A Pollux, por su apoyo
Nuevos retos, viejos vicios
Pintor es una constelación pequeña y discreta que se encuentra en Hemisferio Sur, compuesta por tan sólo tres estrellas que fueron simplemente nombradas con letras griegas: Alfa, Beta y Gamma. Al estar en latitudes tan australes, nunca había sido vista por las civilizaciones clásicas, y por tanto nunca se le había adjudicado ningún mito ni se conocía las razones por las cuales los Dioses habían colocado esas tres pequeñas gemas en el firmamento.
Y así permanecieron por largo tiempo, escondidas de los ojos de los humanos y olvidadas por los Dioses. Hasta que un día, después de la era mitológica, finalmente alguien observó el cielo austral y se percató de la belleza de estas tres estrellas alineadas, dibujando sobre ellas un enorme pincel imaginario que celebraba la creaciones de los humanos, más que las historias de los Dioses.
Dejé de leer el libro que Kiki me había prestado y observé la Caja de Pandora junto a mi cama. Ahora comprendía por qué no sabía nada de Pintor, no sólo estaba fuera de mi vista, si no también carecía de una historia mítica que mi Maestro pudiera contarme.
- Por lo que veo, tenemos mucho en común -pensé en voz alta.
Ambas existíamos, aunque el resto del mundo no se percatara de ello por largo tiempo.
Y es que los conocimientos se extienden por narraciones que pasan de una persona a otra, y entre más individuos conozcan acerca de algo, más real parece a los ojos de los humanos, hasta construir una imagen mental que se da por cierta y auténtica.
Tal y como me sucedió con aquello que contaba mi Maestro sobre el Santuario de Athena en Grecia.
Sin embargo, no es lo mismo escuchar relatos sobre tierras lejanas que vivir en ellas. Siempre hay detalles o sensaciones que se pasan por alto o que no pueden expresarse con palabras, costumbres que nos resultan incomprensibles a los extranjeros o incluso simples hechos de la vida diaria que parecen no ser dignos de mención, pero resultan fundamentales para mantener la armonía.
Por ello el Santuario (o mejor dicho, occidente en general), me parecía el lugar más extraño del mundo.
Sabía hablar y escribir el griego con propiedad, de ello se había encargado Shaka cuando entrenaba en la India, ya que ciertamente lo consideraba indispensable si quería formar parte de la Orden. Pero aun así, a veces me costaba comprender a los habitantes del Santuario y aun más a los aldeanos de Athene. En ciertas ocasiones no entendía porque se ofendía o reían con algo que yo decía, y aunque mis palabras eran correctas y sin dobles sentidos, eran mal interpretadas.
- Hasta que entiendas cómo funcionan las cosas aquí y te acostumbres -había dicho Kiki despreocupadamente.
Intenté respirar hondo, pero me fue imposible.
Tanto las vendas que sujetaban el pecho, como la camisa ya me quedaban pequeñas, y ahora se comportaban como un asustado y fastidioso corsé. Lo mismo sucedía con mis pantalones, los cuales se apretaban contra mis caderas, pero no así en mi cintura.
Bajé la cabeza y miré mis ropas.
Estaban en buenas condiciones, mi Maestro me las había entregado poco antes de la pelea por mi armadura y en aquel momento me quedaban un tanto holgadas. A pesar de todo, debo reconocer que desde que cumplí los catorce años comencé a crecer muy rápidamente, para total desconcierto de mis compañeros, de Shaka y el mío propio. En cuestión de meses, había pasado de ser una niña a convertirme muchacha muy delgada y un tanto torpe.
- Es la edad -me explicó mi Maestro con naturalidad, poco después de recuperarse del impacto inicial-. Es normal que hayas crecido tan aprisa.
Un ruido en la cabaña vecina llamó mi atención.
Marin regresaba a casa después de entrenar, como todas las noches, quitándose los guantes distraídamente. La miré un momento mientras se adentraba en su cabaña y finalmente observé mi propio reflejo en un pequeño espejo que tenía junto a mí.
- Estoy dejando de ser una niña -pensé inquieta, al tiempo que liberaba mi pecho de la tortura de las vendas y me disponía ponerme la ropa de dormir.
Y sin más, apagué la única vela que iluminaba mi pequeña habitación.
OOOOOOOOOOOO
Despacio, despacio…
Si hacía las cosas bien, podría volver antes que Shaka despertara.
Con pasos ligeros y silenciosos recorría las Escaleras de los Templos Zodiacales tan rápido como era posible, intentando por todos los medios de no provocar algún ruido que pudiese despertar a alguno de los Santos Dorados. No tenía idea de cómo me podían castigar si llegaba a hacerlo, pero tampoco quería averiguarlo.
Al pasar por la Casa de Leo sin contratiempos, sentir el Cosmo de DeathMask en algún lugar fuera del Santuario y sin señales de que mi Maestro se hubiera percatado de mi ausencia, me sentía cada vez más optimista de alcanzar mi objetivo.
Volvería a ver el mar.
Nepal, al ser un valle encerrado entre las majestuosas montañas del Himalaya, no tenía un mar o nada que se le pareciera: sus ríos no eran muy caudalosos y sus lagos, que sólo aparecían durante el deshielo de primavera, eran más bien pequeños y efímeros. Aunque la India poseía una amplia costa, tampoco pude ver el Océano Índico. Entrenaba en el interior del continente y nunca me atreví a pedirle a Shaka una necedad tal como ir a la costa sólo por algo que sabía era un capricho, por más que me atormentara a mí misma escuchando las historias de algunos de mis condiscípulos.
