Capítulo 02

Los Secretos de la Noche en Vela

Sin mediar palabra, recorrieron el camino de vuelta a casa, atravesando toda la playa. Leara le enviaba discretas miradas a su acompañante, preguntándose hasta qué punto podría sentir lo que prontamente se avecinaría. "Ellos te protegerán…". Las palabras de su maestro atormentaban su mente, y comprendió que ese "protegerán" incluía alguien más además de Sora. ¿Era posible que también se refiriera a Riku? Antes de que Leara pudiera darse cuenta, habían llegado a la puerta de la casa de Kairi.

- Bueno, hemos llegado – concluyó Sora -. Me voy a mi casa, está en la otra dirección – Leara se avergonzó por haber sido acompañada hasta allí pudiendo haberse quedado en su casa hacía rato y se mordió el labio. Hacía siempre ese gesto cuando estaba preocupada.

- Siento haberte molestado… - comenzó a decir Leara, pero la patente sonrisa de Sora cortó silenciosamente sus palabras.

- No es molestia, mujer. Tras ver el rato que has estado andando y lo pensativa que estabas pensé que quizá no sabrías volver – sonrió con dulzura. A Leara se le atravesaron las palabras.

- Yo… Muchas gracias – le devolvió la tímida sonrisa.

- Je, je – rió Sora con cierta picardía -. Anda, llamaré por ti, que veo que no estás por la labor – el chico le hizo una mueca divertida justo después de guiñarle uno de sus perforantes ojos azules.

Sora aporreó la puerta de madera, y Kairi la abrió unos segundos después.

- ¡Vaya, has vuelto! – exclamó Kairi. Parecía aliviada.

- La he acompañado (¿a que sí, Leara?) para que luego vayas divulgando que soy una mala influencia – dijo Sora mientras Kairi cogía las manos de Leara y la hizo entrar con una sonrisa. Acto seguido dirigió su mirada a Sora.

- Eres una mala influencia – atestó Kairi enfatizando con mucho la palabra "eres". Sora fingió en su rostro un gesto de dolor.

- ¡Oh! Eso ha sido un golpe bajo, mi pequeña fresa enana– dijo Sora revolviendo el pelo a Kairi con una sonrisa maliciosa. Kairi apartó la mano de Sora de su cabeza y se peinó con los dedos. Leara pensó que no podían ser más indiscretos y sonrió ante lo obvio.

- ¡Hablo la loca despeinada! – sonrió Kairi, siendo esta vez ella la que perdía los dedos entre el pelo de Sora. Leara imaginó la escena que ellos deseaban que ocurriese, pero tanto por su misma presencia como el respeto mutuo que se profesaban, no aconteció. Ahora era Sora el que apartaba su cabellera de los dedos de Kairi, quien se dejaba atrapar entre las manos del muchacho – Vamos a cenar pasta¿te apuntas?

- Lo siento, debí estar en casa ya hace rato, supongo que mi padre me dirá un par de cosillas antes de mandarme a mi cuarto a reflexionar sobre mi desobediencia – recitó casi monótonamente -. ¡Qué suerte tienes de vivir sola, Kairi!

- Bueno, recibo muchas visitas – sonrió Kairi. Era más que obvio que las visitas de Sora no le desagradaban en absoluto, aunque se metieran mucho el uno con el otro.

- ¡Eso está bien! – alegó Sora -. Bueno, lo dicho¡mañana nos vemos!

Sora bajó de la entrada de la casa de Kairi e hizo un gesto con la mano mientras se alejaba corriendo.

-¡Que te sea leve la regañina! – le gritó Kairi justo antes de cerrar la puerta. Se giró hacia Leara y le sonrió.

Leara ayudó a Kairi a poner la mesa, sin saber cómo expresar su gratitud. Cuando ambas se sentaron, afuera, el cielo se había tornado de un púrpura oscuro que dejaba a las estrellas lucirse en todo su encanto.

- Bueno¿qué has hecho cuando saliste? La verdad es que nos asustamos un poco al verte salir así – dijo Kairi mostrando cortesía.

- ¡Lo siento mucho! – se disculpó Leara – Yo no quería preocuparos, es solo que… - se cortó. No podía decirle a Kairi que había tenido que salir de allí por que quería alejarse de Riku – no sabía qué decir y esa situación era muy tensa… Tuve la necesidad de salir de ahí de inmediato… ¿Nunca has tenido la necesidad de huir de algo? – preguntó Leara.

