Ilusiones
Se dice que la naturaleza de Buda es inherente a todos los seres vivientes, desde los insectos de la escala inferior hasta los dioses más elevados. Sin embargo, debido a nuestra forma de pensar confusa estamos como en un sueño, por eso todos los fenómenos internos y externos que experimentamos son irreales.
Sólo cuando nuestro pensamiento confuso cese, despertaremos de nuestro sueño y percibiremos nuestra verdadera naturaleza. En ese momento nadie nos podrá decir que estábamos durmiendo, porque lo sabremos a través de nuestra propia experiencia.
Cuando despertemos, no habremos perdido nada, pues todo a lo que nos apegábamos era falso; tampoco ganaremos nada, pues nuestra naturaleza pura y brillante, inherente a cada uno de nosotros, nunca habrá sido perdida, simplemente olvidada.
En definitiva "lo real" no es más que una ilusión, las mismas de las que compone la vida y el infierno de sufrimiento que llamamos Samsara.
Curiosamente, este Sutra(1) de Buda fue lo primero que me vino a la mente cuando desperté de golpe esa mañana.
Otra noche y otro sueño bizarro. Sé que todo sueño, por definición, es extraño y carente de sentido, pero los que había tenido últimamente ya no poseían ese elemento de insustancialidad que caracteriza a estas alucinaciones nocturnas.
Todo parecía tan… real, lo suficiente como para recordarlos varios días después.
Me levante aún somnolienta y comencé mi jornada de forma rutinaria y aburrida, como ya había sucedido durante la última semana. Sin embargo, decidí que ese día sería diferente...
El problema es que no sabía cuán diferente sería.
Mientras tomaba mi desayuno, contemplé la caja de Pintor, que reposaba tranquilamente junto a mi cama, reparando por primera vez la fina capa de polvo que la cubría. Era cierto, no la había utilizado desde los Juegos Vestales y casi se había convertido en un bonito adorno, más que en un instrumento de batalla. Reprochándome por mi injustificada negligencia, por muy pocos ánimos que tuviera por esas fechas, engullí los últimos bocados de pan y procedía a desempolvar con la mano la superficie de la Caja de Pandora.
Era el momento de asumir mis responsabilidades.
Llamé a Pintor, la que no tardó ni un segundo en cubrir mi cuerpo. Sin embargo, a diferencia de la primera vez que la vestí, sentí que las láminas de metal me restringían un poco el movimiento y, aun más extraño, percibí que estaba un poco ansiosa…
¿Una "cosa" puede estar ansiosa?
Sabía que poseían vida, pero nunca imaginé ni en mis sueños más locos que pudieran tener algo parecido a los sentimientos.
Encendiendo un poco mi Cosmo para que no me agobiara, salí de mi cabaña rumbo al Coliseo para entrenar un poco.
Sin duda, una de las ideas más tontas que he tenido en mi vida.
OOOOOOOOOOOOOOO
- ¡Vaya¡Quien diría que en este Santuario habría carne de primera!
Dejé de hacer mis estiramientos, encontrando con un chico un poco mayor que yo, de cabello rubio cenizo, facciones bien definidas y ojos verdes, a menos de un metro de distancia., con la vista clavada en mi parte posterior. Inmediatamente me erguí y le hice frente, pero el simplemente me examinó de abajo a arriba lentamente, hasta que por fin se dignó a mirarme a la cara. Orgullosamente se colocó las manos en su cintura con un gesto bastante teatral, con la clara intención de que notara los destellos azules de su armadura de bronce: Eridanus (2)
- No deberías estar por allí estirándote de esa manera, una pieza de tan buena calidad no se deja a merced de los buitres -comentó haciendo un gesto hacia unos tres soldados de bajo rango que se dispersaron de inmediato con cierto nerviosismo-. Pero estás de suerte, porque hoy me siento generoso y tengo una especial debilidad por esa piel tan deliciosamente tostada, así que... ¿te gustaría entrenar un poco conmigo?
Suspiré, cansada.
- No, gracias -contesté secamente, antes de intentar girar hacia mi derecha, pero de pronto un brazo enfundado en un guante índigo me cortó el paso.
- A un hombre no se le deja hambriento, dulzura -insistió.
- Entonces ve al comedor antes de que lo cierren -razoné sosegadamente-. Tal vez así dejes de hablar de comida y logres concentrarte en el entrenamiento.
Su rostro se contorsionó un poco ofendido, pero poco después volvió a su actitud altanera.
- Así que te haces la difícil...
- Adriano, no juegues con su paciencia -le advirtió un muchacho albino a unos pocos metros de distancia-. Ella es una Amazona de Plata.
- Igual, seré amable con este bomboncito -dijo con toda la tranquilidad del mundo-, no queremos que se maltrate¿verdad? -concluyó intentando tomarme la barbilla, aunque desvié su mano de un guantazo antes de que lo lograra.
- ¡Serás idiota! -insistió su amigo con fastidio-. No vengas llorando cuando te devuelva a Etiopía de una patada. Además, su Maestro es--
- No seas dramático, Sven, que importa quien sea su Maestro, es sólo es una chica -le interrumpió haciendo una mueca de desdeño ante los bufidos exasperados de su amigo, para luego volverse hacia mi haciendo un guiño-. Además, quizás te pueda enseñar un par movimientos.
Le miré fijamente, mientras el parecía esperar una respuesta de mi parte con una sonrisita de autosuficiencia, casi arrogancia que finalmente logró molestarme, así que tomé la única opción que me parecía lógica en ese momento: giré sobre mis talones ignorándolo completamente, cosa que aparentemente no le agradó en lo más mínimo.