Sin embargo, cuando llegué a Grecia de la mano de mi Maestro, pude contemplar el Mediterráneo desde el Cabo Sunion. Quedé completamente atónita y maravillada ante la inmensa masa de agua que se agitaba estruendosamente contra la playa a la luz de la luna y se perdía más allá del horizonte. Tenía un olor agradable, que llamaban "salitre", muy diferente al de las contaminadas aguas del Ganges, y sus movimientos eran muy diferentes a los del río, además de ser mucho más violento y ruidoso.
¡Una voz!
Me quedé petrificada por un instante y sentí que mi corazón ahora se encontraba en mi garganta. Respiré profundamente y, haciendo uso de todo mi autocontrol para no entrar en pánico, agudicé mi oído y esperé.
Toc, toc, toc.
Un escalofrío recorrió mi espalda cuando escuché unos pasos que provenían de la parte inferior de la Escalera, aproximándose directamente hacia donde me encontraba. Miré a mi alrededor angustiada, buscando un lugar donde ocultarme, pero entre la interminable hilera escalones y los sólidos muros de piedra que los franqueaban, solo pude encontrar algunos pilares, apenas separados de las paredes de roca maciza por unos cuantos centímetros.
Sin pensarlo dos veces y en vista de mi falta de opciones, corrí al pilar más cercano y me introduje con dificultad en el angosto espacio detrás de ella, confiando en que la oscuridad de la noche me protegería si me mantenía lo suficientemente quieta y callada.
Y entonces le vi.
Emergiendo del fondo de la escalera, pude distinguir a un hombre joven y muy alto, de largo cabello azul y cuerpo atlético. No traía puesta una armadura, por lo que vestía las típicas camisas, pantalones y sandalias que llevaban la mayoría de los habitantes del Santuario... o por lo menos, los que yo había visto
Sin embargo, a medida que se aproximaba, pude distinguir mejor la impresionante musculatura de sus brazos, sus facciones bien definidas y sus penetrantes ojos rasgados, de un azul claro como el cielo. Sin proponérmelo, toda mi atención se concentró en él, como si alguna fuerza inexplicable me obligara no perder ni un solo detalle de ese hombre.
Él por su parte, aun no se percataba de mi presencia. Parecía contento por algo, al tiempo subía a paso animado y tarareaba una melodía que no conocía.
Sentí un ligero escalofrío.
No se parecía en nada a ninguno de mis antiguos compañeros, de hecho...
Era muy... atractivo.
Aunque definitivamente cantar no debía ser una de sus habilidades.
Mientras pasaba frente a mi improvisado escondite y se alejaba unos metros, inconscientemente me asomé fuera del protector cobijo de las sombras, intentando no perderlo de vista. ¿Para qué? No lo sé, pero no podía evitar hacerlo mientras un sentía un extraño, aunque agradable, cosquilleo en las mejillas y la boca del estómago.
De pronto, se detuvo y se volvió inmediatamente con el entrecejo fruncido, casi matándome de un infarto. Volvía a internarme en mi improvisado refugio tan aprisa como pude, casi fundiéndome con el muro que tenía detrás. Apreté los labios furiosa conmigo misma, reprochaba mentalmente mi total falta de cautela.
¿Cómo me pude dejar llevar de esa manera? Sí, era muy guapo pero... no, no, no. No debía actuar de esa manera. Si Shaka me viera... sacudí la cabeza. Eso era justo lo que debía evitar, así que debía dejar de pensar en tonterías y concentrarme en lo fundamental: no ser descubierta.
Contuve la respiración mientras el hombre observaba a su alrededor con cierto recelo, como presintiendo algo, hasta que finalmente posó sus ojos justo en la columna tras la cual me ocultaba.
Percibió mi presencia -pensé asustada, aunque estaba completamente segura de que la había ocultado de manera adecuada-. ¡Me encontró!
Frunció aún más el entrecejo y sin más, volvió su vista hacia la cima de la Colina Zodiacal mientras emitía un gruñido de fastidio.
- ¡Bah! Quedé paranoico después de la guerra contra Hades -se dijo así mismo, antes de reanudar su marcha, caminando un poco más rápido.
Aguardé en silencio, vigilando sus pasos mientras se alejaba, hasta que se perdió en una detrás de una de las esquinas de la interminable escalinata en dirección a Leo.
Como un gato, emergí sigilosamente de entre las columnas con pasos ligeros y lentos, intentando asegurarme que se había ido y atenta a cualquier ruido o presencia en los alrededores. El lugar había quedado en el más absoluto silencio y la luna iluminaba el Santuario otorgándole a las construcciones de mármol un misterioso resplandor azul. Una lagartija se escabullía entre las rocas al tiempo que se escuchaba el ulular de una lechuza, las aves de Athena, a lo lejos.
No sentía, ni oía, nada más.
Lancé un suspiro de auténtico alivio. Por un momento pensé que me había descu-
- ¡AJÁ!
- ¡AAAAHHH!
Súbitamente algo me agarró por el cuello de la camisa y me lanzó con violencia contra una de las columnas. Antes de que pudiera si quiera entender lo que sucedía, una mano se ciñó sobre mi cuello y me obligó a mantenerme contra la fría superficie de mármol. Instintivamente, tomé su muñeca, me retorcí y pataleé como una fiera, sin conseguir siquiera que se moviera. Sin embargo, lo más increíble sucedió cuando pude abrir los ojos y ver lo que pasaba: a milímetros de mi nariz se encontraba un gigantesco aguijón rojo, como el de los escorpiones, pero este emergía de una mano humana.
- ¿Con que pensaste que podías escapar tan fácilmente de un Santo Dorado? -vociferó, arrogante-. Pues no eres más que... ¿una niña? -susurró, repentinamente desconcertado.
