LA BATALLA DE LOS CUENTOS
CAPERUCITA–HYOGA
Por Mary Martín
NOTA IMPORTANTE: con la finalidad de hacer más ágil la lectura y no dar lugar a confusiones, los textos en negrillas son los hechos desarrollados en el cuarto del pequeño Yeiden, los textos normales denotan los sucesos de la historia narrada por Shun.
Aclaración: Shoguns es igual a general marino
CAPÍTULO 2
¿QUÉ ESTABA YO CONTANDO?
Iban a dar las 3 de la mañana y el niño nada que se dormía. La verdad era que Shun no sabía ni que onda con este dichoso cuento, digo, por si alguien no se había dado cuenta. Así que ya ni sabía que más inventar, se empezó a poner más nervioso cuando el bebé preguntaba "¿y que más?" Hyoga, en vez de ayudar, solo estaba ahí friegue y friegue poniendo a prueba la paciencia de Shun
– ¿No te sabes completo el cuento de la Caperucita? ¿Cómo es posible?
El rubio lo voltea a ver como si fuera un crimen penado con cadena perpetua el no saberse el mentado cuento por lo que Shun ya tenía ganas de aventarlo por la ventana para comprobar si este pato vuela y si no, mejor y así lo deja de estar molestando cada cinco segundos, pero como Yeiden los veía a ambos ansioso de saber que más pasaba, tuvo que aguantare las ganas
– ¿Y qué esperabas? No se tú, pero a mi no me contaban cuentos cuando estaba haciendo mi mortal entrenamiento en Isla Andrómeda. Ikki me contaba algunos pero no los recuerdo muy bien, era muy pequeño en ese entonces
– Cierto, si mi mamita estuviera aquí de seguro que me contaría muchos, pero no está
Hyoga empieza a llorar como Magdalena. Shun a estas alturas comenzaba a pensar que su amigo necesitaba un psicólogo con urgencia extrema. La cosa era que mientras los adultos se peleaban, el niño se impacientaba esperando saber que aventuras le esperaban a la Caperucita. Así que siguió inventando barbaridad y media
– Bueno, decía que iba a tener que ir a buscar a la Dohko-abuelita pero no podía ir así nada más. Tenía que prepararse para enfrentar a los peligros del bosque. Él siempre andaba vestido con harapos y unos zapatos rotos…
– Pos claro, con lo que nos pagan por ser caballeros no alcanza para nada más…y con eso de la inflación, la devaluación del peso y…
– Hyoga, el día que quiera que Yeiden aprenda de economía, te hablo. Pero ahora ¡Cierra la boca y déjame seguir!
– No se por qué pero creo que estás un poquito alterado
– Pues si me dejaras de interrumpir tal vez no lo estaría tanto
– ¿Qué pashó luego, otooto? – el pequeño andaba saltando por toda la habitación y nada de nada con quererse dormir
– ¿Ya ves lo que haces, Hyoga? Ya ni se que estaba contando
– Estabas en eso de los zapatos rotos…
– Cierto. Como iba diciendo antes de que alguien me interrumpiera… siempre andaba en harapos y con los zapatos rotos. Pero entonces se le apareció alguien que lo iba a ayudar
La escena se desarrolla en la casa de la adorable Caperucita-Hyoga que se encontraba muy angustiada, tenía que ir a rescatar a la abuelita y eso significaba… que se perdería su caricatura favorita: las aventuras del pingüinito feliz. A buena hora se le ocurría a la Saga-madrastra hacerle maldades. Ni modo, tenía una misión que cumplir y la llevaría acabo. Ya estaba resignado a enfrentarse a sus adversarios con la pura fuerza de sus manos cuando de pronto, saliendo de la nada llega una persona muy especial
– Hola bomboncito – hace acto de presencia la Afro-madrina – supe que necesitas ayuda, yo te puedo dar todo lo que quieras
– ¡Ay nanita! ¿Y tú de dónde saliste?
– Pues soy tú hada y vengo a darte ropa adecuada para ir al bosque prohibido. Toma esta caperuza roja y estas botas... pero tienes que regresar antes de las 12 porque... le robé las botas a un gato loco que me andaba picando con su espada el muy méndigo
– Errr... yo paso
– ¿Por qué o qué?
– ¿Cómo que por qué? Bonito me voy a ver con semejante cosa, prefiero irme en harapos
– Bueno ¿Quieres ir a rescatar a tu abuelita, si o no?
– Está bien, pero no te esponjes, pero ¿Cómo se supone que voy a llegar hasta allá?
– Vaya, veo que después de todo si quieres servicio completo
– No lo digas así que se oye feo
Con unos pases mágicos de su varita, la Afro-madrina hizo que ante ellos apareciera el mágico Mu de Aries para que lo tele transportara hasta la entrada del bosque prohibido. Después que una estela de humo se hubo disipado, se apreció la figura de un apuesto hombre de cabellos lilas que tenia dos manchitas en su frente, si alguien piensa que era lunares o marcas sagradas pues nada que ver, en realidad eran dos enormes granotes que le salieron al pobrecito.
