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Por lo demás, Saint Seiya y sus personajes son propiedad de Masami Kurumada y Toei.

Cree en Mí

Desde tiempos antiguos, las mujeres raramente fueron tratadas con justicia y muchas veces fueron consideradas inferiores a los hombres por diversas razones, o mejor dicho, excusas.

Milenio tras milenio, civilización tras civilización, se nos acusó injustamente de ser la fuente de los infortunios de los seres humanos. Desde Eva, cuya decisión de tomar el fruto prohibido le valió la expulsión del Paraíso cristiano y la condena de la humanidad, hasta Pandora, quien al demostrar imprudente curiosidad, cayó en la trampa de los Dioses y abrió el ánfora que contenía todos los males, cerrándola justo a tiempo para tan sólo conservar la esperanza.

"Las mujeres son pícaras, llenas de malicia y en ellas es difícil encontrar la verdad" -decía Buda a sus discípulos, al inicio de sus predicaciones-. "No deben dirigirse a una mujer, ni mirarla a no ser en caso de necesidad."

Y es que en aquel entones, el Iluminado consideraba que las mujeres no podían alcanzar el Nirvana. Para llegar a él, Buda creía que era necesario aniquilar el "deseo de vivir", siendo éste el que provoca el mayor sufrimiento, ya que nos hace temer a lo inevitable de la muerte y nos induce buscar lo imposible, la inmortalidad más allá del siglo de encarnaciones.

En definitiva, buscar un mundo inmutable.

Así, la mujer, ligada a la maternidad y al nacimiento, fue vista como el obstáculo más grave para la liberación del ciclo de los nuevos nacimientos. Fácilmente ella podría desviar al hombre de sus mejores propósitos. Lo seduciría, le haría desearla y lo induciría a unirse a ella para procrear, alejándolo cada vez más de la iluminación y atándolo a al infierno de los deseos terrenales, constituyendo así, un gran peligro. Era preciso mantenerla bien apartada, y para eso, había que aprender a despreciarla.

Si una mujer deseara realmente el camino de la salvación, sólo tenía una alternativa: renacer como varón, lo que sería posible en el caso de que se esforzase, en su vida de mujer, por "desarrollar un modo de pensar masculino". Por esta razón, reglas establecidas inicialmente para su "orden" se referían sólo a los hombres, porque sólo ellos podían hacerse monjes y alcanzar la perfección.

Sin embargo, para Ananda, uno de los discípulos más aventajado del Iluminado, parecía que Buda había olvidado sus propias enseñanzas.

Después de todo¿él no había declarado que todo ser viviente podía alcanzar el Nirvana?

OOOOOOOOOOOOOOOOO

- ¡Es imposible! -resonó por todo el Templo Patriarcal, provocando que Shion frunciera el entrecejo-. Es algo que sencillamente no podemos aceptar.

- Estoy de acuerdo con Shaka -apoyó una voz, desde uno de los extremos del semicírculo que formaban los Dorados alrededor del trono del Patriarca.

Todos se volvieron al lugar de donde provenían aquellas palabras y varios de los presentes alzaran las cejas sorprendidos, e incluso el propio Shaka parecía algo perturbado, cuando descubrió que Afrodita de Piscis se unía a su causa. Ellos nunca se habían llevado bien, de hecho, eran casi dos desconocidos que apenas e intercambiaban un par de palabras cuando era estrictamente necesario. Sin embargo, aquel día había comenzado de forma extraña y a medida que pasaban las horas todo tomaba un matiz aun más insólito.

Ninguno de los Santos Dorados supo qué pensar cuando el Patriarca los convocó a todos al Templo Principal aquella mañana, pero sin duda, concordaban en que debía ser algo muy importante e incluso grave. Una situación sospechosa que debían investigar, una amenaza contra la Diosa, o incluso algún Dios rival que volvía a poner su mirada codiciosa sobre la humanidad, fueron hipótesis que se formaron en las mentes de los doce hombres a medida que subían la Escalinata Zodiacal.

Pero, al llegar ante Su Santidad Shion, descubrieron con desconcierto e incluso horror, que esta vez no se trataba de una amenaza al Santuario y sus ideales, si no un ataque directo contra la salud mental de los habitantes de la Colina Zodiacal; el cual, para colmo de males, provenía de una idea de la mismísima Athena: de ahora en adelante, y según las estrellas lo indicaran, los valientes Santos Dorados de Athena tendrían que entrenar muchachas y convertirlas en dignas Amazonas de la Orden.

Eso significaba romper con milenios de tradiciones y leyes no escritas, ya que se daba por descontado que los doce hombres más poderosos de la Orden no entrenaban mujeres. Aquellas que quisieran seguir las enseñanzas de la Diosa, deberían ser entrenadas por otras Amazonas o ser autodidactas, y sólo en ciertos casos excepcionales, estarían bajo la custodia de un Santo de Plata o Bronce.

En verdad, había pocas niñas y muchachas dispuestas iniciar el duro entrenamiento para obtener una armadura, y aún menos lo habían soportado. A esto se le sumaba el sometimiento a la Ley de las Máscaras, que las obligaba a esconder sus rostros so pena de no descansar hasta matar a cualquier infeliz que hubiera tenido la desgracia de verlas, aunque se tratara de un accidente, o aún peor, en caso de que no lograran darle muerte, no tendrían otra opción más que "amarlo".

Vaya ironía, ya que este mal llamado "amor" habitualmente degeneraba en una enfermiza obsesión, que causaba muchos más problemas de los que solucionaba. Y Shaina era prueba de ello.

¿Qué sucedería si uno de estos accidentes sucediera entre un Dorado y su alumna?

Quizás ésta era la razón por la que Shaka y Afrodita unían fuerzas. Aunque, lo más probable es que sus motivos fueran completamente distintos, pero sus fines eran los mismos; por esta razón ahora batallaba lado a lado en un intento desesperado por hacer entrar en razón a sus compañeros y dar marcha atrás a una idea que ellos hubieran calificado de descabellada, si esto no hubiera implicado cometer una blasfemia.

Sin duda, las guerras crean extraños aliados.

- No creo que obligarnos a entrenar muchachas haga alguna diferencia -prosiguió el Santo de Piscis-, ellas no pueden despertar el Séptimo Sentido. Además, para eso están Marin y Shaina, que son las Amazonas de más alto rango -concluyó con un ademán desdeñoso.