Me volvió el alma al cuerpo cuando aquel aguijón desapareció y soltó mi cuello. Aún inquieta y consciente de que era imposible intentar escapar, sólo atiné a frotar mi maltratada nuca, apoyándome en la fría superficie de mármol, respirando agitadamente. Ya más calmada no tardé en reconocerlo: era el mismo hombre que segundos antes miraba embelesada y cuyo rostro ahora revelaba confusión, al tiempo que peinaba su cabello hacia atrás, como si no supiera qué hacer conmigo.
Tras unos momentos de duda, optó por cruzarse de brazos en actitud autoritaria.
- ¿Qué se supone que haces por aquí a estas horas y ocultándote de todo el mundo? -preguntó con firmeza, pero yo no pude más que bajar la mirada. No podía negar que lo que estaba haciendo era sospechoso. De pronto, lanzó un suspiro fastidiado, comenzó a masajearse la sien como si le doliera la cabeza, murmurando con tono cansino-. No me digas que volvieron a jugar verdad o reto. Pensé que ya habían escarmentado con lo que sucedió con Saga y Camus... -Alcé una ceja. ¿De qué estaba hablado? Debió notar mi desconcierto, porque cambió el ritmo de interrogatorio-. ¿Cómo te llamas? -no contesté-. ¿Quién es tu maestro? -continué sin decir palabra-. ¿Sabes griego?
Levanté la mirada y entonces me observó directo a los ojos de forma penetrante, como si quisiera ver a través de mí, aún con el ceño fruncido y un aire de profunda desconfianza. Mantuve la calma lo mejor que pude, sin desviar la mirada, sabiendo lo que intentaba hacer. Shaka normalmente hacía eso cuando sospechaba que mentía: esperaba que me quebrara por la presión y confesara. Sin embargo, poco a poco, para mi gran alivio, su expresión se fue suavizando hasta casi hacerse amigable y colocó sus manos en la cintura con despreocupación.
¿Me dejaría ir?
- Bien, por lo visto sólo hay una forma de solucionar esto -concluyó sonriendo malévolamente, para mi total extrañeza. Repentinamente, me tomó del brazo y comenzó a arrastrarme hacia Cáncer-. Averiguaré quién es tu Maestro, así tenga que preguntarlo casa por Casa por Casa.
- ¡No!
- Vaya, que rápido aprendes griego -se burló.
- ¡Déjeme! -grité al tiempo que luchaba por liberarme con todas mis fuerzas, sin lograr si quiera que su brazo se moviese.
- Muy bien mocosa, cuando me digas quién es tu Maestro y qué estabas haciendo -me respondió, mientras me tomaba por los hombros-. ¿Quién es? ¿Aldebarán? ¿Saga? ¿Aioria? ¿Dohko?
- Soy yo.
Se me paró el corazón por unos segundos cuando escuché su voz. Dejé de forcejear y alcé la vista tan rápido que por momento pensé que me partiría el cuello. En efecto, allí estaba, parado en la cima de la Escalera que conducía a Leo, vistiendo la túnica que usualmente utilizaba para meditar, la cual era suavemente mecida por el viento. Parecía tener su habitual aspecto sereno, pero sus puños fuertemente apretados y su ceño ligeramente fruncido ya me advertía lo que me esperaba: estaba furioso.
Por su parte, el hombre a mi lado lo miró atónito por un momento, aflojando su agarre lo suficiente como para liberarme.
- ¿Tú? Entonces ella... -titubeó por un momento-, ¿es tu alumna? -Shaka asintió con cierto dejo de fastidio, para mayor desconcierto del sujeto-. Pero pensaba que tú no...
- Eso no viene al caso, Milo -le interrumpió. Milo... ¡Milo! ¡El era el Santo Dorado de Escorpio! Eso explicaba por qué no había podido escapar-. Aunque lamento que te haya importunado -inmediatamente se dirigió a mí-. No recuerdo haberte dado permiso para salir.
- No estaba haciendo nada malo -respondí de mala gana, mientras frotaba mi brazo izquierdo-. Yo sólo quería... quería conocer el Santuario y...
- No es momento para perder el tiempo -me interrumpió en tono neutro y dándome la espalda comenzando a subir las escaleras a paso lento-. Dado que tienes tanta energía, creo que podemos comenzar el entrenamiento ahora mismo.
Por un segundo sentí el incontrolable deseo de negarme, gritarle hasta desgarrar mi garganta y correr escaleras abajo aunque se me fuera la vida en ello. Pero no tardé en darme cuenta de que no debía empeorar la situación que en la que ya me encontraba. Mordiendo un poco el labio inferior y apretando los puños, me obligué a subir los escalones con desánimo.
Echaba de menos la paz del monasterio, el ruido del pueblo, las riberas del Ganges, el sonido del Monzón, los coros de los mantras. Extrañaba como nunca antes la India.
Pero por sobre todas las cosas, extrañaba a Deepak.
- ¡No puedo creerlo! -oí decir por lo bajo al Santo de Escorpio, realmente divertido. Al volverme discretamente, pude notar que tenía la mirada clavada en mi Maestro con una leve sonrisa sarcástica-. ¿Tienes una alumna... después de todo lo que dijiste? Espero que al maldito de Radamanthys le guste el frío, porque estoy seguro que el infierno se congeló.
Tan pronto como notó que lo miraba y posiblemente intuyendo que le había escuchado, me dirigió una encantadora sonrisa y un guiño cómplice, provocando en mí un furioso sonrojo que me obligó a apurar la marcha.
