A la memoria de mi tía Agustina. Descansa en paz.
Capitulo VIII: Gedächtnisse [Recuerdos
Palacio Valaskialf,Asgard.
Eran siete cuerpos en la nieve sepultados.
Siete bajo un cielo repleto de estrellas, tantas como lágrimas brillaban en los ojos de las tres muchachas a los pies congregadas. Una de ellas de largos cabellos rizados rubiáceos la cual no dejaba un segundo de llorar, a su lado la serena sacerdotisa de Odin se mordía los labios de rabia al sentir aquel odio profundo por ella misma, por como había caído en aquella maldita trampa del destino. Odió el anillo de aquel maldito tesoro lleno del más profundo rencor.
Y a los pies de una de esas sepulturas, una niña de cabellos dorados con sus manos aferradas a una muñeca de trapo, de cabellos azabaches y un cuerpecito menudo mojado por lágrimas, las mismas lágrimas que corrían por sus ojos mirando aquella sepultura. Pequeños suspiros ahogados en lágrimas daban la impresión de que fuera más niña que adulta. Sus finas manos blancas dejaron con suavidad la pequeña muñeca a los pies de aquella persona que a su entender, descansaría por siempre en la austera y fría sepultura de nieve. Su hermano y salvador, quien sería conocido como el guerrero del hielo y el fuego, Hagen de Merak.
- Vamos Alexiel –susurró la sacerdotisa de Odin colocando una cálida mano en el hombro de la chica – Ya no podemos hacer más aquí.
- ¿Cómo estará él, Milady? –preguntó la rubia mirando al cielo donde hacía apenas unas horas Siegfried había sido consumido entre las estrellas.
- Seguramente bien Alex –susurro la mayor – Había cumplido su destino.
¿Destino? ¿Su destino? Mi hermano, Siegfried y todos habían cumplido ¿eso? Un maldito destino que los había conducido a la muerte por manos extranjeras. Desde que aquel rubio llegó a las proximidades dejándose apresar tan normalmente me olió todo mal. Y yo que le ayude, que avisé a Milady Flare para que le sacara de allí… Saqué al asesino de mi hermano, al que ahora seguramente está disfrutando de su vida mientras mi hermano y mis amigos están muertos.
Muertos de mano de los caballeros de una Diosa que dice que batalla guerras justas, ¿desde cuando una maldita guerra lo es? ¿Desde cuando la muerte es justa?
Ahora no hay nadie que me explique esto ni que me diga, porque tengo que pasar toda mi eternidad sin mi hermano… sin mis hermanos de armas, sin mis hermanos de afecto… ¿Por qué nosotras somos las que llorábamos esas tumbas mientras ellos proseguían su camino vivos?
Milady Hilda me mira con pena, me mira con miedo en sus ojos. Tal vez miedo a que haga alguna locura, tal vez…tal vez…
Tal vez el sueño haga de mi alguien…tal vez todo sea una pesadilla…
Tal vez y pronto, vuelva a mi.
Tokyo, Japón.
-Vamos, levántate –gritaba aquel hombre mientras zarandeaba a una chica de poco más de 9 años. El fino cuerpo de la chica colapsó contra el suelo, los ojos verdes se abrieron ansiosos, los dientes apretados dejando fluir por su joven cuerpo el odio y el horror al que se sometía en las manos de aquellos hombres.
Sintió como volvía a ser golpeada y como su cuerpo colapsaba ahora contra una de las paredes mientras aquel demonio, aquel hombre volvía a acercarse a ella. Aún así no temblaba, no lloraba; su miedo era interno y sus propios demonios dentro de ella habían que no mostrara un solo signo de debilidad.
Fue levantada una vez más por los cabellos, la larga cabellera de color castaño mientras sus ojos verdes, bien abiertos miraban los negros de su demonio. Aún así sonrió fugazmente mientras sus piernas pateaban el pecho del hombre quien la soltó del cabello.
- Maldita zorra… maldita niña, no vas a estar más tiempo aquí… te mataré…
- Alto Aoi – gritó otro hombre que entraba a aquel lugar – sabes que el jefe la necesita viva. Aún como está ahora sacará provecho de ella.
La puerta volvió a cerrarse, en su poca longitud se levantó para observarse en aquel espejo lleno de mugre. Entonces se permitió llorar, en absoluto silencio mientras veía su rostro rasguñado, golpeado; de sus labios corría un poco de sangre, un morado recorría su mejilla derecha y sus cabellos alborotados le daban un aspecto penoso. Cerró los ojos con fuerza esperando a ver si llegaba alguien que la terminara de golpear y la mandara a otro mundo tal vez mejor que este que le había tocado vivir.