- Bastantes veces… Bueno, no tienes que preocuparte, me alegra saber que estás bien. Pero no me has contestado¿has hecho algo especial? – preguntó Kairi. Era realmente un encanto.

- Pues nada en concreto, la verdad. Pero hay unas vistas muy bonitas –sonrió.

- ¡Sí que las hay! Este lugar puede llegar a ser realmente precioso – concluyó Kairi. Leara sonrió -. Pero a veces… hecho de menos mi ciudad.

- ¿No eres de aquí? – preguntó Leara. Kairi negó lentamente con la cabeza.

- Llegué aquí cuando era pequeña, la marea me arrastró. Tengo unos recuerdos muy vagos, pero me acuerdo de que Sora siempre intentaba que dejara de llorar – en los ojos de Kairi apareció un brillo que Leara no sabía si interpretar como de fascinación o nostálgico. Kairi sonrió vagamente mirando el vaso que tenía entre las manos.

Leara pensó en ese momento que era hora de cambiar de tema. No tanto por lo que pudiera estar pasándosele por la cabeza a su nueva amiga Kairi, sino también por el cariz que la conversación estaba entonando.

- No me esperaba para nada que Sora fuera ese chico al que hemos dejado hace un rato – dijo Leara intentando animar a Kairi.

- ¿Por qué? – preguntó extrañada la aludida. Había funcionado.

- Cuando oyes hablar del mayor guerrero de la historia, al famoso elegido de la llave-espada, lo último que se te pasa por la cabeza es que ese gran soldado pueda ser un muchacho de dieciséis años que aún vive con sus padres – explicó Leara. Kairi asintió sonriendo.

- Eso es cierto, pero también lo es que ha conseguido grandes logros en esa guerra. Cuando la guerra comenzó, nosotros estábamos ultimando los detalles de nuestro propio viaje a mi ciudad natal. Lo que no sabíamos era que el verdadero viaje al que estábamos predestinados, no era juntos. Al final, resultó ser que Sora era el elegido por la llave-espada para sellar los mundos de la oscuridad. Su amistad era tan fuerte, que a pesar de su misión, encontrarnos para él fue siempre lo primero.

- ¿Encontrarnos? – preguntó Leara.

- Sí, Riku también desapareció ante sus ojos, al parecer, consumido por la oscuridad.

Leara tuvo que beber agua porque se le había atravesado su último bocado. Tragó con dificultad y volvió a mirar a Kairi. Comprendió que sus sospechas eran ciertas; si Sora, Riku y Kairi eran tan buenos amigos, ese "ellos te protegerán" de su maestro se refería, indudablemente, a ésos tres.

- ¿Estás bien? – preguntó Kairi al ver que tenía los ojos vidriosos por que se le había atragantado la comida.

- S… Sí, sí, estoy bien, no te preocupes – contestó Leara sonriendo. Kairi le devolvió la sonrisa.

- Tuviste suerte de que la guerra no llegara a tu mundo – dijo Kairi.

- No, Kairi, no fue suerte. No paré ni por un instante de huir. Estuve al margen del corazón de la guerra, pero me dedicaba a alertar a los mundos a los que estaba por llegar – dijo Leara -; si la guerra no había llegado, la gente, ciega, me tomaba por loca, y días después – hizo un gesto bastante elocuente – cientos de sincorazón inundaban las calles. Pero a veces llegaba tarde y la guerra allí ya había estallado.

- Y luego te escondiste.

- Exacto – dijo Leara.

- ¿Puedo preguntar dónde?

Leara lo pensó.

- Mejor no, me lo reservo. Lo siento – concluyó. Había vuelto a hablar demasiado. Kairi, sin embargo, esbozó una sonrisa en su curioso rostro.

- Se ve que te gusta mantener intacta tu intimidad – dijo Kairi.

- Hay ciertas cosas de mí que prefiero que permanezcan ocultas… Lo siento, Kairi…

- ¡En absoluto! – sonrió – Tú, y sólo tú, eres la que decide hasta donde quieres dejar ver. Yo respeto mucho la intimidad, y si no quieres contar algo, pues no se hace y punto. Yo hago lo mismo – dijo mientras sonreía abiertamente -. Algunas cosas no se las puedo contar a Sora, por ejemplo, y es mi mejor amigo. Él también me oculta detalles íntimos, pero es algo que siempre hemos respetado. Con Riku pasa lo mismo, pero a veces, prefiero hablar con él antes que con Sora, es… más centrado.

