Winter Dogs
Capítulo 1
Los personajes de Yugi-oh pertenecen a Kazuki Takahashi.
Avisos: Esta historia contiene BL (Boy's Love), slash o yaoi (male/male). Seto/Joey, Marik/Ryou.
Actualización: 25/agosto/2022
La ladera de la montaña estaba cubierta con una espesa y reciente capa de nieve. La noche anterior había traído consigo la blanca carga. La siempre helada cordillera se extendía hasta donde alcanzaba la vista y al pie de ella, la enorme expansión del valle igualmente cubierto de blanco y verde, perenne vegetación desafiando las inclemencias del clima.
Justo al borde del valle, donde comenzaba a elevarse el terreno, un grupo de conejos pacía alegremente, ignorantes del peligro que los acechaba. La mirada dorada estaba clavada en cada uno de ellos, el blanco pelaje confundiéndose con la nieve lo hacía casi invisible. Se arrastró un poco más cerca y se quedó inmóvil, esperando pacientemente a que una de aquellas saltarinas bolas de pelo se acercara. Un paso, dos pasos, un brinco y un salto y el inocente animalito comenzó a acercarse.
El joven lobezno no pudo menos que relamerse el hocico al ver que el conejo se acercaba. Mientras el viento fuera favorable, su olor no llegaría al conejo y podría sorprenderlo sin hacer el menor esfuerzo por perseguirlo. Uno, dos… tres… Estaba a punto de saltar de su escondite cuando una explosión puso en alerta a todos los conejos, uno de ellos había pegado un brinco y había caído muerto al instante. El resto de los animales desapareció como por arte de magia.
—¡Mi conejo! —exclamó en un corto chillido y se quedó paralizado. En el aire había un olor extraño que le daba comezón. No era el olor del conejo y supuso que debió ser lo que lo había matado. Esperó en su escondite un poco más y finalmente lo vio acercarse. Un humano, con pelaje oscuro en su cabeza que la brisa invernal azotaba. Sus ojos eran azules y estaban llenos de satisfacción cuando se agachó para levantar el conejo. El resto de su cuerpo estaba cubierto por un pelaje blanco que era parecido al de los zorros en invierno. Era casi un camuflaje perfecto, de no ser porque sus piernas estaban cubiertas por algo oscuro.
—¡Mi conejo! —volvió a gemir cuando el humano le dio la espalda. Estaba seguro de que no lo había visto aún, por lo tanto, tenía la ventaja. Aquel era su desayuno y él tenía un hambre voraz y luego de tanto trabajo casi había podido saborearlo. Una parte de su instinto le dictó que no debía acercarse al humano, pero su parte de lobezno impaciente le gritó que la presa era suya.
Salió de su escondite con rapidez, sus pisadas totalmente silenciosas a pesar de su gran tamaño. No hubo sonido alguno siquiera cuando se impulsó y se elevó por el aire, empujando al humano por la espalda y haciéndolo caer de bruces sobre la nieve.
Él había pasado horas acechando a los pequeños animales y no pensaba dejar ir aquel asunto tan fácilmente. Gruñó de forma amenazadora, mostrando los colmillos y resoplando sobre el cuello del humano para mostrar su dominio. Un movimiento en falso y sus colmillos desgarrarían la piel de aquel ladrón. Su cuerpo temblaba por el coraje, pero pudo escuchar claramente la advertencia que venía desde lejos. Uno de sus hermanos había visto lo ocurrido y se había acercado a una distancia segura para intentar que entrara en razón.
—¡Jounochi! ¿Qué haces? —de inmediato reconoció la voz del lobo que lo cuestionaba.
—Honda, este humano cree que puede robar mi presa.
—Eres un tonto, sabes perfectamente que no debes acercarte a los humanos. ¡Son peligrosos! —le reprochó con vehemencia mientras corría de un lado para el otro. —Vamos, déjalo, es mejor que nos vayamos. Alguno de los de la manada podría vernos.
—No me iré sin mi conejo —gruñó impaciente.
—Vamos, tendremos suerte si no nos descubren. Ese humano podría comenzar a perseguirte o algo peor.
