Winter Dogs


Capítulo 3


Los personajes de Yugi-oh pertenecen a Kazuki Takahashi.


Avisos: Esta historia contiene BL (Boy's Love), slash o yaoi (male/male). Seto/Joey, Marik/Ryou.


Actualización: 24/nov/2016


Un dolor increíble lo sacudió hasta los cimientos y Joey rodó varias veces antes de detenerse. La luz terminó de envolverlo y luego de unos instantes desapareció, dejando en su lugar una forma humana tirada sobre la nieve.

Cuando Seto se acercó no pudo menos que contener su respiración. Se arrodilló al lado de lo que hasta hacía pocos segundos había sido el lobezno. En su lugar, un joven de rubios cabellos yacía inconsciente, completamente desnudo sobre la nieve. Ryou llegó unos momentos después.

—Seto, ¿qué sucedió? —preguntó Ryou al ver al joven en la nieve.

—Yo… yo lo convertí en humano —le respondió con la voz temblorosa y llevándose una mano a la cabeza sin podérselo creer. Aquello no era lo que tenía en mente.

—Demonios Seto, ¡eso es contra las leyes de los magos! —exclamó Ryou con ojos muy abiertos.

—Lo sé, lo sé. Pero ese no era el hechizo. Te juro que ese no era el hechizo. Me equivoqué —susurró Seto. Ryou no podía creer que su amigo, un mago elite de los mejores, hubiera cometido semejante error. El joven sobre la nieve comenzaba a ponerse rosado donde su cuerpo tocaba la nieve y no quería imaginarse la quemadura que podría agarrar si no lo sacaban de ahí.

—Bien, no sirve de nada quejarse ahora, será mejor llevarlo adentro o morirá congelado —lo animó su amigo.

—Sí —Seto tomó con cuidado al joven y lo levantó en vilo, luego ambos amigos regresaron a la casa.


Joey despertó a la mañana siguiente con un fuerte dolor de cabeza. La luz de la mañana le pegaba directamente en los ojos y trató de cambiar de posición. Todo se sentía tan extraño, el lugar donde descansaba… ¿Por qué estaba sobre su lomo? Él nunca dormía sobre su lomo, era una posición demasiado vulnerable. Buscó de inmediato voltearse boca abajo.

—¿Cachorro? —el sonido de aquella voz se le hacía tan familiar, pero aun así no quiso abrir los ojos. Un olor a frambuesas silvestres llenaba el ambiente—. ¿Cachorro? —nuevamente la voz insistía. La consciencia le fue llegando poco a poco. Recordó haber estado sobre la nieve, el humano tras él gritándole algo. Pero no sentía frío, al contrario, era un calor agradable. Su agudo sentido del olfato le dijo que además de las frambuesas, había fuego cerca.

—¡Fuego! —exclamó y Joey estuvo despierto en un segundo. Una expresión de terror en su rostro. De inmediato unos brazos lo sujetaron en su lugar y una voz serena comenzó a susurrarle palabras tranquilizadoras. No bien se había calmado cuando su mente registró que algo lo sujetaba. Lentamente volteó la cabeza y sus ojos se toparon con aquellos ojos oscuros.

—Humano… —susurró tembloroso. No podía creer que el humano hubiera llegado tan cerca de él sin que se diera cuenta. Quizás era hora de compartir la cacería, no estaba muy seguro. Por lo que olisqueó el aire en busca del olor a carne fresca. Nada. Seto sonrió levemente al ver que el rubio comenzaba a tranquilizarse y sin fijarse, comenzó a acariciar los dorados cabellos.

Con el gesto Joey cerró los ojos. El dolor de cabeza parecía huir ante las caricias del humano y todo se sentía con más claridad.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Seto, esperanzado de que el chico lo entendiera pues lo había escuchado hablar. Joey no contestó, estaba demasiado concentrado en las caricias sobre sus cabellos. Seto volvió a preguntarle, pero esta vez dejó de acariciarlo. Joey se sintió un poco perdido, pero finalmente captó la pregunta.

—Joey —de pronto Joey se quedó viendo al humano fijamente. ¿Cómo era posible que pudiera entenderlo? Había pasado casi una semana con el humano y ahora lo entendía perfectamente, eso no era algo normal.

—Mi nombre es Seto Kaiba. Me puedes llamar Seto —respondió el hombre.