- Sí, se le ve un tipo serio – dijo Leara.

- Siempre parece estar pensando en algo importante, y tengo la sensación de que muchas veces se pierde entre su entrenamiento, y por eso es muy fuerte. Pero es muy buena persona y está dispuesto a lo que sea por sus amigos.

Leara sonrió en silencio escuchando a Kairi hablar de sus amigos. Comía sin emitir ruido alguno que pudiera interrumpir la charla de su amiga. En el fondo, la envidiaba. Tenía un lugar al que pertenecer; tenía la fuerza suficiente como para seguir confiando en las demás personas; poseía la capacidad de convertir sus antiguas adversidades en aventuras y misterios que resolver junto a sus amigos; y lo más importante, tenía a quien la echara de menos si faltara en el lugar. En definitiva, Kairi poseía un estilo de vida que Leara sólo llegó a rozar con las yemas de los dedos. Leara se limitó a seguir comiendo hasta terminar su plato, y cuando terminó, deseó que hubiera más comida en él, no porque siguiera hambrienta, sino para tener algo que hacer con las manos mientras oía como Kairi contaba maravillas de Sora y de Riku. Dejó el tenedor dentro del plato, y cogió su vaso de agua.

- Vaya¿ya has terminado¿Te ha gustado? – preguntó Kairi a Leara cuando ésta soltó el vaso sobre la mesa, vacío. Ella aún tenía el vaso de agua a medio beber y su plato medio lleno. Se sintió un poco avergonzada por haberse quedado lenta, así que esbozó una sonrisa y prosiguió con su cena. Leara se apoyó cómodamente en el respaldo de la silla, y sin saber muy bien por qué, comenzó a hablar.

- Hace muchos años salí de mi casa, creo que yo tenía nueve años cuando decidí irme – Leara no miraba fijamente a Kairi, tenía la visión perdida en un punto indeterminado del plato de su compañera, y trasvió vagamente como la expresión de Kairi palidecía -. Yo vivía con mi padre, y la verdad, tenía docenas de criados que atendían mis caprichos; no podía quejarme de la comodidad de aquél hogar. Pero un día decidí irme, y a media noche, llené mi pequeña mochila del colegio de panecillos de la cocina y me escapé. No sabía dónde ir, no sabía que hacer, hasta que una anciana decidió cuidarme – Kairi vio como a Leara se le arrugaba el entrecejo, los ojos se le enrojecían y su voz se endurecía pero no dijo nada -. Viví con ella durante un par de años, hasta que murió. Estaba muy enferma, y los médicos no sabían qué podía ocurrirle, por lo tanto… no pudieron hacer nada. – Hubo un silencio y Kairi vio la tristeza que se filtraba por sus ojos. Deseó que no siguiera, esa historia la afligía sobremanera, pero aun así, la dejo continuar. Quizá sólo quería hablar con alguien y para cuando reanudó su relato, su voz se tornó áspera -. Estuve malviviendo un par de meses hasta que alguien me encontró en mitad de la lluvia, completamente mojada, temblando de frío y acurrucada en una callejuela oscura de Traverse Town. Recuerdo que sin decir ni una palabra, me envolvió en su capa, me acarició un poco el cabello, me cogió en brazos y me llevó hasta una posada. Al día siguiente me enteré de que él era un poderoso guerrero y, sin más, me aceptó como una alumna suya, y fue con él con quien aprendí a luchar. Estuve con mi maestro hasta que me atacaron y antes de que me mataran, mi maestro me hizo venir aquí. No sé por qué tenía tanto empeño en que me quedara en éstas islas, pero, viendo la tranquilidad de éste lugar no podía haberme mandado a lugar mejor. Me alegro de que lo hiciera, porque, a pesar de que aquella mujer me acogiera y mi maestro que me aceptara como discípula sin motivo ni previo aviso, nunca había recibido tanta amabilidad por todos lados. Y… me siento muy agradecida – Leara sonrió levemente y notó cómo Kairi estaba inmóvil, escuchándola. Acababa de terminar de comer, así que Leara, sin hablar, se levantó, recogió su plato, su vaso y también el de Kairi, que se apresuró a ayudarla.-No, Kairi. Yo recogeré la mesa y lavaré los platos, no te preocupes.

