Crujir.
En sí, la palabra traía diferentes reacciones a cada miembro del Host Club.
Para Mitsukuni, la palabra sólo le hacía recordar las graciosas onomatopeyas con que era representada. Palabras como Crash, Cronch, Scrush, que venían en los mangas que rara vez hojeaba con aburrimiento cuando esperaba al Morinozuka fuera del dojo.
Para Takashi, en sí, no representaba nada. No se le venían a la mente ni onomatopeyas ni mangas, ni alguna otra imagen en concreto. Sólo era un sonido sordo que rara vez escuchaba, a pesar de que sus sentidos estuvieran siempre abiertos.
Obviamente, para Hikaru y Kaoru, el crujir importaba mucho menos. Simplemente algo tendría que ser remplazado y punto ¿para que preocuparse? Podrían seguir entreteniéndose con algún otro juguete hasta que ese también crujiera y entonces buscaría otro más.
A Kyouya le irritaba, mas nunca escuchaba tal cosa como un crujido. Sabía que existía por el dolor mismo de sus huesos resquebrajarse cada que Tamaki le abrazaba con excesiva efusividad.
Tamaki, por otro lado, los amaba y se permitía el placer mismo de la fonética de ese sonido. Porque era, y siempre sería, delicioso caminar sobre una alfombra de hojas secas en otoño, o el tallo de una rosa al ser cortada e incluso, cada mañana, procuraba escuchar ese sonido en el cereal.
Sin embargo a Haruhi no le gustaba escuchar los crujidos porque significaba que algo se había roto o estaba a punto de romperse, y ella tenía un especial apego por las cosas y su cuidado.
Por ello se aseguraba de reparar las vigas de su techo, zurcir los rasgones de su ropa (o de los estrafalarios vestidos de su padre), rellenar con yeso las grietas de las macetas o parchar con sumo cuidado los agujeros en la puerta corredera del armario.
Más ahora, mientras caminaba de regreso a casa a hacer sus arreglos, advirtió que había escuchado un ligero y casi sordo crujir cuando Hikaru le declaró su amor y ella le hubo rechazado.
Se preocupó en silencio. Un corazón no puede ser tan fácilmente reparado.
Se me ocurrió esta mañana antes de irme a la escuela. Sólo bastó escuchar el crujido para saber que yo misma había roto mi lápiz favorito.
Adoraba a ese lápiz.