Nuevamente se interpuso en mi camino, pero esta vez encendió levemente su Cosmo.
- No me dejarás ir hasta que te preste atención¿verdad? -suspiré.
- Te reto a un combate, aquí y ahora -exclamó con pompa, señalándome con el dedo a pocos centímetros de mi cara.
De pronto, para mi total bochorno, noté que todos habían abandonado sus prácticas y concentraban su curiosidad en nosotros, incluyendo a Marin de Águila y Sven, que ahora miraba al cielo como quien pide paciencia.
- ¿Y si me niego?
- Pues quedaría demostrado que tu Maestro es un mariquita debilucho que sólo te enseñó a huir. ¡Ja! Seguro que es un llorica que pide clemencia cuando tiene que luchar de verdad.
Y finalmente lo consiguió, no sólo tenía toda mi atención puesta en él, si no que además había convertido todo este intrascendente asunto en una cuestión de honor. Entrecerré los ojos con el más absoluto desprecio, viendo al insignificante ser que había osado referirse de esa forma a mi Maestro, el Santo más poderoso de la Orden y uno de los Doce Caballeros de Oro, dispuesta a hacerle tragar toda la arena del Coliseo si era necesario para que aprendiese el significado del respeto.
- Mi Maestro es Shaka de Virgo, insolente, así que alguien como tú debería cuidar su lengua -siseé colocándome en una postura defensiva-. Y acepto el reto.
- ¡Pues entonces comencemos!
Acto seguido comenzó a lanzar una lluvia de golpes en todas direcciones, tratando de alcanzar mi cara, estómago y pecho. Un paso hacia atrás, un movimiento rápido de mi torso hacia los lados o un salto bastaban para esquivarlo con facilidad, hasta que opté por simplemente detener uno de sus puños con mi mano.
La pelea se interrumpió por unos segundos, tensando nuestros músculos en un intento de doblegar al otro, observándonos fijamente, examinándonos, desafiándonos silenciosamente.
- Eres bastante lento -comenté.
- Apenas estoy calentando -dijo sonriendo-. Y debo decir que no lo haces nada mal... para ser una chica.
- No deberías subestimar a tu rival de esa forma.
- ¿Rival¿Cuál rival? Yo sólo veo una gatita que aún no sabe lo que es un hombre de verdad. Pero no te preocupes, yo me ofrezco de voluntario.
- ¿Y tú acaso sabes qué es ser un hombre de verdad?
Inmediatamente solté su puño y cogí su muñeca con ambas manos, atrayéndolo hacía mí y utilizando su propia fuerza para proyectarlo con tal ímpetu contra el suelo, que logré agrietar seriamente, con un simple movimiento de Aikido. Me alejé con prontitud saltando hacia atrás, impulsándome con las manos y finalmente deteniéndome a una distancia prudencial, justo en el momento en que comenzó a levantarse.
- Así que te gusta jugar rudo¿eh? -gruñó mientras algo de sangre comenzaba a correr por su frente-. ¡Pues se acabó el chico amable¡Caída de Faetón!
Le vi saltar y encender su Cosmo al máximo, haciendo un mortal en el aire para descender convertido en una auténtica bola de fuego naranja, cuyo objetivo era yo.
Llamativo, sí. ¿Peligroso? No realmente. Nada que un tenue Khan no pudiera detener...
- Qué... - susurré abriendo los ojos tanto como pude.
- ¡¿Pero qué demonios…?!
De la nada había aparecido una columna de mármol blanco entre nosotros, como las que abundaban en el Santuario. Salí de mi pasmo inicial en el instante en que me di cuenta que el pilar estaba bloqueando mi campo visual, por lo que rápidamente me moví hacia mi izquierda manteniendo mi postura defensiva, justo a tiempo para ver cómo el rubio se desestabilizaba en la mitad de su descenso y se estrellaba contra el fantasmal poste, desplomándose aparatosamente en la arena del Coliseo.
Se recuperó rápidamente, aunque se le apreciaba bastante golpeado, y ambos notamos, con igual estupefacción como la dichosa columna había desaparecido sin dejar el más mínimo rastro. Las exclamaciones de asombro que escuche a nuestro alrededor, confirmaron que no éramos los únicos que la habíamos visto.
¡Tonta¿Cómo no me di cuenta desde un primer momento que era una ilusión? Sin embargo, yo no la había convocado. Desvié un segundo mi mirada hacia mi mano derecha, colocando mi atención en el guante de la armadura.
Quizás… ¿Pintor podía hacerlo?
- ¡Tramposa! -gritó en ese momento Adriano, mientras se limpiaba un hilo de sangre que salía de su boca-. Estás usando trucos para engañarme y no enfrentarte a mí¡eres una cobarde!
- Es una batalla de uno contra uno y sin armas, sólo tenemos nuestros Cosmos, Armaduras y técnicas. Así que estamos en igualdad de condiciones -contesté-. Sabías que era una Amazona de Plata cuando me retaste, así que asume las consecuencias y no me culpes por tu debilidad.
- ¿Qué pasa, Adriano¿Una niñita te da miedo? -gritó un aprendiz que nos observaba-. ¡Ja! Siempre supe que peleabas como nenita -y pronto estallaron varias carcajadas, seguidos por coros de "nenita, nenita".
