero en cambio llevaré mi abrigo con flores de oro y mi prendedor de brillantes

- También lo prepararé – la voz de Miyu era suave y dulce y mantenía una gran sonrisa, aunque por dentro deseaba que el tiempo pase rápido. Además, de que no podía sentir para nada la energía de Haruto y eso la preocupaba bastante, más no sabiendo lo que había pasado.

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La puerta del baño de varones estaba trabada, eso le daba mala espina. Revisó dos veces el reiatsu de Haruto, y estaba todo normal, al menos no se había mosqueado, todavía. Miró a Noa de reojo, ella estaba parada, de brazos cruzados, mirándola de mala manera.

- ¿Por qué tanto escándalo con esto? ¡Déjalos! Después de todo, son hombres… ¡que se arreglen!

- Por eso mismo, Haruto es capaz de hacerle cualquier cosa

- ¿Y ahora te preocupa el teñido?

- No, no es eso… es que… ¡no quiero que haga ninguna locura!

- ¿Locura? ¿Qué piensas que pueda hacer? ¿Matarlo? – dijo irónicamente Noa, pero la cara de Miyu se transformó. – Es idiota, pero no tanto. Tranquilízate

- Está bien – cuando se estaban retirando, escucharon que la puerta se destrabó. Corrieron a esconderse detrás de las taquillas, que se encontraban frente a los baños.

- ¿Eso es todo lo que querías decirme, Kuchiki? – la voz de Kazu se oía fuerte y claro.

- Si, espero que cumplas, Ebizawa

- Por supuesto

- ¿Qué crees que planean? – Noa le susurró a Miyu cerca del oído.

- No lo sé, pero esto no me gusta

- Es cierto, Kuchiki-san no se acercaría a un humano para nada que fuera normal

- ¿Normal?

- Déjalo, pensé en voz alta…

///

Tras haberse cerrado el telón, se volvió a abrir. La escena cambió a una habitación rosada, donde Cenicienta (Miyu) peinaba a una de sus hermanastras (Noa) mientras la otra (Tamiko) se maquillaba frente a un gran espejo.

- ¡Más despacio! ¡Me tiras del cabello!

- Lo siento, discúlpame

- Después tendrás que corregirme mi peinado, no me gusta cómo lo dejaste – reprochó Tamiko.

- Como quieras – Miyu seguía sonriendo. Haruto estaba desaparecido, ¿podría ser que no actuara finalmente? Miró rápidamente la platea y vio a sus padres sentados junto a Rukia y a Ichigo, ambos muy sonrientes y tomados de la mano. Renji miraba hacia un lado, seguramente buscando a Byakuya, ¿o buscaría a Haruto? Sintió cómo Noa la codeaba, seguramente estaba haciendo algo mal.

- ¿Te gustaría ir al baile, verdad?

- Dinos, Cenicienta, ¿te gustaría que el príncipe te hubiera invitado, no?

- La verdad es, que aunque me hubiera invitado, no tendría qué ponerme para ir. Un baile no es cosa para mí – las hermanas se miraron y sonrieron.

- Tienes razón, qué harías allí tan llena de cenizas

- ¡Sólo dar un gran espectáculo! – ambas se echaron a reír. Cenicienta siguió peinando a su hermanastra.

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Los cuatro, Ichigo, Rukia, Haruto y Miyu, estaban sentados a la mesa. Sobre ella había tres grandes pizzas calientes. Se miraban sin decir nada. Ichigo los había reunido aquel día, con mucha ansiedad, y no sabían bien por qué, al menos la pareja más joven.

- ¿Les parece si empezamos? ¡Me estoy muriendo de hambre! – dijo animadamente Ichigo, tomando la primera porción.

El silencio inundaba el comedor. Miyu miraba a Haruto, Haruto le hacía señas raras a Rukia, que a su vez miraba con expectativa a Ichigo. Ichigo simplemente comía muy tranquilo.