Aún puedo escuchar su risa contenida al verme tan avergonzada. Pero sobretodo, hoy, meses después de nuestro primer encuentro, cuando volví a tropezar con él en las escaleras de Aries, junto con Aldebarán de Tauro y Dohko de Libra, aun me pregunto que habría querido decir Milo con esas últimas palabras.
Los tres Santos conversaban animadamente, justo en la entrada de la Primera Casa, al tiempo que yo subía los escalones, con en libro en la mano y buscando a Kiki con la mirada. Quería pasar desapercibida, pero por un instante Milo se distrajo de la charla, mirándome de reojo por un par de segundos y volviendo nuevamente su atención a la plática...
Para repentinamente girar la cabeza hacia donde yo me encontraba, con las cejas tan alzadas que por un momento pensé que tocarían la línea de su cabello.
Me miró de arriba a bajo totalmente boquiabierto, como si me hubiera salido otra cabeza. Incómoda y casi irritada, sólo pude hacer una pequeña reverencia a modo de saludo.
Para mi fortuna, el Maestro Dohko finalmente llamó su atención ligeramente molesto, permitiéndome escapar a toda velocidad en dirección a Aries, mientras el peliazul le contestaba algo ininteligible colocando sus manos a unos cuantos centímetros del pecho, esbozando una sonrisa maliciosa. No sé que clase de comentario habrá hecho, pero le valió una palmada en la nuca por parte de un enojado Aldebarán que casi lo lanzó escaleras abajo, seguida de una reprimenda en un idioma que no pude entender (y por lo visto, Milo tampoco), provocando las carcajadas del librano...
Y en mí, una risa que apenas pude disimular, tapando la mitad de mi cara con el libro de Kiki.
Aclararé mi garganta casi de inmediato, tratando de mantener mi semblante serio, aun sabiendo que esto ya no era necesario. Pero poco se puede hacer contra la fuerza de la costumbre.
Me adentré en el Templo del Carnero pensando en cuán diferentes eran los Santos Dorados a como los imaginaba. Pensaba que era personas distantes, siempre solemnes, completamente enfocadas en el desarrollo de su Cosmo e indiferentes a cualquier emoción humana. Casi como Dioses, contemplando el mundo profano desde sus altares.
Como mi Maestro.
Pero con el transcurrir de los días y a medida que convivía con ellos, encontraba que eran muy distintos como se veían en mi cabeza, e incluso no podían ser más contradictorios entre si: alegres, serios, sarcásticos, fríos, arrogantes, astutos, simpáticos, perversos, amables, despreocupados, sabios, mundanos y otro sin fin de palabras podrían describirlos. En resumidas cuentas, humanos con hermosas virtudes y terribles defectos.
Y no, no había duda que todos ellos inspiraban respeto...
Aunque unos más que otros.
La verdad es que en el Santuario se respiraba un ambiente mucho menos místico de los que esperaba, es más, casi lo podría calificar de mundano en comparación al viejo monasterio en la India o Kumari Ghar.
Cuando encontré a Kiki, estaba inclinado sobre una armadura de color azul. Curiosamente, a pesar de ser con creces una de las personas más escandalosas del Santuario y tener una energía aparentemente ilimitada que le impedía estarse quieto por más de tres minutos, cuando se trataba de armaduras, su actitud no podía ser más circunspecta. Tranquilo como nunca, concentrado en pulir la armadura hasta pudiera ver su reflejo en ella y completamente desconectado del mundo que le rodeaba, Kiki sonreía pacíficamente, mientras realizaba la labor que él mismo consideraba la razón de su existencia.
Cuidar de los Sagrados Ropajes de la Orden de Athena.
En silencio, me acerqué a él y coloqué el libro a su lado, intentando no molestarle...
- ¡Paaaaadma!
Me quedé quieta intentando comprender por qué ahora mi cuello estaba rodeado por un par de brazos y unos ojos rasgados me miraban de forma traviesa. Definitivamente no era buena eludiendo ataques sorpresa. Tenía que entrenar más, aunque ya empezaba a notar un pequeño chispazo de Cosmo segundos antes de que me atrapara.
Respiré hondo.
- Kiki...
- ¿Síiiii?
- Lo haces por fastidiarme, ¿no?
- En parte -confesó con una gran sonrisa.
- ¿Me puedes soltar? -gruñí, intentando desembarazarme del Lemuriano sin usar la fuerza bruta.
- Está bien -aceptó, dejándome libre y sacándome la lengua-. Gruñona.
Iba responderle algo, cuando un Cosmo que conocía muy bien se adentró en la Casa de Aries
Shaka...
Completamente inmóvil, sentí su presencia infinitamente poderosa y sobrecogedoramente serena al entrar al Templo, y escuché sus pasos tranquilos y calculados, mientras se acercaba a nosotros. Me erguía un poco más a medida a que se aproximaba, preguntándome qué sucedería cuando nos encontráramos.
¿Cómo reaccionaríamos? ¿Qué diría? ¿Qué respondería?
Dejé de respirar cuando se detuvo un instante un par de metros detrás de mí, y su Cosmo comenzó a inundar la casa de Aries. Aquélla era su particular forma de "ver", a pesar de haber renunciado a su vista para obtener el máximo desarrollo de su poder interior. Por ello, supe que estaba examinando todo a su alrededor, las columnas, el techo, las salidas, la armadura en el suelo, a Kiki...
Y sobretodo a mí.
El tiempo pareció detenerse, y todo en el Templo desapareció en ese instante. Instintivamente, busqué en mi muñeca derecha el tacto liso de las cuentas de mi rosario budista, pero no lo encontré, cayendo en cuenta por primera vez que, ya hacía varias semanas, reposaban en una de las gavetas de mi mesa de noche, cuando antes me resultaba tan indispensable como la máscara que ocultaba mi rostro.