Fruncí el seño. Ahora el Santo de Eridanus estaba furioso, casi histérico, ante las burlas y su volátil temperamento comenzó a reflejarse en un Cosmo que exudaba auténtica ira. Me coloqué en guardia esperando su primer ataque, que súbitamente se materializó en un estallido de Cosmo que logré esquivar, percibiendo que ahora nuestro encuentro no sería tan "amistoso" como en un principio.
Adriano había aumentado su velocidad y fuerza considerablemente, pero su técnica había decaído en la misma proporción. Luchaba sin ninguna estrategia, sólo se estaba limitando a lazar golpes con la esperanza de que alguno me alcanzara.
Y en ese estado era una presa fácil.
Sin embargo, no quería utilizar ninguna de mis técnicas siendo observada por tantas personas, además, la mayoría de ellas, como el Sakti o el Tenbu Horin, son demasiado mortíferas como para usarlas en un simple entrenamiento.
Aunque mi oponente hubiera perdido hasta el más mínimo vestigio de autocontrol.
Tal vez si conseguía inmovilizarlo...
Súbitamente, decenas de estatuas de Buda de pie emergieron de la arena rodeando a un intimidado Adriano, altas, grises, mohosas y gastadas, como las de los relieves del Templo en la India. Asustado, comenzó a destruirlas a golpes en un intento desesperado de salir de ese cerco espectral, al tiempo que yo me frustraba cada vez más, al no poder encontrar un buen ángulo para atacarle gracias a las efigies del Iluminado.
Ya no me importaba si las creaba Pintor, mi subconsciente o alguien más, esas ilusiones me estaban dificultando cualquier movimiento o técnica que quisiera realizar.
¡Tenía que terminar esta pelea ahora!
Desesperada, rodeé la barrera de Budas, en la dirección en que percibía el Cosmo de Eridanus aproximándose al exterior, seguido por explosiones y polvo. Y finalmente lo vi, destrozando la última imagen que lo separaba de su libertad, agotado, aunque con expresión realmente aliviada en su cara.
Aumenté aún más mi velocidad y salté sobre Adriano, con el brazo derecho extendido y los dedos de la mano unidos, como si se tratara de una espada. Giró un poco la cabeza al detectar mi presencia, revelando un rostro pálido como la muerte y los ojos verdes desorbitados, con la expresión de quien se sabe perdido, justo antes de que descargara el golpe final en su nuca.
El crujido me erizó la piel, al tiempo Adriano me miraba de reojo fijamente, inmóvil en la posición en que lo había alcanzado, hasta que por fin cerró los ojos y perdió la conciencia, cayendo de rodillas antes de desplomarse por completo de cara al suelo, levantando un poco de polvo. Al igual que todas mis peleas anteriores, la derrota de mi oponente fue seguida por un profundo silencio, el cual sólo era roto por viento.
Intenté recuperar el aliento cuando me di cuenta de que todo terminó. Controlé mi respiración rápidamente y sequé el sudor de mi frente, cansada y frustrada por la que había sido la lucha más insólita de toda mi vida.
Pero al final, lo derroté, como era mi deber.
Instintivamente alcé mi mirada hacia las gradas, sin esperar nada. Pero en la mitad de ellas, pude percibir el inconfundible destello dorado de una Armadura Zodiacal. Contuve la respiración con cierta ansiedad y agudicé la vista, intentando identificar de quién era, mientras una tenue esperanza comenzaba a formarse en contra de mi voluntad.
Tal vez... tal vez podría ser...
No, se trataba de Dohko de Libra, el cual observaba todo fijamente con los codos apoyados en las rodillas, aparentemente muy interesado en nuestra pelea. Quizás pudo ser por la distancia, pero casi pude percibir que una leve sonrisa se formaba en sus labios cuando hicimos contacto visual, justo antes de ponerse de pie y retirarse del lugar.
Alcé una ceja cuando le vi marcharse. ¿Por qué habría sonreído?
Y aun más importante¿por qué yo todavía miraba hacia las gradas?
Supongo que era cuestión de costumbre. Después de cualquier pelea buscaba algún signo de aprobación en la las rígidas facciones de mi maestro, pero nunca lo encontré. Ahora, rota la única conexión que nos unía como Maestro y alumna, parecía muy natural que ya no estuviese allí, así sea como un simple espectador, porque una vez terminado mi entrenamiento bien poco debía importarle lo que hiciera o dejara de hacer.
¿Por qué me es tan difícil aceptar mi situación? Defender a Athena, es lo único a lo que debo aspirar de ahora en adelante y nada más.
Por mucho que duela.
Dejé a Adriano siendo atendido por sus compañeros y me dispuse a salir del lugar dando por terminado mi entrenamiento aquel día. Suficientes problemas me había dado Pintor en esta pelea, así que debía ir a Aries lo más pronto posible para que reparara la armadura, antes de que suceda algo peligroso...
O terriblemente vergonzoso.
- Esta no será la primera, ni última vez que algo así suceda. Siempre habrá alguien que ponga en tela de juicio nuestras habilidades por ser mujeres -me dijo una voz a mi izquierda. Me volví de inmediato encontrando a Marin de Águila parada a poco más de un metro de distancia, con los brazos cruzados y con una severa mirada clavada en el rubio, mientras éste era llevado por sus amigos hacia sus barracas-. Pero debo admitir que lo manejaste muy bien. No dejaste ninguna duda sobre el poder de una Amazona de Athena, salvaste tu honor y fortaleciste tu derecho de portar una armadura -concluyó, mientras se giraba un poco para mirarme-. Bien hecho, Padma.
