Cáp. 22: Profecía contra profecía
El Sundeath giró bruscamente su cabeza hacia Draco, a quien el pánico le impedía moverse. Tenía todos los músculos contraídos por el miedo, era incapaz de pensar con claridad. Sólo una idea se repetía en su mente una y otra vez: la profecía del Ángel Negro estaba a punto de cumplirse. Iba a morir en aquel mismo momento, lo sabía, y no podía hacer nada por evitarlo. Vio cómo el Sundeath se acercaba hacia él, con una grotesca mueca dibujada en su rostro de lobo.
-¡No!-gritó Hermione saliendo de detrás del armario, sin importarle para nada que los rayos del sol bañaran su cuerpo.
-¡Hermione, vete!-gritó Draco, reaccionando por fin al verla en peligro.
-¡Petrificus totallus!-conjuró ella, apuntando directamente al corazón del Sundeath. La bestia era demasiado grande como para que el hechizo le hiciese el efecto deseado, pero la aturdió el tiempo suficiente como para que Hermione pudiese sujetar a Draco de la mano y saliese corriendo de allí, alejándose lo máximo posible, sin ninguna dirección concreta.
-¡Tenemos que escondernos!-dijo Draco al ver que Hermione no tenía intención de detenerse y que seguía corriendo.
-No, hay que salir de la escuela.-dijo ella sin parar de correr.
-¿Salir? ¡Si salimos los mortífagos te atraparán en seguida! ¡Lo has dicho antes! ¡Te buscan para conseguir la profecía!
-Se me ha ocurrido una idea.
Draco no estaba del todo convencido, pero confiaba en Hermione así que se dejó guiar a través de los pasillos destruidos de la escuela. Hermione decidió salir por la parte trasera de Hogwarts, hacia el callejón que llevaba a Hogsmeade, siguiendo al resto de los alumnos. Pero Draco y ella no siguieron por el pasadizo, al contrario, tomaron otro camino, desviándose de la salida y alejándose de lo que para muchos era su única oportunidad de salir con vida. Entre el gentío, Hermione pudo distinguir a Harry abrazando a Ginny a la espera de que fuese su turno de tomar el pasadizo, y unos metros más adelante, la pelirroja cabellera de Ron, junto a Pansy Parkinson, quien parecía herida. Hermione se sintió algo dolida al ver aquello, recordando lo que Ron había hecho, pero no pudo evitar sentirse aliviada al ver que sus tres mejores amigos estaban prácticamente a salvo.
La pareja salió finalmente del castillo y se dirigió hacia el Bosque Prohibido.
-Hermione, ¿a dónde se supone que vamos?-preguntó Draco empezando a asustarse seriamente.
-Al claro del bosque donde Hagrid nos mostró al Ángel Negro.
-¡¿Te has vuelto loca?!
Hermione se detuvo en seco y se giró para mirar a Draco directamente a los ojos.
-Sé perfectamente lo que hago. Por mi culpa está muriendo gente, por mi culpa has estado a punto de morir tú y aún puedes morir si no me doy prisa. Se me ha ocurrido una solución y tú puedes acompañarme o marcharte con los demás, no te lo impediré. Esto es asunto mío.
-¿Qué te hace pensar que te dejaría sola? Estamos juntos en esto. En todo.
Hermione esbozó una tímida sonrisa, pero no dijo nada más. Decidieron caminar con sigilo a partir de ese momento, ahora estaban totalmente solos, sin la protección del castillo. Si los descubrían, no tendrían nada que hacer. No les fue muy difícil llegar al bosque, ya que todos los mortífagos estaban demasiado ocupados atacando el colegio sin prestar atención a sus alrededores. Cuando ya se habían adentrado lo suficiente como para dejar atrás los gritos de los asustados alumnos y las maldiciones enemigas, escucharon el inconfundible y pesado andar de un Sundeath a sus espaldas.
-Seguramente será el mismo que nos ha visto en el colegio.-susurró Draco.-Sigue tú Hermione, confío en ti. Haz lo que tengas que hacer y yo entretendré al Sundeath todo el tiempo que me sea posible.