—¡Pero mi conejo!
Honda gruñó desesperado. Su amigo estaba siendo testarudo y no tenía tiempo de convencerlo. —¡Agarra el maldito conejo y vamos!
El humano que estaba bajo las patas de Jounouchi solo podía escuchar los gruñidos de los animales, sin embargo, su mano se acercaba con lentitud al rifle que había caído un poco más allá de su cuerpo. Mientras lo intentaba, el peso en su espalda se desvaneció y lo sintió caminar a su lado hasta llegar al brazo que había estado sujetando el conejo muerto. El lobo bajó la cabeza con lentitud y tomó el cuerpo del animalito, mostrándole de paso sus colmillos de forma amenazadora, como si lo retara a moverse. Los ojos del hombre se quedaron absortos mirando los del animal que tenía tan cerca, eran dorados y parecían refulgir en esos momentos.
Jounouchi notó la mirada fija, eso era un reto y estaba a punto de contestarlo cuando escuchó a su amigo llamarlo nuevamente para que se apresurara. Sin embargo, le era difícil no responder al reto.
El humano no parecía enterarse de lo que hacía, simplemente estaba absorto con los ojos tan claros del animal y todo parecía que se iría a peor cuando se escucharon unos disparos a los lejos. El lobo reaccionó y salió corriendo en dirección a las montañas siguiendo al otro lobo.
El humano no entendía cómo era que aquel hermoso y peligroso animal lo había dejado con vida. Recordó que mirar a un lobo a los ojos era un acto temerario que incitaba a las bestias a demostrar su fuerza. Había sido un tonto.
Se sentó sobre la nieve sintiéndose un poco mareado, pero queriendo ver a las dos hermosas bestias una última vez. Corrían silenciosamente sobre la nieve en dirección a la falda de la montaña.
—¡Seto! ¿Te encuentras bien? —el hombre que se acercaba corriendo no era otro que Ryou Bakura, su compañero de cacerías. —¿Seto?
—Sí, Bakura, estoy bien. Sólo algo atontado —el recién llegado lo ayudó a ponerse en pie y le sacudió la nieve que pudo mientras lo revisaba.
—¿Qué sucedió? ¿Cómo es que te dejaste sorprender de ese animal?
—Son… muy silenciosos. Además, sólo se llevó el conejo —le dijo aliviado.
—¿El conejo?
—Sí. Creo que me atacó por el conejo.
—¿Tú crees? ¿No será porque te acercaste demasiado a su territorio? —le dijo con humor sarcástico el otro. —Será mejor regresar. Y tienes mucha suerte de que ese animal solo se llevara el conejo. Solo alguien como tú podría salir ileso de algo así.
—Claro —Seto terminó de sacudirse la nieve y recogió su rifle. Sin embargo, el encuentro con el aquel lobo blanco se sentía como algún tipo de designio. —Creo que me lo volveré a encontrar y entonces veré si realmente está enojado conmigo —Ryou dejó sonar una fuerte risotada.
—Ya, Seto Kaiba contra su némesis, un lobezno de nieve. ¿Vas a pelearte con él por otro conejo? Mejor vamos, hace frío y seguimos en territorio de lobos.
A lo lejos, los lobos de nieve pudieron ver cómo los humanos se alejaban por lo que se levantaron y se sacudieron la nieve. El pelaje de ambos los había escondido perfectamente de la vista de los humanos sin tener que buscar un refugio más profundo.
—¡Eres un tonto, testarudo, cabeza hueca! —gruñó el más adulto de los dos. —Sabes que si el líder de la manada se entera te echarán o hasta podrían echarme a mí también. No es la primera vez que haces una tontería.
—No se va a enterar, nadie nos vio.
—Idiota.
No hubo más conversación. Honda echó a andar en dirección a donde se encontraba la cuadrilla y Jounouchi no tuvo más remedio que seguirlo.