Me quedé petrificada, mientras intentaba descifrar si estaba bromeando o algo por el estilo; pero no, Marin no era del tipo de persona que bromeara y su gesto totalmente serio me convenció de que se trataba de un cumplido. Yo no tenía idea de cómo contestar o qué hacer, era la primera vez en mucho tiempo que alguien me elogiaba. Notando como toda la sangre se me subía a la cabeza, sintiéndome completamente desconcertada, sólo atiné a hacer una pequeña reverencia y balbucear un "gracias" que estoy segura no llegó a entender, antes de salir, por no decir huir, del Coliseo.
De pronto me sentía agobiada, aunque a medida que me alejaba del lugar, notaba como mi andar se hacía más ligero y una agradable sensación de bienestar me invadía.
Y es que poco a poco comenzaba a comprender... que había todo un mundo más allá de las columnas de Virgo.
OOOOOOOOOOOOOOO
La Primera Casa, Aries.
Era la primera vez que me acercaba a la Colina Zodiacal desde que me había marchado de Virgo, pero sobretodo, finalmente descubría los detalles que hacía a cada una de las Doce Casas única y capaz de reflejar la personalidad de cada signo.
Con cada paso que daba al interior del Templo del Carnero con mi Armadura a cuestas, me daba cuenta de que era el más iluminado de los seis Templos que conocía. Poseía una agradable luz tenue, como la que se cuela entre los árboles, que junto con el aura pacífica del lugar, irradiaba el carácter tranquilo de Mu de Aries.
Era un ariano bastante atípico, todo lo contrario a...
- ¡Paaaaaaaaadma! -fue lo único que logré escuchar antes de que algo se estrellara contra mi espalda y me abrazara por la cintura con fuerza.
Suspiré quedadamente, mirando al techo. Athena, dame paciencia.
- ¿Kiki, sabes lo que es el espacio personal? -pregunté, mientras me volvía a verle.
Un par de puntitos se alzaron y unos enormes ojos violetas parpadearon un par de veces, antes de fruncir el ceño en actitud pensativa y aflojar un poco su abrazo.
- No, no lo sé -dijo al cabo de un par de minutos en los cuales no me soltó, para luego mirarme con una gran sonrisa-. ¿A qué viene la pregunta?
Entrecerré los ojos y observé detenidamente aquella carita de no haber roto un plato que había puesto. Hay una delgada línea que separa a los muy inocentes de los muy descarados, y por lo visto Kiki estaba justo en medio.
- Ya no importa -contesté sin ánimos de discutir, sacudiendo un poco aquella melena roja con resignación-. ¿Sabes dónde esta tu Maestro?
- Aquí -se escuchó la inconfundible voz de Mu de Aries resonar contra las columnas del Templo.
Kiki finalmente dejó de abrazarme y tomó una postura más seria, al tiempo en que el Santo Dorado se acercaba a paso calmo hasta nosotros. De pronto, recordé la leyenda negra que se había tejido alrededor de su raza en Nepal, historias de miedo y superstición que se nos contaba desde niños, y que ahora me parecían más ridículas que nunca. Y es que viendo los profundos ojos violetas del Guardián de la Primera Casa y su enigmática sonrisa, no podía sentir más que respeto.
Intriga, quizás. ¿Pero miedo¡Jamás!
- Namaskar -saludé de inmediato, juntando las palmas de mis manos como era costumbre en la India-. Aap kaise hain, Mu ka Maysh? (3)
- Main thik hun, dhanyavad (4) -respondió, para luego cruzarse de brazos-. Pero no tienes que ser tan formal, con "namasté" es suficiente -asentí. Alzó los puntitos con cierta sorpresa cuando notó la Caja, que ahora reposaba a mi lado-. ¿La armadura ya sufrió algún daño importante?
- No, pero he tenido algunos problemas.
- ¿Qué clase de problemas? -preguntó al tiempo que se arrodillaba junto a la Caja.
Encendió un poco su Cosmo y enseguida el cofre de metal que resguardaba a Pintor, se abrió revelando su contenido. Le conté lo sucedido durante la pelea, de cómo surgían ilusiones sin que yo las hubiera convocado y como habían afectado mi capacidad de defender y atacar, además de las extrañas formas que habían adoptado. Mu escuchó atentamente, asintiendo a veces o preguntando por algún detalle adicional, mientras examinaba cuidadosamente la superficie brillante de la armadura. Kiki, por su parte, seguía todo lo que sucedía con mucho interés.
Finalmente irguió la espalda.
- Bien -dijo volviéndose hacía mi-. Ya sé lo que sucede.
- ¿Entonces la puede reparar?
- No, porque no hay nada qué reparar -respondió para luego posar su mano sobre la armadura-. En realidad, esto siempre sucede cuando una Armadura tiene un nuevo dueño. Cada Ropaje Sagrado tiene su propia personalidad y esto también influye en cómo escoge a su portador, a veces es por compatibilidad, a veces por la virtud del Santo o incluso por simple capricho -concluyó, un tanto ausente-. Siempre hay un período de adaptación en el que ellas pueden ser un estorbo más que una ayuda, o incluso poner en riesgo tu vida. Pero Pintor no es una Armadura que dé muchas complicaciones, sencillamente es cuestión de que te acostumbres a la Armadura y ella a ti.
- Entiendo -murmuré sintiéndome un poco frustrada-. ¿No hay forma de evitar Pintor cree ilusiones por su cuenta hasta que eso suceda?
