Winter Dogs
Capítulo 2
Los personajes de Yugi-oh pertenecen a Kazuki Takahashi.
Avisos: Esta historia contiene BL (Boy's Love), slash o yaoi (male/male). Seto/Joey, Marik/Ryou.
Actualización: 24/nov/2016
Seto se levantó temprano en la mañana. Esta vez iría completamente solo. No era algo que no hubiera hecho antes, ciertamente, además de ser un excelente mago también era un excelente cazador. Sus ojos brillaban con algo de impaciencia. Se dirigía al mismo lugar donde había tenido el encuentro con el lobezno, pero esta vez lo hacía con mucha más cautela. Consigo había traído además de su rifle y las municiones un trineo liviano donde pensaba llevar al lobezno. Escogió un punto ventajoso desde donde podía observar todo el terreno sin ser detectado y la helada brisa a su favor.
Poco a poco los peludos conejos fueron apareciendo. Brincaban y saltaban alegremente, sin recordar aparentemente lo que había sucedido el día anterior. Seto preparó el rifle con dos tranquilizantes. Continuó entonces observando el terreno, el viento azotaba el blanco pelaje de su abrigo con fuerza, pero no caía ni un sólo copo de nieve. Miraba el paisaje, en espera de algún movimiento en el perímetro de los conejos cuando, para su sorpresa, divisó al lobezno justo al lado de los peludos animales. O el animal tenía una excelente capacidad para moverse sin ser visto o había estado todo el tiempo en aquel lugar.
Preparó el rifle y apuntó. Al enfocarlo con la mirilla pudo ver que el lobezno tenía los ojos cerrados, los conejos varias veces le habían pasado lo suficientemente cerca como para atrapar uno, sin embargo, allí seguía, como dormido. Por unos instantes más observó la escena un tanto extraña hasta que el lobezno se levantó. Lo vio tomar algunos pasos en dirección a la ladera de la montaña, indeciso y luego volverse lentamente. Caminaba con lentitud, ¿acaso estaría herido? Seto decidió que pensaría en eso cuando lo tuviera seguro, así que volvió a apuntar el arma y disparó.
El lobezno recibió el impacto en uno de sus costados lo que lo hizo rodar varias veces antes de lograr ponerse en pie frenéticamente y echar a correr sin aparente dirección. Seto no perdió tiempo y volvió a apuntar atinándole nuevamente. El lobezno volvió a rodar y volvió a ponerse en pie, pero esta vez no pudo echar a correr. Salió de su escondite y corrió hacia el animal que ya comenzaba a desplomarse.
Cuando llegó hasta su presa, el lobezno respiraba afanosamente, pero el tranquilizante ya casi hacía su efecto. Lo observó detenidamente y no pudo evitar acariciar la hermosa piel. El lobezno gimió suavemente, pero no hizo ademán de moverse. Lentamente los dorados ojos se fueron cerrando y la respiración forzada del animal comenzó a regularse. Seto sonrió y continuó acariciando el suave pelaje.
—Eres un animal muy hermoso. Seguramente seré el primer mago en poseer un lobo de nieve tan hermoso —. Retiró los dardos y con cuidado tomó al lobezno entre sus brazos, el peso muerto del animal le hizo dar un resoplido afanoso. Al pasar por su escondite dejó al lobezno sobre la nieve mientras sacaba una especie de manta gruesa y la extendía. Colocó al lobezno en el interior haciéndolo un ovillo y envolviéndolo en el material para luego asegurarlo, finalmente lo puso sobre el trineo que había traído consigo para ese propósito, se echó el rifle a la espalda y emprendió el camino de regreso halando el trineo. Claro que la cacería se le había hecho fácil, pero sabía que esa era la parte menos arriesgada. El verdadero reto sería cuando el lobezno despertara. A lo lejos pudo escuchar el aullido de un lobo solitario. Seguramente parte de la cuadrilla del lobezno. No estaba preparado para enfrentar más bestias por lo que apresuró el paso con su preciosa carga.