Dohko no pudo evitar oír el gruñido de enfado que emitió Aioria tan pronto como el Pisciano terminó de hablar.

- ¡Ja! Seguro no quiere compartir su maquillaje con su alumna - farfulló Milo, burlón, desde el otro lado.

El Antiguo Maestro miró al cielo implorando por paciencia y porque esos muchachos no se fueran a las manos antes de terminar la reunión. Porque con tanta tensión en el ambiente, lo último que necesitaba era impedir una lucha de mil días.

A pesar de que la mayoría se mostraba inquietos, indecisos e incluso molestos, había dos de ellos que se mantenían imperturbables. De hecho, si sus ojos no lo engañaban, podría jurar que Aldebarán estaba sonriendo. El otro, Shura, sopesaba todo lo que comentaba en la reunión con cierto desinterés, que bien se podía interpretar como el sentimiento de superioridad de quien sabe cierta información importante, que los demás desconocen.

- Sí, sin duda Marin ha demostrado ser una estupenda Maestra y bien podría entrenar a una nueva generación de Amazonas -respondió Shion. El Librano no pudo evitar una carcajada interna, al darse cuenta que su viejo amigo seguía siendo el mismo, a pesar de sus más de 250 años. Terco y mandón, aunque en una manera mucho más sutil. Y no, no podía negar que Marin había hecho lo imposible al convertir a Seiya en uno de los más grandes de la Orden. Modestia aparte, él mismo consideraba que tampoco había hecho un mal trabajo-. Sin embargo, Afrodita, entre vuestros compañeros Dorados hay uno que ha estado entrenando a una niña durante los últimos años -continuó tranquilamente Shion, volviéndose a su derecha-. ¿No es así, Shura?

- En efecto, su Santidad -admitió, dando un paso al frente, para el desconcierto de todos excepto Aldebarán, quien sencillamente amplió su sonrisa. Seguramente, ya lo sabía.

- ¿Y cómo ha sido su desempeño?

- Hasta ahora ha sido una excelente alumna y gran devota de Athena. No tengo ninguna queja sobre ella.

- ¿Acaso la chiquilla ya obtuvo el Séptimo Sentido? -cortó Afrodita con la más fingida inocencia.

- No, pero si había progresado mucho cuan-

- ¡Pero no lo suficiente como para ser una Amazona Dorada! -exclamó el Pisciano.

- Quizás aún no la ha entrenado el tiempo suficiente -intentó mediar Mu.

- En realidad la he entrenado unos 6 o 7 años, pero-

- ¡Allí lo tienen! -exclamó triunfante, Afrodita, ignorando la mirada asesina que le lanzaba el Capricorniano-. Siete años de entrenamiento y aún no ha conseguido el Séptimo Sentido. Lamentable, sin duda.

En teoría, los Capricornianos son personas pacientes, disciplinadas y tranquilas. Sin embargo, hasta ellos tenían un límite, y Shura ya lo había cruzado. El hombre ya había dado un paso en dirección a Afrodita, y de no ser por los rápidos reflejos de Camus para sujetarle por el brazo, se le habría lanzado al cuello, olvidando por completo que estaba en presencia del Mayor de los 88 Santos de Athena.

- ¡¿Acaso dudas de mi capacidades como Maestro?! -prácticamente ladró.

El autoproclamado como el más bello de la Orden de Athena, hizo un mohín casi infantil y lanzó un suspiro desconsolado.

- No, sólo digo que, por más que te esfuerces, es completamente comprensible que una niña no pueda comprender el Séptimo Sentido -acotó haciendo un ademán con la mano. Se volvió al Patriarca con un ademán muy teatral-. Me temo, Su Santidad, que por muchos cuidados que se le otorguen a las malas hierbas, éstas nunca se convertirán en rosas.

Shion se acomodó un poco en su trono antes de contestar.

- Entonces, según tu criterio, cada persona tiene un límite predeterminado para el desarrollo de su Cosmo.

El Pisciano asintió.

- Que sólo unos cuantos elegidos pueden llegar a desarrollar su Cosmo hasta alcanzar el Séptimo u Octavo Sentido.

- Sí.

- Y que, por ejemplo, un Santo de Plata nunca podría aspirar a poseer tanto poder como un Dorado.

- En efecto -confirmó, ante la mirada casi compasiva del mayor de los Lemurianos.

Shaka dio un respingo y apartó la "mirada" del Pisciano con un enfado que no pasó desapercibido para nadie. Se había dado cuenta cómo, tontamente, Afrodita había caído en el juego del Patriarca.

- Tal parece, que hemos olvidado a los cinco valientes Santos de Bronce que no sólo nos enfrentaron en los momentos más oscuros y nos mostraron nuevamente el verdadero camino que conduce a la Diosa -comentó calmadamente, mientras el color se iba de la cara del muchacho.

- Debo recordarle a Su Santidad que estamos hablando únicamente de hombres que han logrado superar sus limitaciones -se escuchó nuevamente la voz calmada del Iluminado. Vaya, no podía negar que el chico no sólo era poderoso, sino astuto-. Una mujer nunca podría ser tan poderosa como un Santo Dorado.

- Pues hasta donde yo recuerdo, Athena, nuestra Diosa, es mujer -le espetó Aldebarán cruzándose de brazos-. Y sin duda alguna, es mil veces más poderosa que todos nosotros juntos.

Shion no pudo evitar sonreír cuando, por unos segundos, se hizo un silencio absoluto. Quizás Aldebarán no era el más listo de los Santos de Athena, pero sin duda tenía el más contundente sentido común de los allí reunidos, notando algo tan evidente que los demás sencillamente obviaron.

Porque, en efecto, ellos estaban consagrados a los ideales de una divinidad femenina, Athena.

-Es completamente diferente -replicó Shaka, cuando logró maquinar suficientes argumentos para rebatir lo dicho por el Toro Dorado-, no podemos simplificar este asunto de forma tan mundana. No puedes comparar a la Diosa con las mujeres mortales, ya que...

