Charla de medianoche

(Esta historia se ubica a continuación del capítulo 19. Es la charla que Harry recuerda haber tenido una noche con Evelyn en el capítulo 20)

Época Actual

Residencia Whitherspoon

Una semana antes de comenzar el ciclo lectivo

Los gritos llenaron su cabeza ensordecedoramente, haciendo que se sentara bruscamente en la cama. Respirando con dificultad intentó enfocar su vista nublada y ubicarse. El sonoro ronquido que llegó desde la cama vecina lo devolvió a la realidad.

Su cuarto, su cama, su casa.

El corazón le golpeaba enloquecido en el pecho y tenía el pelo húmedo por la transpiración. Tomando aire pasó las manos por el rostro, intentando eliminar todo rastro de la pesadilla de su mente. Angelus no estaba allí y Evelyn dormía en su habitación, lejos de la tortura y el dolor.

Maldijo en silencio todos esos libros que había leído en Grimauld Place, intentando encontrar alguna pista de la razón por la cual Angelus había mencionado a su madre con tanta familiaridad. De no ser por ellos, ahora no tendría tanto material con qué conjurar esas pesadillas en donde su imaginación le seguía jugando malas pasadas, mostrándole demasiados escenarios sobre los 22 días que Evelyn fue prisionera de Angelus.

Harry había creído que nunca detestaría a nadie tanto como a Voldemort. Ahora se daba cuenta que tendría que hacer lugar para unos cuantos tipos más en su lista.

Estirándose, tomó sus anteojos y miró el reloj sobre la mesita de noche. Las dos de la madrugada.

Genial.

Otra noche de insomnio.

Como si todo el trabajo físico realizado durante el día no le estuviera pasando factura. Como si el saber que a primera hora tendría que seguir con todo ese martilleo, serruchar de madera o pintura no lo hiciera gemir de la frustración.

Y los ronquidos de Ron no ayudaban. Su amigo dormía desparramado en su cama, la cual Mathew había agrandado mágicamente para que el cada vez más alto muchacho pudiera descansar con mayor comodidad.

Suspirando, se calzó las zapatillas y, sin hacer ruido, salió del cuarto. Probaría con un poco de leche o cualquier otra cosa que pudiera encontrar en la heladera. Tal vez tuviera suerte y aún quedaran algunas de las galletas que Evelyn horneó esa tarde, aunque lo dudaba. Ron parecía no tener ningún tipo de límite, ni físico ni moral, a la hora de comerse cuanta cosa estuviera en su rango de visión.

La casa estaba silenciosa en el primer piso. Pasó ante la puerta del cuarto en donde Ginny y Hermione dormían, y se reprendió mentalmente por la fugaz imagen que se formó en su cabeza de Ginny durmiendo con algo considerablemente minúsculo. Esto era culpa del verano. Obligaba a que las chicas usaran remeras con tirantes finitos y pantalones muy cortos.

Esa mañana llegó a la triste conclusión de que el calor lo estaba afectando mal porque se pasó diez minutos mirando como hipnotizado las piernas desnudas de Ginny mientras ella, trepada en una escalera que él tuvo que sostener para mayor seguridad, terminaba de retocar la pintura junto a las molduras del techo. Menos mal que Ron no lo había atrapado, porque estaba seguro de que su amigo no se hubiera tomado muy bien la cara de libidinoso que seguro debió tener.

Tampoco se tomaría bien que le hubiera mirado el trasero a Hermione. Y aunque Hermione no le gustaba más que como amiga, casi una hermana, no pudo evitar mirárselo. ¿En qué momento Hermione había pasado a tener un trasero así? Maldito calor y malditas chicas que de repente se veían demasiado desarrolladas, embutidas en ropa demasiado escasa. Y malditas hormonas adolescentes que lo volvían un imbécil babeante.

Bajó las escaleras tenuemente iluminadas y se dirigió hacia la cocina, donde todo lucía limpio y ordenado. Evelyn era una maniática con el tema de usar la limpieza de la cocina y baños para ordenar ideas. Él no podía imaginar qué relación había entre fregar platos o azulejos y pensar, pero, aparentemente, la bruja llena de nubes tormentosas en sus ojos no opinaba igual.