Jounouchi despertó perezosamente. No se puso en pie de inmediato pues todo le daba vueltas alrededor. Cuando finalmente estuvo más alerta vio que ya no estaba sobre la blanca nieve de la montaña. Ahora yacía sobre una superficie plana y algo fría, pero no tanto como la nieve. Levantó la cabeza y se quedó acostado, tal vez si el lugar dejaba de dar vueltas podría ver realmente dónde se encontraba. Un sonido extraño lo sacó de sus cavilaciones y su primera reacción fue huir. Jounouchi rebotó contra unas extrañas formaciones a sus espaldas, con desesperanza vio que estaba completamente rodeado de las formaciones grises, como ramas de árboles, pero frías. Gimió suavemente y volvió a escuchar el sonido.
—Vaya, veo que ya comenzaste a despertar, seguramente tienes algo de hambre, pero será mejor esperar a que pasen los efectos del tranquilizante —Seto se acercó a la jaula, bajo los efectos del tranquilizante el lobezno apenas había hecho intento alguno de escapar. Mientras dormía le había colocado un collar púrpura—. Mañana podremos comenzar el entrenamiento. Estoy seguro que serás una adorable mascota cuando termine contigo."
Seto se atrevió a meter la mano por entre los barrotes de la jaula. En un principio, el lobezno pareció no darse cuenta, pero al segundo que el olor del humano llenó sus narices un amenazador gruñido se hizo eco en la habitación y Seto pudo ver cómo la mirada del animal volvía a ser la misma que el día anterior lo había hechizado. Retiró la mano, complacido y sin quererse arriesgar demasiado aún—. Sí, cuando termine contigo serás una excelente mascota, obediente y leal —susurró con una sonrisa.
Jounouchi sintió estremecerse al ver que el humano sonreía. ¿Acaso se burlaba de él? No podía estar seguro, apenas podía entender el lenguaje de los humanos, pero había logrado alejarlo efectivamente con el gruñido. Al menos eso era un comienzo. Cuando al cabo de un rato el humano se fue, Jounouchi comenzó a pasearse de arriba abajo en la jaula inquieto. Tenía hambre y tenía sed, pero allí no había nada de comer o de beber y dudaba mucho que el humano supiera eso. Gimió desesperanzado y no le costó más remedio que echarse nuevamente, con el cuerpo hacia la puerta por si el humano regresaba.
No estaba muy seguro de cuánto tiempo había pasado. En el lugar donde se encontraba no podía ver ni la luz del día ni la luz de las estrellas. Ahora sí que tenía hambre y no podía quedarse quieto ni un segundo. Un ruido le advirtió de la presencia del humano nuevamente. Traía algo en las manos y de repente pudo percibir el olor de sangre fresca. La boca se le hizo agua al instante y su mirada se quedó fija en lo que el humano traía.
—¡Carne fresca! —se dijo, las orejas rectas y la cola azotando de lado a lado sin darse cuenta. El humano traía carne fresca. ¿Acaso el humano compartiría su cacería con él? Usualmente él compartía la suya con Honda y a veces Honda hacía lo mismo con él. Ah, si no hubiera sido por el estúpido conejo seguramente ahora estaría durmiendo plácidamente en la cueva con el resto de la manada—. Tonto Jounouchi —las palabras de su amigo resonaron vagamente en su cabeza.
Seto se acercó a la jaula, en un cubo traía trozos de carne fresca que acababa de cazar. Tenía unos guantes muy gruesos que le llegaban hasta mitad del brazo. Sin mucho protocolo se arrodilló frente a la jaula y tomó un trozo de carne del cubo. Sonrió al ver al lobezno mirando fijamente la comida.
—¿Tienes hambre cachorro? Estoy seguro que esto te va a gustar, es conejo —Seto acercó la mano a la jaula y dejó caer el trozo de carne adentro. El lobezno la olisqueó un momento y luego engulló el pedazo—. Eso… ¿Te gusta? Tengo más, sólo tienes que tomarla de mi mano —susurró en un tono que le pareció conciliador mientras sostenía otro pedazo de carne apenas cerca de los barrotes de la jaula. Domesticar a un lobo no era tarea fácil, tendría que ganarse su confianza y al final, aunque pareciera su mascota jamás estaría totalmente amansado, pero era el peligro inherente del animal lo que hacía que la tarea fuera tan interesante.
Jounouchi se relamió el hocico, aquel trozo de carne le había abierto el apetito. Observó el pedazo que se le ofrecía, pero no se atrevió a acercarse. Ni siquiera él se hubiera atrevido a tomar un trozo de carne directamente de otro lobo, menos de un humano. Le dio una mirada a la comida y luego al humano, pero aun así no se acercó. Finalmente se sentó en sus cuartos traseros y esperó ansioso a ver si el humano decidía compartir la carne con él.
