Capítulo 3

Casa de Harold y Amelia Whitherspoon

25 de Diciembre

00:03 hs

- Eve.

El susurro apagado de Mathew sólo logró por respuesta un leve quejido de la figura que dormía de costado.

- Eve, despierta – murmuró nuevamente, sacudiéndola con suavidad por el hombro.

Con lentitud la chica se movió y se giró apenas, tratando de abrir los ojos.

- ¿Mathew? – preguntó con la voz algo ronca.

- Despierta – repitió el muchacho, apretando sus dedos en el hombro femenino.

Evelyn se incorporó sobre el codo izquierdo, adormilada. Miró el reloj que había sobre una de las miniaturas de dragones, en el estante junto a la cama, y vio que era pasada la medianoche. Debió dormirse quince minutos antes.

– Intenté esperarte despierta. ¿Dónde estabas?

- Hay algo que quiero mostrarte – murmuró Mathew, colocándole un mechón de desordenado cabello detrás del hombro para verle mejor el rostro.

Sentándose en la cama, la chica lo miró, intentando despejarse a marchas forzadas.

- ¿Qué?

- Muévete a los pies de la cama.

- ¿Por qué?

- Porque te lo estoy pidiendo.

Desprendiéndose de las telarañas del sueño, gateó hasta los pies de la cama y se quedó allí sentada.

- ¿Ahora qué? ¿Me paro sobre mi cabeza?

Mathew hizo una mueca burlesca y comenzó a acomodar almohadones en el lugar que normalmente ocupaban ellos al dormir.

Cuando tuvo todo como quería, extendió su mano sobre las abultadas mantas y murmuró un conjuro, haciendo que las almohadas se transformaran en las figuras de ambos dormidos.

- Mathew… ¿qué estás haciendo?

- Cubriéndonos las espaldas – replicó el muchacho sentándose detrás de ella, con lo que la espalda de Evelyn quedó contra el pecho de él -. Cierra los ojos y no los abras hasta que yo te lo diga – le pidió.

Ella giró su cabeza, mirándolo inquisitiva.

- ¿Esto tiene algo que ver con eso que has estado elucubrando desde que tu padre nos dijo lo del castigo?

- ¿Vas a cerrar los ojos o no?

Evelyn entrecerró los ojos por un momento y, finalmente, hizo lo que le pedía. Sintió que Mathew cerraba sus brazos alrededor de ella, aprisionándola contra su pecho, y apretaba sus piernas contra las suyas.

Un segundo después, la inconfundible sensación de Aparecerse hizo que apretara las manos del muchacho, antes de sentir que aterrizaban sobre algo blando.

- Ahora puedes abrirlos – dijo Mathew, sin soltarla.

Pestañeó y miró alrededor, tratando de ubicarse.

Le tomó dos segundos darse cuenta que estaban en el ático, sentados sobre la enorme cama que Mathew había terminado, con su ayuda, esa misma tarde. Era lo único terminado en el cuarto pero no importaba que faltaran cortinas en las ventanas, o el resto del mobiliario, porque lo que vio la dejó con la boca abierta.

Había velas por todos lados, que brillaban con colores tenues flotando a distintas alturas. Un árbol de navidad miniatura brillaba junto a las ventanas laterales, decorado profusamente. Pero lo más impresionante de todo era el techo, que parecía una porción del techo del Gran Salón de Hogwarts. Nubes encapotadas reemplazaban el cielorraso, mientras copos de nieve caían intermitentemente.

Totalmente sorprendida, se incorporó sobre sus rodillas y se giró para mirar a Mathew, que le sonreía, feliz de que su sorpresa hubiera resultado.

- ¿Cómo…? ¿Cuándo hiciste esto? – preguntó por fin.

- ¿Te gusta?

- Es… maravilloso – murmuró, con los ojos muy abiertos y una sonrisa en los labios.

- Feliz Navidad, Eve – sus ojos verdes brillaron por la luz de las velas cuando estiró la mano para quitar un copo de nieve, que se había quedado en su cabello negro.

Por toda respuesta, Evelyn lo abrazó con fuerza, besándolo. Aunque algo sorprendido, el muchacho cerró sus brazos alrededor de su cintura y la apretó contra él, sintiéndola suspirar, sintiendo que él suspiraba.