- Será cuestión de práctica y meditación, aunque sería bueno que buscaras algún lugar solitario, para evitar inconvenientes -señaló-. Al igual que las obras de un artista, Pintor podría revelar mucho más de ti de lo que desearías mostrar a través de las ilusiones, por lo menos, mientras no la puedas controlar debidamente.
Pasé mi mirada del Lemuriano a Pintor, sintiéndome por primera vez verdaderamente alarmada.
Estaba conciente de que estos "Ropajes Sagrados", tenían una función que iba más allá de la de proteger el cuerpo de los Guerreros de Athena, sin embargo, nunca imaginé que llegaran tan lejos como para exponer ante los demás parte de mi alma. En instantes mi visión sobre esa hermosa y aparentemente inofensiva escultura de plata, orichalcum y polvo de estrellas había cambiado drásticamente.
Debía aprender a usarla lo antes posible.
Movía la cabeza dubitativamente. Conocía muy poco del Santuario y la mayoría de los lugares a los que había ido estaban atestados de gente, así ya podía dar por descontado el Coliseo.
El Jardín de los Saras sería un buen lugar, pero...
No, no quería encontrarme nuevamente con él en circunstancias tan vergonzosas, menos con la posibilidad de que mi propia Armadura me jugara una mala pasada.
- Hay un lugar que te puede ser útil -intervino Kiki, señalando hacia el oeste-. Está más allá de Cabo Sunion y casi nadie va hasta allá, sólo tienes que caminar por la playa hasta llegar a un cañón, al cruzarlo, encontrarás un pequeño bosque -colocó sus brazos detrás de la cabeza, entusiasmado-. Esta en los límites del Santuario, así que es raro que los santos o los habitantes de los pueblos vecinos se acerquen a ese sitio.
Atónita, solo atiné a asentir ante la sugerencia del pequeño pelirrojo.
Ahora estaba completamente convencida: los Lemurianos son capaces de leer la mente... o mi cara de preocupación era muy evidente.
Sin más que decir y tomando nota mental sobre controlar mejor mis gestos, me despedí de los arianos y emprendí el camino al lugar señalado por Kiki, no sin que antes Mu de Aries me diera una última advertencia.
- Todo inicio es difícil, así que no desesperes si no lo logras en tu primer intento -fue lo que dijo antes de desaparecer en el interior de su Templo
OOOOOOOOO
Un año, en tan sólo un año, todo lo que fue seguro en mi mundo durante más de ocho años desapareció sin dejar rastro, como si tratara de una ilusión, de un simple espejismo. El cambio había llegado a ser tan repentino que por un momento dudé que hubiera sido real y llegué a preguntarme si todo aquello que recordaba no era más que un sueño particularmente vivido.
Dejé la enorme jarra de agua en el suelo y me senté a descansar un momento.
Estaba realmente agotada. Aquella mañana me había levantado antes del amanecer para caminar hasta el pozo más cercano en busca de agua, a no menos de dos horas a pie a través de los sinuosos y traicioneros caminos de las montañas, para luego esperar a que las mujeres que llegaron primero llenaran sus vasijas.
Sin embargo, me tomé la libertad de contemplar por unos minutos el cielo perfectamente despejado que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, azul y lila, gracias a los primeros rayos del sol que se asomaban entre las montañas del Himalaya, iluminando el Valle de Katmandú. Un viento helado golpeaba como dagas contra mi cara y enfriaba mis manos, mientras yo intentaba calentarlas soplándolas.
Sin quererlo, me concentré en mis manos y brazos, marcadas con intrincados dibujos de henna, que cualquiera hubiera considerado hermosos, pero que para mí significaban un destino peor que la muerte. Supuestamente atraían la felicidad, la fertilidad y la abundancia, aunque para mí eran más bien estigmas que no se borrarían en un mes, para asegurarse de que yo no pudiera escapar; y de hacerlo, ser reconocida como una prófuga.
Porque, aunque no hubiera amor o si quiera el deseo de los padres de que sus hijos tuvieran una vida mejor, en Nepal el matrimonio era una institución sagrada... o una rentable venta. Así, a mis doce años recién cumplidos, tenía la edad perfecta para ser la esposa de un viejo amigo de mi padre.
Sólo me quedaban tres días y todo estaría perdido...
- Sé que debo resignarme -susurré, recordando los consejos de mi madre al tiempo que apretaba los puños-. Aunque nunca podré hacerlo...
Una presencia...
Me coloqué de pie, mirando hacia el oeste, completamente atónita, porque de ese lugar parecía emerger una luz... no, un auténtico sol que iluminó las montañas con un brillo dorado, más potente que el del astro rey que en ese momento se elevaba a mi espalda. Era un poder inmenso, un poder más grande que el Taleju Bhawani (5), que lo cubría todo bajo su velo protector, cálido, calmo…
Y divino.
Sentía que me llamaba, que me atraía hacia ella como si el viento mismo me arrastrara y una sensación de apremio me invadió, debía llegar a ella, debía llegar cuanto antes, pero no podía, no tenía la forma de hacerlo. Pero¿quién era "Ella"¿Dónde se encontraba¿Por qué debía ir hasta "Ella"? Abrumada, caí de rodillas notando por primera vez que de mi cuerpo brillaba con una luz muy tenue de color rojizo que parecía emanar de mi piel.
Con desesperación vi como aquel sol de occidente se apagaba y su poder se extinguía al mismo tiempo.
Y que con ella también se iban todas mis esperanzas.