Había cambiado, muchas cosas lo habían hecho.
Y no sabía si esto era para bien o para mal.
Repentinamente, Shaka volvió a emprender su marcha hacia la salida de la Primera Casa. Cuando me volví, sólo encontré su oscura silueta recordada en medio de una brillante luz dorada que casi me cegó por completo. Escuchaba a Kiki murmurar algo que no pude comprender, se oía como si me gritara a kilómetros de distancia y su eco rebotara contra las paredes del Templo.
Y luego todo se volvió negro.
OOOOOOOOOOOOOOOOOOOO
De nuevo, no era más que una niña de 12 años que cruzaba el pequeño pasillo aún en penumbras, de una vieja y pobre casa con una bandeja con algo de comida, aun sabiendo cuán inútil era esto, porque ella no probaría bocado.
Todavía no me recuperaba del cansancio del día anterior, y aún así me levantaba poco antes del amanecer para cumplir mis tareas y las que no me correspondían, ya que no había nadie que se encargara de ellas. Pero no me importaba, trabajar hasta el agotamiento era la mejor manera de no pensar en lo que me esperaba. Porque, aunque en Occidente se consideraría que sólo era una chiquilla, para Nepal yo era casi una adulta, aunque no me sintiera como tal.
Al llegar a la última puerta abierta a la derecha, me detuve y dejé la bandeja en el piso. Ella estaba arrodillada sobre una alfombra de seda que alguna vez fue bonita y que las polillas habían devorado, se mantenía de espaldas al pequeño altar en honor a Buda y los Dioses, iluminada por los primeros rayos del amanecer. El resplandor dorado que entraba a través de la ventana sólo hacían más profundos los surcos que recorrían su rostro, arrugas prematuras que arruinaban las facciones de quien alguna vez hubiera sido considerada la joven más hermosa del pueblo.
Ella podía pasar horas allí sentada sin moverse, sola y en silencio, mirando a través de la ventana hacia ninguna parte sin siquiera pestañar, poseída por un trance más profundo que el que ofrecía la meditación o cualquier droga, que la apartaba del mundo y sus penas. No pensar, colocar su mente en blanco y sencillamente dejar que el tiempo hiciera su recorrido, sin oír, sin ver, sin hablar, pero sobretodo sin sentir. Esto era lo que ella hacía mejor que cualquier maestro budista o gurú hindú.
Sin embargo, esta ilusión se acababa cuando, sin razón aparente, las lágrimas comenzaban a emerger de sus ojos violetas y caían a través de sus mejillas marchitas, empapando su sari. Esta era la auténtica naturaleza de su estado.
Sufrimiento, dolor, pena.
La consumían desde adentro, devorando las últimas chispas de vitalidad que habían resistido testarudamente durante años, a pesar de todo y de todos. Pero aquello la destruyó por completo, aquello fue más de lo que pudo soportar, porque toda su esperanza se fue con ellos. Por más que luchó no pudo ayudarles, no consiguió darles a sus hijos un futuro, siquiera una esperanza.
Ya había perdido a dos de mis hermanos y nada podía hacer por mí.
- Estamos condenadas, Padma -susurró de pronto, inmóvil, tomándome por sorpresa-. Estamos condenadas al mismo destino -continuó mirándose las manos, mientras inmensas gotas las mojaban-. Sólo no cometas mis errores, no te sujetes a ilusiones tontas, acepta las cosas como son y nada más, tal vez derrames menos lágrimas -por primera vez su voz se quebró y se encogió en un gemido ahogado-. Buda tenía razón, del deseo sólo nos obtenemos sufrimiento.
- Madre...
No podía acercarme a ella, ni tan siquiera salía de mi garganta alguna palabra de aliento.
Porque quizás...
Estaba mirando mi propio futuro.
- ¡Padma! -escuché a alguien gritar desde lejos, casi resultaba fantasmal-. ¡Padma, qué tienes! ¡Háblame! ¡Padma! -me aparté del dintel de la puerta y me interné en la penumbra del pasillo una vez más.
Poco a poco mis sentidos volvieron a percibir lo que me rodeaba, con dolorosa lentitud. El suelo frío y liso, el aire fresco, una voz que me llamaba y unas molestas sacudidas que me mareaban más de lo que ya estaba. Abrí los ojos paulatinamente, tardando un momento en poder enfocar la silueta que tenía en frente. Era Kiki.
Me miraba asustado y pálido, mientras me sujetaba firmemente por los hombros. Por primera vez caí en cuenta que estaba de rodillas y casi no tenía fuerza para mantenerme erguida. Si no fuera por el niño, hubiera caído de cara contra el piso.
- ¿Padma, te sientes bien? -me preguntó con voz ahogada.
- Si -mentí, intentando mantener mi torso derecho y no caer de costado.
- ¿Qué fue eso? -susurró con hilo de voz.
- ¿Qué cosa? -pregunté, llevándome la mano a la frente en un inútil intento de combatir la migraña que taladraba mi cabeza.
- ¡Eso! -insistió, agitando los brazos-. De pronto, te quedaste quieta, pusiste los ojos en blanco y todo el Templo se volvió negro. Fue como si cayeras en trance, y esa oscuridad... no podía ver ni la salida del la Casa.
- Fue una ilusión, estoy casi segura -levantándome con cuidado y tratando de equilibrarme, di mis primeros pasos con una sola cosa en mente.
Debía irme de allí y correr tan rápido como pudiera hacia las afueras del Santuario, más allá de Cabo Sunion y entrenar nuevamente desde cero. No podía creer que eso pudiera suceder sin tener la armadura puesta, pensé que habíamos armonizado correctamente y que podía dominarla a gusto. Creí que podía manejarla...