- ¡Se puede saber para qué es que nos reuniste! – gritó con algo de desesperación Haruto, tras no obtener ninguna palabra por parte de sus padres. Ichigo lo miró con una sonrisa sobradora y Miyu con rabia.

Rukia miró de reojo a Ichigo, casi a punto de regañarlo, pero se detuvo cuando tomó el vaso y lo levantó.

- Creo que este es el mejor momento para que brindemos

- ¿Brindar? ¡¿Un brindis?! – la cara de Haruto expresaba todo lo que no podía decir con palabras. ¿Y ahora qué loca idea se le había metido en la cabeza a su padre?

- Si, un brindis es buena idea – Rukia tomó su vaso.

- ¿Y por qué brindamos? – preguntó Miyu.

- Porque pronto seremos cinco en esta mesa

- Hmp – Haruto se cruzó de brazos.

- ¡Vamos Haruto! ¡No seas así! – protestó Miyu.

- Haruto… - la voz de mamá… Haruto tomó el vaso a regañadientes.

- Con Rukia queríamos decirles que será una nena – la sonrisa de Ichigo se enfatizó. Rukia llevó su mano izquierda a su panza.

- ¡Que buena noticia! – gritó Miyu emocionada, abalanzándose sobre Rukia para abrazarla.

Haruto sólo levantó la copa, bebió un sorbo y apoyó el vaso en silencio.

///

Se cerró el telón y otra vez apareció el relator.

- Y así, entre peinados y cambios de ropa, llegó la hora de partir hacia el baile. La madrastra y las dos hermanastras se veían un poco mejor de aspecto, pero sus sonrisas malévolas al mirar a Cenicienta seguían igual que siempre. Cuando partieron en aquel carruaje con dos caballos negros, las lágrimas de cenicienta corrieron sin parar

Se abrió el telón y allí estaba Miyu, sentada en el suelo, llorando, mientras limpiaba.

- Quisiera poder ir al baile… si tan sólo hubiera recibido una invitación… - limpiaba y sollozaba – Quisiera poder conocer al príncipe, saber qué se siente estar entre tanta gente linda y rica, vestida de tan maravillosa manera… - se levantó y se acercó a una ventana en la escenografía. – Me gustaría tanto…

Un juego de luces distrajo la atención del público, y allí, desde el medio del techo, bajaba la profesora de teatro, suspendida en el aire, con un ridículo disfraz de hada, con alitas y todo.

Ichigo y Rukia se miraron, ahogando una risotada. Lo mismo hicieron Orihime y Uryu. No podían contener sus risas, era la misma loca profesora que tenían ellos cuando asistían al Instituto.

- ¿Te gustaría ir al baile, no es cierto? – la voz de la profesora era grave y dura. Miyu la miró, intentando actuar como la dulce Cenicienta, pero era difícil no soltar la carcajada al ver a la profesora vestida de aquella forma.

- Es lo que más deseo en el mundo… - suspiró, resignada - ¿Quién es usted?

- Soy tu hada madrina… - terminó de bajar y dio un par de vueltas, revoleando la varita mágica. – Como te has portado muy bien, haré hasta lo imposible porque vayas a ese baile

- ¿Y cómo harás eso? – preguntó extrañada Cenicienta.

- Tú ve al jardín y tráeme una calabaza, que sea bien grande y anaranjada

Miyu salió de escena mientras el Hada Madrina buscaba cosas entre la mampostería. Luego, regresó con la calabaza y la colocó en medio.

- Muy bien, ahora hazte a un lado – la profesora dijo unas extrañas palabras y tocó el zapallo con la varita. Un juego de luces tapó el momento y apareció ante los ojos de los espectadores un hermoso carruaje dorado.

El Hada buscó en las paredes hasta encontrar un pequeño hoyo.

- Levanta la puertecita de la ratonera – Cenicienta lo hizo y cada ratón que salió el hada lo convirtió en caballo blanco.

- ¿Cómo es que haces eso? – preguntó Miyu, "sorprendida". El Hada sólo sonrió "amablemente".