- ¡¿Quién eres?! -grite al viento, sin esperar respuesta.
- Ella es Athena.
Me volví inmediatamente, buscando el origen de aquella voz. Tan sólo pude distinguir una oscura silueta humana parada frente al sol naciente, vestido con una capa agitada por el fuerte viento. Como un fantasma, se aproximó a mí en medio de la incipiente luz del amanecer y me extendió la mano.
Sin embargo yo me paré con lentitud y retrocedí un par de pasos, sin saber qué pensar de este desconocido.
¿Como podía saber que sería la primera persona que me daría la oportunidad de elegir mi destino?
- ¡¿Qué quieres?! -exclamé, despertando repentinamente por segunda vez en ese día.
Miré a ambos lados asustada y confundida, al encontrarme acostada en el suelo de aquel olvidado bosquecillo a las afueras del Santuario, en Grecia, muy lejos de las Montañas de Nepal.
Traté de incorporarme, pero después de un par de pasos vacilantes volví a caer de bruces contra el suelo. Con el corazón a punto de estallar, me llevé las manos a la cabeza y cerré los ojos deseando que todo dejara de dar vueltas a mi alrededor, antes de que terminara por devolver todo lo que había comido ese día.
Jamás me había sentido tan mal después de meditar, de hecho, esto nunca me había sucedido. Y no lo digo sólo por el impresionante mareo que me impedía levantarme, ni por la migraña que me hacía huir del más mínimo indicio de luz, ni siquiera por la posibilidad de sufrir un infarto, sino por lo que acababa de ver.
O mejor dicho, lo que acababa de crear.
"Todo comienzo es difícil…"
- No hay mejor forma de decirlo, Mu -susurré, hecha un ovillo en el suelo.
Ya era obvio que la opción más inteligente y la única que me quedaba, era quedarme donde estaba y esperar a sentirme mejor. Lo que no me gustaba de esto, es que me dejaba completamente ociosa y con demasiado tiempo para pensar.
Porque inevitablemente mis reflexiones llegaban a la misma conclusión.
Las ilusiones siempre fueron mi especialidad, fue lo que aprendí con mayor facilidad y lo que más rápidamente perfeccioné, llegando a confundir los sentidos de mis compañeros, a tal punto, que les era imposible diferencial entre lo real y lo que yo había creado. Sin embargo, hasta este momento solo hacía cosas pequeñas, a lo sumo podía distorsionar la realidad dentro del Templo de Virgo. Jamás imaginé llegar a recrear todo un paisaje como lo hacía mi Maestro.
Y menos en un espacio abierto como este bosque.
- Supongo que eso te lo debo a ti -dije mirando el guante de mi armadura, la cual curiosamente vibró como si me respondiera.
¿Pero por qué¿Por qué volvía a "vivir" esa escena?
Eran cosas que al pasar de los años habían quedado enterradas en mi memoria, pensando que ya no tenían importancia, para concentrarme en el presente, en mi entrenamiento con Shaka, y en mi futuro como Amazona de Athena.
Pero ahora los recuerdos volvían a atacarme como al final de mi pelea por la armadura en los Juegos Vestales, tan reales como si los viviera por segunda vez, sacando nuevamente a la luz sucesos que yo sabía trascendentales y que me alguna forma me marcaron, pero a los que no les encontraba mucho sentido ahora. Era evidente que mi Armadura quería que los mantuviera frescos en mi mente, aunque aun no comprendo el por qué. Quizás era mi propio subconsciente, o tal vez…
Athena quería decirme algo, porque juraría que había vuelto a sentir su Cosmo en todo su esplendor, como aquella vez en Nepal y no creo que ninguna ilusión, por poderosa que sea, pueda imitar semejante majestad y poder.
Sintiéndome mejor, aunque no del todo bien, me coloqué boca arriba, apreciando la brisa cálida del atardecer y el sonido de las hojas chocar entre sí. Debía volver a mi cabaña y descansar. No tardé en colocarme de pie y ordenarle a Pintor que volviera a su Caja, que ya bastantes problemas me hubiera dado por un día, y dirigirme fuera del pequeño bosque en dirección a la playa.
Caminé sin rumbo por la arena, hasta que me encontré frente un enorme risco que sobresalía desde la playa y por encima del mar, como si fuera un enorme brazo apuntando acusadoramente al horizonte señalando al sol, que comenzaba a ponerse en medio de un cielo rojizo. Como hechizada por el espectáculo, recorrí la superficie rocosa, hasta llegar al borde del punto más alto y angosto, brindándome la sensación de que estaba flotando.
Ante mí, el Mediterráneo se extendía hasta el infinito, inquieto y poderoso, teñido de tonos dorados que le daban el aspecto de ser oro líquido. Sus olas rompían en la base de la saliente, el viento alborotaba mi cabello y sentía el olor del salitre llenando mis pulmones.
Cuánta paz...
- Bueno, era cuestión de tiempo antes de que alguien descubriera este lugar.
Giré sobre mis talones sobresaltada, para encontrarme frente a frente con Dohko de Libra, sin su armadura y vistiendo lo que sólo puedo calificar como ropas chinas. Me miraba resignado, con los brazos detrás de la espalda y una actitud que interpreté como impaciencia.
-Disculpe -me excusé inclinándome un poco-, ahora mismo me reti--
- No importa, puedes quedarte si lo deseas -dijo haciendo un gesto para que me sentara, para luego hacer lo mismo-. No es bueno estar siempre solo.
