Gracias a veri y loki por sus reviews! en especial los de Loki q llegan incondicional a mi correo!! =)

Saludos!

Capítulo III

Llamas iniciales



Greyback despertó en medio del bosque con un dolor punzante que no paraba de escocerle. Tenía una grotesca herida en el brazo… era donde Lodge le había mordido hacía tan sólo algunas horas. La cabeza le daba vueltas y un intenso mareo se apoderó de él cuando quiso ponerse de pie, ya que las cadenas con las cuales había sido atado habían desaparecido y con ellas todo rastro de la visita de aquellos hombres… sus antiguos compañeros.

Se sentía débil pero eso no menguaba el fulgor de odio que se vislumbraba en lo profundo de sus oscuros ojos, lo que a su vez nublaba sus pensamientos. Caminó trastabillando por el bosque, tropezando de vez en cuando con alguna piedra o rama, o simplemente porque sus pies se enredaban. Se agarraba fuertemente el brazo herido, pero eso no aplacaba el inmenso dolor. Casi por inercia se encontró frente a la pequeña cabaña de Hela. Era muy temprano por lo que supuso que ella no debía de estar despierta todavía. Intentó avanzar hacia su destino, pero su ya borrosa visión no le permitió ver más nada y cayó finalmente frente a la casa.

No supo cómo ni cuándo fue llevado al interior de la morada. Se encontraba en una mullida cama y se percató que ya no llevaba camisa. Su brazo izquierdo tenía un cuidadoso vendaje puesto con delicadeza por Hela. Sonrió débilmente al verla entrar en la habitación pero no pudo articular palabra. ¿Cómo explicarle lo sucedido? No sentía las fuerzas necesarias para verla juzgándole con una mirada mezcla de temor y reproche… y seguramente desilusión al conocer parte de un pasado que siempre quiso olvidar. Por el momento tan sólo disfrutaría de la candidez de su mirada. Cerró los ojos mientras sentía su cálida mano posarse en su mejilla. Una vez más ella le entendía. Fingió dormir hasta que la mujer hubo abandonado la habitación. Greyback se levantó despacio de la cama y se puso la camisa. Dio un último vistazo a la estancia que lo había albergado y sus ojos se detuvieron en un portarretratos con la foto de Hela. Ya no tenía su varita, así que no pudo hacer una réplica de la fotografía. Optó tan sólo por tomarla y guardarla con cuidado en el bolsillo de su camisa. Acto seguido, abrió la ventana y saltó hacia fuera para alejarse en medio de la oscuridad.

No pudo percatarse que un hombre de aspecto nervioso y con una sonrisa triunfal lo observaba desde lo alto de un árbol.

Lo último que Greyback sintió fue el contacto de unas gruesas cuerdas que se enroscaban como poderosas serpientes alrededor de su cuerpo, dejándolo inmóvil y cortando su respiración. Las mismas lo arrastraron a un árbol frente a la cabaña y pudo darse cuenta que mientras más se debatía, las cuerdas más lo oprimían. Vio acercarse una esmirriada figura que se posesionó frente a él.

-No creerías que esto…- dijo Lodge apretando con furia el brazo izquierdo de Greyback.- Sería suficiente, ¿o si? Arruinaste mi vida y ahora estamos en igualdad…¡ Pero yo quiero más que eso!- Gritaba insanamente, fuera de sí.

Ahora el hombre corría desesperado hacia la cabaña, tan sólo para cambiar de idea y dar la vuelta para dirigirse nuevamente a Greyback, con una expresión repugnante en el rostro, burbujeándole la saliva y los ojos fuera de sus órbitas.

-Así que por ella nos traicionaste ¿no?- Decía a un palmo de distancia de su rostro, escupiéndole con cada palabra.- Ha de ser muy importante para ti me imagino…

-No… no te… a-atrevas- Soltaba ahogadamente Greyback, apretando los dientes ante el dolor al que le sometían las cuerdas.

-Eso confirma mis sospechas.- Dijo loco de alegría el hombre antes de salir corriendo hacia al cabaña. Greyback se debatió entre las cuerdas cuanto pudo pero desistió a la presión agobiante de éstas. Un poco más y debía darse por muerto. Los minutos que Lodge se ausentó le parecieron eternos, mas no escuchó ningún ruido extraño proveniente de la cabaña… quizás Hela había salido en busca de leños. Cada fibra de su ser rogaba porque hubiese sido así.

De pronto, vio salir a Lodge de la cabaña, sudoroso y asustado, como si recién cayera en la cuenta de lo que estaba haciendo, como si repentinamente hubiese vuelto a la realidad. Al llegar frente a él, todo rastro de humanidad se perdió y la locura se hizo presente en cada uno de sus rasgos.