- ¡Pero eres mi invitada! – alegó Kairi, intentando quitarle de las manos la vajilla sucia.

- Es lo mínimo que puedo hacer para agradecerte todo esto.

- Pero…

- Por favor, Kairi – suplicó Leara -. Déjame hacerlo.

Kairi la miró a la cara. Dos grandes y rasgados ojos ámbar rojizos le decían claramente, que era lo único que podía hacer para sentirse útil en ese momento. Así que, a duras penas, accedió.

Leara limpió la mesa donde habían comido y también los platos, vasos y cubiertos. Tardó poco, pero habría tardado más si Kairi no hubiera estado sentada a su lado en la encimera indicándole dónde estaba cada cosa. Leara pensaba que Kairi era, realmente encantadora. La pelirroja observaba lo que hacía Leara, no para controlarla, sino por el simple hecho de no dejarla sola. No dejaba de sonreírle y de contar anécdotas de sus aventuras durante la guerra. A Leara le encantaba oírla. Su maestro nunca fue muy hablador, con su padre no tenía trato, y la mujer con la que estuvo viviendo, cada vez que hablaba, era para que Leara se lamentara más de su pasado, pero no recordaba haber sido nunca tan feliz. La morena terminó de colocar las piezas en su sitio, se quitó los guantes de goma, guardó los utensilios y secó la pila de lavar. Iba a ir al baño a lavarse las manos y la cara, pero las palabras de Kairi pararon en seco las piernas de la chica.

- Muchísimas gracias, de todo corazón.

Cuando Leara se volvió, Kairi estaba frente a ella, con los ojos brillándoles de emoción y una muy dulce sonrisa dibujada en su rostro. Hacía años que no oía esas palabras dedicadas a ella. Sin embargo, no sabía a qué venía tal agradecimiento.

- ¿Cómo?

- Gracias… por haberme elegido para que escuchara tu historia. Es realmente triste y debe ser muy duro, no sólo recordarla, sino también contarla en voz alta. Me siento muy halagada de que decidieras compartir tu vida conmigo. Y por eso, te concedo mi más profundo agradecimiento.

Kairi se inclinó hacia delante, mostrándole una reverencia. Leara sonrió y le devolvió la sonrisa.

- Te confieso que eres la única persona que sabe tantos detalles de mí. Ni mi maestro sabe tanto de mi persona.

A Kairi le asaltaban muchas dudas, pero prefirió ahorrarse las preguntas. Tal y como había indicado antes, sentía un profundo respeto por la intimidad ajena. La pelirroja no dijo nada y Leara, tras devolverle otra amplia sonrisa se dirigió al baño a ducharse.

Mientras se hallaba encerrada, le dio tiempo a pensar. Leara había estado varios años aprendiendo sin parar con su maestro lecciones sobre la luz y la oscuridad, y encerrándose poco a poco, en una habitación oscura en lo más profundo de su alma. Había tenido que luchar no solo contra los sincorazón, sino también contra sí misma, porque su naturaleza se encuentra en el centro de la oscuridad. Recordó esos momentos de entrenamiento mental con su maestro, generalmente, sentada bajo pequeñas cascadas, y sintiendo el baño frío del agua en su piel. Se imaginaba a sí misma entrenando en una pequeña habitación oscura, tan oscura que ni siquiera era capaz de verse las manos. Quizá estaba cansada de estar a oscuras, o tal vez simplemente tuviera ganas de hablar, pero estaba segura, de que fuese cual fuera el motivo, Kairi era como ese rayo de sol que entraba en la habitación en la que se encerraba mentalmente y le dejaba ver en la espesa negrura la forma de sus manos. Y es por eso que estaba segura de que había acertado eligiendo a quien contárselo. La morena salió de la ducha y se envolvió en un suave albornoz color verde manzana que Kairi le había indicado utilizar.

Leara salió de la habitación y para su sorpresa, Kairi ya llevaba puesto un pijama de verano de un tono amarillento pálido.

