El lazo eterno
(Este relato se sitúa cinco meses antes del capítulo 10. Cuando Evelyn y Mathew no pueden tocarse porque él es portador de un veneno que podría matarla con tan sólo rozarla)
Casa de Mathew Whitherspoon y Evelyn Brigth
Hace 16 años
La música entraba por entre las cortinas abiertas, viajando desde la casa vecina, en donde los hijos adolescentes trataban de olvidar por un rato las realidades con una fiesta.
Como si estuvieran siguiendo la ruta de las primeras brisas primaverales, las notas rozaban la madera de la ventana, bajaban hasta el suelo y se deslizaban por el cuarto para danzar a su alrededor.
Parado en el medio de la habitación, con las manos laxas a los costados del cuerpo y el corazón tan pesado que casi no podía cargarlo en su pecho, Mathew miraba sin ver ese lugar que había sido su refugio en el medio del caos. Su lugar privado. El sitio en donde todos quedaban fuera, las máscaras desaparecían y el mundo dejaba de girar.
Hacía horas que estaba allí, en esa posición, en silencio. Recordando.
Las charlas, las risas, las discusiones. Los silencios preciosos, las conversaciones que sólo resonaban en sus cabezas. Las caricias, los abrazos. El llanto y la alegría.
En esa habitación él había sido simplemente él, y ella había sido simplemente ella. Habían sido un todo y habían sido cada uno.
Pero ahora, no había risas, no había abrazos, no había charlas y los silencios eran tan estruendosos que lo aterrorizaban.
Ahora, por primera vez en tanto tiempo que no recordaba cuándo no había sido así, estaba solo. Sus peores miedos habían salido de las profundidades de su infierno interior para reírse del final de sus esperanzas. Y lo que alguna vez fue una luz eterna ahora era oscuridad y frío.
Apretando los labios, salió de ese cuarto que se quedó vacío cuatro meses atrás, cuando él sacó sus cosas para mudarse a una de las habitaciones para invitados y ella se mudó a otra.
Sus pisadas seguían sin hacer ruido alguno, pero a él le resonaban a eco en paredes que ya no veía a diario porque había dejado de subir hasta el tercer piso. Su casa ya no era su casa, su vida ya no era su vida.
"Creo que deberías considerar que, hasta tanto no solucionemos esto, probablemente deberías pensar en mudarte por un tiempo".
La voz de su viejo maestro y mentor repetía incesantemente esa oración que tres noches atrás había sonado a maldición, condena y fracaso. Habían sonado a una sentencia que intentó aplazar por todos los medios, aunque siempre supo que llegaría. Lo supo cuando todo comenzó. Sólo que no le importó y se aferró a lo que pensó que era su derecho tener.
Felicidad, amor. Una vida.
Bajó las escaleras con paso cansado y lento. Irse iba a matarlo. Quedarse ya lo estaba matando.
En el primer piso la oscuridad era absoluta y el silencio total, pero en cuanto llegó al último escalón supo que ella estaba allí, en las sombras. Podía oler su perfume. Esa extraña mezcla de jabón, loción, mujer.
Su mujer.
La que no podía tocar.
La que parecía haberse grabado a fuego en incontables vidas de su alma.
La que era inalcanzable a pesar de que estaba allí, a dos metros de distancia.
- Te vas.
Estaba sentada en la silla que había contra la pared, junto al perchero, a medio metro del baúl que contenía todas las cosas que él iba a llevarse esa noche. Una silueta oscura, con la cabeza apoyada en la pared y las manos descansando enlazadas en su regazo. El vientre apenas abombado, los ojos circundados por negras aureolas de dolor, llanto e insomnio.
- Estaré con mi primo por un tiempo – respondió.
- Te vas - volvió a susurrar Evelyn.
Y el dolor que le llegó fue tan grande que las piernas no sostuvieron el peso que representó escucharla. Sentándose en el último escalón, apoyó los codos en las rodillas y la cabeza en las manos, desesperado.
- ¿Qué más puedo hacer?
Casi no la veía en la penumbra, pero aún así sabía que sus manos se apretaban con tanta fuerza una contra la otra que debían estar blancas.
- Quedarte. Podrías quedarte. Podrías no dejarme aquí, sola.
No supo qué decir porque sabía que lo que dijera, no alcanzaría. Ni para ella, ni para él.
- Pensé que cumplirías tu promesa.
Levantando la cabeza, clavó los ojos en esos otros que a pesar de la oscuridad, brillaban.
- No voy a dejar de buscar la solución – dijo, dolorido. – Pero... no puedo seguir aquí, así. Temiendo encontrarte al cruzar una puerta o rozarte al querer tomar la sal de la mesa. No puedo vivir así, viendo el miedo en tus ojos cuando me encuentro a menos de dos metros de distancia. Esto... está matándome.
Pudo percibir el movimiento de la melena cuando ella negó con la cabeza.
- No esa promesa – susurró.- Dijiste que no te rendías. Que los Gryffindors se quedaban y peleaban hasta el final – hizo una pausa ahogada. – Que te quedabas hasta el final.
Él se restregó los ojos y pensó con tristeza que ella había tenido razón. Aquel helado día, tantos años atrás, cuando le gritó que él no sabía cómo era. Cuando le gritó que había visto cómo sería el final. En aquel momento, él no quiso aceptarlo. En aquel momento sentía que tenía derecho a sentir, a vivir, a intentar. A no darse por vencido.