-¡No pienso dejarte aquí solo!-dijo ella con un deje de pánico en la voz.
-Y yo no pienso quedarme sin actuar mientras muere gente ahí dentro. Sigue adelante. Sálvanos a todos.-el chico le dio un fugaz beso en los labios y se alejó de ella en dirección a donde habían oído las pisadas. Hermione corrió hacia el claro luchando contra las lágrimas que amenazaban con brotar de sus ojos. No tardó mucho en llegar y, tal y como lo había pensado, ahí continuaba el Ángel Negro encadenado, con una sonrisa malvada dibujada en su desfigurado rostro.
-Todo se está cumpliendo, pequeña niña de ojos color miel…
-Esta vez no vas a conseguir nada con tus palabras.-dijo la castaña conteniendo la rabia hacia aquella criatura. Sabía lo que tenía que hacer a continuación, de la misma forma que sabía que sólo tenía una oportunidad para que su plan saliera como ella pretendía.
-¿Y qué harás para evitarlo?-siseó el Ángel con malicia.
-Profecía contra profecía.-dijo Hermione sencillamente, sacando la esfera azul del bolsillo interior de la túnica.
-No te atreverás…-dijo el Ángel alejándose un poco de ella.
-Intenta detenerme.-dijo Hermione desafiante.
Sin apenas darle tiempo de reaccionar a la oscura criatura, Hermione lanzó la esfera contra ella con fuerza, pero el Ángel pudo esquivarla con una torpe maniobra, debido a la cadena que dificultaba sus movimientos. La chica vio horrorizada como la esfera se precipitaba hacia el suelo y junto con ellas, todas las posibilidades de arreglar la situación. Sin pensar en lo que hacía, sacó su varita y apuntó a la pequeña esfera, gritando antes de que cayera al suelo:
-¡Wingardium leviosa!-la esfera se alzó de nuevo y, con un brusco movimiento por parte de la varita de Hermione, se rompió en pedazos al estrellarse contra la espalda del Ángel Negro, cogiéndolo por sorpresa. Un agudo chillido de dolor surgió de la boca de la criatura, comenzó a agitarse de manera furiosa, intentando salvar la vida que ya sabía tenía perdida. Las tres profecías, la de Harry y las dos del Ángel referidas a Hermione y Draco, comenzaron a escucharse al mismo tiempo, sin llegar a entenderse lo que decía cada una de ellas, y cuando terminaron, el Ángel se desplomó en el suelo, sin vida. Hermione sonrió satisfecha, sabiendo que había hecho todo cuanto estaba en su mano. La única manera de deshacer una profecía hecha por un Ángel Negro era destruirla junto a una profecía esférica, de eso estaba segura. Esto causaba la muerte del Ángel y junto a él, la de todas sus profecías realizadas. Había salvado la vida de Draco y al mismo tiempo, había destruido lo que los mortífagos habían venido a buscar, convirtiendo su ataque en inútil. Confiaba en que Voldemort retirara sus tropas sabiendo que ya no podía conseguir lo que buscaba.
Voldemort lo sintió como si algo se hubiese desgarrado en su interior.
-Maldita sangre-sucia… ¡Todo esto para nada! A menos he dejado claro quién manda aquí, el miedo se extenderá y todo será más fácil… Pero eso será en otra ocasión…-con un apenas perceptible gesto de su varita, los mortífagos sintieron la retirada en sus antebrazos, y comenzaron a retroceder, no sin antes desaprovechar la ocasión de matar a algún que otro alumno perdido o atrapado.
Hermione se dirigió hacia donde se había separado de Draco, deseando verlo, abrazarlo y darle la buena noticia. A los pocos minutos, vio al Sundeath alejarse en dirección al frente enemigo, que comenzaba a retirarse y pocos metros hacia la derecha, vio horrorizada el cuerpo de Draco en el suelo, con la ropa desgarrada, empapada en su propia sangre. Había llegado tarde.