No hubo suerte con las galletas, así es que luego de contemplar el interior de la heladera por unos tres minutos, sacó una enorme jarra de té helado y, tomando un vaso de los gabinetes superiores, lo llenó del fresco líquido. Pensativo miró por la ventana hacia el enorme jardín, que se vislumbraba perfectamente en la noche clara. Todo parecía estar tranquilo allí afuera.

"Las apariencias engañan", pensó con ironía.

Habían comenzado a llegar reportes de actividades de mortífagos que eran más que preocupantes. Un día después de que se enteró de toda la verdad acerca de su nacimiento, sus padres y los Potter, el dolor en su cicatriz fue tan atroz que casi pierde el conocimiento. Voldemort estaba más furioso de lo que él recordaba haber percibido nunca a través de su conexión.

Aparentemente, Lucius Malfoy había entregado su mensaje y Harry no estaba del todo seguro de cuán bien le había ido al mensajero, porque la furia que percibió fue enorme. Evelyn le dijo que ella también lo había sentido, aunque en su caso no le producía dolor físico. Y, si lo hacía, era un dolor que no le molestaba.

Sin embargo, desde ese día los ataques a muggles y magos se comenzaron a multiplicar, y el ministerio estaba sumamente ocupado intentando que la situación no se le fuera de las manos.

El jefe de la brigada de aurores le había pedido a Mathew que regresara a la fuerza y éste declinó la oferta, aludiendo que no estaba en forma para la tarea, lo cual era una flagrante mentira. En realidad necesitaba su tiempo para organizar la Orden y el frente de batalla de esa otra facción de la resistencia mágica, que no estaba del todo dentro de los márgenes de las leyes del ministerio.

Era por eso que el día anterior se había marchado a un remoto lugar de Escocia, en busca de información sobre algo que Dumbledore parecía estar interesado en averiguar. Y todavía no había regresado.

Harry golpeteó con su dedo sobre los azulejos rústicos de la encimera, junto a la pileta de lavar, pensando. Le preocupaba que Mathew no regresara. Aún cuando en su mente la palabra "papá" seguía firmemente asociada a James, la sola idea de perder a Mathew o Evelyn hacía que el estómago se le encogiera. Era como si ya hubiera cubierto su cuota de pérdidas por las siguientes ochenta vidas y no quería tener que enfrentarse a otra más.

Odiaba esa angustia nueva. Al menos, cuando apareció Sirius en su vida, él no tenía esa espantosa conciencia de que la vida de todos aquellos que eran importantes para él pendía de hilos demasiado frágiles. Con la muerte de Sirius, esa conciencia llegó para instalarse en su mente y no desaparecer más.

Tomando su vaso decidió seguir leyendo el libro favorito de Mathew, un compendio acerca de dragones. Esa pesadilla le había quitado las ganas de intentar dormir nuevamente.

Sus zapatillas no hicieron ruido alguno sobre los pisos de madera cuando se dirigió hacia la biblioteca, que se hallaba en penumbras. Las cortinas estaban corridas y la claridad de la noche despejada iluminaba la habitación.

Apenas traspasó la puerta el tenue resplandor que provenía del sillón perpendicular a la entrada del cuarto lo detuvo en donde estaba.

Una figura se hallaba de espaldas a él, respaldada contra el apoyabrazos del sillón, con algo que emitía una suave luz blanquecina en su regazo. Aún cuando el cuarto no había ninguna otra fuente de luz, Harry no necesitó de más iluminación para darse cuenta de quién estaba allí.

Se quedó quieto, pensando en regresar a la cocina o a la cama. Tenía la extraña sensación de haber interrumpido algo, aún cuando ella estaba sola en la oscuridad. Iba a dar la vuelta y subir las escaleras cuando la voz de Evelyn llegó hasta él, calmada.

- ¿Qué haces levantado, Harry?

Parpadeó, sorprendido de que ella supiera que estaba allí. Irse ahora no era una opción. Al menos, no una educada, por lo que se adentró en el cuarto y caminó hacia ella.

- Bajé a buscar algo para tomar – Harry levantó su vaso, enseñándoselo.

Evelyn le sonrió, mientras encogía los pies para hacerle espacio en el sillón y apretaba la pequeña botella que contenía una difusa bruma blanquecina.