Con un suspiro, el Patriarca se enderezó en la silla, entrelazó los dedos de sus manos y apoyó los codos en el trono, preparándose para escuchar aquella larga explicación teológica y filosófica con un semblante aparentemente neutro. Sin embargo, Dohko lo conocía lo suficiente como para saber que estaba profundamente aburrido, hasta podría decir que hastiado de tanta palabrería inútil. La posición del Ariano ya estaba fijada desde un inicio y hasta ahora nada ni nadie había logrado convencerlo de lo contrario.

Pronto, su atención se desvió de la discusión y se concentró en un punto un tanto apartado y sombrío de la habitación. Allí, apoyado en la columna de mármol blanco, uno de los Santos de Athena se mantenía completamente indiferente a cualquier cosa que se dijera o sucediera en la Sala Maestra. De hecho, parecía encontrar infinitamente más interesante en la mugre debajo de sus uñas que la perspectiva de que tuviera que entrenar a una muchacha o una niña.

Aunque a decir verdad, la posibilidad de que cualquier ser vivo cayera en sus manos resultaba perturbadora para el resto del Santuario.

Shion hizo una mueca de preocupación que coincidió con la de su viejo amigo. Athena había pedido consultar a todos los Dorados sobre el tema, y eso, por fortuna o desgracia, lo incluía a él. Y para su mayor inquietud, él tendría el voto del desempate que finalmente decidiría todo ese asunto.

Tomó aire y finalmente le llamó.

- Y tú, DeathMask. ¿Tienes algo que decir al respecto?

El Oscuro alzó las cejas ligeramente, para luego adoptar una posición más erguida y digna. La esperanza volvió a Afrodita, que sonrió triunfante, sabiendo que su mejor amigo lo apoyaría sin reservas contra en aquella locura de entrenar mocosas. Sin embargo, Shaka frunció profundamente el ceño, DeathMask jamás había sido de su agrado, es más, lo detestaba; y viendo el asunto en retrospectiva, al Antiguo Maestro le quedaba clara que había intuido la jugada aquella mente retorcida tenía preparada.

- Sí, tengo una pregunta -contestó el Cangrejo.

Todos los Santos lo observaron expectantes.

- ¿Cuándo me entregan a la chica? -fue todo lo que dijo, curvando sus labios con una cínica sonrisa.

OOOOOOOOOOOO

- Entonces DeathMask... -balbuceé, perpleja.

- Sí, era de los más entusiasmados con la idea -afirmó Dohko, con cierto malestar.

- Pero... ¿por qué?

- Me gusta pensar que fue porque Shunrei logró lastimarlo una vez, aunque en el fondo sé que fue por llevarnos la contraria o alguna otra cosa -se encogió de hombros-. No es fácil saber qué es lo que pasa por la mente de ese chico... y si quieres mi opinión, prefiero seguir en mi feliz ignorancia respecto a ese tema.

Parpadeé confusa, tratando de digerir todo lo que acaba de contarme, en especial...

- Entonces, Shunrei debe ser una gran Amazona -dije emocionada, mientras él me miraba totalmente pasmado-. ¿Usted la entrenó?

Lograr herir a un Dorado era una auténtica proeza... así que no entendía por qué ahora Dohko estaba carcajeándose a todo pulmón.

- ¿Acaso dije algo gracioso?

- No... no... Shunrei no es ninguna Amazona, yo nunca la entrené, no lo hubiera resistido ni tampoco estaba destinada a ello. Ella es una chica muy buena, pero es muy frágil. De hecho, recuerdo que cuando algún ratón entraba a la casa, se paraba sobre la mesa más cercana y chillaba hasta que Shiryu lo atrapaba y lo sacaba.

Suspiré sintiéndome decepcionada y sin más, abracé mis rodillas y me concentré en el vaivén de las olas. De nuevo nos encontrábamos en aquel risco cerca de Cabo Sunion, como habíamos acordado en la mañana, justo antes de que el Patriarca Shion nos encomendara la misión de apaciguar a los gobernantes del mundo. Al margen de lo complicado y delicado que podía llegar este asunto, aún me atormentaba por problemas mucho más personales e intrascendentes que arrastraba desde hacía tiempo.

- Entonces... -comencé, vacilante-. Mi Maestro nunca quiso entrenar a una chica.

- De hecho todos creíamos que nunca lo aceptaría -contestó con tono sombrío-. Hasta Afrodita se resignó a ello cuando le entregaron a Alexa, aunque no de muy buena gana -sonrió levemente, como si recordara una anécdota divertida-. Shaka, en cambio, no movió un dedo cuando Shion le ordenó que fuera por ti a Nepal. De hecho, por eso tuve que buscarte yo mismo y llevarte hasta la India.

Si el Librano pensaba animarme con esta charla, me temo que sólo consiguió el efecto contrario. La única razón por la que me entrenó, fue porque lo obligaron a hacerlo y nada más. Una vez más confirmé que había perdido tiempo y esfuerzo buscando un reconocimiento que nunca obtendría de su parte... y que quizás nunca debí buscar en primer lugar.

Debí imaginarlo.

- Sabes, Padma -continuó, llamando mi atención-, antes de llevarte ante él, pensé que te rechazaría de inmediato y que debería encontrarte otro Maestro, es más ya lo había previsto. Casi me tragué mi propia lengua cuando te aceptó como alumna y más cuando te vi pelear. Sin duda, te entrenó como es debido.

Lo miré con los ojos bien abiertos, sin terminar de entender qué quería decir.

- Bueno, quizás se deba a que soy una Shakya y... -alegué tontamente, mientras jugueteaba con la punta de mi trenza.

Dohko simplemente negó con la cabeza.

- No, esto no tiene que ver con castas ni con Buda. Tal vez sí, pero no tanto como te imaginas.

- Pues no veo que mérito puedo tener, Athena y el Patriarca sólo me impusieron como su alumna y el simplemente obedeció...

- Shaka tenía la libertad de rechazarte o simplemente ignorarte -explicó-, tal como lo hizo Afrodita con Alexa, y cualquiera pudo haberte entrenado en su lugar. Casi todas las Amazonas entrenaron con Santos que no eran sus Maestros en un principio, aunque por corto tiempo. Así que no hubiera sido tan extraño que finalmente te entrenara otra persona.

Esta vez, fue mi turno de hacer un gesto negativo.

- Con todo respeto, Maestro, usted no comprende a los Virgos. A nosotros no nos gusta dejar las cosas a medias, y cuando se nos encomienda una tarea, nos esmeramos por llevarla a buen término y con la mayor perfección. Al Maestro Shaka le encomendaron convertirme en una Amazona y durante tres años trabajó en ello hasta conseguirlo.