Nada más nacer, su propia madre se había desecho de ella mandándola a un orfanato. A los 5 años una familia la adoptó solo para venderla un año después a aquel grupo de mercenarios los cuales la llevaban de un lado a otro como un simple objeto. Una derruida y destruida muñequita de trapo inservible, hasta que aquellos hombres la habían vendido a otro tercero, dueño de una casa de citas en Tokyo.
Se observó en aquel espejo, las luces semiapagadas la hacían verse como una visión espectral, aquellas pequeñas ojeras bajo sus ojos tan marcadas y profundizadas haciendo que los redondos y enormes ojos verdes opaquen el resto de su cara; las pálidas mejillas, los finos labios, el cabello castaño ceniciento. Sonrió, como sonríen las personas sin fé alguna cuando son llevadas a un incierto destino. Siquiera se acordaba de su nombre, los hombres la habían llamado Sorako, niña del cielo; ya que se pasaba largas horas observando el cielo.
Sorako caminó alejándose del espejo cuando tras de su espalda, en el espejo se reflejaba un rayo. Los ojos verdes de la chiquilla se abrieron más si es que se podía y sonrió, le encantaba las noches o los días con lluvia donde pudiera observar como los rayos cruzaban el cielo haciendo ruido, sobresaltando a las chicas y haciéndolas gritar. La jovencita sonrió mientras escuchaba un trueno bastante lejano, aquella noche si llovía seguramente que no abrirían aquella casa de perdición.
Un trueno más recorrió el cielo fijando su eléctrica apariencia en la abierta ventana. Sorako abrió los ojos para parpadear suavemente, como el vuelo de una mariposa mientras observaba como aquel rayo se convertía en un águila. Aquel animal voló un par de veces por la habitación hasta posarse a los pies del camastro donde la chica dormía. Sora se apegó a la pared, no asustada pero si atenta a todo aquello, cuando quiso darse cuenta un joven de largos cabellos dorados y grandes ojos azules la observaba, afable, desde aquel incomodo sitial.
- Hola –susurró mientras observaba a aquella chica quien temblaba levemente con sus ojos escondidos entre las hebras de castaño cabello.- No tengas miedo, eres Sorako…- ella asintió en silencio mientras observaba aquella rica vestimenta, una túnica larga de color blanco en la cual se observaban algunos hilos dorados enriqueciendo aquella tela, el cinturón por el cual aquella túnica se pegaba a aquel cuerpo eran tan dorada como aquellos hilos. Una cinta de color rojo cruzaba la frente para que los largos cabellos no se desperdigaran al aire y unas sandalias terminaban aquel cómodo vestuario. El joven la observó y Sora no tardó en sonrojarse.
- No eres japonés –susurró ella contra los largos cabellos que ocultaban la claridad de sus esperanzadores ojos.
- Soy griego, igual que tu. –dijo haciendo que la chica se sobresaltara con aquello, sonrió mientras acercaba una mano a los cabellos castaños quitándolos de su cara – Mi nombre es Zeus, padre de los Dioses… y tu eres una de mis elegidas.
La chica se quedó quieta, entonces sintió como los dedos de aquel joven acariciaban la dolorida mejilla y transmitían un calor a su cuerpo haciendo que el dolor se opacase tras eso había sentido una extraña calma en su rostro, él la volteó al mugriento espejo y la hizo mirarse. Aquellos enormes ojos se abrieron de par en par, hipó solo un segundo mientras apretaba con fuerza sus manos. Zeus apretó un poco sus hombros y la miró sintiendo en él como la chica aguantaba aquellas ganas de llorar, una vez más.
- Tu nombre es Aleisha, hija de Héctor y Alethia. Tu casa se encuentra en Esparta, lugar de guerreros…
- Aleisha…-susurró mirándose al espejo.- Yo ahora pertenezco a los hombres que pagaron por mi…
- Te ofrezco una nueva vida y casa… pero debes pertenecerme ahora a mi y convertirte en quien siempre fuiste.
Sora, ahora Aleisha sonrió levemente, nada podía ser peor que aquello. Tal vez Grecia fuera mejor que Tokyo y aquel señor, mejor que Aoi y sus malos tratos.
Zeus tomó la raída sabana que tapaba el camastro y con él envolvió el pequeño cuerpo de castaños cabellos, acunándola contra su pecho, partió al lugar que sería su hogar por mucho tiempo.