Suspiré quedadamente, sin saber qué decir.
- Hermosa vista¿no crees? -asentí a modo de respuesta, mirando al horizonte-. Es un buen sitio para pensar y dejarse llevar por los recuerdos.
- ¿Recuerdos? -pregunté, súbitamente interesada. Quizás este lugar podía tener relación con lo que me acababa de suceder.
- Si, tiene un cierto aire a los Cinco Antiguos Picos en China. Claro, no tiene los bosques de bambú, ni las montañas, ni siquiera la cascada, y la arena y las gaviotas son una molestia; pero con el sonido del agua y el risco me conformo -concluyó dándole unos golpecitos casi afectuosos a la roca sobre la que estábamos, para después agregar con cierta ironía-. Supongo que me convertí un viejo sentimental.
Parpadeé confusa ante esa última frase, mirándolo de arriba abajo.
- Con todo respeto, usted sólo parece tener edad suficiente para ser mi hermano mayor.
- La edad se lleva por dentro, pequeña.
- Pero usted es joven.
Arqueó una ceja y se volvió a verme.
- ¿Qué edad crees que tengo? -preguntó, divertido.
- Pues... -murmuré ladeando la cabeza un poco, examinando el rostro del hombre frente a mí-. ¿Unos... veinticinco años?
- Deberías saber que los ojos pueden engañarte -explicó, conteniendo la risa-. Más al saber manejar ilusiones como lo haces.
- Entonces, sí vio la pelea... -susurré sintiendo que palidecía.
- Por supuesto. No estuvo nada mal, pero es evidente que aún no controlas tu Armadura.
- Lo sé y lo siento -murmuré, deseando que me tragara la tierra-. Pero prometo que--
- No hay por qué disculparse, ni tienes que prometer nada -me interrumpió, levantando la mano para que guardara silencio-. Nadie puede manejar su Armadura a la perfección la primera vez que la utiliza, por muy benigna que sea. Y sé que entrenarás hasta conseguir dominarla, de eso no me cabe la menor duda.
Le observé en silencio, completamente pasmada ante el voto de confianza que me acaba de dar. Había sido tan natural, sin pompas ni dramatismos, como si simplemente le naciera decirlo. Repentinamente sonrojada, coloqué toda mi atención en el cielo, en dirección Este, donde la noche comenzaba a emerger.
- ¿Desde aquí se puede ver Pintor? -pregunté curiosa.
- Me temo que no. Pintor es una constelación del hemisferio sur.
- Ya veo... -murmuré con cierta decepción. Era un poco extraño que portara la Armadura de una constelación que nunca había visto-. Pero por lo menos puedo ver a Virgo -señalando a Spica (6), la estrella principal de mi signo regente, que comenzaba a aparecer en el oriente, para luego trazar las líneas imaginarias que formaban a una mujer joven sosteniendo una espiga de trigo.
La fascinación por las estrellas formaba parte de mí desde que tenía memoria. Uno de mis primeros recuerdos, era estar sentada en los viejos escalones de madera de la entrada de mi casa, contemplando los millares de pequeñas luces que cubrían el cielo nepalí, brillando como pequeñas gemas bordadas en un sari índigo. Y aquella simple visión era suficiente para hacerme dichosa.
Sonreí.
Por primera vez en mucho tiempo me encontraba en un verdadero estado de paz, serena y animada a partes iguales. Admirando el recorrido de los astros, los colores de la cúpula celeste, agradeciendo la brisa fresca y el tranquilizador sonido de las olas, sin preocupaciones por el futuro, sin la ansiedad de estar persiguiendo lo inalcanzable o lamentándome por el pasado.
Sólo vivía el aquí y el ahora.
Y sencillamente me sentí tan... feliz
- Vaya, es la primera vez que te veo sonreír desde que te conozco -le oí decir, y no se me escapó la nota de asombro que imprimió en la frase.
- Antes no tenía motivos para hacerlo -contesté sin siquiera pensar, mientras abrazaba mis rodillas y respiraba hondo.
Me miró por unos segundos con cierta sorpresa, antes de fruncir el ceño y volverse al horizonte con aire pensativo, casi malhumorado.
- ¿Extrañabas tu hogar... tu familia? -preguntó al cabo de un tiempo, para agregar rápidamente-. Me refiero a tu madre y a tus hermanos.
¿Extrañarlos? Sinceramente me desconcertó esa pregunta, no había cavilado sobre el asunto desde hacía mucho tiempo.
Contemplé las olas del mar, recordando la oscura silueta de mi madre entre los rayos de la luna, a mi hermana pequeña parada junto a mí y a mi hermano mayor corriendo en dirección al camino que llevaba a Katmandú, alejándose de nosotras y huyendo de él. Todo me parecía tan distante y ajeno, como si no me hubiera ocurrido a mi, si no a alguien más. Al final, simplemente sacudí la cabeza negativamente.
- Ya se lo he dicho, lo único que me une a mi familia es la sangre, nada más. En cuanto a mi hogar... -volví mi mirada a las estrellas-. Más que un lugar es un estado mental...
- ¡Ja¡Qué cosas dices, niña! -exclamó con entusiasmo, en el preciso instante en que puso su mano en mi cabeza y sacudió mi cabello hasta convertirlo en una auténtica maraña, para mi total disgusto-. Eres muy seria para tener sólo quince años, deberías ser un poco más alegre o por lo menos disfrutar los tiempos de paz, porque estos momentos no tienen precio para personas como nosotros -agregó de pronto, con cierto aire melancólico que en ese momento no pude comprender.