- Y por lo visto, también ustedes son unos grandísimos testarudos -dijo alegremente-. Se nota que a pesar de todo, lo admiras demasiado.

- Supongo que sí, lo admiro como Santo -murmuré, levantando la mirada de mi trenza por un momento para ver cómo el sol se ocultaba.

- ¿Y como persona?

- Él es el más cercano a ser un Dios¿no?... -fue mi única respuesta.

Permaneció silenciosamente pensativo por un rato, antes de darme unas palmaditas en la espalda, animándome a seguirle mientras se ponía de pie.

- Llevamos bastante tiempo aquí, deberías descansar antes de irte a la misión.

Asentí en silencio y bajé del peñasco con saltitos ligeros, mientras recordaba su relato sobre aquella lejana discusión en el Templo del Patriarca, en la que, sin saberlo, se estaba decidiendo el destino de un puñado de chicas que en ese momento se encontraban en los más lejanos puntos del planeta.

Quien lo diría, nuestras vidas estuvieron en sus manos y ellos no parecían estar concientes de ello.

- Maestro Dohko -le llamé, haciendo que me mirase con curiosidad, deteniéndose por un momento-. ¿Y qué opinaba usted sobre entrenar muchachas?

- La verdad… - tomó aire y sonrió levemente-. Pensé que era una locura y que nada bueno saldría de todo esto -contestó para mi total sorpresa, justo antes de darse vuelta y emprender la marcha una vez más-. Pero con el tiempo, he comprendido que es de idiotas no cambiar de opinión, más cuando todo demuestra que estabas equivocado.

Me quedé helada por unos minutos. Sacudí la cabeza y aceleré el paso para darle alcance antes de que entrara en el Santuario. A medida que me adentraba en las tierras de Athena, hacía un repaso mental de lo ocurrido aquel día, que sólo podía calificar como "intenso".

Y el Maestro Dohko tenía razón, el Salwar Kameez me será muy...

Me detuve en seco y lo miré boquiabierta, comprendiendo de pronto la actitud del Librano aquella mañana. Él, al ver mi sorpresa, dejó de caminar y alzó una ceja interrogativamente.

- ¿Sucede algo?

- Usted lo sabía... -murmuré.

- ¿Qué cosa?

- ¡Usted sabía que tendría que hacer esta misión junto a mi Maestro¡Por eso me dio el Salwar Kameez y me dijo que viniera a Cabo Sunion!

- Me atrapaste, pequeña -confesó, posando sus manos sobre mis hombros-. Tan analítica como cualquier Virgo.

No sé que cara habré puesto, pero su natural jovialidad se apagó con el crepúsculo y pronto su actitud condescendiente dio paso al desconcierto. En aquel instante, realmente poco me importaba lo que tuviera que decir sobre las características de mi signo regente o cualquier otra cosa, solo quería que respondiera una pregunta.

- ¿Por qué no me lo dijo?

- Me interesaba saber como reaccionarías... -explicó quitándole importancia, como si fuera una simple broma, aunque particularmente pesada.

Difícilmente podía sentirme más decepcionada.

- Me alegra que se haya divertido -contesté secamente, dando un paso atrás, dejando caer sus manos de mis hombros-. Debo irme.

Caminé con pasos firmes y rápidos sin mirar hacia tras, en dirección a las cabañas de las Amazonas. Sólo quería estar sola.

OOOOOOOOOOOOOOOO

La noche comenzaba a darle paso a la luz del amanecer revelando ante mí el majestuoso paisaje selvático de India. Nunca había visto algo como aquello. A diferencia de Nepal, todo era verde hasta donde alcanzaba la vista. Una bandada de los pájaros más coloridos que hubiera visto en mi vida voló escandalosamente por encima de nuestras cabezas.

¿Pero cómo? Hacía unos pocos segundos estaba despidiéndome del Maestro Mu y de Kiki en las montañas de Nepal.

- Cuando te dije que podía viajar a la velocidad de la luz, era en serio -dijo el Maestro Dohko burlonamente ante mi cara de asombro.

- ¿Mi Maestro también me enseñará a hacer eso?

- Él te enseñará a moverte rápido, pero al final todo dependerá de tu esfuerzo -miró un punto hacia el oeste-. Ven, es por aquí.

Mientras me guiaba, eché un vistazo alrededor, buscando alguna señal de las montañas del Himalaya, sin éxito. No había duda, ahora estaba muy lejos de casa, pero no sentía miedo, de hecho, una creciente emoción se acumulaba en mi pecho a medida que me acercaba al claro donde ser erguía un antiguo templo de piedra. Allí, parado frente a la puerta, un chico algo mayor que yo, de cabello índigo y ojos de un azul un poco más claro, barría la entrada tranquilamente. Vestía la túnica de un monje y parecía un poco sorprendido con nuestra presencia.

Hasta que me detalló con más cuidado.

Cuando hablaba con el Maestro Dohko, era incapaz de mantener el hilo de la conversación y sus ojos parecían moverse contra su voluntad hacia donde yo me encontraba, antes de volver a prestarle atención al Santo y asentir con expresión bobalicona.

Finalmente, seguimos al chico a través de los pasillos del templo de piedra gris. Parecía realmente antiguo y muy bien construido, con sólidas paredes donde se apreciaban relieves de la vida de Buda, escenas de los 7 infiernos budistas e imágenes del Nirvana.

Noté que el muchacho me dirigía otra mirada furtiva. No lo podía culpar, difícilmente podía concebir una imagen más extraña de la que ofrecía en ese instante: era una chica muy delgada, que vestía un sari raído y estaba peinada con trenzas, como cualquier otra de mi edad; pero mis brazos y piernas estaban cubiertas de vendas para ocultar los tatuajes de henna y una máscara de metal decorada en rojo cubría mi rostro.

Ya el Maestro Mu me habían advertido que, en conjunto, me daban un aspecto un tanto siniestro, mientras que Kiki fue más directo: "¡Asustas!" había dicho con una mueca. Sin embargo, no podía hacer nada para arreglarlo: el sari era la única ropa que me quedaba, las vendas cubrían los tatuajes de henna para evitar que descubrieran que me había escapado en la víspera de mi boda y la máscara era obligatoria para las mujeres dentro de la Orden de Athena.