Monte Olimpo, Morada de Ares (años después).
- Te he dicho que no y mil veces no…
- ¡¡Estoy un poco harta de ti!!
- ¡¡Habla al señor con más respeto, mocosa!!
- Tu cállate si no quieres que te rebane ahora mismo, maldito tracio…
El joven de largos cabellos negros cayó sobre sus manos dando con su trasero en el suelo, Ares rió con descaro entonces ella fijó sus ojos verdes con fiereza en el rostro del dios de la guerra.
- Una vez más Ares y espero no repetirme más, ¿dónde has metido al niño protegido de Artemisa?
- Oh Aleisha, querida, ¿por qué eres así conmigo? Sabes que me dañas y que no tengo al mocoso…
Aleisha levantó la espada frente a la cara del dios quien seguía con su mueca perenne, un gesto de furia se anidó en los ojos de la chica, con un movimiento firme de su muñeca movió la espada frente a ella cortando un fino mechón del cabello de Ares quien saltó atrás dejando un flanco importante abierto delante de él, que la joven aprovechó. Una vasija de color rojo con toques de arena, la cual en esos instantes descansaba en los brazos de la hermosa joven; Ares frunció el ceño mientras Aleisha hacía un claro gesto de victoria con sus dedos.
- ¿Seguro que no le tienes? De acuerdo, Artemisa estará feliz con esto hasta que el chico vuelva a nosotras…
- Lesath – habló el dios con una voz tan tétrica que a Aleisha le pareció el mismísimo Hades- trae al mocoso.
- Pero señor…
- Ahora, no te lo repetiré dos veces.
Lesath corrió como alma que lleva el diablo hacia el interior del templo mientras Ares retaba a la joven de ojos verdes con la mirada. La chica, sumamente tranquila, miraba la vasija con interés. Habían pasado varios años desde que Zeus la rescatara de aquel antro, ahora contaba con unos 13 años; su cabello anteriormente castaño ahora contaba con un extraño color azulado el cual hacía refulgir sus enormes ojos verdes. Su vestimenta había cambiado, la cual ahora era una toga de color blanco, corta junto a las típicas sandalias griegas y unas glebas, con las cuales se movía graciosamente por el templo ante la mirada de Ares quien al poco admiraba a la joven fríamente:
- Aleisha, por que no dejas a Zeus y…
- No seré otra de tus tantas bersekers, jamás.
El dios rió con autosuficiencia mientras Lesath salía del interior junto a un chico quien podía contar con unos 11 años, de enormes ojos azules y alborotados cabellos pelirrojos el cual miró a la griega con agradecimiento. Golpeó la mano de Lesath, quien lo sujetaba, y corrió hasta la chica quien acarició los bermejos cabellos con cariño; el chico pegó su cara al cuerpo de la chica y suspiró llenándose del olor a jazmín que siempre llevaba Aleisha.
- Arigato…
- No te preocupes –susurró mirando al chico y verificando que no tenía un rasguño siquiera. Volvió con fiereza su mirada a Ares, sobresaltando al berseker Lesath.- Espero que esto no ocurra de nuevo, este chico es también mi protegido.- dijo sosteniendo al joven por el hombro fuertemente – Vamos Touma –susurró empujando al pelirrojo hacia fuera un segundo antes de tirar la vasija hacia el dios.
Cuando salieron de allí, la soldado de Zeus no pudo evitar echarse a reír mientras recordaba el sonido de la caída de Lesath para tomar la vasija de Ares, Touma la miró sin comprender.
- ¿Aleisha? –la joven le observó alborotando a la vez los bermejos cabellos, provocando un gesto de frustración en las jóvenes facciones - ¿Qué es esa vasija?
- El alma de Ares se encuentra ahí. Todos los dioses guardan en ellos sus almas inmortales, si un mortal elimina uno de ellos, pueden morir- al ver los ojos brillantes y decididos del niño, acotó- pero jamás lo intentes ya que tu puedes morir en el proceso.
- ¿Y por qué lo has hecho tú?
- Creo que el salvarte es una buena opción, pelirrojo – dijo echándose a reír mientras caminaba hasta el templo de Lady Artemisa, quien recibiría con agrado a su futuro ángel de Ikarus.
Palacio Valhalla, Asgard (años después).