Creí que podía olvidar mi pasado.
El pequeño Lemuriano me siguió un par de escalones más atrás con semblante preocupado, hasta que toqué el arenoso suelo del Santuario.
- Pero ya te encuentras bien, ¿verdad?
- Pudo ser peor... -susurré.
Pero no contestaba su pregunta, reflexionaba sobre un destino que por la gracia de Athena no llegó a cumplirse.
OOOOOOOOOOOOOOOOOOOO
Cuando abandoné de la Colina Zodiacal, busqué a Pintor y me dirigí hacia Cabo Sunion, como ya era mi rutina. Sin embargo, salí del bosquecillo donde solía entrenar ligeramente decaída sin razón aparente. Todo había salido bien, controlé apropiadamente a Pintor y medité tranquilamente durante largo rato. Sí, todo era como debía ser y funcionaba perfectamente. Menos mis recuerdos.
Había muchas personas que había dejado atrás, a medida que avanzaba en el objetivo de convertirme en Santa de Athena. Era innegable que en cierto punto de nuestras vidas los caminos que nos unían a nuestros seres queridos se dividen, obligándonos a tomar rumbos distintos y no tenía otra opción más que aprender aceptar este hecho lo mejor posible.
¿Pero realmente no podía hacer nada por ellos?
De pronto sentí como si algo me vaciara por dentro y un molesto cosquilleo empezó a recorrer mi espalda.
Sabía lo que era y sabía como solucionarlo.
Concentré una pequeña espera de energía en la palma de mi mano, al principio roja pero luego fue tornándose violeta y un par de diminutas alas comenzaron a emerger de ella. No tardó en convertirse en una pequeña y brillante mariposa azul y negro que aleteaba alrededor mis dedos. Concentré un poco más de energía y con un giro de muñeca, aquellas delicadas alas fueron creciendo y se llenaron de plumas transformándose en un pequeño pajarillo azul que abundaba en la India.
Así fui mutando mi Cosmo en pequeñas aves que recordaba haber visto, hasta llegar a un escandaloso periquito verde que estiraba las alas, mientras aferraba sus patas a mis dedos.
Me hallaba en la entrada del Santuario cuando pude divisar a Dohko de Libra. Se encontraba a unos cuantos metros de distancia y caminaba con expresión animada hacia mí.
Sonreí al verle y le hice una pequeña reverencia, mientras me saludaba de vuelta.
- Supongo que estás terminando el entrenamiento de la mañana... -miró curioso el periquito que ahora caminaba por mi brazo, alejándose de él-. ¿De dónde sacaste este pajarito?
Acercó el dedo índice a la emplumada cabecita, que le respondió con rápido picotazo, obligándole a retirar la mano enseguida.
- ¡Lo siento! -me disculpé de inmediato, deshaciendo al ave hasta convertirla en delgadas líneas de luz roja-. No era mi intención.
- ¿Era una ilusión? -dijo, claramente impresionado.
Asentí.
- Hace poco descubrí que hacer esto calma a Pintor -dije jugueteando con el diminuto punto de luz roja antes de que se extinguiera-. Cuando creo ilusiones ella drena energía. Hasta cierto punto, se comporta como una Musa (1) o algo así.
- Pues por lo visto no le caigo bien a Pintor -comentó mirándose el dedo.
- No, no es eso -contesté rápidamente-. Es así como recuerdo a estos periquitos. Hacían sus nidos en las grietas de las paredes del Templo donde entrené con mi Maestro. Eran muy bonitos, pero nada amistosos. Me disculpo nuevamente.
- Tranquila, Padma, si me enojara por el picotazo de un pájaro, no podría ser Santo de Oro.
Y sin más, comenzamos a hablar de cualquier trivialidad a medida que nos internábamos en el Santuario.
Aún no lo sé con certeza, pero quizás era porque se trataba de una de las pocas personas que conocía en el Santuario, quizás porque su conversación me resultaba agradable o simplemente porque me resultaba una persona confiable, pero últimamente pasábamos mucho tiempo juntos.
A veces me encontraba con el Maestro Dohko de Libra (o Roshi, como todos lo llamaban) y nos sentábamos a charlar en el risco de la playa, hasta que el cielo se oscurecía por completo. No tardé mucho en descubrir que el Librano era un hombre sabio, pero la naturaleza de esta sabiduría era tan distinta a la de mi Maestro que hubiese sido una total necedad compararlas, aunque no podía evitarlo. Shaka siempre optaba por la filosofía más profunda, por las grandes preguntas existenciales y por los conocimientos que emanaba de Buda; Dohko, por su parte, prefería por una sabiduría popular, la más cotidiana, aquella que se aprende en el día a día y de las cosas simples de la vida.
Debíamos haber caminado por cinco minutos, cuando reparé en el paquete que tenía la mano: no muy grande, ancho y flexible, estaba envuelto en papel marrón y parecía más bien liviano. En el momento en que Dohko se dio cuenta que observaba detenidamente el paquete, lo cambió de mano, como si quisiera ocultarlo. Nuevamente comencé a mirar al frente, ligeramente avergonzada por mi impertinencia.
Pero... ¿por qué quería esconderlo?
Deepak siempre decía que cuando alguien quería ocultar algo, sólo lograba hacerlo más obvio y más atención atraía.
- Hoy vi a Shaka fuera de la Colina Zodiacal -dijo, llamando mi atención.
- Si, lo vi cuando pasó por Aries.
- Es raro que salga de su Casa sin una buena razón.
- Nunca sale de Virgo si no tiene que hacerlo -acoté, asintiendo-. Tal vez el Patriarca Shion le pidió algo.