—Seto… —repitió el rubio—. ¿Cómo es que puedo entenderte? —Seto desvió la vista por unos instantes, buscando el valor para decirle lo que había ocurrido.

—Yo… —se sentía como un tonto, no tenía por qué tartamudear ante un lobezno, ¿por qué se sentía tan mal? Después de todo, había sido un accidente—. Yo te convertí en humano —musitó quedamente, pensando que quizás el lobezno no lo escucharía. Pero Joey tenía muy buenos oídos y lo escuchó perfectamente.

—Eso quiere decir que soy… que soy… un… ¿humano? —la habitación comenzó a darle vueltas al pobre de Joey y respirar se le hizo casi imposible. Comenzó a temblar fuertemente y a lo lejos le pareció escuchar que el humano llamaba su nombre repetidamente. Él era un lobo, cabeza dura, sí, pero un lobo de nieve, no un humano.

—¡Bakura! ¡Bakura! —llamó Seto, sabiendo que su amigo estaba cerca. Ryou se apresuró al escuchar la vehemencia en la voz del hombre.

—¿Qué sucede, Set?

—Tráeme dos tranquilizantes del maletín de primeros auxilios, ¡rápido! —exclamó mientras Joey comenzaba a temblar más fuertemente. Ryou se apresuró y tomó dos tranquilizantes del maletín de primeros auxilios que Seto solía guardar en el cuarto de cacería y fue a la cocina, trayendo consigo un vaso con agua. Cuando regresó el rubio comenzaba a perder el sentido.

—Rápido —volvió a apresurarle su amigo. Entre ambos lograron colocar las pastillas en la boca del chico y luego de varios intentos lograron que tomara un poco de agua. Seto lo envolvió con las gruesas cobijas y trató de mantenerlo despierto mientras los tranquilizantes hacían efecto.

—Seto… ¿Crees que sobreviva? Quiero decir… tú sabes por qué está prohibido transformar animales en seres humanos… ¿lo sabes cierto? Suelen perder la razón —comentó Ryou preocupado.

—Estaba bien hasta hace unos momentos —se quejó Seto—, estaba bien hasta que le dije que lo había convertido en humano. Debiste ver sus ojos Bakura, estaba aterrorizado —luego de diez o quince minutos que le parecieron una eternidad el rubio dejó de temblar un poco y comenzó a cabecear levemente. Seto lo acomodó sobre las almohadas y lo volvió a cubrir. Suspiró cansado.

—Por cierto, Bakura, ¿a qué debo la visita? No es usual que vengas a visitarme tan tarde en el día —le preguntó Seto a su amigo. Luego de todo lo sucedido Ryou no había dicho por qué había ido a visitarlo y ya cuando el lobezno logró escapar se le había olvidado siquiera preguntarle.

—Vaya, con toda la conmoción casi lo había olvidado —salió presuroso y Seto lo siguió. Ryou tomó un sobre de encima de la mesa del recibidor y se lo extendió a Seto. En fina caligrafía se podía leer el nombre de Seto Kaiba.

—Es la invitación a la Convención Anual de magos. Recuerda que eres la atracción principal —se burló Ryou agitando el sobre levemente. Solía ir al poblado con más frecuencia que Seto y ya en la oficina de correos le entregaban la correspondencia del hombre que apenas veían y cuya casa no era fácil de visitar.

—Muy gracioso, Ryou. De todas formas, no tengo la culpa de ser el mejor —sonrió con malicia tomando el sobre y rasgando una de las esquinas.

—La convención es en una semana. Pero me parece que quizás no puedas asistir —comentó con una leve sonrisa el joven. La confusión en la cara de Seto valía oro.

—¿Por qué no? —preguntó con molestia al no entender lo que su amigo intentaba decirle.

—Porque tienes un pequeño problema… un problema rubio, de ojos dorados, que ahora mismo está descansando en tu cuarto —sonrió el albino.

—Demonios —Seto se llevó una mano a la cabeza con molestia—. Bueno… eso es si sobrevive —murmuró con lentitud. Nuevamente volvió a su ánimo anterior—. ¿Qué voy a hacer, Bakura? ¿Cómo evito que el cachorro enloquezca?

—No tengo idea, Set. Quizás si encuentras una forma de revertir el hechizo… —dijo indeciso.

—No existe forma de revertirlo, convertir animales en humanos está prohibido, porque ningún animal ha sobrevivido. Por esa misma razón no se preocuparon por inventar una forma de revertirlo —suspiró exasperado.