Vestía un pantalón y una musculosa oscuros, pero estaba descalza. Tenía el negro cabello sujeto a dos trenzas que la hacían parecer mucho más joven de lo que era. Harry aceptó la muda invitación y se sentó en la otra punta, apoyando la espalda contra el apoyabrazos para quedar de frente a ella.

- ¿Eso son memorias? – preguntó, mirando la botella en el regazo de la bruja.

Evelyn asintió en silencio.

- ¿Estabas por volcarlas en un pensadero? – miró a su alrededor, buscando una vasija de piedra como la de Dumbledore.

La bruja negó con la cabeza.

- Pienso. Decido. ¿Y tú? – preguntó, desviando el tema -. ¿Qué fue? ¿Visión o pesadilla? – El chico la miró interrogante y ella sonrió –. No tienes cara de visión. Supongo que lo que te despertó a esta hora fue una pesadilla.

Harry asintió, entendiendo.

- Las odio – afirmó enfático -. Odio más las visiones, pero las pesadillas…

- Conozco el sentimiento. ¿Y sobre qué fue?

El muchacho clavó los ojos en el vaso que tenía en la mano y decidió que contarle sobre su pesadilla no era algo que quisiera hacer.

- Nada claro – respondió –. Ya sabes… imágenes inconexas y estúpidas de cosas que he visto o me han contado.

Si hubiera levantado los ojos habría visto el gesto de suspicacia de Evelyn, pero la bruja se limitó a tomar una caja que estaba sobre una bandeja, donde había un vaso con té helado y una jarra, en la mesa baja que usualmente usaban Mathew y Ron para jugar al ajedrez.

- Sí… las imágenes inconexas y estúpidas son las peores de todas – abrió la caja y se la tendió a Harry -. ¿Quieres galletas?

El chico se estiró y tomó una.

- Creí que Ron se las había comido todas.

- Era su intención, sin duda. Pero escondí unas pocas… por si alguien tenía insomnio y quería distraer la noche en vela masticando chispas de chocolate.

El muchacho sonrió y mordió su galleta, pensativo. Evelyn tomó una y ambos comieron en silencio por un momento.

- ¿Por qué estás sentada a oscuras? – preguntó Harry.

La bruja encogió un hombro, resignada.

– Espero que no divulgues esto pero si Mathew no está, no suelo dormir bien. Un viejo mal hábito de mi época en Hogwarts.

Harry asintió quedamente hasta que procesó lo que ella acababa de decirle y la miró asombrado.

- ¿Dumbledore los dejó dormir juntos luego de que se conjuró el bargaine?

Evelyn se mordió el labio y meneó la cabeza, negando.

- Luego de que se conjuró el bargaine ni siquiera nos hablábamos. Harold, el padre de Mathew, mintió acerca de cómo se conjuró y no podíamos arriesgarnos a que la junta escolar exigiera que nos expulsaran por romper las reglas del colegio. Así es que era fundamental que todo el mundo pensara que nos detestábamos, por lo que si antes era raro que nos miráramos en público, en los últimos meses que pasamos en Hogwarts hicimos del ignorarnos un arte.

Hizo una pausa, como si estuviera perdida en sus recuerdos, antes de continuar.

- Pero fuera de eso, Dumbledore jamás nos habría dado autorización para compartir una habitación. No, mi mal hábito se inició en segundo año – al ver que Harry iba a preguntar lo obvio, levantó una mano -. ¿Te acuerdas que te conté que, a través de ese lazo que conjuró, Voldemort solía mostrarme sus actividades?

El chico asintió.

- Al igual que te ocurre a ti, el mejor momento para mostrármelo era en la noche, cuando dormía. De día yo podía mantener las barreras que le impedían acceder a mi mente. Pero de noche le resultaba tremendamente sencillo quebrarlas y no había mucho que yo pudiera hacer para evitarlo.

- Creí que eras buena en Oclumancia.

Evelyn meneó la cabeza, haciendo que un mechón de cabello cayera sobre su rostro.

- Soy buena en Oclumancia, pero también soy una Cazadora. Y como podrás imaginar, no iban a crear una cazadora que durmiera tan profundo que cualquier demonio o vampiro pudiera acercarse a ella, y matarla mientras duerme, ¿no?

- No, eso no tiene mucho sentido. ¿Y qué tiene que ver Mathew con todo esto?