Cuando finalmente llegamos a la última habitación del Templo, el chico se quedó en la puerta y con una respetuosa inclinación anunció que nos dejaría a solas con el Maestro. Era una sala grande, construida con lozas de piedra e iluminada tenuemente por la luz de la mañana que se colaba por grandes ventanales, la cual sin duda se utilizaba para recitar los mantras de cada día. La sutil luz y la máscara me impedía ver con claridad que lo que había en el extremo opuesto del lugar, pero pude distinguir dos figuras humanas, una mucho más pequeña que la otra, y creí distinguir a un hombre que brillaba con un intenso y poderoso resplandor dorado.

Era muy parecido al que emanaba del Maestro Dohko o el Maestro Mu, pero aun así se sentía un poco diferente, aunque no podría decir por qué.

A medida que nos aproximábamos, no pude dejar de sorprenderme ante aquel hombre: era delgado y pálido, increíblemente joven para ser un Iluminado. Su espléndida caballera rubia flotaba al compás de su inmenso Cosmo, casi como si estuviera sumergido en el agua, sereno e impasible con lo que sucedía alrededor, como si estuviera conciente de que era demasiado poderoso para preocuparse por algo. Meditaba pacíficamente en posición de loto, lo cual hizo que me fijara por primera vez el inmenso relieve en piedra con la forma de Buda a su espalda, que de alguna manera, parecía formar una unidad con el hombre sentado a sus pies.

Ya el Maestro Dohko y el Maestro Mu me habían advertido de que se trataba del hombre más poderoso de la Orden, pero aquello superaba con creces todas mis expectativas.

Sinceramente, no podía sentirme más intimidada.

De pronto, su Cosmo se apagó lentamente, al percatarse de nuestra presencia.

- Roshi -su voz resonó con más fuerza de la que hubiera esperado-. ¿A qué debo tu honorable visita?

- Aquí está, Shaka, ella será tu alumna –respondió el aludido palmeando mi hombro, invitando a que me acercara un poco más al hombre rubio.

Obedientemente, di unos vacilantes pasos hacia delante, hasta encontrarme frente a frente con el que sería mi Maestro. Esperé a que él hablara, conteniendo mi instinto de salir corriendo de ese lugar para escapar de aquella atmósfera de tensión.

- Aapka kya naam hai? (1) -preguntó.

- Mera naam Padma Shakya hai (2), nacida en la casta de los Newar -respondí con una profunda reverencia, como era la costumbre ante una persona de tan alto rango.

Inmediatamente pensé que había cometido un grave error. El joven Iluminado, tensionó todos los músculos de la espalda e inundó la habitación con una luz dorada, que me hizo sentir... ¿observada? Pero era absurdo, ni siquiera había abierto los ojos desde que llegamos.

- Una Shakya de casta Newar -repitió, con suspicacia-. ¿Acaso fuiste--?

- ¡Ya no! -me apresuré a contestar-. Sólo soy Padma Shakya, una hija de la casta de los orfebres y nada más.

La luz dorada que emergía de su ser se extinguió y se volvió hacia el hombre que me había llevado ante su presencia.

- Me pregunto si sabes que me has traído, Roshi.

- A tu alumna, ni más ni menos, Shaka -el Maestro Dohko se puso de pie y caminó hasta donde yo me encontraba-. Quizás no tenga la mejor condición física, pero hasta ahora ha demostrado ser bastante determinada a la hora de hacer lo que se propone. Creo que podría llegar a convertirse en una buena Amazona con el entrenamiento adecuado.

- Usted sabe lo que opino de esto.

- Athena tendrá sus razones, Shaka.

Me moví incómoda mientras los minutos se extendían hasta parecer interminables horas, mientras Shaka de Virgo decidía si me tomaría como alumna.

Era extraño.

El Maestro Dohko me había explicado aquel inmenso Sakti que había sentido justo antes de encontrarnos pertenecía a Athena Devi (3), la cual había resuelto que un nuevo grupo de aprendices fuesen entrenados para aumentar las filas de su ejército, entre los cuales estaba yo. Pero si la Diosa ya lo tenía decidido¿por qué necesitaba la aprobación de Shaka de Virgo¿Acaso la palabra de la Diosa no debía ser obedecida sin chistar?

- No. No entraré en esta locura -le oí decir, para mi sorpresa-. Por favor, infórmale a Shion de mi decisión y haz lo que creas conveniente con la niña.

Y haciendo una pequeña reverencia, se dispuso a marcharse de la habitación.

- Pero... ¿acaso Athena Devi no le ordenó que fuera mi Maestro¿Acaso no debe obedecerle? -pregunté, con un nudo en la garganta.

Shaka de Virgo no se inmutó. Ni siquiera estaba segura de que me hubiera escuchado.

No... no... ¡NO!

No podía creerlo, no quería creerlo. No había viajado desde Nepal para esto, no había dejado atrás todo por Athena para que, en tan sólo un par de minutos, un hombre decidiera que no podía unirme a la Orden y sin darme razones.

Paralizada, sentí como sus pasos estremecían de forma casi imperceptible el suelo y como su túnica rozaba levemente las lozas de piedra, mientras se dirigía a la puerta. Cuando sus pasos resonaron junto a mí, mis piernas se movieron por instinto. Estaba desesperada por alcanzarle, por no dejarle ir.

No sin una respuesta.

Me interpuse entre él y la salida del salón, desplomándome a los pies de Shaka de Virgo, con la frente pegada al piso. Así arrodillada de la manera más sumisa, me tragué todo mi orgullo, para hacer lo nunca había hecho: suplicar.

- ¡Kripaya, kripaya! (4)¡Déjeme luchar por Athena Devi¡Por lo menos permítame intentarlo!

- Lo siento, pero no considero que eso sea sabio de mi parte.

Intentó evadirme, pero nuevamente le bloqueé el paso, esta vez parándome frente a él con los brazos extendidos, haciendo que inmediatamente todos los músculos de su cara se contrajeran de disgusto.

Detrás de mi máscara sostuve la mirada sobre sus ojos cerrados.

En ese momento me importaba bien poco que ese hombre pudiera desintegrarme con un solo movimiento de su mano, había llegado demasiado lejos y pasado por tantas cosas, que no estaba dispuesta a recibir una negativa de nadie.