- Feliz Navidad, Matt – susurró Evelyn contra sus labios –. Este es el regalo más bonito que alguien me ha hecho jamás.

- Este no es mi regalo exactamente – aclaró él acariciándole la espalda con suavidad –. Pero me alegra que te guste porque encantar un techo no es tan sencillo como parece.

- ¿Fue más complicado que armar esta cama tan fabulosa?

- Nada es más complicado que armar esta cama tan fabulosa – afirmó el muchacho –. Así es que te aviso que espero que le demos un buen uso que justifique todo ese esfuerzo – agregó, rozándole los labios con los suyos.

Evelyn sonrió y, apartándose apenas, le delineó la boca con el dedo índice mientras sus ojos se oscurecían ante lo que sabía que iba a pasar.

- Antes de que comencemos a justificar el esfuerzo… hay algo que quiero darte.

Extendió su mano hacia la puerta, que luego de un momento se abrió y un paquete de aspecto pesado entró volando al cuarto, hasta ellos. Iba envuelto en papel verde con un enorme moño rojo encima.

- Para ti – dijo la chica, entregándoselo.

Mathew lo tomó y la miró, asombrado.

- ¿Cuándo compraste esto?

- Mientras tú te esforzabas en construir la cama – respondió Evelyn –. Ábrelo.

Él contempló el paquete un momento y luego rompió el papel para encontrarse con un libro forrado en cuero. Una garra servía de cierre y las escamas verdes de sus solapas relucieron con colores irisados cuando la luz de las velas rebotó contra ellas.

- Eve… - murmuró, acariciando las doradas letras de la cubierta –. Es el Compendio de Dragones de Igor Likwing. Este libro dice todo lo que hay para decir acerca de los dragones. Lo he querido desde que tengo memoria… ¿Cómo supiste…?

- La primera vez que te vi no fue en el expreso a Hogwarts. Fue en Flourish y Blotts, tres semanas antes de que hiciéramos ese viaje – él la miró con una ceja levantada –. Estabas detrás de la última estantería, mirando este libro como si fuera la cosa más fabulosa del planeta. Y luego, cada año, cuando estábamos comprando los libros, ibas a verlo. Incluso me llamabas para que fuera a verlo también.

Mathew sonrió al recordar tres años antes, cuando uno de sus compañeros del equipo de Quidditch casi los pesca mirando el bendito libro en una esquina de la librería.

- Este libro no estaba a la venta. Quise comprarlo el verano pasado y la dependienta me dijo que no podía vendérmelo. ¿Qué hiciste? ¿Lo robaste?

Evelyn meneó la cabeza.

- El propietario de la librería, el señor Flourish, era un viejo amigo de mi abuela. Ella llegó a un acuerdo con él, en mi nombre, para que yo pudiera pagárselo de a poco. Es por eso que no estaba a la venta, porque yo ya lo había reservado.

Extasiado el muchacho pasó las hojas del libro con reverencia, deslizando sus dedos por las ilustraciones que no se movían porque eran tan antiguas que en aquella época, no las encantaban.

- Confieso que si no hubiera sido por esta herencia inesperada que recibí habría tardado años en poder dártelo – agregó Evelyn, al ver que él no parecía dispuesto a decir nada –. Hasta esta semana mi única opción de regalo parecía ser que me colocara un moño rojo en la cabeza y saltara de una caja gritando "Feliz Navidad".

Los ojos brillantes y la sonrisa traviesa le respondieron antes que él lo hiciera en voz alta.

- ¿Y por qué desechaste la idea?

- Me pareció que esta era una mejor opción.

- ¿Puedo opinar?

- ¿Esto significa que no te gusta?

- ¿Bromeas? Ni siquiera sé qué decirte.

- Puedes besarme. Si se trata de ti, estoy más que dispuesta a resignar palabras a cambio de un beso – replicó ella con un brillo divertido en los ojos.

Mathew meneó la cabeza, cerrando el libro sobre su regazo.

- Si te beso no podré entregarte tu regalo – replicó –. Mejor me aguanto las ganas mientras abres esto.