- Sólo observa – se alejó un poco del carruaje y lo observó. – Ve al jardín y encontrarás seis lagartos y una tortuga en el estanque, tráelos

Cenicienta volvió a salir de escena. Bajó rápidamente las escaleras de atrás del escenario y buscó con la vista a Haruto. No estaba. Vio a Kazu terminándose de vestir y a Rei y Tamiko cuchicheando. Noa le alcanzó los lagartos y la tortuga.

- ¿Lo viste?

- No, no está acá. No te preocupes, aún falta para que aparezca en escena

Salió corriendo nuevamente, con todo en mano. Pero su cara denotaba preocupación. ¿Qué estaría haciendo ahora?

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Rukia caminaba por la acera junto a Haruto. Él traía unas cuantas bolsas con mercadería y ella sólo su bolso. El cielo estaba nublado y amenazaba con llover.

- ¿Crees que lloverá? – no se miraban, Rukia intentó romper el hielo. Desde que le habían dicho a Haruto que el bebé era una niña, él no había cruzado palabra con nadie.

- No me importa – dijo de mala manera.

- ¿Qué es lo que te sucede? – insistió Rukia, apretando un puño para lograr ignorar la mala contestación de su hijo.

- Nada – su tono seguía en pie.

- ¿Nada? ¿Entonces por qué actúas de esta forma?

- Siempre actúo así

- Pero últimamente estás más malhumorado, ¡ni siquiera dices palabra!

- No tengo ganas de hablar – los dos se detuvieron instintivamente y se miraron a los ojos. Rukia llevó su mano a la cara de Haruto.

- Todo va a estar bien – le dijo con una sonrisa. – Sé que debe ser difícil para ti aceptar esta situación, pero no vas a dejar de ser mi hijo por eso

- ¡¿Y quién-

- No digas nada – llevó su dedo índice a la boca de Haruto, que dejó de hablar de inmediato. Se acercó y lo abrazó. Haruto soltó las bolsas. ¿Su madre lo estaba abrazando en medio de la calle?

Mantuvo sus brazos duros y abiertos por unos segundos, mientras Rukia intentaba apretarse más contra el cuerpo de su hijo. La beba dio una patada, Haruto la sintió y aflojó sus músculos. Llevó sus manos alrededor de los hombros de Rukia y la abrazó con suavidad.

Una nueva patada arrancó una media sonrisa de los labios del chico.

- Te amo, hijo – susurró Rukia, apretándolo más.

- Y yo a ti, mamá

///

Ni bien subió al escenario, la profesora movió la varita y transformó a los lagartos en lacayos y a la tortuga en cochero. Todos se subieron en seguida al carruaje.

El Hada Madrina miró a Cenicienta con una sonrisa.

- ¿No crees que con esto estás más que bien para ir al baile? – Cenicienta la miró y miró al público, tocándose el vestido.

- ¿No le parece que tendría que ir con otro vestido, un poco más lindo?

- Mmm… tienes razón… - se puso en pose de pensar y luego la tocó con la varita. Miyu salió de escena mientras el humo que generó el "toque mágico" se desparramaba.

Abajo, Noa y otra de sus compañeras, encargada del vestuario, la esperaban con su bonito vestido blanco. Rápidamente se lo puso y salió al escenario.

Un silencio sepulcral se apoderó de todo el ambiente. Miyu miró desconcertada… ¿algo andaba mal?

Luego, aplausos. La profesora se acercó.

- Creo que te luciste – le susurró al oído.

- Y aquí están tus zapatos – se los dio en mano.

- ¿De cristal? – dijo emocionada.

- Si, de cristal

Cenicienta subió al carruaje, siendo ayudada por uno de los lacayos. Pero, el Hada la detuvo antes de que cerraran la puerta.

- Cenicienta, recuerda esto, debes regresar antes de medianoche, porque a esa hora toda la magia se desvanecerá

- Está bien, respetaré esa condición. Muchas gracias

Se cerró el telón.

Próximo capítulo: ¿Cenicienta?