- ¿Por qué? -lo interrogué con un atrevimiento que rayaba en el insulto.

- No tengo que contestarle nada a una chiquilla insolente.

Una especie de energía invisible me golpeó fuertemente en el pecho, arrojándome fuera del camino del Buda y haciendo que cayera sentada a unos cuantos metros de distancia. Y entonces vi cómo se acercaba más a la salida del recinto con la certeza de que si la cruzaba, habría perdido toda oportunidad.

- ¡Si usted no se considera lo suficientemente bueno para ser mi Maestro, entonces pido que el Maestro Dohko me entrene! -grité, frustrada, en un último y desesperado intento.

Se detuvo.

Respiré hondo, tratando de tranquilizarme, sin quitarle los ojos a la cascada de cabello rubio que caía sobre la espalda de Shaka. El tiempo pareció detenerse por un instante, congelando por un instante la rígida figura del Iluminado y el rostro horrorizado del muchacho que esperaba en la puerta. Incluso Dohko parecía tenso y alerta, como si estuviera a punto de enfrentarse a un enemigo.

- ¿Qué has dicho? –preguntó con aparente tranquilidad, al tiempo que Shaka se volvía lentamente hacía mí.

Entonces, dio un par de pasos en la dirección en la que me encontraba, "observándome" desde su altura con la más gélida expresión que alguien me hubiese dirigido, haciéndome sentir como la más insignificante criatura que caminaba sobre la tierra.

- ¿Qué te hace pensar que puedes pedir tal cosa?

- Sólo pido una oportunidad -murmuré humildemente.

- Convertirse en un Santo de Athena no es un camino fácil, muchos han perdido la vida intentándolo.

- No estoy buscando una salida fácil... y no moriré hasta ser parte de la Orden de Athena.

- ¿Y que te hace pensar que llegarás tan lejos?

- Confío en Athena -contesté sin titubeos-, y si lograra alcanzar el poder necesario para romper montañas con los puños y aplastar las estrellas, sólo podría utilizarlo para ayudarle.

- ¿Por qué? -me soltó, con tono burlón-. Hay cientos de Dioses por los que puedes combatir y te recompensarían mucho mejor por ello. ¿Por qué Ella y no Taleju¿Por qué no usarlo en tu propio beneficio?

¿Por qué? Bajé la mirada y recordé el inmenso Sakti que me había envuelto aquella mañana en los caminos de las montañas. Esa sensación cálida que invadió mi pecho y se extendió por el resto de mi cuerpo, llenándome de energía, devolviéndome las ganas de levantarle una vez más, de seguir adelante y luchar contra un destino que consideraba peor que la muerte.

Athena Devi me había dado algo que nunca nadie me había ofrecido: la libertad de escoger mi camino.

Y yo quería pelear a su lado…

- …porque Ella es la esperanza -fue mi sincera respuesta.

Callé, sintiéndome tonta, avergonzándome de mi propia ignorancia al responderle a un Iluminado de forma tan simple. Él, una persona que era venerada como un Buda, un Santo Dorado al que sus propios compañeros reconocían como el más poderoso entre los poderosos. Por eso, cuando vi por primera vez aquellos zafiros asomándose a través sus párpados entreabiertos y ese gesto de imperturbable serenidad en su rostro, no pude más que observarlo en silencio, maravillada y aterrada a partes iguales, mientras esperaba su definitiva sentencia.

- Deepak, tráelo -murmuró. El chico de la puerta desapareció y no tardó en regresar con una bolsita de tela del tamaño de un puño, la cual entregó al Maestro-. Dame tu mano -me ordenó.

Titubeé por un instante, dándole un vistazo al Maestro Dohko para tratar de descifrar en sus gestos si era prudente obedecerle, pero él parecía tan sorprendido como yo.

Sacudí la cabeza.

Ya había llegado demasiado lejos como para echar todo por tierra debido a recelos estúpidos. Sin pensarlo más, extendí mi mano hacia él con la palma mirando hacia el cielo, esperando algún azote o reprimenda por mis palabras, pero sabría soportar cualquier cosa a cambio de ser aceptada como discípula.

Pero Shaka simplemente tomó mi mano con su derecha, mientras que con su izquierda comenzó a enrollar alrededor de mi muñeca el rosario budista que había sacado de la bolsita, hasta que se convirtió en una gruesa pulsera de que se aferraba en mi brazo.

- No esperes un trato especial por ser una niña. Tendrás que esforzarte como cualquier otro de mis alumnos e incluso más que ellos -dijo, caminando en dirección a la salida y se volvió al muchacho que esperaba en la puerta-. Deepak, busca un par de túnicas limpias para ella y guíala a la cámara vacía al fondo del tercer pasillo. Esa será su habitación de ahora en adelante.

OOOOOOOOOOOOOO

Debí darme cuenta que algo no andaba bien cuando Marin entró a mi habitación como un huracán, despertándome a eso de las 2 de la madrugada. Más dormida que despierta, me senté en la cama y observé cómo la japonesa buscaba entre las gavetas de la cómoda, sacando mis escasas pertenencias y metiéndolas en mi bolsa de viaje, vestida con una especie de camisón rosa con encaje.

¿Marin usando algo con encajes... y rosa?

No, no había duda. Aún estaba dormida y esto se trataba de uno de esos bizarros sueños cortesía de Pintor. Sin pensarlo dos veces tomé la cobija, giré sobre mí y cerré mis ojos nuevamente, esperando pasar a mi siguiente alucinación nocturna: tal vez elefantes en tutú y Aldebarán con un sari rosado brillante, cantando y bailando al más puro estilo Bollywood.

- ¡Padma! -me gritó, mientras sentía como el mundo se sacudía-. ¡Levántate¡No podemos perder el tiempo!

Convencida de que no se trataba de un sueño, me digné a levantarme de mala gana, viendo cómo Marin iba de un lado a otro de mi pequeña cabaña sin parar, hasta que encontró algo en la gaveta donde solía guardar las varitas de incienso.

- ¿Qué haces? -murmuré restregándome los ojos.

- Empaco tus cosas -me respondió, poco antes que de encender un par de velas-. Tienes que estar en el avión en menos de 3 horas.