- Cuando él está, yo me relajo y la Oclumancia funciona.

- ¿Así de simple?

- Así de simple.

Por un momento siguieron comiendo galletas en silencio. Los grillos cantaban en el jardín y el reloj de pie emitía su cadencioso y preciso tic tac. Pensativo, Harry arrugó la frente.

- ¿En verdad tú y Mathew no se hablaban? Pensé que ustedes fueron amigos en Hogwarts.

Evelyn asintió.

- Lo éramos. Lo fuimos desde el día que nos conocimos. Pero eso no quiere decir que la gente lo supiera. – La bruja sonrió, divertida –. La primera clase a la que asistimos juntos luego de que se hizo público el bargaine fue Defensa contra las Artes Oscuras. El profesor no me tenía mucha simpatía y se le ocurrió que ese día aprenderíamos a usar una espada. Me pidió, creyendo que yo no sabía nada de espadas, que fuera la primera en probar. Y luego llamó a Mathew para que fuera mi contrincante – estiró la mano y tomó otra galleta de la caja que había dejado en el almohadón que quedaba entre ambos –. Jamás olvidaré la furia de Mathew cuando le dijo por lo bajo que si me hería, nadie podría culparlo. Que sería un accidente comprensible.

- ¿Le dijo que intentara lastimarte? – Harry no podía creerlo. ¡Y él alguna vez pensó que había tenido profesores detestables!

Evelyn asintió.

- Fue la mejor pelea que jamás tuvimos. Destrozamos prácticamente la mitad del mobiliario del salón, dos armaduras del corredor y terminamos cayendo por una ventana al lago helado… - su sonrisa se amplió –. Puedo asegurarte que después de eso, a nadie la cupo duda alguna de que lo único que teníamos en mente era deshacernos el uno del otro.

- Pero, ¿cómo ese profesor pudo siquiera sugerirle a Mathew que… te lastimara? – el tono de voz del muchacho estaba cargado de incredulidad -. ¿Acaso él también creía toda esa basura de que Voldemort era tu padre? ¿Es que Dumbledore no les dijo a los profesores la verdad?

- Estoy segura que Dumbledore se los dijo – Evelyn jugó con la botella en su mano, pensativa – pero la gente prefiere saltar a aquella conclusión que, de alguna manera, están más predispuestos o ansiosos de aceptar. Y para todos era mejor si podían descargar sus miedos y su odio contra alguien tangible, que tenían a mano, que con la incorpórea imagen de alguien a quien ni siquiera se atrevían a nombrar.

Harry recordó todo el tiempo que la gente se pasó evitándolo como si fuera el mismo diablo, en segundo año. Todas esas miradas acusadoras y aterrorizadas, todas las murmuraciones que lo señalaban como el Heredero de Slytherin. Recordó la soledad y la impotencia ante la obtusidad y la estupidez.

- ¿Y qué hay de tus amigos? ¿Ellos también creían que eras la hija de Voldemort?

La bruja levantó las cejas y los hombros a la vez.

- Yo no tenía amigos en el colegio, Harry. Solo Mathew y nadie debía saber de nuestra amistad porque entonces él habría corrido peligro. Básicamente, la gente me rehuía por miedo, o me buscaba porque pensaba que yo era una forma de llegar hasta Voldemort y ganar su aceptación. Así es que no, mi único amigo no creía que yo fuera la hija de Voldemort, pero tampoco estaba en condiciones de defenderme de las habladurías o los ataques.

El muchacho se la quedó mirando con pena. Sin duda su segundo año en el colegio fue un paseo por el parque comparado con la vida de Evelyn, con el estigma de que todos pensaran que ella era la hija de Voldemort. Al menos él siempre tuvo a sus amigos con él de manera pública y abierta.

- Debió ser horrible – musitó –. Vivir así… con todo el mundo murmurando, teniéndote miedo, acusándote sin sentido… ¿Cómo lo soportabas?

- ¿Y cuál era la opción? ¿Lanzarles a todos un maleficio cada vez que me insultaban y darles así la razón?– preguntó Evelyn.

- No es una mala idea – respondió Harry, sonriendo tras su vaso.

- Sí, Mathew opinaba igual que tú – meneó la cabeza –. En lo personal, prefería guardar mis energías para lidiar con Voldemort y sus momentos de "compartamos esto con Evelyn".

