Capítulo II

Una historia olvidada

Una mujer daba vueltas sobre sí misma, con una sincera sonrisa sobre el rostro como si buscase a alguien, pero sin querer encontrarlo aún. Parecía divertida siendo partícipe de aquel juego bajo los rayos de un tibio sol de otoño que iluminaba el claro del bosquecito en el que se encontraba. Sus botas pisaban algunas de las muchas hojas café y amarillas caídas de los árboles y sus ojos escudriñaban por entre los arbustos y troncos del sector intentando encontrar la silueta de su acompañante. Cuando ya se daba por vencida y esperaba apelar a las buenas intenciones del perseguido en cuanto viera la expresión de desconcierto en su rostro, sintió una voz grave y pausada sobre ella.

-¿Te rindes tan fácil?- Dijo el hombre con suavidad.

Ella se giró rápidamente con una sonrisa dulce en el rostro y al levantar la cabeza vio con asombro a quien había estado buscando. Era un hombre alto, de abundante cabello oscuro, casi como una melena que le tapaba las orejas y se juntaba con una insípida barba. Tenía una mirada y facciones duras que le hacían parecer mayor de lo que en realidad era. Estaba sentado sobre la firme rama de un árbol, con una rodilla en el pecho y su otra pierna colgando.

-¿Qué estás haciendo ahí?- Preguntó la mujer, ahora riendo. Hacía mucho que ya se había acostumbrado a las repentinas desapariciones de su compañero. Algunas veces ella le buscaba como en un juego de dos amantes, otras simplemente él la encontraba a ella para hacerla partícipe de sus cavilaciones.

-Ven aquí.- Dijo él tendiéndole la mano.- Quiero mostrarte algo.

Ella aceptó la invitación y tomó de su mano para subir al árbol. Apoyando un pie sobre el tronco logró hacerlo rápidamente y se sentó junto a él. Desde aquella altura podía apreciar el atardecer más maravilloso que había visto en su vida, la luz naranja-rojiza de aquel fenómeno contrastaba a la perfección con los colores del bosque y del lago que se encontraba tan sólo a unos metros. Una leve brisa movía sus cabellos y rozaba su piel abstrayéndola del presente. Se quedó sin palabras.

El hombre a su lado también tenía la mirada perdida, pero miraba a su acompañante. Cada rasgo en ella le parecía perfecto aunque no lo fuera, su negro cabello ondeaba al igual que las hojas que los rodeaban y la luz en su piel le daba un aspecto de paz que él jamás había tenido. Tal vez por eso la admiraba. Era una armoniosa mezcla entre fortaleza y paz. Su compañía perfecta, si no la única. Ella entendía su silencio y podía estar solo incluso en su presencia.

De un hábil salto bajó del lugar, tras dar un hondo suspiro se volteó para ayudar a bajar a la mujer. Siguieron juntos caminando en silencio por el bosque mientras caía la noche. Él la vio temblar por el rabillo del ojo y sin decir palabra alguna se sacó la chaqueta y se la puso sobre los hombros.

-Gracias.- Dijo ella , mirándolo agradecida. Él no respondió.

A veces le resultaba muy difícil sobrellevar la distancia que él imponía sobre ambos, pero le entendía y sabía que se había convertido en un apoyo incondicional para él, seguramente el mayor lazo que el hombre había creado con alguna persona. Su naturaleza desconfiada y recelosa, sin contar con su apariencia gélida y ausente no le hacían un imán de relaciones aunque eso no parecía importarle, por el contrario, se refugiaba en ello.

-Bien, hemos llegado.- Dijo él cuando hubieron llegado a una pequeña pero bonita cabaña no muy lejos del bosque por el que habían estado paseando. La miró profundamente por unos instantes con una expresión imperturbable en el rostro. Tenía las manos en los bolsillos y no parecía tener frío a pesar del implacable viento de la noche.

-Muchas gracias.- Respondió la mujer mientras se quitaba la chaqueta para devolvérsela.

-No, quédatela.- Dijo éste simplemente.- Ya me la devuelves mañana.

-Ella asintió mientras se la volvía a poner. Él se alejaba entre la oscuridad sin haber dicho más palabra.

-Buenas noches, Fenrir.- Dijo ella por lo bajo, más para sí misma que para él, mientras veía cómo se alejaba otra vez al bosque.

-Buenas noches, Hela.- Respondía él aún cuando sabía que ella no le oiría.

Se internaba en el bosque que estaba tan sólo alumbrado por la luz de la luna llena, la oscuridad era parte de él, se sentía a gusto caminando en la penumbra de aquellos terrenos.

Todos sus sentidos se pusieron alerta y los músculos de su cuerpo se tensaron. Antes de poder empuñar su varita, un rayo le dio justo en el pecho y fue expelido hacia el tronco de un árbol produciendo un sonido seco al dar con él. Cayó inconsciente.

-¿Has dormido bien?- Preguntó una voz burlona cerca de su oído. Notó que estaba firmemente atado y se debatió unos instantes en su posición, intentando librarse.

-Oh, no gastes tus energías, Fenrir. No tiene caso. Te irás cuando yo lo decida. Si es que lo decido, claro.- El hombre que tenía enfrente no daba miedo, pero tenía aires de suficiencia que sólo el poder es capaz de otorgar a un hombre.

-¿Qué quieres de mí, Rumsfeld?- Soltó el hombre atado.

-¿De ti, mi muchacho? De ti nada. Quiero más bien… saciar una sed… un capricho por así decirlo.- Ahora su voz se volvía una amenaza y su rostro se crispaba en una contorsión de furia.- ¡Eres un traidor, Greyback! Y los traidores lo pagan caro… Nadie me abandona así y sale impune. Pero tranquilo, que no seré yo quien haga justicia. ¿Recuerdas a Lodge? Bueno, no quiero entrar en detalles, pero por culpa de tu deserción en la última misión…

Rumsfeld hizo un movimiento con la mano e inmediatamente se acercaron dos hombres que transportaban a un tercero con ayuda de sus varitas. Pero no era un hombre ordinario. Si no un hombre-lobo, que se debatía entre las cadenas como loco, rugiendo y soltando baba por doquier, sus ojos fijos en Greyback.

-Será él quien determine lo que es justo.- Dicho esto se alejó junto con los dos hombres y soltaron al lobo transformado.

Por todo el bosque se oyó un grito desgarrador capaz de sobrecoger a la más imperturbable de las almas.