Al cabo de un rato Seto se había cansado de esperar por el lobezno, por lo que puso el trozo de carne en el suelo, cerca de los barrotes, pero no lo suficiente como para que el lobezno lo alcanzara. No bien lo había soltado el lobezno comenzó a acercarse. Sacó el hocico a donde estaba el trozo de carne e incluso sacó una de sus patas para tratar de alcanzarlo, pero en vano.
Seto sonrió y con mucho cuidado, tratando de no asustar al animal, comenzó a acercar el trozo. El lobezno no podía entender mucho de lo que sucedía, pero si el humano ofrecía la carne, con lo hambriento que estaba, él no la iba a rechazar. No bien estuvo a su alcance, la devoró ávidamente.
—Si tienes tanta hambre, ¿por qué no vienes y tomas el trozo de mi mano? —trató de razonar el mago. Esta vez acercó el trozo de carne, pero no lo soltó. El lobezno acercó el hocico, pero no hizo intento por tomar la carne. Seto la acercó un poco más sin soltarla—. Anda… tómala —con mucho cuidado el lobezno abrió el hocico y delicadamente substrajo el trozo de carne. La siguiente vez que Seto le ofreció la carne, el lobezno no dudó tanto en tomarla.
Al rato, Seto se percató de que el cubo estaba completamente vacío. Una relamida de satisfacción fue el único agradecimiento que recibió de parte del animal. Sonrió complacido y finalmente acercó un cubo de agua a la jaula y levantando levemente la puerta empujándolo al interior. Jounouchi bebió largamente y cuando terminó, Seto le retiró el cubo.
—Mañana vamos a estar más tiempo juntos. Quizás así te vayas acostumbrando más rápidamente a mi presencia —concluyó el joven, retirándose luego y dejando al animal para que descansara.
Jounouchi suspiró contento. Tal vez estar con el humano no sería tan malo después de todo. Esa noche soñó con la nieve y los conejos, con Honda y sus demás hermanos. Sí que los extrañaba y en la mañana no pudo menos que aullar su soledad.
Seto despertó agitado. Por unos instantes no supo qué sucedía hasta que pudo distinguir claramente un ruido extraño proveniente del ala sur de la casa. Se amarró la bata de dormir, se puso unas pantuflas y salió rápidamente en dirección al ruido. Al acercarse pudo reconocer el aullido del lobezno.
—¡Rayos! Si sigue aullando de esa forma va a atraer al resto de la manada a la casa —murmuró fastidiado. Cuando entró a la habitación donde estaba el lobezno, este se quedó en silencio de inmediato—. ¿Qué sucede, lobezno? ¿Por qué tanto escándalo? —le preguntó medio enojado. El animal simplemente lo observó con sus ojos dorados. Seto murmuró algunos insultos, pero al final se regresó a la cama.
Jounouchi estaba, por así decirlo, sorprendido. No bien había comenzado a aullar cuando el humano había aparecido. Quizás podía encontrar alguna forma de comunicarse o que el humano lo entendiera. Aun así, seguía extrañando a sus hermanos. Suspiró acongojado y finalmente se echó en el suelo de la jaula formando un ovillo.
La rutina de la carne se repitió por varios días. Cada vez el lobezno le tomaba más confianza al humano. Pero en una de las ocasiones, la rutina cambió drásticamente. El humano trajo consigo, además del cubo de comida, un aparato extraño. Jounouchi no sabía para qué servía y su confianza en el humano le impidió sospechar más allá de la mera curiosidad.
Estaba algo distraído, tomando la carne de la mano del humano cuando de pronto sintió que algo era ajustado alrededor de su cabeza y hocico. Se revolvió en la jaula tratando de quitarse aquel objeto con las patas, pero por más que trató no pudo. Finalmente, cansado, se echó en la jaula.
Seto sonrió al ver que el lobezno se había dado por vencido. Con una ilusión mágica había escondido el bozal hasta que lo tuvo exactamente donde quería. Finalmente abrió la puerta de la jaula y esperó, con el cubo en la mano, a que el lobezno saliera. Jounouchi vio cuando la puerta de la jaula se abrió, pero la presencia del humano lo intimidaba hasta cierto punto. Sin embargo, cuando lo vio arrodillarse y tomar el trozo de carne en la mano, como solían hacerlo, el lobezno sintió que quizás aún podía confiar en el humano. Se acercó con paso tembloroso y olisqueó el aire con discreción.