- No hasta donde yo sé, Shion no le ha pedido nada -contestó sacudiendo el paquete y distrayéndome por un instante, hasta que me preguntó directamente-. ¿Hablaste con él sobre la armadura?
- No.
- ¿Por qué? -inquirió extrañado-. Es tu Maestro.
- No creo que me ayude.
Suspiró profundamente y miró el horizonte pensativamente unos momentos, antes de pronunciar palabra.
- Bueno, es normal -comentó distraídamente-. Todos sabemos que Shaka es un auténtico desastre como Maestro.
- ¿Qué quiere decir?
- Tú sabes -comentó encogiéndose de hombros-, sólo hay que ver lo que sucedió con Ágora y Shiva. Eran mediocres, arrogantes y ni siquiera podían luchar sus propias batallas, no me extraña que el Fénix los haya derrotado tan fácilmente. Definitivamente, Shaka no sabe cómo entre--
Dando grandes zancadas, me adelanté y me interpuse en su camino, indignada. Dohko se detuvo frente a mí, primero con expresión sorprendida, para luego cruzarse de brazos y endurecer su rostro con gesto insondable. En cualquier otra circunstancia jamás me hubiera atrevido a confrontarlo de esa manera, pero por un momento olvidé su edad, su rango, la brillante armadura dorada que vestía y el dominio del Cosmo que poseía, atreviéndome a desafiarlo mirándole directo a los ojos.
- ¡Él es un gran Maestro! -exclamé sin contenerme-. No conocí a Ágora ni a Shiva, ni la manera en que los entrenó, pero puedo decirle que me enseñó todo lo que sé, desde griego hasta el manejo del Cosmo, en tan sólo tres años. Tal vez no le parezca gran cosa, pero si logró convertirme en una Amazona a pesar de... -callé por un momento, al ver cómo Dohko sonreía triunfalmente-, caí en su trampa, ¿verdad?
- Digamos que simplemente logré que te sinceraras -concluyó dándome un par de palmaditas en la espalda-. Para odiar a tu Maestro, lo defiendes demasiado.
- No lo odio -murmuré bajando la cara.
- Más bien pareces estar resentida por algo.
- Es que yo... bueno, él... -suspiré-. En realidad, creo que llevé caos a su ordenado mundo y temo que eso no le gustó.
Dohko alzó una ceja, incrédulo.
- Sinceramente, no puedo imaginarte "creando caos". Eres muy tranquila, aunque últimamente has demostrado tener un carácter... - dejó la frase a medio terminar moviendo la cabeza con gesto divertido.
- En realidad, no era mi intención. Mi sola presencia ya le causaba problemas -sonreí, incómoda-. Muchos piensan que es inmoral que una chica esté entre un grupo de Aprendices.
- La gente es igual en todas partes -bufó algo molesto, mientras cambiaba el misterioso paquete de mano-. Y Athene no se queda atrás. A veces, pareciera que sólo viven para hablar de los demás, pero el truco es no hacer caso de los comentarios... -coincidí con su consejo asintiendo con la cabeza, pero por un instante olvidé la conversación y enfoqué de nuevo mi atención en el envoltorio envuelto en color ocre, librando una feroz lucha interna con mi curiosidad, que pedía a gritos saber su contenido-. Aunque... -susurró, distrayéndome de mis especulaciones sobre el contenido del paquete-, eso explicaría por qué se oponía tanto a la idea de tener una alumna -contuvo una carcajada-. Creo que ni él mismo pensó que esto pudiera pasar...
- ¿De qué habla?
- ¿Quieres ir a Cabo Sunion esta tarde? -me preguntó colocando su mano sobre mi hombro, haciendo que me detuviera-. Explicarte este asunto tomará un poco de tiempo y es mejor estar en un sitio tranquilo -continuó en un tono más serio-. Además, tenemos que reunirnos en el Templo del Patriarca ahora.
Parpadeé confundida por un momento, pero finalmente opté por asentir, preguntándome de qué clase de asunto querría hablarme. Sin embargo, había algo que parecía mucho más importante en ese instante. Justo cuando nos despedíamos para tomar rumbos separados, él hacia Libra y yo a mi pequeña cabaña, le llamé.
- ¿Qué tan grave tiene que ser la situación como para que el Patriarca nos convoque a todos?
- Bastante grave, la verdad. Algo me comentó al respecto y parece que no será fácil de solucionar. Ya sabrás los detalles...
- ¿Son Dioses? -pregunté, preocupada.
- No, sólo personas que actúan como si lo fueran... ¡Ah! Por cierto -exclamó volviéndose y arrojándome el dichoso paquete, que atrapé con facilidad-. Eso es para ti.
Atónita, comencé a examinar el envoltorio ocre que tantos tormentos me había causado, sin poder creer que ahora lo tenía entre mis manos, y sobre todo, que fuera para mí.
- Yaha kyaa hai?(2) -pregunté mientras abría el paquete por una de las esquinas, encontrando lo que parecía ser una camisa azul-. ¿Ropa? Pero si la que uso está bien, no hace mucho que la tengo...
- Sí, está casi nueva, pero ya los demás están notando que estás creciendo, pero tu ropa no -me respondió mientras se alejaba, provocando que toda la sangre se me fuese a la cabeza, apretando el paquete contra mi pecho, intentando tapar lo que ya era evidente-. En cuanto a lo demás... lo vas a necesitar -fue todo lo dijo, antes de desaparecer entre las columnas de Aries.
Qué extraño, allí solo había una camisa, un pantalón y... ¿un Salwar Kameez (3) y un Dupatta (4)?