– Buenas noches, soy Mu de Aries, servicio de teletransportación, viajes Ínterdimensionales, reparación de armaduras… y desde el próximo jueves también servicio de electricidad y plomería...
– Que onda, Mu... dichosos los ojos...
– Ah, eres tú otra vez, y ahora que quieres ya te dije que no te voy a ayudar a espiar a tu vecino cuando se esta bañan... – no pudo terminar de hablar por que la Afro-madrina corrió a taparle la boca – Oye ¿Qué te traes?
– ¿Podrías ser un poco más discreto?
– Pues yo no tengo la culpa de que andes de fisgón morbosón – mientras esos dos se peleaban, Caperucita Hyoga ya estaba más que impaciente
– Oigan, lamento interrumpir su interesantísima conversación pero ¿No se supone que me tienen que ayudar a llegar al bosque prohibido?
– Mmm, lo que tiene que hacer uno para ganarse la vida, con eso de que Saori invirtió nuestros sueldos para reconstruir el santuario no tengo ni un peso partido por la mitad...
– Sí, sí, lo que sea pero muévete o no llego
Entonces el apuesto joven Mu, lo llevó a la entrada y ahí prácticamente lo aventó como costal de papas y él se fue en un santiamén. Sin más remedio se preparó a cruzar el bosque lleno de peligros, tomó la armadura dorada más poderosa, indestructible, invulnerable y magnifica de toda la orden del zodiaco…y…un panquecito, se acomodó su caperuza y entro valientemente a aquel tenebroso sitio. Así comenzaron las aventuras de la Caperucita-Hyoga con botas
– ¿La qué? – preguntó Hyoga atragantándose con su lechita caliente
– La Caperucita-Hyoga con botas – repitió Shun con fastidio
– Creo que tanto trabajo ya te afectó – se quejó negando con la cabeza – Oye Shun ¿No era más fácil que fuera a velocidad luz en vez de que se teletransportara?
– Te crees muy listo ¿No? Entonces tal vez quieras contar tú la historia
– No, está bien, sigue contando
– Entonces calla que me desconcentras...
El ambiente ahí era macabro, espantoso, pavoroso, lleno de telarañas por todos lados. El simple hecho de estar ahí se sentía feo, tan feo como imaginarse a Afro en calzones o como ver a Saori por la mañana con tubos en la cabeza y su mascarilla de aguacate en el rostro. Lo que la Caperucita no sabía era que ese extraño lugar en realidad era la entrada al Hades.
– ¿La abuelita vivía en el Hades? – preguntó alarmado – ¿Así o más mensa? No se pudo ir a las Américas, Los Almendros u otra colonia fina – Shun le manda una mirada asesina – ok, mejor me callo
Entonces entró al Hades catando y saltando como conejo borracho y para no perder el camino dejó a su paso unas migajitas de pan, peor el muy… tarado no se dio cuenta que detrás suyo iba una ardilla malosa que se comía lo que él iba dejando, o sea que ahora si estaba bien perdido. Pero luego se encontró con una casa hecha de dulces donde vivía una bruja que comía niños
– ¿Pol qué she los comía? – preguntó Yeiden asustadito mientras se escondía en el pecho de su papi
– Porque tenía mucha hambre y no había otra cosa – le da unas palmaditas en la espaldita para que no se asustara
– ¿No acabas de decir que la casa era de dulce? – seguía fregando Hyoga – ¿Por qué no simplemente se come la mentada casa y deja de mordisquear a los pobres niños? ¿Qué le pasa o qué?
– Pero si se come la casa ¿luego donde vive? – respondió con ganas de darle dos bofetadas
– Mmm, no pos si
– Luego le dio un mordisco a la casa y la dueña salió muy molesta
– ¿Y quien era la dueña? ¿Radamanthis? – preguntó sarcásticamente mientras se atracaba la boca de malvaviscos
– Pues... no es mala idea – respondió con naturalidad
Pues dicho y hecho, al escuchar unos ruidosos mordisqueos, la dueña tuvo que dejar de ver su novela y salió hecha una furia con escoba en mano y mandil de florecitas. Rápidamente buscó al culpable y lo halló en un jovencito extraño que estaba trepado como chango en una ventana dándole un mordisco a las cortinas de algodón de azúcar sin la más mínima pena ni respeto por lo ajeno, el muy ladino ya iba por el plato fuerte pues le había puesto el ojo encima a las columnas de chocolate que se veían bastante sabrosas
– Oye tú, ¿Por qué te estás comiendo mi casa, miserable?