El suave ulular de una lechuza llegó desde el tejado y una nube apareció de la nada para tapar la luz de la luna creciente.

- ¿Tú podías evitar ver lo que él te mostraba? – preguntó Harry, acomodándose mejor en el sillón.

De alguna manera, la hora y la oscuridad parecían lograr que sus barreras cayeran y no le costara tener esta charla. Por primera vez podía hablar de esas cosas con alguien que entendía de qué se trataba por haberlo vivido. Y por extraño que pareciera, eso le producía alivio. Alguien entendía sin tener que explicarlo. Podía contarle sin miedo a que lo mirara aterrado o preocupado. Sin miedo a que le diera la espalda o pensara que estaba loco, o decía mentiras, o era mejor alejarse de su lado. Y una fantástica sensación de libertad le llenó el alma.

- Al principio no – respondió Evelyn –. Luego Dumbledore me enseñó Oclumancia pero como te dije, a menos que Mathew estuviera en el mismo cuarto que yo, no era muy efectiva debido a mi condición de Cazadora. Y no descubrimos eso hasta finales del segundo año. Finalmente, cuando el bargaine se conjuró, el hecho de que Mathew y yo fuéramos una suerte de unidad de poder bloqueó la conexión con Voldemort, así es que a menos que yo deliberadamente buscara conectarme con él, la puerta se cerró y él ya no pudo traspasarla.

- Pero tus visiones… lo que él te mostraba… ¿era como si fueras una espectadora o como si tú fueras él?

Evelyn lo miró con atención y permaneció en silencio por un momento antes de responder.

- Ambas cosas – dijo finalmente –, pero por lo regular era como si yo fuera él.

Harry asintió con lentitud, apretando su mano alrededor del vaso vacío.

- En mis visiones yo soy Voldemort – dijo con pesadumbre –. Incluso en aquellas que no fueron ciertas.

La mujer a su lado se contuvo de apretar con fuerza la botella en sus manos y, temerosa de romperla, la dejó con cuidado en la mesa a su lado. Aún no había decidido qué hacer con su contenido y no quería perderlo.

Masticó con lentitud lo que le quedaba de su galleta, dejando que el aroma de las flores del manzano junto a la ventana le despejara un poco el cúmulo de ira que esta charla le estaba produciendo. Ese hijo de puta había estado atormentando a su hijo. Iba a pagar por eso.

Pero primero tenía que hacer que Harry entendiera la lección más importante que ella había aprendido en su vida.

- Supe que una de tus visiones le salvó la vida a Arthur el año pasado – comentó tras un minuto de silencio, en el que el muchacho se había quedado con la vista clavada en sus rodillas.

Harry se tensó al recordar aquella noche espantosa. Y se le estrujó el estómago cuando recordó esa otra noche en la cual una de sus visiones provocó un desastre.

- También fue una de mis visiones la que mató a Sirius – dijo quedo -. La que casi mata a mis amigos.

Por un momento Evelyn se quedó callada, pensando. No era buena para estas cosas pero esta vez tenía que serlo. Tenía que decir lo que debía decir y decirlo bien.

- El pensar que la vida o la muerte de las personas dependen de tus actos y decisiones es algo peligroso, Harry. Y cruel – dijo quedo -. Verás, por mucho tiempo yo pensaba como tú lo haces ahora. Que todo aquel que Voldemort mataba podría haber vivido si yo hubiera sido más rápida, más fuerte; si hubiera permitido que él me mostrara más cosas; si lo hubiera engañado para que pensara que estaba de su lado.

Hizo una pausa, con la vista clavada las manos del muchacho, que apretaban las rodillas del pantalón del pijama que le había comprado una semana antes.

- Con el tiempo me di cuenta de que no importa cuán rápida sea, cuán fuerte, ni cuán poderosa. No importa si soy la mejor o la peor cazadora. No importa cuántos vampiros o demonios mate. Y por cierto que no importa si existo o no. En el gran plan general, yo hago mi parte, pero no soy determinante. Nadie lo es en realidad. Tan solo somos una parte del todo, aportando nuestro granito, intentando hacer nuestro mejor esfuerzo… Pero no tenemos el poder de determinar con nuestra sola existencia si las personas viven o mueren. No regimos sus destinos.