Saqué una de las mangas de la camisa de tela azul, apreciando los sencillos bordados en los puños y la buena calidad de la confección. Era un traje que solían usar las mujeres musulmanas en India, aunque también esta muy difundido entre las personas de otras religiones, ya que era muy cómodo y práctico.
¿Pero por qué dijo que lo necesitaría?
Me quedé mirando en la dirección que se había marchado, asumiendo que aquel día me había dejado con más preguntas que respuestas.
OOOOOOOOOOOO
Sin embargo, la mayor sorpresa se produjo esa tarde, cuando toda la Orden en cuerpo completo se reunió en la antesala del Templo Principal. Santos de Oro, Plata, Bronce, soldados de bajo rango y Aprendices nos agolpábamos en el lugar, entre un fuerte murmullo de especulaciones y conversaciones más triviales. Pero el silencio se hizo pronto cuando apareció el mismísimo Patriarca Shion ante la multitud.
- Es bien sabido que a partir de este momento tendremos un tiempo para establecer lazos de paz con muchos países del mundo, por lo que algunos de vosotros tendréis que partir del Santuario en misiones diplomáticas en nombre de nuestra Diosa y Señora. Por favor, pasad al Templo en cuanto mencione vuestros nombres.
Uno tras otro fue nombrando a los elegidos, Shaka de Virgo, Aioria de Leo, Chloe de Cáncer, Mu de Aries, Zelha de Casiopea...
- ...Padma de Pintor...
Me quedé unos segundos totalmente petrificada, intentando analizar lo que acaba de oír, hasta que sentí un empujón que casi me hizo perder el balance. Alcé la mirada, encontrándome con Aldebarán, que me apremiaba a entrar al Templo con unos leves movimientos de cabeza.
Respirando profundamente, seguí a los otros Santos que había nombrado Shion, procurando mantenerme alejada de mi Maestro. Ya en el interior del lugar, escuchamos las instrucciones de nuestra misión: sería más un reto a nuestra inteligencia, sagacidad e ingenio que a nuestra fuerza, ya que no podríamos utilizar nuestro Cosmo ni técnicas, a menos que nuestras vidas dependiesen de ello. Algo sucedía en el mundo y al parecer, sólo personas normales estaban involucradas en ello. Sin embargo estas personas tenían un poder inmenso, aunque diferente al nuestro.
"Personas que actúan como Dioses"
- Os iréis en parejas, para cubrir más terreno -prosiguió el Patriarca-. Si os veis en peligro, ayudad a vuestro compañero en cuanto sea posible. Sabed que vuestra fuerza es más peligrosa en el mundo que vive la humanidad más allá de nuestras puertas que acá adentro. Por lo pronto, estad pendientes de ir aprendiendo todo lo que podáis con respecto a las nuevas tecnologías y los estilos de vida de nuestros protegidos.
Vaya, que misión más extraña.
Tras decirnos que debíamos ir a Japón en primera instancia, comenzó a dividirnos en las parejas que había mencionado, haciéndome sentir un dejo de inquietud a medida que se iban acabando las opciones.
- Los siguientes serán Padma y Shaka, quienes irán a Pakistán, Irán e India, sin olvidar que los países del Medio Oriente están en pie de guerra por sus distintas religiones y tomando en cuenta que Irán está muy envuelto de lleno en pruebas nucleares.
Fue como si me cayera el Templo encima. Shion me observaba con expresión indescifrable mientras explicaba nuestra tarea y yo sólo podía bajar la mirada para no hacer más evidente mi expresión de horror ante la idea de volver estar bajo la sombra de Shaka.
Y es que... desde que salí de la Casa de Virgo para convertirme en Amazona de Plata me fui preguntando si, en mi afán por agradarle, no me estaba convirtiendo en un ser servil y sin alma.
Igual que mi madre.
OOOOOOOOOOOOO
Notas de la autora
¿Sienten que este capitulo fue raro? Yo también, y no, no planeaba cambiar de estilo ni nada de eso, simplemente así salio.
Este capitulo pasó por varios contratiempos, entre ellos, el hecho de que un virus lo borrara y que salvé gracias a que mi editora tenía una copia. Sin embargo perdí varias cosas, y tuve que reescribir la mitad del cap, sin contar que estuve sin computadora alrededor de dos semanas.
¡Pero terminé! Solo espero que el próximo cap salga más rápido y que este sea de su agrado. (a ver si me pongo al día con el los otros dos diarios )
Glosario:
(1)Musa: según los escritores más antiguos, las diosas inspiradoras de la música y, según las nociones posteriores, divinidades que presidían los diferentes tipos de poesía, así como las artes y las ciencias.
(2) "¿Qué es?"
(3)Salwar Kameez: es una vestimenta típica de las mujeres en Pakistán, Bangladesh y la India. Consiste en un Salwar, una camisa larga y holgada que suele llegar hasta la rodilla o a la mitad de la pierna, con mangas largas o 3/4, y un Kameez, los cuales son un tipo de pantalón también holgado. Puede ser estampados o unicolor, y en este último caso tener elaborados bordados en el cuello, y los bordes de las mangas.
El Salwar Kammez suele ser utilizado por mujeres musulmanas, pero su practicidad y diseño a hecho que muchas mujeres de distintas religiones lo vistan a diario. En la actualidad, este traje tienden a ser más ceñidos al cuerpo y se pueden conseguir una infinidad de variantes del diseño original. Solo busquen en google y verán XD.
(4) Dupatta: básicamente es una bufanda ancha, que puede ser usado como accesorio alrededor del cuello o como velo. Para las mujeres musulmanas, la Duppata constituye la alternativa menos rígida de cumplir con la ley del velo islámico, en comparación a la hijab o la infame burka