—Pues entonces… El gran Seto Kaiba, el mejor de todos los magos, tendrá que descubrir la forma de revertir el hechizo —lo retó su amigo.

—Imposible antes de que vuelva a despertar. Y mantenerlo dormido hasta que descubra la forma de hacerlo sería otro error —se quedaron pensando un rato en silencio, pero la mente de Seto estaba en tantos lugares a la vez que le era difícil pensar.

—Entonces hay que descubrir la forma de mantener su cordura hasta que descubras el hechizo —Kaiba le devolvió una mirada llena de incredulidad a su amigo—. Oh, vamos Set, eres el mejor en todo. Esto no puede ser tan difícil —lo animó—, seguro que puedes con esto. Además, ¿qué diría Mokuba si se entera que su hermano se ha dado por vencido tan fácilmente? —Ryou siempre tenía una forma de animarlo.

—Gracias, Ryou —ambos sonrieron tímidamente, luego Ryou se despidió y Seto regresó a donde descansaba Joey.

Acarició los mechones de rubios cabellos que se desparramaban sobre la frente del chico que dormía plácidamente por efecto de los calmantes. Meditó por largo tiempo mientras pensaba en todas las posibilidades existentes para conservar la sanidad del lobezno.

—Una ilusión. Si le hago pensar que aún es un lobezno quizás tenga el tiempo suficiente para convencerlo que volverse humano no es tan malo como piensa, o al menos convencerlo que es algo temporero —Seto se permitió una pequeña sonrisa. Buscó entre las cobijas hasta que sus dedos tocaron el collar púrpura que le había colocado al lobezno desde el primer día que lo atrapara y que continuaba en su lugar. Recitó unas palabras y la recámara de Seto se conformó en una réplica exacta de la habitación donde había tenido al lobezno. Repasó algunos detalles en su mente y finalmente soltó el collar. De inmediato su recámara apareció.

Mientras el lobezno tuviera el collar la ilusión seguiría en su lugar. Se vería a sí mismo como un lobo en la habitación.

—Espero que funcione —suspiró mientras observaba la sombra de la ilusión sobre Joey como si fuera el fantasma del blanco lobezno.


Joey despertó con una extraña sensación en todo el cuerpo, como si algo no estuviera bien. Observó sus alrededores y sus instintos comenzaron a enviarle señales encontradas. Sacudió la cabeza para aclararla y pudo ver sus blancas patas resbalar en el piso. Era obvio que se encontraba nuevamente en la habitación aquella donde el humano llegaba y compartía con él su cacería del día. Un profundo bostezo se escapó de su hocico. Joey no sabía por qué la extraña sensación continuaba. Era como si sus ojos le dijeran una cosa y sus sentidos le dijeran otra. Un lejano perfume a frambuesas silvestres le trajo a la memoria el olor del humano.

—¿Será hora de comer? —se preguntó. Miró a su alrededor, pero sus ojos solo le mostraron la habitación. Al menos ya no estaba tan confinado como los primeros días. Nuevamente el olor a frambuesas silvestres. Joey se levantó y caminó silenciosamente hasta donde sentía el olor. Llegó hasta la puerta de la habitación y olisqueó los bordes por donde entraba algo de aire.

—Seguramente el humano está del otro lado —se dijo a sí mismo.

Joey no podía saberlo, pero Seto estaba allí con él. La ilusión que había fabricado le permitía esconderse de los sentidos del rubio. Así mismo podía escuchar todo lo que decía en voz alta. El moreno se había sorprendido cuando Joey había llegado justo frente al lugar donde estaba escondido a pesar de que no podía verlo.

El rubio continuó dando vueltas por la habitación hasta que su estómago produjo un gruñido de incomodidad.

—¡Vaya! ¡Sí que tengo hambre! Ojalá Seto llegue pronto… —Joey se detuvo en seco y ladeó la cabeza graciosamente—. ¿Desde cuándo el humano se llama Seto? —se preguntó confundido. En su escondite Kaiba contuvo la respiración—. No importa, ese nombre le queda —se encogió de hombros y resumió su ir y venir. Seto respiró aliviado y con una sonrisa satisfecha salió de la recámara. Era hora de llevarle la comida al lobezno.

