A Rubén, a quien por su cumpleaños dedico este re-comienzo. Porque tanto Alexiel como yo solo podemos comenzar y seguir adelante con un apoyo fundamental, el de un hermano. Gracias por existir y darme la alegría de poder conocerte.

Capitulo VII: Canto das Sireas

Grecia, 29 de Octubre

Camino a Asgard. Que curioso es, después de todo lo que ha pasado que me manden a Asgard así como así, sin una despedida sin ningún "hasta luego". Siquiera me he podido despedir de Milo, Zelha, Chloe o de Aleisha, mucho menos de Touma. La nota había llegado clara y el llamado de Athena igual, la propia regente de Asgard me llamaba. Hilda de Polaris, mi señora, quería mi vuelta con un rango de urgencia superior a cualquiera.

Y sola, meses antes me hubiera dado igual. Había conocido lo que era estar sola pero a todo se malacostumbra el humano y yo lo he hecho con las chicas, con mis maestros… Aún así, y no penséis que soy una malagradecida, me alegro de volver a casa. Solo que pienso que tal vez que no vea a mis amigas, que no vea más el Santuario , no más bromas al pony, ni más charlas hasta tarde con Aleisha mientras jugueteamos en la fuente… Echaría todo aquello de menos, aún cuando esté en los brazos de mi hermano, de nuevo.

El avión fletado por Saori Kido bajó en la capital, de ahí a Asgard se que tardaría un rato. Pero me vendría bien un poco de aire frío y una carrerita, además conociendo a Hagen estaría esperándome, por lo que le daría las vueltas solo para sorprenderle. Me volví hacia el joven ayudante de la Diosa quien me miró con cara de frío, con una leve sonrisa le tendí mi coletero.

- ¿Podrías dárselo a la señorita Saori? Ella sabe a quien entregárselo, y esto… -dije dándole un sobre blanco solo con el nombre de mis amigas, Chloe, Zelha y Aleisha. El chico me miró inquisitivamente durante unos segundos, lo que duré en salir corriendo hacia el arcoiris que ya mis ojos divisaban, no tan lejos de allí para mi. Una carrera nada más llegar, con el gélido aire de Asgard golpeándote la cara y dándote la bienvenida a casa.

A casa, a mi casa…

Entonces a mi mente vinieron ellos, Tholl y su gusto por levantarme sobre él para después tirarme a la nieve, Pehnrill y Jinx con sus continuos juegos, los gemelos Mizar quienes siempre tenían algo que contarme (sobre todo Syd), Mime y las largas horas escuchando su música, las clases con Alberich, las risas con Lady Flare, las continuas charlas sobre mil y un temas con Lady Hilda, el aprendizaje con Siegfried…

Y Hagen, siempre eterno para mi. Siempre eterna sonrisa, eterna presencia, siempre conmigo… A mi lado, aún estando a miles de kilómetros siempre estaba allí, conmigo; en mi cosmo, en mis acciones, en toda mi. Era mi hermano, mi consejero, mi mejor amigo, mi única familia.

Comprendí lo que es estar aquí de regreso, en casa. Y aunque tenía mi casa griega, nada podía compararse con aquello, aún cuando allí no viera nunca más el sol; hecho que no me importaba porque mi sol, el único sol que brillaba para mi eran todos ellos. Mi familia.

Aún así no pude evitar recordar a Touma, ni a Camus…

Sólo había pasado unas semanas después de todo aquello, unas semanas en las que me las pasaba con Milo, entrenando a ratos, peleándonos como críos otras tantas. Él me contaba tantas cosas de Grecia, de su panteón, de las costumbres griegas que realmente me sorprendían; como aquella de los antiguos espartanos y yo le contaba lo mismo que ocurría con los antiguos vikingos en guerra y así.

Unas semanas en las que no tuve contacto con nadie, ni con las chicas, ni con Touma (que por lo que se, se fue unos días después), ni con ningún otro caballero. A veces me había encontrado con la vestal del templo pero tal como la había visto, ella había huido y miles de veces le había dicho a mi maestro que seguro que se había pasado con ella para que ocurriera eso.

La llegada a la entrada del Bifrost no era para nada amigable, la había recordado así cuando salí hacia Grecia y cuando me escapé después de la muerte de mi hermano. Esta era la segunda vez que entraba, pero la primera sola e iba a ser bastante difícil. Cruzar el puente custodiado por Heimdall era algo difícil, más teniendo en cuenta que él no iba a dejar cruzar el puente tan fácilmente, aún así tenía que intentarlo.

Y entonces fue que lo vi, un enorme hombre de largos cabellos castaños sus vestimentas rudimentarias no parecían siquiera divinas, lo único que le diferenciaba de cualquier otro humano era Gjallarhorn, el divino cuerno, colgado en su cadera. Sonreí levemente y seguí tranquila hasta quedar delante de él, no se como me atrevía…

- ¿Qué quieres, humana?