Cuando mis pobres ojos lograron acostumbrarse nuevamente a la luz, pude ver a la Amazona de Águila parada frente a mí con su habitual expresión seria, el bolso donde había traído mis cosas desde la India y algo de ropa que no tardó en dejar sobre la cama.

- ¿Ahora¿No nos íbamos mañana en la tarde?

- Sí, pero parece que se las cosas en Medio Oriente no están bien. Tendrás que hablarlo con los Maestros Shion y Shaka, no conozco los detalles -dijo, mientras me lanzaba la mochila, que atrapé por puro instinto. Luego señaló lo que estaba a mi lado-. Creo que esto es más apropiado que el sari, tengo entendido que los musulmanes se ofenden con facilidad si una mujer enseña "mucha piel".

Observé el bulto de tela con más detenimiento. Era el Salwar Kameez y la Dupatta que me había regalado el Maestro Dohko.

Sin más que decir, Marin salió rápidamente de la habitación, para encontrarse con Aioria, que se colocaba su camisa con cierta prisa en la puerta de la choza de la Amazona.

Alcé una ceja. ¿Qué hacía él allí?

Bueno, en este momento no había tiempo para especular sobre ello.

Sentada en mi cama y aún adormilada, intentando ordenar de forma coherente mis pensamientos. Medité sobre lo sucedido el día anterior, desde mi encuentro con mi Maestro, pasando por la reunión en el Templo Principal, mi conversación con Dohko de Libra y por último, el hecho de que Marin haya entrado en mi habitación de esa forma.

Fruncí el ceño y apreté los labios.

Sí, ahora lo recordaba. No quería volver a estar bajo la tutela de Shaka por lo que me quedara de vida, aun resentía que el Patriarca Shion nos hubiera obligado a estar juntos nuevamente; estaba furiosa por como Dohko había jugado conmigo al ocultarme lo que sabía sobre la misión y definitivamente me molestó como Marin entró a mi cabaña y tomó mis cosas sin permiso. Ya ni hablar del grillo que me estaba volviendo loca con su estridente canto.

Sí, aún no amanecía y ya estaba enfadada con el mundo entero.

Lavé mi cara con agua helada para despertarme, me vestí y peiné con cierta prisa para salir del lugar, rumbo a la Colina Zodiacal, donde nos encontraríamos.

Este sería un día largo, muy largo.

OOOOOOOOOOOOOO

No tenía idea de qué pensar.

Tenerlo tan cerca, como para que su codo chocara contra mi brazo era una de las situaciones más incomodas que podía recordar en ese momento. Los dos nos manteníamos en nuestros ya acostumbrados tensos silencios, actuando como si el otro no existiera: Shaka se mantenía casi inmóvil, con los ojos cerrados y las manos entrelazadas sobre su regazo, como si meditara, aunque no podía cruzar las piernas para adoptar la posición de loto. Yo, en cambio, cometí el error de mirar por la ventanilla, observando cómo las alas de aquella lata voladora se doblaban peligrosamente con las envestidas del viento y como todo, desde las ciudades hasta las montañas, se veía minúsculo, como si se tratara pequeños juguetes desde la altura a la que nos encontrábamos.

Sintiéndome repentinamente enferma, me hundí en el asiento y me cubrí hasta la nariz con una manta que había encontrado debajo del asiento hacía ya un buen rato.

No importaba cuán bonito y cómodo fuera este avión, ni que fuera el medio de transporte más rápido que conocían los humanos, ni que tan preparada fuera la tripulación, no comprendía por qué el Patriarca nos había obligado a usarlo pudiendo viajar a la velocidad de la luz y llegar allí en un parpadeo, dejándonos más tiempo para resolver el problema y volver a el Santuario lo más pronto posible.

- No sabía que sufrieras de vértigo -murmuró el Iluminado, en hindi. Era la primera vez que me dirigía la palabra desde que me fui de Virgo-. Pensaba que estabas acostumbrada a las alturas.

- Es muy diferente cuando se tiene toda una montaña sobre la cual apoyar los pies, Maestro -respondí con un hilo de voz, sintiendo un cruel retortijón en el estómago en parte por el mareo, en parte por la inquietud que me causaba hablar con él.

- Es una tontería que te sientas intimidada por algo como esto. Simplemente no hay nada que pueda representar un peligro real... -vaya, de nuevo ese tono de reproche que tanto le gustaba utilizar cuando se dirigía a mí. Mantuve la mirada fija en el asiento de enfrente procurando por todos los medios ignorar lo que Shaka estaba diciendo, porque ya yo no era su alumna y no tenía que obedecerle en todo-. Sin embargo, si debería de preocuparte lo que sucedió ayer en la Casa de Aries.

Como si me hubieran echado encima un baldazo de agua fría, salté de mi silla y me volví a verle. Su perfil mantenía su característico semblante sereno e imperturbable, como si no hubiera visto mi reacción.

- Aún tengo algunos problemas para controlar a Pintor -me defendí-, pero ya casi lo he solucio-

- No me refiero a eso -cortó de inmediato-. Me refiero al hecho de que aún te aferres a recuerdos inútiles, de un pasado que no puedes cambiar porque ya dejó de existir...

- ...pues el pasado simplemente desaparece y el futuro es sólo una ilusión en nuestra mente. Lo único real es el presente -continué, mecánicamente- Lo sé, Maestro.

Suspiró quedamente y para mi alegría concentró su atención en el rosario que llevaba entre sus manos. Era una hermosa pieza con cuentas naranjas como el atardecer, brillantes e inmaculadamente lisas, unidas por un largo cordel violeta. Desde que comencé a ser su discípula lo había visto, y una vez me comentó que ese rosario de ciento ocho cuentas tenía el poder de llevar el conteo de los espectros que eran derrotados por los Santos de Athena.

Curiosamente, ésta era una de las pocas cosas que sabía de las Guerras Santas, ya que nunca le gustó hablar sobre el tema, ni al Maestro Dohko tampoco.

- Padma -curiosamente, su voz sonó menos autoritaria de lo que hubiera esperado-, no somos los únicos que pueden manejar su Cosmo más allá de los ataques físicos. Hay enemigos que buscarán destruir tu alma y tu mente antes que tu cuerpo, y posiblemente ésta sea una de las formas más efectivas de derrotar a un oponente -hizo una pequeña pausa, mientras yo jugaba compulsivamente con unos de los extremos de la Duppata-. Me temo que eres una presa fácil en ese sentido.