-Tu mujer… está en iguales condiciones que las tuyas. Al menos compartirán una última cosa, ¿no te alegra saber eso? Amarrados con animales…

Nuevamente su expresión cambiaba. Ahora la ira se hacía presente en cada fonema expresado.

-Oirás sus gritos- decía con desprecio.- oirás sus súplicas y ruegos. ¡Y tú seguirás aquí atado sin poder hacer nada! ¡Vivirás sabiendo que fuiste el causante de su muerte!

Luego de decir aquellas palabras le dio la espalda y con un enérgico movimiento de varita apuntó a la cabaña y ésta comenzó a arder segundos antes que el hombre desapareciera.

Desde el interior de la cabaña podía oír claramente los gritos desesperados de Hela. A cada intento de librarse de sus amarres, éstos le apretaban más y más, pero esto no era impedimento. No sentía dolor. Sólo agonía. La desesperación que experimentaba se hacía cada vez más fuerte si es que aquello era posible. Las llamas se reflejaban en sus pupilas quemando y desgarrando su alma, se sentía desfallecer en la opresión y cada grito que profería le rasgaba la garganta. Pero eso no cambiaba las cosas. Él estaba atado mientras Hela, la única a quien había amado, obtenía la peor de las muertes a causa de él, de uno de sus muchos errores. Cada segundo que pasaba se hacía eterno y el fulgor de la casa en llamas lo absorbía en un intenso dolor del que sabía jamás se podría recuperar. No supo cuánto tiempo estuvo así, ya no profería palabra alguna y sus ojos estaban vacíos, carentes de sentimiento alguno. Quizás la última lágrima que rodó por su mejilla le abrasó demasiado fuerte la piel. Quizás… contenía demasiado sufrimiento.

Al alba ya no quedaba más que cenizas de la cabaña y el cuerpo de un hombre atado a un árbol frente a ellas.

Un hombre grande, de espalda ancha y fuertes brazos se encaminaba hacia dicho árbol. Su edad era imposible de determinar, tenía aquella mirada de quien ha vivido mucho pero que posee la sabiduría de pocos, posiblemente mezclada con anhelos de venganza jamás satisfechos. Se paró junto a él y tras mirarlo unos segundos desató las cuerdas sin proferir palabra alguna. Greyback no se movió.

-Vendrás conmigo, muchacho.- Dijo el mayor.- Yo seré tu mentor, pero jamás tu amigo. Para mí no serás nada, mas aún así te enseñaré.- Luego de mirar las ropas de su nuevo aprendiz, agregó:

-Ponte esto.- Dijo pasándole una camisa limpia que había hecho aparecer

Mientras se quitaba la sucia y desgarrada camisa, del bolsillo superior cayó una fotografía de una mujer sonriente.

-Se te ha caído esto, muchacho.- Dijo el recién aparecido pasándole la fotografía.

Greyback la tomó y tras observarla unos momentos con expresión imperturbable, dijo:

-No es mía.-

El hombre sonrió y dijo para sí:

-Hombre-lobo desde hoy… no dejaré rastros de humanidad en tu ser.

Al ver su mirada vacía, supo que no le sería demasiado difícil. Aquel muchacho no sentía, siquiera clamaba venganza. Matar al autor de aquel escabroso suceso no cambiaría nada, no aplacaría el dolor ni el odio que debía estar sintiendo muy dentro de sí. Aquel hombre supo que Greyback ya no era humano. Sólo le quedaba convertirlo en bestia.

Y Greyback sería temido, pues el hombre lobo había olvidado la razón de su odio y dolor.

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Su respiración se hacía lenta, paciente, pero no acompasada. Notaba la sequedad en su garganta y cómo el frío implacable se colaba por sus vías, congelando su pecho.

Sudor, sangre y barro. Eso era todo lo que él era en ese momento…

Sabía que los aurores estaban a tan sólo unos metros de darle alcance. Mantuvo los ojos fuertemente cerrados.

Todo terminaba ahí, en el mismo bosque donde había comenzado.

Una gélida voz le hizo volver a la realidad.

-Tu misión aún no ha terminado, Greyback. Todavía falta sangre por derramar.

Abrió los ojos y en su nebuloso campo de visión aparecía la imagen de Voldemort, quien le había ofrecido el placer de acabar con tantos inocentes en una guerra que no le pertenecía.

Una sonrisa apareció en su sucio rostro, que dejaba ver unos dientes afilados y amarillentos. Se puso de pie y desapareció junto a él.

No.

Él no era tan sólo sudor, sangre y barro. Había que añadir odio, rencor y venganza.

Fin.-