- Bueno, yo me voy a acostar¿vale? – dijo Kairi, al tiempo que estiraba los brazos hacia arriba y erguía su cuerpo – Te he dejado un pijama sobre la cama, en la habitación en la que te despertaste. La mía está al fondo de este pasillo, a la izquierda. Si necesitas algo, no dudes en despertarme¿de acuerdo? – preguntó con una sonrisa Kairi. Leara asintió con la cabeza. La pelirroja se giró y se dirigió a su habitación-. ¡Buenas noches, Leara¡Felices sueños!

- ¡Lo mismo digo, Kairi! – Leara sonrió aún más fuerte y entró en su dormitorio.
Cerró la puerta con suavidad y sobre la cama vio esperándole un bonito pijama color azul. Leara sonrió para sí; los gustos de Kairi estaban bastante perfilados. Se echó en la cama antes de ponerse el pijama. Junto a ella, a su izquierda, había una ventana abierta por la que podía trasver una noche donde parecía que las estrellas danzaban. La joven se volvió a incorporar y, apoyada en el alféizar, dejó que sus sentidos la llevaran. Además de ver miles de estrellas bailando el vals de la noche, podía oír con claridad la canción que la mar les cantaba. Podía oler el perfume del océano que le inundaba suavemente la nariz al respirar, y sentir en su rostro y sus brazos la humedad de aquella noche estival. Desvió su mirada hacia el suelo, y bajo la ventana había un par de rosales a no más de metro y medio de altura. Sintió una imperiosa necesidad de saltar por la ventana y gozar el momento en su plenitud. No se lo pensó, y con cuidado de no pisar las flores de su anfitriona, salió sin emitir sonido justo después de volver a vestirse.

Bordeó la casa de Kairi con cuidado de no dejarse ver en la ventana de la pelirroja. "Hace un poco de frío" pensó Leara frotándose los brazos. Cuando levantó la vista de sus pies, frente a ella, se alzaba una extensa orilla que las leves olas acariciaban. Cuando llegó hasta allí, no pudo menos que sobrecogerse cuando vislumbró a la princesa de la noche acariciar el agua con sus fríos y pálidos dedos. Al ver la poderosa luna pensó que merecía la pena pasar frío. Decidió sentarse y disfrutar aquel paraíso nocturno. Abrazó sus piernas y perdió su mirada en el horizonte.

- Esto es una maravilla… - susurró para sí.

Leara escudriñó a su alrededor, pero aquella noche era tan oscura como hermosa. Miró al horizonte y cerró los ojos; si la vista no podía ayudarla, podían hacerlo sus otros sentidos. Aguzó el oído, aspiró el aroma y sintió la brisa fresca. Definitivamente, no había nadie. Leara relajó su cuerpo y sonrió, aún sin abrir los ojos.

Se descalzó hábilmente y anduvo hacia adelanta, adentrándose en el agua de una forma un tanto peculiar; el mar no le cubría las piernas, ni siquiera sus tobillos, ella estaba caminando sobre la superficie del océano. La quietud de la mar apenas si se había inmutado con la presencia de su nueva inquilina. Con lentitud y de una forma tan silenciosa como relajada, caminó hasta que pudo sentir la profundidad de los metros bajo sus pies. Se quedó completamente rígida por un momento, y casi al instante, empezó a recordar los movimientos que su maestro le había enseñado tiempo atrás, con una inusual parsimonia. Tan armónicos eran sus movimientos que casi parecía que estaba bailando. Sus meneos fluidos, la suavidad de sus contoneos, incluso el ondeo de su largo cabello oscuro y brillante en la noche le otorgaban un aura etérea. Ella, renegando de sus suaves caricias al aire, permaneció acorde con la noche en lo que a quietud se refería. Leara abrió lentamente los ojos, pero si alguien se encontraba mirándola, habría notado que sus ojos ambarinos se habían tornado de un profundo e intenso rojo sangre.

Un viento que no se sabía de donde había aparecido y que al parecer sólo servía para hacer que su trenza se moviera con tranquilidad, acarició todo su cuerpo formando a su alrededor extrañas ondas que parecían nacer de la punta de sus pies. Su semblante se volvió serio y observó con sus nuevas pupilas rojizas un punto indeterminado frente a ella. Una extraña luz bañó ese punto, pero Leara ni siquiera se inmutó; sin embargo, a cualquier otra persona la habría cegado. Esa luz tomó misteriosamente una forma sólida, flotando en el aire, justo en el punto que ella tan detenidamente miraba. Ella alargó la mano para encerrar entre sus dedos el objeto que acababa de invocar y al entrar en contacto con su piel, la luz se difuminó perdiéndose en la oscuridad. El viento desapareció y las ondas, tan silenciosamente como aparecieron, se esfumaron. Leara sonrió al ver su resultado: blandía firmemente una llave-espada.