Los días desde la muerte de los guerreros divinos era tedioso. Flare e Hilda no levantaban cabeza desde aquel entonces, la regente de Asgard parecía un fantasma. Había adelgazado y estaba más demacrada que de costumbre. Flare no era un apoyo muy fiable, desde la muerte de Hagen no dejaba de echarse la culpa de todo lo ocurrido, lo peor es que no podía mirar a la rubia hermana de Merak sin pensar en él.
Por su parte Alexiel no paraba en Valhalla un segundo. Se despertaba con el alba, se daba una rápida ducha y corría a los establos donde tomaba a su caballo preferido, aquel que en su niñez Hagen y ella habían puesto el nombre de Faknid. El animal de un color tan blanco como la nieve, solía saludarla diariamente con un golpecíto en el estómago de la rubia amazona la cual simplemente sonreía antes de montar sobre él y volar por el helado paisaje. Aunque hacía bastante que no montaba recordaba las clases que Syd les daba a ella y a Lorien, cuando Faknid y Dheyr llegaron a la cuadra.
Una Alexiel de poco más de 7 años volvía a intentar montar el potrillo blanco el cual volvía a tirarla al suelo con el morro, Faknid siempre hacía aquello, lo cual provocaba las risas no solo de Syd y de Lorien, sino de todo el que viera a la joven rubia tirada en la nieve, pataleando, por culpa del caballo. Dheyr parecía más tranquilo ya, pero había costado mucho que el potrillo de color gris pizarra se dirigiera por las ordenes de su amazona.
- Vamos Alex sube –suspiró una vez más Lorien, con su calma habitual, era sin duda digna hermana de Tholl de Phecda. Su aspecto fino y firme, la suave vocecita y sus buenas maneras la hacían ver adorable.
- Eso intento, ¡¡por los cascos de Sleipnir!! Faknid déjame –gritó la chica rubia al sentir los dientes del potrillo blanco sobre su camisa, levantándola a peso, provocando nuevamente las risas del guerrero de Mizar quien logró sacarla del aprieto y ayudarla a subir mientras hablaba.
- Alexiel, Lorien… La posición perfecta es aquella en la que se pueda dibujar una línea imaginaria, que vaya desde nuestra cabeza hasta nuestros tobillos, pasando por las caderas.
- Siempre y cuando el caballo no te tire –acotó Lorien haciendo enrabietar a la hermana de Merak, provocando de nuevo el corillo de risas que siempre se escuchaba cuando ellas dos estaban juntas.
Alexiel suspiró con una sonrisa en sus labios mientras recordaba aquellos esbozos de su vida. Así era diario, entrenar en el volcán hasta caer exhausta y volver con el anochecer al palacio sin cruzar palabra con nadie. Eso diariamente la estaba convirtiendo en una especie de ermitaña, hasta que alguien la trajo a la realidad.
Una de las noches se topó con aquella chica. Ojos verdes y el cabello algo más claro, aquel tono tan únicamente especial que había visto en su hermano mayor. Me sonrió con ternura, como una madre cuando observa a su hijo, hasta en aquellos gestos ella me recordaba a aquel enorme gigante con corazón de niño; su piel era tan blanca como la mía. Era una de las valquirias destinadas al cuidado de Lady Hilda como Alexiel lo era, supuestamente de Lady Flare hasta que decidió, ayudada y empujada por los guerreros divinos, a ser como ellos; su nombre Lorien de Pecdha, hermana de Tholl de Pechda guerrero divino de Gamma. La rubia se acercó a ella lentamente hasta que algo la hizo quedar parada, la joven de largos cabellos turquesas midió la distancia entre ellas con una bofetada a la rubia. La hermana de Merak abrió los ojos desmesuradamente mientras su mano se posaba en la mejilla golpeada por Lorien, su amiga de la infancia la cual simplemente la observaba con un claro reproche en sus ojos y los labios fruncidos.
- Pero…
- Me das vergüenza Alex, ¿qué pensará Hagen cuando vea en que te has convertido? ¿en que ya no cuidas de las princesas? ¿en que Lady Flare te tiene miedo? – la rubia solo observaba a su amiga con los ojos llenos de lágrimas mientras seguía hablando - A veces un recuerdo es más importante que nada. A veces, eres más feliz recordando que viendo que tan inoportuna y cierta es la realidad... Pero a veces, solo a veces, sabes encontrar esas personas que te enseñan, que una sonrisa y una mano amiga que te apoye es más importante que mil recuerdos…
La rubia dejó correr sus lágrimas mientras recordaba aquellas palabras, ellas habían sido dichas por Siegfried en el funeral de Lady Idun, la madre de las princesas. Aquello era el resumen de todo el pesar que sentían ellos quienes se habían criado entre las paredes del Valhalla. Lorien la observó, intentaba seguir con aquel gesto fruncido pero Alexiel había comenzado a llorar silenciosamente y ella nunca la había visto llorar, siquiera en el entierro de su hermano. Alexiel siempre se había mostrado entera, fría y fuerte, el pilar donde apoyarse para seguir adelante, mientras ella había sido el signo materno para la otra, el cariño, el apoyo, la ternura… Lorien la abrazó como sólo dos hermanas podían abrazarse y la dejó llorar y desahogar todo ese dolor que llevaba desde hacía ya, dos años guardados.