Ahora sabía que lo que uno quería y lo que terminaba siendo, era tan lejano que como el día de la noche.
Ahora conocía el abismo junto al cual ella había hecho equilibrio durante toda su vida y se preguntaba si él sería tan fuerte como esa mujer que hacía años llegó a su vida y la dio vuelta. La persona que lo desafió a dejar de lado sus metas de adolescente que había vivido demasiado protegido, y mirar la vida de frente.
Poniéndose de pie, se acercó a ella y por primera vez en meses se hincó a sus pies, colocando con cuidado las manos en los apoyabrazos de la silla donde estaba sentada. Vio el temor en sus ojos, pero permaneció muy quieta. Su rostro demacrado estaba pálido y brillante allí donde las lágrimas habían dejado un reguero.
Se quedó mirándola un largo momento, tratando de grabar en su mente cada detalle, como si no los conociera de ya memoria. La manera en que caía su pelo, el dibujo de su boca, el sonido de su respiración, su olor.
- Hay algunas cosas que nunca he dicho. Supongo que porque siempre consideré que las sabías. Que no hacía falta que las expresara a viva voz... - respiró hondo, sintiendo que su boca estaba seca y su lengua era arena, pero se obligó a hablar, porque ella necesitaba escucharlo. Y él necesitaba decirlo – De todas esas cosas, la más importante que quiero que sepas es que estoy tremendamente agradecido de haberte conocido. Porque durante todos estos años, con cada día, con cada gesto, con cada batalla, con cada decisión, me obligaste a ser mejor.
Evelyn cerró los ojos y meneó la cabeza, como si eso no alcanzara a llenar lo que faltara. Como si fuera más doloroso saberlo que tan solo suponerlo. Pero él siguió hablando.
Porque esa noche se había dado cuenta que si en cuatro meses no podía tocar a su hijo cuando naciera, si su presencia significaba una amenaza mortal para la mujer que había dado un sentido a su vida, entonces él debía irse. Pero no iba a hacerlo sin que ella supiera esto.
El impulso de tocarla se hizo casi insoportable, por lo que apretó con fuerza las manos en la madera de los apoyabrazos y cerró los ojos un momento, tratando de ordenar sus palabras y controlar las emociones.
- Siempre he sentido que mi vida empezó cuando nos encontramos en aquel compartimiento del Expreso a Hogwarts. No cambiaría ni un solo segundo de todo lo que ha pasado desde entonces porque estoy tremendamente agradecido por ti. Desde ese día, ese lugar, ese momento, tú has sido mi amiga, mi amante y mi esposa, pero también has sido mi adversario más importante, mi desafío constante y mi soporte incondicional. He visto lo mejor y lo peor de ti, y sé que tú has visto la mejor y la peor versión de mí, y aún así te quedaste a mi lado. A pesar de ti misma incluso, te quedaste a mi lado.
Ella levantó su rostro y clavó en él sus ojos.
- ¿Y qué opción tenía? Peleé tanto contigo... Sabía que si te abría la puerta, este momento llegaría e iba a destruirme – murmuró. – Pero siempre supe que era una batalla que no ganaría, así es que me rendí, y pensé que juntos seríamos más fuertes que los miedos. Que venceríamos todos los obstáculos. Creí que si estábamos juntos, nada sería más fuerte que nosotros – suspiró y agachó la cabeza. – Y ahora te vas.
- Jamás me iré – afirmó rotundo. – Eve, tú y yo tenemos un lazo aún más fuerte que el que creó el bargaine. Y sin importar lo que pase, seguirá allí. Todo lo que fuimos, todo lo que somos, no va a desvanecerse únicamente porque esta noche atravesaré esa puerta y no estaré sentado en la mesa del desayuno por la mañana. Porque tú y yo somos mucho más que tan solo nuestro amor o nuestra amistad. Y sé que podemos ser más que el tiempo, la distancia, los problemas o las batallas.
Una sonrisa triste distendió los labios pálidos cuando, tras lo que pareció una eternidad, ella lo miró.
- Esto de verdad que va a ser complicado – dijo bajo.
El viejo intercambio regresó de los recuerdos casi olvidados, haciendo que él sonriera a su vez.
- Podremos manejarlo – respondió.
Por un largo momento se miraron, a centímetros de distancia. Era lo más cerca que habían estado en meses y jamás habían sentido que estuviesen más lejos.
La canción de la casa del vecino había terminado y otra melodía resonó en la noche.
Entonces, él se puso de pie, tomó su baúl y se encaminó hacia la puerta.
- ¿Vendrás esta noche a mi cuarto como todas las noches? – musitó ella cuando él estaba por salir.
Mathew cerró los ojos y dos lágrimas cayeron por sus mejillas.
- ¿Cómo sabes que voy todas las noches a verte dormir? – preguntó.
- Porque puedo oler tu perfume cuando despierto – respondió Evelyn, con los ojos clavados en la nuca de su marido. Tragó saliva y apretó las manos en su regazo una vez más. - ¿Vendrás?
Un grillo cantó, la brisa entró, la luna brilló.
- Sí – respondió tras una larga pausa, sin girarse.
Mucho tiempo después de que cerró la puerta, ambos seguían escuchando la misma canción.