Metió la mano bajo la almohada y sacó un paquete rectangular, chato y alargado, envuelto en un papel que despedía chispas de colores.

Era la primera vez que podía darle un regalo de Navidad en persona, sin enviarlo de manera anónima para que apareciera a los pies de su cama de Hogwarts, en donde con seguridad tan solo habrían dos regalos más: uno de Dumbledore y otro de su abuela.

Evelyn se mordió el labio inferior mientras abría el envoltorio con cuidado de no romper el papel en demasía. Nunca se había sentido tan nerviosa ante algo tan simple como abrir un presente, pero éste era especial. Podía sentirlo.

Se encontró con una caja blanca y, al abrirla, se quedó muda al ver el brazalete que descansaba sobre una capa de copos de nieve mágica.

Eran dos bandas de oro paralelas, lisas, con un sello en la parte superior. Una E se entrelazaba con una M. Apoyado sobre la E estaba el león de la casa Gryffindor, mientras que la serpiente de la casa Slytherin se enroscaba alrededor de la letra M.

- Mathew… - murmuró la joven, azorada.

- Hay algo que hace bastante que quiero decirte – tomó la mano de la chica y la miró con atención –. Sé que sabes que la mañana que mamá nos contó la historia del pacto del bargaine yo me puse furioso. Pero lo que no sabes es que ese día no sólo estaba furioso porque mi madre te hubiera puesto en riesgo al no contarnos lo que habían hecho. Estaba enojado porque todo ese asunto había arruinado mis planes.

Un relámpago de dolor cruzó por Evelyn. Uno de sus mayores miedos, desde aquella fatídica noche en que sus abuelos murieron, era que Mathew sintiera que estaba atrapado en algo que no deseaba. Aún cuando él no había dado señales ni transmitido nada que le hubiera confirmado sus temores, el escucharlo decir esto hizo que el corazón se le estrujara.

Percibiéndolo, el muchacho le apretó los dedos con suavidad, intentando que sus emociones le llegaran sin traba alguna para que supiera que lo que decía era verdad.

- No es lo que estás pensando, así es que déjame terminar antes de comenzar a saltar a conclusiones equivocadas – dijo acariciándole el interior de la muñeca con el pulgar –. Yo tenía planes, Eve. Grandes planes. Había planeado que una noche dentro de un año o dos, montaría todo esto – señaló con un gesto de su mano libre el techo, las velas y el árbol - y te pediría que te casaras conmigo.

Evelyn se quedó helada, sin respirar. Podía sentir que él era sincero y luchó para que él no percibiera lo que estaba pasando por su alma en ese momento. La felicidad y el dolor se mezclaron mientras sus ojos se humedecían.

- Sé que probablemente no habrías querido aceptar casarte conmigo. Que habrías esgrimido todo tipo de excusas del tipo "Soy la cazadora" o "No puedo ponerte en semejante peligro", o cualquier otra cosa por el estilo – Mathew le sonrió, levantando una ceja –. Pero igual te lo habría propuesto. Con un anillo y todo lo demás.

Cogió el brazalate de la caja y lo miró con atención.

- Ese día estaba furioso porque me quitaron la oportunidad de pedirte que fueras mi esposa. Simplemente amanecimos casados. Y no quiero que pase un día más sin que tengas la plena seguridad de que ser tu esposo, para mí, era inevitable. No por un bargaine hecho hace diecisiete años, sino porque así como siempre supe que no había poder que me convenciera de no ser tu amigo, no hay poder que desvanezca esta certeza de que para mí, eres tú y nadie más.

Tomó aire y levantó los ojos hacia ella.

- Por lo tanto, dado que no puedo darte un anillo y no habrá ceremonia, y no puedo todavía hacer ninguna demostración pública porque eso podría arruinar la mentira que mi padre ha contado a todo el mundo acerca del bargaine, quiero darte esto como una especie de símbolo de que tú eres mi esposa y yo soy tu esposo. Más allá del bargaine y a pesar del bargaine, somos tú y yo. Para siempre.

Y con suavidad cerró la banda doble de metal del brazalete alrededor de su muñeca.

Ambos contemplaron la alhaja un momento mientras las lágrimas caían por las mejillas de Evelyn.