- Pero nuestros actos tienen consecuencias – exclamó Harry -. Tú misma lo dijiste el otro día. Que mi decisión de salir a media noche pudo costarles la vida a mis amigos.

Evelyn suspiró.

- Sí, lo dije y lo lamento. No debí hacerlo – se pasó la mano por la cara, como si quisiera aclarar sus ideas -. Yo… estaba enfadada. Y asustada. No manejo bien el miedo. Antes solía manejarlo mejor pero ahora… me resulta un poco complicado.

El muchacho no esperaba que le dijese algo así, por lo que se la quedó mirando, silencioso. Al ver su confusión, la mujer le sonrió con tristeza.

- Es cierto que nuestros actos tienen consecuencias pero que tus amigos te siguieran no fue tu decisión. Fue la suya. Ellos se pusieron en peligro al seguirte, de la misma manera en que tú te pusiste en peligro al salir. De la misma manera que fue decisión de Sirius ir al Ministerio.

Harry frunció el ceño pero permaneció callado, sin estar del todo convencido de lo que ella le decía.

- Pudo haberse quedado en la casa – prosiguió Evelyn -, escondido, a salvo. Pudo dejar que los demás se encargaran. Pero decidió ir con los miembros de la Orden.

- Fui yo quien creyó lo que Voldemort me mostró. Fui yo el que actuó como un idiota, pensando que podía salvarlo – aseveró, avergonzando -. El que salió corriendo sin esperar confirmación ni ayuda alguna.

- Tuviste una confirmación. Tal vez tu error fue confiar en la fuente equivocada pero actuaste de acuerdo a la información que tenías. Y aún cuando no me gusta la idea de que seas tan impulsivo, Harry, puedo entenderlo.

A pesar de que había mucha seriedad en el rostro de la bruja, Harry sintió por primera vez en los últimos cinco años, que estaba discutiendo de igual a igual con alguien que en verdad podía entender lo que él hacía. Y por qué.

- Eso no revivirá a Sirius – murmuró, dolido.

- Pero te enseñará a no cometer el mismo error – dijo Evelyn. Se enderezó, cruzando las piernas en posición de meditación, y se inclinó hacía delante, como si fuera a tocarlo, pero simplemente lo miró con una enorme cantidad de emociones pintadas en el rostro -. Sé que duele, Harry. Duele saber que tal vez cometeremos errores que no serán reparables. Pero mil veces peor que el hacer algo que podría no salir como esperas, es no hacer nada.

Percibiendo que el muchacho no iba a resignar tan fácilmente la culpa que lo había estado carcomiendo los últimos meses, Evelyn agregó:

- Voldemort me mostró cosas durante años y nunca tuve siquiera la oportunidad de poder salvarle la vida a nadie, porque siempre lo que estaba viendo era algo que ya había ocurrido. En cambio tú… tú salvaste a Arthur. Salvaste al padre de tu mejor amigo. Por aberrante que parezca, Arthur vive porque tú tuviste la desgracia de ver algo que estoy segura que aún te acecha en tus pesadillas. Si hubiera ocurrido cuando era yo la que veía estas cosas, Voldemort me lo habría mostrado al día siguiente, cuando ya hubiera sido tarde para decir o hacer algo. Cuando lo único que hubiera podido hacer era llorar mi impotencia.

Ante la intensidad de esa mirada, Harry sintió un escalofrío. A él sólo dos de esas visiones le habían arruinado para siempre el sueño. No podía ni imaginar años de visiones, noche tras noche.

- ¿Cómo pudiste… soportarlo? – preguntó, intrigado -. Yo no habría podido… Si me hubiera visto obligado a ver noche tras noche cosas como lo que le pasó al señor Weasley… no sé… creo que me habría dado… por vencido.

Una sonrisa triste se dibujó en los labios de la mujer sentada a su lado. Tan triste que le encogió el alma.

- Una vez casi lo hice.

El muchacho abrió los ojos, impactado. Desde que había conocido a Evelyn y Mathew le había parecido que no había dos personas más fuertes que ellos en el mundo. Nada parecía poder derribarlos. Ni vencerlos.

No esperaba escuchar que ella había visto el suicidio como una salida.

- ¿Y qué fue lo que te… detuvo?