Por otro lado, Seto Kaiba pasó el día sin más contratiempos que buscar alguna otra presa para comer ese día. Ya llegada la noche se dispuso a descansar frente al fuego, bien arropado con una manta gruesa y algo de chocolate caliente que había preparado. Con la mano libre practicaba algunas ilusiones en el aire sin mucho interés. Él era lo que se podía llamar un mago y tenía un nivel bastante avanzado, lo suficiente como para ser reconocido por otros magos.
Vivía en una cabaña de madera muy bien acondicionada y de buen tamaño, más que con lujos, con lo que necesitaba para mantenerse abrigado y cómodo, por esa razón había pieles y frazadas por todas partes, sillones cómodos y alfombras que cubrían el piso de madera. No solía recibir muchas visitas y su vecino, si se podía decir así, era Ryou Bakura. Un hombre de cabellos blancos y personalidad tranquila que lo acompañaba en la mayoría de sus cacerías, por aquello de no hacerlo en solitario.
Esa noche sus pensamientos estaban dando vuelta a los eventos de la mañana con el lobo de nieve. Los lobos de nieve eran animales que se creía tenían ciertas habilidades mágicas naturales que les permitía sobrevivir en los climas más fríos. Nunca cambiaban su pelaje, siempre era tan blanco como la nieve del lugar y existían áreas donde se les solía ver. El lobo con el que se había encontrado tenía unos ojos dorados que aún a esas horas lo tenían como hipnotizado. Cada vez que cerraba sus propios ojos los podía ver, ojos como el cielo de otoño, retándolo. ¿Pero retándolo a qué? Sabía que existían lobos mucho más grandes por lo que estaba seguro de que aquel era un lobezno.
Su casa quedaba cerca de uno de los lugares de caza de los lobos y en algunas ocasiones había visto ejemplares mucho más grandes.
Tenía fuerza y había demostrado una fiereza sorprendente a pesar de su edad. Seguramente en un par de años más se transformaría en un ejemplar muy hermoso y sublime.
Si tan solo tuviera la oportunidad de atraparlo.
Seto sonrió ampliamente, aquella era una idea temeraria, pero era un lobo joven. Tal vez… si lograba capturarlo podría intentar domesticarlo hasta cierto punto. Tenía muchos trofeos, pero ninguno era un trofeo vivo. Y si lograba domesticarlo tal vez hasta podría hacer las veces de su mascota personal. Se imaginó recorriendo el lugar con el lobo corriendo frente a su caballo. Era una imagen que hablaba de fuerza y carisma que le era muy tentadora.
Sus ilusiones reventaron en el aire y sorbió de su chocolate un poco más. De pronto el invierno se presentaba mucho más maravilloso e interesante que nunca. Domesticar un lobo de nieve le daría la oportunidad de llenar sus días de invierno con algo qué hacer.
Se imaginó por un momento cómo luciría el lobo de nieve acostado frente al fuego de la chimenea disfrutando su calor. Llegó a imaginar incluso que acariciaba el blanco lomo sintiendo la suavidad del pelaje y los músculos bajo ella. Dominar a un animal salvaje era muy tentador. Un poco difícil, pero no imposible y él no era de los que simplemente soñaban las cosas.
Tendría que idear una manera de atraparlo sin dañarlo. Algo que le permitiera ganarse la confianza del animal. Si lo hería le sería cuesta arriba ganársela. Pasó mucho tiempo ideando un plan que tuviera una buena posibilidad y luego comenzó a hacer una lista de lo que necesitaría para llevarlo a cabo. Jaulas, dardos tranquilizantes y carne fresca que tendría que descongelar.
Sus pensamientos se cortaron abruptamente cuando decidió que era un buen momento para comenzar a reunirlo todo. Así, cuando llegara la mañana podría poner su plan en práctica. Además, quería trabajar con el lobezno sin usar su magia, aunque fuera un mago de alto rango. Quería que el lobezno le fuera leal aún si su magia fallaba. Sabía que si lo hacía con magia se arriesgaba a que el animal escapara de su control en un momento de debilidad.
Y no era porque creyera que tendría un momento de debilidad, más bien pensaba en el caso de que alguno de sus contrapartes mágicos tuviera la habilidad de interferir con su control sobre el animal.