El arma era, simplemente, espectacular. Medía alrededor de ciento cincuenta centímetros de largo. El mango que empuñaba estaba hecho de un material similar al cristal, y alrededor de su empuñadura se dibujaban, de ese mismo material, extrañas formas alargadas y curvas que, alardeando de simetría, se retorcían en el aire dándole una majestuosa apariencia. Su hoja era del mismo material y, tan transparente que parecían ser independientes el uno del otro. De formas finas y tan retorcidas como los adornos de la empuñadura, una hoja larga dibujaba con formas espirales la imagen de una llave, pero había algo de anormal en aquella forma: las puntas del arma (aunque en la oscuridad no se apreciaban) estaban teñidas del negro más oscuro de una forma sutil, que casi no se apreciaba dónde empezaba lo opaco y dónde terminaba lo transparente. Lo único que parecía diferir en el material de aquella extraña y única llave-espada era el llavero que le colgaba del final de la empuñadura. Una fina cadena oscura portaba un colgante negro brillante con la forma de una estrella de cinco puntas, sin embargo, en el centro del llavero podía percibirse como una luz interior deslumbraba a aquellos imprudentes que posaran su vista en ella. Pero esa luz no afectaba a Leara, quizá porque se había acostumbrado.

Ella comenzó a recitar corporalmente unos movimientos mecánicos de lucha, que impresionaron a cierto espectador oculto.

La había observado desde que comenzó a andar sobre el agua, escondido desde la boca de una pequeña cueva camuflada entre los matorrales. Ella no le había visto, pero él podía observarla con claridad, a pesar de la negrura nocturna. Leara parecía brillar con luz propia, realmente, no se explicaba cómo la veía con tanta nitidez. Se asombró de sobremanera cuando la vio desafiar a la gravedad caminando sobre el mar, luego comenzó a bailar, y cuando paró y abrió los ojos, Riku juraría que los había distinguido de un profundo rojo.

De repente, algo le cegó por un instante, pero cuando el joven pudo recuperar el sentido de la vista, la vio blandir con una descarada claridad una llave-espada casi tan grande como ella y que, al igual que su portadora, resplandecía tímidamente. Riku no podía moverse; parecía que sus movimientos, tan hipnóticos, su asombro por descubrir el velado secreto de la extranjera y el inmenso poder que emanaba aquella arma le hizo curiosear un poco más. Sin embargo, sin aviso previo, ella se detuvo y la llave-espada, con la misma rapidez del principio, se desvaneció dando paso a un millar de lucecitas que se fundían lentamente con el agua y desaparecían.

Ella miró inquieta a todos los lados, y, sin más, comenzó a correr de nuevo a la orilla. Riku observó como se detuvo fugazmente a ponerse los zapatos y echaba inmediatamente a correr de nuevo a casa de Kairi sin dejar de buscar a aquello que la inquietaba, y Riku sabía que se trataba de su mera presencia. Supo que, de un modo u otro, había, no solo notado su persona, sino que sabía que le estaba observando. Aquella desconocida tenía un inmenso poder y ocultaba algo. Riku estaba seguro de ello.

Cuando el chico pudo recuperar el control sobre los movimientos de su cuerpo, se volvió con lentitud y, volvió a su casa con presteza preguntándose, no sólo la verdadera identidad de Leara sino también si no hubiera sido mejor dejarla ahogarse en el mar.


Notas de la Autora:

Bueno!! Por fin actualizo! Es que he tenido algunos problemillas con Internet y tal, y bueno, de ahora en adelante actualizaré con mayor rapidez, vamos, un capítulo todas las semanas .

Con respecto al capítulo... Pues en realidad no tengo mucho que añadir, porque en realidad lo más interesante es Leara con llave-espada... Pobre Riku, desconfía de la muchacha UU (Pobre muchacha, que desconfían de ella xD)

En fin, más acontecimientos en el siguiente capítulo!!

Beeeesitosss!!! (Rvws plizzz)