—Vamos, cachorro, no te voy a hacer daño —susurró Seto con suavidad mientras volvía a ofrecerle la carne. El lobezno se acercó más y con cuidado, tomó la carne que se le ofrecía. El bozal le permitía suficiente movimiento como para tragar la carne. Otro pedazo fue ofrecido y el humano se acercó aún más. Al cabo de un rato y cuando ya había vaciado totalmente el cubo, el humano se quedó en el suelo observándolo. Jounouchi esperaba que el humano le ofreciera algo más, pero en cambio, vio cómo se quitaba uno de los largos guantes y le ofrecía a cambio la tierna piel.
¿Acaso era ese un símbolo de confianza? El humano acercó la extremidad y Jounouchi tuvo que hacer un supremo esfuerzo para no salir corriendo en ese mismo instante. Sus orejas estaban muy alertas y su cola se revolvía inquieta. Cuando la extremidad estuvo a su alcance la olisqueó. Olía a frambuesas silvestres y a cuero. Poco a poco, aquella extremidad acarició su cuello y luego atrás de sus orejas. Jounouchi sintió por unos instantes un urgente deseo de echarse en el suelo y disfrutar de aquellas caricias. Cerró los ojos extasiado y Seto sonrió.
Apenas habían pasado unos minutos en ese trance cuando de repente, la puerta de la habitación se abrió y por ella entró Ryou. Seto había olvidado asegurar la puerta y ahora su amigo se dirigía a él sin fijarse que el lobezno estaba fuera de la jaula.
Jounouchi no reaccionó de inmediato, pero cuando sintió la presencia de Bakura, un feroz gruñido comenzó a formarse en lo más profundo de su garganta. Aquel otro humano se acercaba rápidamente y él no sabía con qué intenciones. Bakura tardó un poco en captar la escena, el lobezno lo observaba fijamente y aún no se había detenido por completo cuando el animal se abalanzó sobre él. Bakura cayó al suelo y se golpeó la cabeza levemente mientras que el lobezno se posaba sobre su pecho, mostrando los colmillos amenazadoramente.
—¡Bakura! Bakura no te muevas —susurró Seto, un hechizo comenzaba a formarse en su mano, pero el lobezno le había echado un vistazo a la puerta abierta.
—¡Libertad! —exclamó regocijado y sin perder tiempo se escurrió por ella. Seto emitió un gruñido de frustración y salió tras el lobezno.
—Eres un tonto, Bakura, ¿cómo has podido dejar que escape? —le dijo furioso.
Jounouchi corría velozmente por el pasillo de la casa mientras buscaba desesperado una salida de aquel laberinto. Finalmente encontró una ventana abierta y de un ágil salto quedó al otro lado. Seto lo seguía muy de cerca.
—¡Lobo! —le gritaba mientras corría tras él. A esas alturas se maldijo por no haberle puesto un nombre a la bestia.
El lobezno brincó la cerca que separaba el terreno de Seto de la tierra salvaje al otro lado. Su corazón palpitaba de felicidad al ver la nieve. Estrujó fuertemente el hocico en ella hasta que finalmente se deshizo del bozal y continuó corriendo alegremente. Seto casi lo alcanzaba, jadeaba profundamente.
—¡Lobo! —volvió a gritar y esta vez Jounouchi volteó a ver qué deseaba el humano.
Seto pudo ver claramente que el lobezno se había quitado el bozal y que corría peligro si intentaba atraparlo.
—Cachorro, no me has dejado otra alternativa —murmuró sombríamente. Comenzó a recitar rápidamente uno de los hechizos, pero en su desesperación por atrapar al animal antes de que se le escapara, recitó algunas líneas mal.
Cuando el lobezno vio la luz formarse en las manos del humano, el miedo se apoderó de sus instintos y comenzó a correr aterrorizado tratando de alejarse lo más posible. Pero cuando Seto dejó escapar la energía, ésta lo siguió hasta hacer blanco en su lomo y tumbarlo sobre la nieve.
Continuará...