- Mathew… ¿tú entiendes que esto no será una historia de final feliz, verdad? – levantó los ojos y los clavó en esos otros que la miraban con decisión –. Ni siquiera estoy segura de que vaya a estar aquí en un año… Mucho menos en dos.

- Tú no sabes eso – aseveró el muchacho con dolor en la voz.

- Sé que no tengo todas las apuestas a favor. Sé que mi futuro no se vislumbra mucho más allá del final del año escolar. Sé que no hay una familia en él. No hay bebés, ni sobremesas charlando acerca de lo aburrido del trabajo en la oficina, ni excursiones de compras, ni planes de vacaciones.

Hizo una pausa y bajó los ojos hacia el brazalete nuevamente.

- No es que no lo quiera, es que no puedo permitirme soñar con ello. No puedo tener hijos porque no puedo exponerlos a la vida que les tocaría en suerte. No puedo proyectar futuros cuando entablo batallas de vida o muerte cada noche. Y no habría aceptado ser tu esposa porque creo que tú mereces todo eso y mucho más.

- Lo sé – dijo Mathew, apretando sus dedos – Soy consiente de que en realidad, este bargaine ha sido mi única posibilidad en ese campo.

- Pero te resistes a ver lo que pasa – Evelyn meneó la cabeza –. Te resistes a aceptar la realidad de lo que es mi vida y las limitaciones que tiene.

- Veo perfectamente bien las limitaciones. Sé que hay muchos ríos que atravesar, pero si no te molesta, prefiero…

- Cruzar el puente cuando llegues al río – completó la frase por él, sonriendo resignada.

- Evelyn, no te estoy pidiendo que pretendas que tu vida no es lo que es – levantó su mentón y la obligó a mirarlo –. Sé exactamente en lo que me he metido y lo he hecho a conciencia. No soy estúpido y no espero nada más que lo que podamos tener. Pero ya sea poco o mucho, no creo que pedir que lo tengamos juntos sea pedir demasiado.

Evelyn se quedó callada, mirándolo. Por primera vez comprendía que él no era ciego, ni estaba siendo obtuso, ni era incapaz de contemplar todo el panorama. Sólo estaba aceptándolo tal y como venía. Lo menos que podía hacer ella era aceptarlo también.

-Prometo que jamás, jamás, me quitaré este brazalete – murmuró –, porque aún cuando no habría aceptado casarme contigo, espero que sepas que para mí siempre fuiste y siempre serás tú. Nadie más. A pesar de este bargaine y más allá de este bargaine.

Mathew le sonrió, limpiándole las lágrimas de las mejillas con los pulgares.

- Me alegra que no te lo quites. Me llevó todo un mes diseñarlo.

Por no mencionar que le llevaría toda la vida pagarlo, pero no creyó que ese fuera un dato de importancia cuando ella se incorporó sobre sus rodillas, le enlazó los brazos en el cuello y lo besó.

El muchacho deslizó sus manos desde su espalda hasta sus caderas, para bajar hasta las rodillas y tirar de ella hasta que quedó a horcajadas sobre él.

- ¿Tienes algo más que quieras darme o decirme antes de que comience a justificar el esfuerzo de construir esta cama? – le preguntó, desabotonándole el pijama para descubrir el hombro derecho y besarlo.

- ¿Fuera de que no se te ocurra detenerte? – jadeó ella al sentir el reguero de besos húmedos que estaba depositando en su clavícula.

- Sí – otro botón más y el pijama cayó hasta sus antebrazos, sosteniéndose sobre sus pechos.

- ¿Has sellado este cuarto?

- Diablos –. Mathew levantó una mano y se separó para tomar aire y murmurar el hechizo que mantendría al mundo fuera y los sonidos dentro – ¿Algo más?

- No lo sé… ¿Qué tal si leemos el libro de tu padre primero? – preguntó Evelyn mientras le quitaba la remera y la lanzaba al suelo.

- Ya lo leí. Y he conjurado todos los hechizos que encontré en él antes de despertarte – replicó antes desembarazarse de la parte superior del pijama –. Prometo que esta vez intentaré hacerlo bien – susurró.

Por toda respuesta, ella lo calló con un beso mientras se aplastaba contra él.