– Qué exagerado eres, a penas y le di unas mordiditas, además no me gustó, tal vez el techo sepa mejor – respondió con descaro mientras se limpiaba la boca con las mangas de su camisa
– Pagarás cara tu osadía, morirás a manos del gran Radamanthis, el mejor y más fuerte de los tres kyoto del reino de Hades – al notar que la Caperucita lo mira raro, se quita su mandil disimuladamente
– ¡Uy si! Ya bájale la espuma a tu chocolate
– Esta será tu tumba. ¿Dime a dónde pensabas ir? Nadie entra al reino de los muertos sin consentimiento del gran Hades ¡Responde!
– Lo siento, pero mi mamá me dijo que no debo hablar con extraños así que mejor me voy – intenta evadirlo pero de nuevo es encarado por la dueña enojona
– No irás a ningún lado hasta que me digas la verdad – Radamanthis le tapa el paso
– Pues voy a llevarle a mi abuelita la armadura dorada más poderosa, indestructible, invulnerable y magnifica de toda la orden del zodiaco...y...un panquecito
– Pues no te voy a dejar pasar
– No te estoy pidiendo permiso
– Ya me hartaste, ahora verás insensato ¡La gran precaución!
– Con que quieres pelea ¿No? O.k. pero luego no te pongas a llorar, toma esto ¡Polvo de diamantes!
Entonces se enfrascaron en una lucha que no parecía tener fin. Hubo de todo, patadas, mordidas, arañazos, piquetes de ojo, manita de puerco, ganchos al hígado, de hecho Radamanthis agarró un pedazo de caramelo y le empezó a dar de palos a la pobre Caperucita-Hyoga como si de una piñata se tratara. Ya estaba sin fuerzas, había elevado su cosmo y no fue suficiente, entonces usó su más grande recurso para derrotarlo...
– ¿El cero absoluto?
– Que no y ya deja de interrumpir – reclamó Shun dándole un almohadazo
Así que usando su mejor pose concentró toda su energía, el juez del infierno sintió miedito al verle la cara tan seria. Estaba a la expectativa de lo que pudiera pasar, una gota de sudor surcó su frente, signo de la ansiedad del momento. Al fin la Caperuza dejó de hacer sus payasadas… digo… de andar aleteando y todo eso que hacía antes cada vez que iba a lanzar algo, se plantó frente al adversario y con voz muy peculiar dijo…
– Si no me dejas pasar, soplaré y soplaré y tu casa derribaré
– ¿Eh? – lo mira confundido el poderoso Radamanthis
– ¿Por qué no me sorprende que dijeras eso? – comentó Hyoga con resignación
– ¡Sht! entonces, tiró la casa de Radamanthis que quedó entre escombros de caramelo y barras de membrillo
Al ver que había quedado atrapado su enemigo entre tanto dulce, aprovechó para cantarle el "lero, lero, candelero" y luego de hacerle una trompetilla burlona, tomó la armadura dorada más poderosa, indestructible, invulnerable y magnifica de toda la orden del zodiaco...y...un panquecito; siguió avanzando. Pero como era tan inteligente, se fue a perder el solito. Luego ya no sabía como llegar a la casa de la Dohko-abuela pero para su fortuna se le apareció un conejo blanco que no quería llegar tarde a la fiesta de la Reina... y le dijo que siguiera el camino amarillo para que no se perdiera...
– No me digas... ¿Y que rayos hace un conejo en el Hades?
– ¡Oh! Que no interrumpas. Pero lo importante es que Caperucita-Hyoga ya estaba cansado y tenía mucha hambre y sueño. Entonces vio a lo lejos... vio... este...
– ¿Qué vio, otooto? – preguntó el pequeñito empezando a bostezar pero Shun ya no sabía ni como seguirle al cuento
– Vio... vio... una casa muy bonita y decidió entrar
En la mesa había tres platos con sopa, una estaba muy caliente, la otra estaba muy fría pero la última estaba deliciosa. Sin embargo la muy tragona se las comió todas. Y luego, no conforme con el allanamiento de morada, y sin el más mínimo remordimiento de haberse comido el alimento de alguien más, se fue a meter hasta la habitación pues tenía sueño. Una vez ahí, vio tres camas. La primera estaba echa de paja, la segunda de palitos de madera y la tercera de ladrillos...
– Creo que estás mezclando dos historias
– ¿Y te acabas de dar cuenta? – preguntó Shun haciendo un aspaviento como diciéndole "que menso eres"
– Me refiero a... ¡Ay, olvídalo!
– Después se durmió en la cama de ladrillos y de repente que llegan los tres...
– ¿Osos?
– No, llegaron los tres Shoguns de Poseidón
– ¿Que qué? – reclamó el patito casi jalándose los pelos ante tal confusión
– Así es, y eran el papá Shogun Sorrento, la mamá Shogun Tetis y el bebé Shogun Isaac
– Ahora resulta que te vas a meter con Ricitos de Oro ¿No?
– ¿Pues que no era eso lo que estaba yo contando?
Hyoga lo mira con desdén y respira resignado, este cuento si que iba a ser un revoltijo total.
Continuará…