- Soy Alexiel de Merak, hermana de Hagen de Merak guerrero divino de Beta a las órdenes de Lady Hilda de Polaris y he vuelto de Grecia bajo órdenes de mi soberana…

- Ya claro…

- A veces debes aceptar las cosas como son Heimdall… Bienvenida Alex -¿desde cuando mi mundo estaba al revés? No lo sabía pero ahora mismo y después de ver a aquella enorme mole que era Heimdall me parecía más cercano. Volví los ojos hacia el lado y no pude más que dejar escapar un gritito haciendo que me soltara para agarrarme a su cuello.

- ¡¡Tholl!!

- Hola pequeña, parece que has crecido mucho en estos meses… vamos, que tu hermano debe estar subiéndose por las paredes..

Reí ante la ocurrencia de Tholl y seguimos adelante tras despedirme, con una reverencia de cabeza, de Heimdall. Aquel enorme hombretón actuaba muchas veces como mi segundo padre, él era quien me había enseñado a cazar en el bosque y a pelear cuerpo a cuerpo. Solo que yo era bastante menos corpulenta que él y tenía que utilizar otros métodos;

- Tienes que contarme como se han portado los caballeros de Atenea contigo…

-. No puedo quejarme –dije sonriendo y comencé a contarle sobre las chicas, sobre Milo y la de bromas que nos hacíamos, sobre Mu y aquel autocontrol que me había enseñado, sobre Touma y la ultima pelea contra Camus. Ya sobre sus hombros vislumbraba el Valhalla cuando me dio por preguntarle- ¿Y Lorien?

Mi amigo sonrió y me bajó dejándome a sus pies, recordaba siendo más pequeña como casi me trepaba sobre él y como Lorien lo hacía desde el otro lado, ambas compitiendo por ver quien era más rápida.

- Podrás verla, está en palacio gracias a Lady Hilda…

- ¡¡Genial!! –dije echando a correr entre aquellos árboles que me daban la bienvenida a mi hogar. Si Lorien estaba allí eso podía significar muchas cosas, tantas como las que me corrían por la cabeza ahora mismo viendo delante mía aquellas ruinas.

- ¡¡Cuidado!! – instintos de gato me salía al escuchar un grito como ese y no podía más que tirarme al suelo. Levanté un poco la cabeza y lo fulminé con mis ojos. Dorada mirada y aquella mano tendiéndose ante mi…

- Se que no me necesitas aquí Syd, pero déjame ver a mi hermano antes de morir…

- Vale, te dejaré vivir un poco más si me das un abrazo ahora mismo –dijo pero tampoco me dio tiempo a abrazarle cuando ya estaba asfixiándome en sus brazos. Patalee y entre risas no pudo más que soltarme.

- Maldito gato roñoso, cuando descanse te daré una paliza…

- Te esperaré, rubita –escuché gritar a mi amigo mientras seguía corriendo hacia el interior. Mis ganas de entrar de ver todo aquello eran superiores.

La nieve paraba un poco mi carrera pero estaba acostumbrada a correr sobre ella, y no había perdido la practica en Grecia ya que correr en la playa del Cabo Sunion era algo parecido, aunque allí la arena no te llegaba a las rodillas, casi.

Cuando quise darme cuenta lo tenía frente a mi, aquella piedra milenaria sobre la cual descansaban aquellas lanzas en sus muros. Recuerdo como cuando Alberich me relataba, en clases, sobre el Ragnarok salía en ello la manera en como era el Valhalla. Como las quinientas cuarenta puertas que existían no eran visibles al ojo humano ya que la gran mayoría eran conductos internos y pasadizos. Como todas las mañanas nos despertaba Gullinkambi, el gallo que descansaba siempre cerca de la cocina y como Helga, la cocinera había decidido más de una vez "hacer un buen caldo con ese maldito animal". Tantos recuerdos y solo estaba a la puerta de aquella "gran casa" que era la mía;

- Alexiel…

- ¡¡Hagen!! –me tiré a sus brazos abrazándole fuertemente. Sonreí mientras sentía aquel calor que emanaba siempre de mi hermano, su olor siempre mezclado con el de la lava del volcán. Había crecido unos centímetros, o quien sabe, pero lo veía cambiado como más…adulto.

Levanté la mirada y sonreí, allí seguía aquel niño escondido en los ojos de mi hermano, siempre eterno y sincero. Aquel muchachito de cabellos rubios y ojos como zafiros, el mismo que me había protegido de las ventiscas, el que se había decidido a cruzar poblados hasta llegar aquí cargando con un bebe, aquel que me contaba cuentos hasta que me dormía o que había dormido conmigo porque tenía miedo después de las historias que Syd nos contaba a Lorien y a mi.

Aquella era mi casa, mi hogar… y estos que sonreían tras de nosotros, aquellos guerreros que vi caer y que enterré bajo una nevada…

Esta es mi familia. Esta es mi casa.