Templo de Zeus Crónida, Monte Olimpo (varios años después)
El enorme templo de paredes marmóreas se encontraba casi vacío. Al fondo de aquel templo un enorme sillón rodeado por tapices donde se podían observar distintos episodios de la mitología griega dedicados todos y cada uno de ellos a Zeus, seguramente tejido por las korés del templo de Atenea. Al pie de aquel sillón una joven de cabellos azulados observaba el sillón vacío con una extraña expresión en sus ojos. Solamente hacía unos veinte minutos que la habían dejado sola, luego de soltarle aquella misión. Al fin y al cabo es lo que ella quería, una misión, pero no le parecía el entrenar en el templo de Atenea, allí en la tierra… No quería dejar aquello a lo que se había apegado; el entrenamiento con Touma, las peleas con Ares, las preguntas a las pitonisas del templo del Sol, entrenar el tiro junto a las korés de Artemisa…
Eran tantas cosas, tantos recuerdos. Suspiró pesadamente y miró al frente recordando en él a su señor, Zeus, quien claramente se lo explicó. Ella era su lazo a la unión con su hija, quería que Atenea supiera que le perdonaba el que le pidiera la vuelta de sus caballeros y que por ello le mandaba a su mejor general, a la persona que se había ganado toda su confianza.
Aleisha suspiró mientras se tiraba hacia atrás, si su señor confiaba en ella hasta ese punto no le quedaba más que aceptarlo, aun y cuando no le gustara nada de nada aquel asunto de irse por "solo Zeus sabe" cuanto tiempo. Pensó en despedirse, por lo menos de Touma, aquel pequeño pelirrojo seguro sería el primero en echarle en falta, pero nunca le habían gustado las despedidas y aquella no iba a ser la primera ni la última vez.
Se levantó del sitio y con un leve suspiro pensó en que iría echando en la "maleta", aunque jamás pensó que cuando volviera, traería más cosas dentro de ella… como una nueva familia.
Valaskialf, Palacio Valhalla (Actualidad)
Llevaba una semana completa allí, había vuelto a retomar las largas cabalgatas junto a Syd aunque ahora Lorien no podía acompañarnos, los entrenamientos en el volcán junto a mi hermano, las clases en la biblioteca con Alberich, los cuerpo a cuerpo con Phenril; aún así echaba algo de menos. A las chicas. Echaba en falta la vitalidad de Zelha, los comentarios de Chloe, los silencios de Padma y el apoyo de Aleisha; echaba de menos las peleas con Milo, los ratos de paz con Mü, las largas charlas con Touma, las miradas frías de Camus… Aún bueno o malo eran tantas cosas que por unas u otras había algo que necesitaba, que no tenía allí y lo necesitaba para ser ella misma. En esas estaba cuando escuché la puerta del Valaskialf abrirse pero no cerrarse, levanté la mirada sorprendiéndome. Siquiera me levanté pensando que si lo hacía aquella visión desaparecería como los sueños que mantenía despierta en cualquier momento.
Sonreí al verla abrir un par de botones, los cuales tapaban su boca del glaciar frío de mi tierra mientras sonreía socarronamente. El cabello azulado estaba recogido en una coleta aja y por primera vez veía aquellas piernas cubiertas no solo por las glebas sino por unos pantalones de color negro que la resguardaban del frío. Observé sus labios que lanzaron una mueca parecida a la mía, justo antes de abrazarme de ella;
- Joder rubia, hace un frío de cojones en tu tierra – farfulló dejando al aire aquellas palabras malsonantes de las que siempre hacía gala. No pude evitar echarme a reír al escucharla tan cercana.
- Bienvenida Aleisha…
- Gracias hermana - aquel susurro, aquella palabra, no era nueva. Todas habíamos sido hermanas de las demás en tiempos de necesidad, el apoyo, el hombro donde llorar... Luego me diría por que estaba allí y no en Grecia.