- No lo soy, no caería con trucos tan--

- Tardaste todo un mes en controlar tu armadura debido a eso -me interrumpió una vez más-, y en Aries tuviste que usar más tiempo y energía de lo que hubiera esperado de ti para lograr salir del Samsara. En una batalla hubieras muerto.

Enterré las uñas en el asiento. ¿Por qué¿Por qué tenía que haber utilizado el Samsara contra mí¿Por qué tenía que hacerme eso¡Era mis recuerdos, mi vida!

- No tenía derecho a--

- Es una falla en tu entrenamiento que no había visto antes -continuó ignorándome por completo-. Quizás Shion forzó las cosas cuando hizo que compitieras por una armadura, y te fue otorgada demasiado pronto. Tres años no es suficiente tiempo para hacerlo de forma apropiada... nunca lo fue.

Casi debía admirar la capacidad de mi Maestro para hacerme sentir como la más insignificante criatura que caminaba sobre la faz de la tierra. ¿Por eso estaba tan enojado el día en que gané mi armadura? A pesar de que gané la pelea, aun no me consideraba lo suficientemente buena…

Más rápido, más alto, más fuerte.

Siempre me esforcé ser la mejor entre sus discípulos, y cuando lo logré, intenté sin descanso llegar superar mis propias habilidades.

Pero...

- Ya sé que usted nunca quiso tener una discípula y que la única razón por la cual accedió a entrenarme fue porque Athena así lo quería. También sé que usted tuvo otros discípulos que obtuvieron una armadura, Ágora y Shiva -esperé por unos segundos, pero su silencio me hizo continuar-. Pero... yo… yo quisiera que en esta misión usted confiara en mí y las habilidades que usted me inculcó, como lo hizo con sus otros dos alumnos.

- Padma -me llamó con un tono lento y sereno. Levanté la mirada, encontrándome con aquellos ojos azules, que parecían tener la capacidad de ver a través de mí y hurgar en mi alma, a los que había aprendido a respetar y temer-. Entre ellos y tú, sencillamente, no hay punto de comparación.

OOOOOOOOOOOOO

¿Acaso los hombres no mienten y engañan de igual manera?

¿Es que ellos no provocan su propia desgracia con sus acciones?

Bien pudo Adán rechazar la manzana y Epimeteo seguir el consejo de su hermano Prometeo, y tener la prudencia de rechazar el regalo que los vengativos Dioses le habían enviado.

Sin embargo, es parte de la naturaleza humana buscar los caminos fáciles que los libren de responsabilidades y deberes. Para los hombres resultó mucho más cómodo descargar sobre sus mujeres todas sus frustraciones o considerarlas seres indefensos e incapaces de pesar, por lo cual debían ser permanentemente cuidadas por ellos.

Quizás Buda, a pesar de haber "despertado", aun no había escapado del todo de los prejuicios de la sociedad que lo rodeaba, que parecían ser tan antiguos como los propios Dioses.

Pero el tiempo pasó y la muerte del padre de Buda, el Rey Suddhodana, dejó a la reina Maha Pajapati viuda. Así, la reina se vio rodeada de placeres que ya no le proporcionaban felicidad y en medio de lujos que parecían carecer de todo valor al no poder llenar el inmenso vacío que había en su interior.

Y entonces, Maha recordó a Siddharta. El hermoso bebé de su hermana fallecida, a quien ella había criado y amado como si fuera su propio hijo. Pero el niño había crecido para convertirse en un gran Maestro a quien todos llamaban "Buda", el Iluminado, cuyas ideas sobre el sufrimiento se habían extendido a lo largo del reino.

Quizás él tenía las respuestas que buscaba.

Sin embargo, cuando preguntó a Buda si la aceptaba como discípula, él simplemente contestó "por favor, no lo preguntes", quizás pensando que una mujer, que además estaba acostumbrada a los lujos, no podría soportar la austera e inflexible vida de los monjes.

Pero Maha no se resignó, ni aceptó la esquiva respuesta de su sobrino. Cuando Buda se marchó de la ciudad, ella y otras quinientas mujeres nobles raparon sus cabezas, vistieron las túnicas amarillas de los discípulos del Iluminado y emprendieron un largo camino hasta Vesali, donde el Iluminado vivía, para demostrar su sincera convicción hacia las enseñanzas de Buda. Fue entonces cuando Ananda las vio, polvorientas, cansadas y con los pies sangrantes, esperando pacientemente a las afueras del Monasterio, la respuesta del Maestro Buda. Quedó tan impresionado con su determinación, que ofreció interceder por ellas.

Así, hoy en día se cuenta cómo Buda cambió de idea ante la férrea voluntad de Maha, quien era apoyada por las razones del discípulo predilecto, Ananda, en su pedido por la fundación de una orden de monjas budistas.

Buda consintió finalmente, dictando ocho reglas para las Bhikkhunis.

Con ello aceptaba que también las mujeres... podían alcanzar el Nirvana.

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Aapka kya naam hai?¿Cuál es tu nombre?

Mera naam Padma Shakya hai: Mi nombre es Padma Shakya.

Athena Devi: Diosa Athena.

¡Kripaya, kripaya!¡Por favor, por favor!

Bhikkhunis: Monjas budistas

Notas de la autora:

Lo sé, me demoro una eternidad escribiendo, pero la inspiración no llegaba y mi muso no colaboraba. Una vez más me he enfocado en los dibujos, mi graduación y otras cosas, y el fic quedó un poco relegado.

Creo que es conveniente explicar brevemente algo sobre la familia de Buda: Èl es el hijo del Rey Suddhodana y la Reina Maya, gobernantes de los Shakya. Poco después de nacer Siddarta (nombre real de Buda) Maya murió, por lo que su marido contrajo nupcias con la hermana menor de su fallecida esposa, Maha. Esto la convierte es tía y madrastra del Iluminado.

Mil perdones a todos aquellos a los que no he contestado sus comentarios, devido a la falta de tiempo y a varios problemas personales.

POR FAVOR, AQUELLAS PERSONAS QUE DEJAN REVIEWS ANONIMOS DEJEN SU MAIL. Es la unica forma de contestarles sin romper las reglas de