- Lo mismo que me detuvo todas las veces anteriores y todas las posteriores. Mathew – la expresión de Evelyn se iluminó al nombrar a su esposo –. Verás, Harry, tú me salvaste la vida cuando el veneno de Severus se activó, pero Matthew me salvó millones de veces antes. Me salvó de todas las formas en que alguien puede ser salvado, en ocasiones en las que él ni siquiera sabía que lo estaba haciendo.

- Me gustaría tener algo así – confesó Harry en un murmullo luego de un silencio corto –. Algo como lo que ustedes dos tienen.

- Tú lo tienes – aseveró la bruja.

Harry frunció el ceño, meneando la cabeza.

- Yo no tengo una novia – su rostro se puso algo rojo al admitirlo. Tanto porque era verdad como por algunos sueños que había estado teniendo y que no deseaba que nadie conociera.

- Mathew me salvó mucho antes de ser mi novio, o mi esposo – contestó la bruja –. Harry, no fue nuestra relación sentimental lo que me daba fuerzas. Fue, y sigue siendo, nuestra amistad. Él ha sido mi mejor amigo desde el día que lo conocí y yo no estaría hoy aquí si no fuera por su amistad. ¿Estarías tú si hubieras estado solo, sin Ron y Hermione?

La mirada color esmeralda del muchacho se perdió en todo lo que había pasado. Todo lo que había vivido. En cada uno de los momentos que había atravesado en los últimos cinco años.

Ron sacrificándose en un juego de ajedrez para que él lograra su objetivo. Hermione quedándose petrificada por un basilisco. Ron parado, con su pierna quebrada, interponiéndose entre él, Hermione y un asesino despiadado. La bruja de melena espantada soportando meses de indiferencia a cambio de estar segura de que él no moriría por irresponsable. Las interminables horas en que lo ayudaron a encontrar la manera de pasar las pruebas del Torneo. Su silencioso apoyo incondicional cuando todos lo acusaron de mentiroso por decir que Voldemort había regresado. Aguantando su irascibilidad y malos modos todo el año anterior. Yendo con él al Ministerio en una misión loca y mal pensada. Pintando, serruchando, cociendo y martillando en un castigo que debió recaer sobre él solamente.

- No. No estaría – afirmó –. Hubo una época… más de una, en realidad… en la que eran los únicos que me hablaban. En el colegio, los otros chicos… y los profesores… la mitad del tiempo me esquivan porque piensan que soy peligroso, o soy un mentiroso, o… estoy loco.

Evelyn asintió lentamente.

- La gente es obtusa, Harry. Y es cobarde. Acusarán al que les parezca más oportuno porque necesitan alguien a quien señalar, alguien visible, alguien manejable. Un día serás un héroe y al siguiente serás un demonio. No puedes confiar ni depender de su opinión porque siempre será la opinión de ignorantes. Así es que jamás olvides que lo único que realmente importa son aquellos a los que no tienes que contarle la historia. Los que siempre estuvieron y estarán, sin importar los cómo, los cuándo o los por qué. Tus amigos son lo que te hacen grande, Harry. Lo que te hace fuerte.

La mano de Evelyn se extendió y apretó los dedos del chico desesperado por creer que en verdad había algo que lo hacía distinto a Voldemort.

- ¿Por qué estás tan segura?

- Porque yo tan solo tuve un amigo y me salvó incontables veces. Tú tienes a Ron y Hermione. Y tienes a Ginny. Sin importar lo que pase, ellos han estado contigo. No porque te teman, sino porque te aman. Y eso es algo que Voldemort jamás ha tenido – le sonrió con confianza y apretó sus dedos con cariño –. Y es por eso que vamos a patearle el trasero a ese infeliz.

Harry asintió lentamente.

- ¿Todos nosotros juntos?

Evelyn asintió a su vez.

- Todos juntos.

Y a pesar de la pesadilla, de la charla, de la profecía y los recuerdos macabros, Harry sonrió.

La decisión en los ojos de esa mujer que había soportado cosas que él ni siquiera quería soñar con tal de que él naciera, la fuerza en esa mano que cubría la suya, la experiencia detrás de cada palabra que había escuchado esa noche, hicieron que sintiera por primera vez que tal vez esa profecía sí fuera una estupidez después de todo.

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