Me observó con expresión divertida, mientras yo intentaba peinar mi cabello con los dedos, sin poder ocultar mi enojo. Pero entonces, Pintor pareció resonar en su caja, haciéndome recordar aquella escena de mi pasado e inevitablemente mi expresión comenzó a suavizarse.
Al fin y al cabo, no tenía derecho de enfadarme por semejante tontería.
- Creo que debería darle las gracias -se volvió a mirarme, mientras yo continuaba desenredando mi cabello con los ojos clavados en el suelo-. Si no hubiera sido por usted, hubiera tenido que...
- No tienes que agradecerme nada, al final fuiste tú la que tomó la decisión de convertirte en Amazona y lo lograste.
Se puso de pie sacudiéndose los pantalones y extendió una mano hacia mí. El sol se ocultaba a su espalda oscureciendo su silueta en medio del arco dorado.
Déjà vu.
Esto ya lo había vivido antes, hace años, cuando aun vivía en Nepal y me hundía en la más triste resignación. Entonces, cuando creí que ya no había salida, Athena me llamó a su lado, para apoyar su causa y cumplir con mi verdadero destino. Aquella vez me había negado a tomar la mano de Dohko de Libra y había huido, aun aturdida y asustada por lo que acababa de suceder.
Sin embargo, hoy si acepté su ayuda para levantarme y las palmaditas afectuosas en mi cabeza que lograron arrancarme una pequeña sonrisa, justo antes de que se marchara.
Emprendí el camino rumbo a mi cabaña, cuando la oscuridad de la noche ya lo cubría todo, dando fin a lo que sólo podía calificar como un buen día, el mejor de todos. Pero en el momento en que entré al cañón que conectaba Cabo Sunion con el Santuario, sentí que alguien estaba cerca, observándome fijamente, analizando cada uno de mis movimientos. Me volví inmediatamente hacia la cumbre de las paredes del cañón, pero sólo encontré una tenue brisa que levantaba un poco de arena.
Aprensiva, apresuré el paso hacia el Santuario y agudicé mis sentidos.
Buda ya lo había expresado, la existencia se compone de una serie de estímulos que percibimos a través de nuestros sentidos, los cuales interpretamos y a partir de las conclusiones a las que llegamos, construimos una realidad a nuestra medida.
O lo que es lo mismo, una ilusión pasajera y cambiante, que poco tiene que ver con la auténtica realidad.
Pero hay otro tipo de ilusiones aparte de las que engañan a los sentidos, y son aquellas que forjamos con sueños y esperanza en el futuro.
Porque así es la naturaleza humana, simplemente vivimos de ilusiones.
OOOOOOOOOOO
Notas de la autora:
¡¡¡Lo sé!!! Me tarde una eternidad en escribir este cap, pero como podrán apreciar es algo largo y tiene una de esas escenas problemáticas: las peleas. Espero que les guste y que la información adicional sobre Padma les agrade (y la tengan MUY en cuenta XD)
(1) "Sutras" es la palabra India para "enseñanzas", en este caso se trata de un resumen sobre las palabras de Buda. Este extracto fue tomado del trabajo de Gustavo F. Brahamian sobre el budismo, que podemos encontrar en Al principio pensaba modificarlo, pero queda muy bien como estaba, así que solo agregué el último párrafo.
(2)Eridanus es la sexta más grande constelación de las 88 constelaciones modernas. También es una de las 48 constelaciones de Ptolomeo.
Hay dos mitos griegos relacionado con Eridanus, pero el más reconocido es el mito de Faetón. La historia cuenta que Faetón alardeaba con sus amigos de que su padre era el dios-sol. Éstos se resistían a creerlo así Faetón terminó acudiendo a su padre Helios, quien juró por el río Estigia darle lo que pidiera, o lo que es lo mismo, hizo un juramente inquebrantable. Al chico no se le ocurrió mejor cosa que pedirle a su padre conducir el carruaje del sol por un día, para demostrar su origen divino. Aunque Helios intentó disuadirle, Faetón se mantuvo inflexible.
Cuando llegó el día, Faetón se dejó llevar por el pánico y perdió el control de los caballos blancos que tiraban del carro. Primero giró demasiado alto, de forma que la tierra se enfrió. Luego bajó demasiado, y la vegetación se secó y ardió. Faetón convirtió accidentalmente en desierto la mayor parte de África, quemando la piel de los etíopes hasta volverla negra. Finalmente, Zeus fue obligado a intervenir golpeando el carro desbocado con un rayo para pararlo, y Faetón se ahogó en el río Erídano, que da nombre a constelación. Ahora saben el por qué de la técnica de Adriano… y su carácter .
(3) Namaskar es un saludo muy formal, utilizada para dirigirse a las personas de rango superior (recuerden que la sociedad india y nepalí esta muy jerarquizada). Puede traducirse como "Yo saludo a la Conciencia Suprema que está dentro de ti con toda la pureza de mi mente y con toda la sinceridad y el amor de mi corazón", aunque puede traducirse simplemente como "Saludo a la divinidad que hay en ti".
Namaste es un saludo mucho más informal y popular, equivalente a nuestro "hola"
Aap kaise hain, Mu ka Maysh?, significa "¿Como esta usted, Mu de Aries?"
(4) Muy bien, gracias.
(5) Taleju Bhawani es la diosa protectora de Nepal, encarnación de Durga y fiera cazadora de demonios, según la tradición.