Además, no había magia que pudiera interferir con los sentimientos y eso él lo sabía perfectamente. Debía ganarse la confianza del lobo, porque una vez lo hiciera, su lealtad sería inquebrantable.
Y mientras más lo pensaba, más se emocionaba. Casi parecía un chiquillo en Navidad.
Fuera de la cabaña, en un lugar bastante elevado en la montaña y protegida bajo una enorme formación rocosa yacía la madriguera de la familia de lobos de nieve a la que pertenecía Jounouchi. La manada contaba con cerca de doce miembros incluyéndolo a él y un lobo llamado Sugoroku era el líder.
Al acercarse a la entrada un lobo de espeso pelaje alrededor del cuello se interpuso en su camino. Jounouchi bajó la cabeza en señal de respeto. Era un lobo más grande, pero igual de esbelto y su pelaje brillaba con destellos plateados que reflejaba cualquier rayo de luz por pequeño que fuera.
—Jounouchi —le dijo a modo de saludo.
—Hermano Yami, ¿cómo has estado? —
—Estoy algo decepcionado —Jounouchi le devolvió una mirada confundida. —Es de nuestro conocimiento que tuviste contacto con un humano. Pensé que era un rumor, pero ahora que estás aquí frente a mí puedo notar un olor extraño en tu pelaje —lo último lo dijo mostrando los dientes en señal de profundo desagrado. Jounouchi bajó la cabeza e intentó negarlo.
—Tal vez pasé por algún lugar donde hubo humanos, pero te aseguro que no he visto a uno solo por esta zona.
Cerca de ambos se escuchó el gruñido de otro lobo que decía que el lobezno mentía. —Yo lo vi atacar al humano. Jounouchi conoce las reglas. Atacar a un humano está prohibido, solo ocasionará problemas.
—El humano tomará represalias —añadió otro igual de molesto.
—No, no, esperen. ¡No fue nada! —dijo con bastante nerviosismo tratando de defenderse.
—Jounouchi —al escuchar aquella voz todos callaron de inmediato. El lobo de níveo pelaje que mostraba una oreja desgarrada era el líder de la manada, Sugoroku, y demandaba respeto en esos momentos. —¿Es cierto lo que dicen tus hermanos?
El lobezno se quedó callado un rato y finalmente bajó la cabeza con arrepentimiento. —Sí, Sugoroku. Tuve contacto con un humano esta mañana.
—Eres un lobezno muy impetuoso y aunque hemos tratado de enseñarte, todavía no puedes seguir las reglas de la manada. creo que es tiempo de que madures y la única forma de que lo hagas es alejándote de nosotros.
—¡No! Por favor, seguiré las reglas, lo prometo. ¡Me portaré bien! —gimió mientras se agachaba en el suelo en señal de sumisión.
Sugoroku lo observó con extrema paciencia. Sabía lo que sucedía con el lobezno y sabía que su decisión era la adecuada, aunque fuera severa. La mejor forma de que un lobo de nieve obtuviera experiencia era experimentando los malos tiempos. Eso los hacía desarrollar un mejor instinto de supervivencia y los convertía en miembros útiles para la manada.
—Todos tuvimos que abandonar la manada en algún momento. En el momento en que no pudimos controlar nuestros impulsos y deseos de libertad. La manada no te está desechando, pero debes aprender por ti mismo lo que significa ser un miembro útil. Es tiempo.
Jounouchi pegó las orejas atrás y gimió cuando Sugoroku se alejó. Varios de sus compañeros de manada se adelantaron gruñendo de forma amenazadora en señal de que debía alejarse en ese mismo instante.
No tuvo más remedio que ponerse en pie, con la cabeza gacha mostrando obediencia, pero alejándose como le era requerido. Sus ojos dorados le dieron una última mirada a su hermano Honda, quien estaba tan inquieto que parecía que en cualquier momento se interpondría entre los lobos que lo alejaban para enfrentárseles. Decidió hacer lo correcto antes de que pasara a mayores y dando la vuelta se regresó a la oscuridad de la noche, solo y arrepentido de sus pasadas acciones.
Continuará...