Al poco rato regresó con un plato lleno de carne de conejo, pero esta vez había cocido la carne, no iba a dejar que el cuerpo humano de Joey se enfermara. Abrió la puerta y de inmediato pudo ver cómo Joey lo observaba fijamente. No llevaba los guantes, no era necesario, pero de todas formas iba a ser cuidadoso. Se acercó un poco y se sentó en el piso, en la ilusión Joey lo podía ver como si estuviera a su altura. Seto entonces tomó un pedazo de carne y se lo ofreció a Joey. Una enorme y diáfana sonrisa iluminó el rostro del rubio y Seto casi perdió el sentido de la realidad, la ilusión del lobo sólo había movido un poco la cola.

—¡Comida! —y se acercó con aquella gracia que le era tan natural, sentándose frente a Seto. Pasaron unos segundos y Seto continuaba absorto con la sonrisa. Joey ladeó la cabeza para un lado y para el otro—. ¿Será que le pasa algo? —al escuchar la voz del rubio Seto volvió a la realidad y con algo de torpeza extendió el pedazo de carne hasta los labios de Joey.

Con delicadeza el rubio acercó los labios y mordió el pedazo de carne substrayéndolo de sus dedos. Masticó unos segundos y se relamió graciosamente.

—Sabe diferente —murmuró—, pero me gusta —volvió a sonreír. Esta vez Seto tuvo un poco más de control y recordó ofrecerle otro pedazo de carne al lobezno.

Seto estaba como hechizado. Sus ojos no se apartaban de los labios de Joey cada vez que se acercaban a su mano, los veía abrirse y veía cómo aquella sonrosada lengua quitaba cada pedazo de carne. La copa que colmó el vaso fue cuando el plato estaba casi vacío y Joey se acercó un poco más, justo en el momento en que tomó la carne.

Joey no se apartó de la mano de Seto esa vez, sino que luego de masticar cuidadosamente el pedazo, se acercó y comenzó a lamer suavemente los dedos de Seto tal y como hubiera hecho una mascota a su amo agradeciéndole sus cuidados y con esa sensación de intimidad que da el saber que ya no queda nada que justifique el contacto, pero éste sigue ahí. Seto sintió que toda la piel se le erizaba y sus ojos se quedaron fijos en el rostro de Joey mientras continuaba lamiendo sus dedos. ¿Sería posible que finalmente el lobezno se hubiera rendido por completo a su voluntad?

Tuvo que recordarse que tenía que respirar y luego tuvo que recordar que aún quedaba otro pedazo de carne en el plato que debía ofrecer. Con las manos temblorosas tomó la carne y se la ofreció al lobezno, la misma demostración de confianza de unos momentos se volvió a repetir y Seto se sintió agobiado por tantas sensaciones a la vez.

Joey sonrió cuando terminó y se quedó viendo a Seto con curiosidad. El humano estaba tan quieto que Joey se comenzó a preocupar. Nuevamente aquel gesto tan gracioso de ladear la cabeza a lado y lado.

—¿Se sentirá bien? —Joey estaba lleno de curiosidad, nunca había estado tan cerca de un humano y adicional carecía de la desconfianza natural de un lobo adulto. Además, este era el humano que acababa de compartir su cacería con él. Se acercó al rostro de Seto, quien abrió los ojos levemente y se reclinó hacia atrás tratando de alejarse. Pero mientras más se esforzaba Seto por alejarse, más se acercaba Joey hasta que finalmente Seto se fue de espaldas con muy poca gracia.

Seto cerró los ojos avergonzado, pero no hizo ademán de levantarse. Al abrirlos nuevamente pudo ver a Joey observándolo desde arriba con algo de preocupación. Su aliento quedó atrapado en su pecho. Ante sus ojos estaba la visión más perfecta que su mente había registrado en toda su vida.

—¿Estás bien? —susurró Joey mientras acercaba su rostro al de Seto, respirando el aroma a frambuesas silvestres. El pobre de Seto Kaiba continuaba sin poder articular palabra alguna. Joey preocupado, se agachó e hizo lo que cualquier mascota haría al tratar de llamar la atención de su amo, con cuidado… comenzó a lamerle la mejilla mientras lo empujaba suavemente. Seto dejó escapar un sonido ahogado de sorpresa. Tan perdidos estaban sus sentidos, concentrado en lo que Joey estaba haciendo que no escuchó la voz de Ryou llamarlo desde el interior de la casa ni tocar a la puerta de la recámara.


Continuará...