Soldaditos de plomo, recuerdos de cromo.
Olor a encerrado. Luz que se colaba entre las rendijas de forma diagonal cortando tajante la oscuridad del escondite, descubriendo el polvo etéreo que reinaba en la superficie de cada cosa, de cada caja apilada escenificando una gama paradisíaca de tonos nacarados, cafés y amarillos. Coronadas las esquinas por telarañas inmunes a la escoba, como inmune al olvido es el amor, igual de invencible que es la lealtad versus el tiempo transcurrido.
Sus manos jugaban con las agujas de un reloj privado de carátula, movía de forma regresiva el segundero deleitándose con el chirrido que producía el artefacto a modo de protesta cuando su amo le obligaba a hacer lo contrario para lo que se suponía estaba diseñado y a regañadientes, el eje del que dependían la flecha grande y luego la pequeña terminaba por ceder mientras una sinfonía de traqueteos y temblores sucedía. El Dr. Briefs se preguntaba por que después de toda una vida de alquimista aun no encontraba la manera ideal para echarse a correr tiempo atrás, apagando el incendio que acabo con sus raíces, para invocar un veneno potente contra su exterminador, revivir a sus muertos o morir junto con ellos. Sus ojos azules sitiados por arrugas, escudados por las gafas, revivían la imagen de su madre postrada en una silla de ruedas frente la mar verdosa de su tierra natal, mirando el firmamento plagado de estrellas con el príncipe sentado a su lado escuchando calmado y callado por que los agujeros negros eran bestias trogloditas, nómadas e invasoras; el Dr. Briefs contrajo los parpados y meneo la cabeza negándose la posibilidad de que aquel niño se hubiera convertido en una metáfora plástica del hoyo negro que nada le importa, que todo devora, que a todos causa miedo y pavor…
-¿Que es esto?- pregunto el infante señalando una repisa de madera con su mano pequeña
-soldaditos- respondió el hombre sencillamente
-no parecen saiyajines- comento el príncipe inspeccionando con sus ojos oscuros la figura de latón que empuñaba un rifle
- es por que no lo son, son soldaditos terrícolas, me los encontré un día en el desván de mi papá creo que alguien se los regalo, no se como llegaron hasta Vegetsai- contesto el científico prestando atención al juguete foráneo tratando de descubrir por que habían capturado la atención de su pupilo- ¿los quieres?- ofreció el Dr. Briefs, al fin y al cabo él no tenia hijos y aunque los hubiera tenido era su obligación poner todo lo que estaba en sus manos a la satisfacción, goce y disfrute del futuro monarca.
Vegeta dudo un momento y después sonrió tímidamente- los devolveré luego, te lo prometo…
Una mañana encontró a su madre, Cleothide, apoyada en la mesa donde se sentaba el príncipe a escuchar historias de monstruos y demonios venidos del inframundo para cobrar venganzas, para robar princesas, para salvar castillos. Con las manos temblorosas y el cuello del vestido húmedo a causa del llanto que corría silencioso por su rostro añoso- Bunny te ha traído esto- dijo la mujer acercándole a su hijo una caja blanca llena de soldaditos de latón acomodados en forma vertical y horizontal- la reina la despacho en una nave con rumbo desconocido, en agradecimiento a sus servicios, el rey quiere verte- completo la anciana con su voz pausada conteniendo el llanto
-¿Qué paso?- pregunto alarmado el hombre al prestar atención a los ruidos que invadían los alrededores, gritos de alarma, susurros en cantinela de oración, sabios que gritaban lo habían advertido, llantos de niños, estallidos de guerra, ordenes para soldados, despedidas rápidas, amores improvisados. El fin de su mundo estaba llegando, se sentía en el aire difícil de pasar, en los muros que daban la impresión de cernirse sobre la cabeza de cualquiera, en frío que calaba los huesos y un vacío abriéndose en la boca del estomago.
-Sálvate, hijito, sálvate; toma a tu mujer y váyanse lejos donde no los alcance nadie ni Dios, ni el diablo- aconsejo la anciana enjugándose las lagrimas.
El rey Vegeta convertido en estatua de sal veía como hormigas anárquicas correr de un lado al otro a todos los habitantes de su pueblo, un pueblo que no había sabido proteger, un pueblo al que le había fallado, le había fallado a su esposa, le había fallado a su hijo, había traicionado su sangre, su tierra, su raza su historia y lejos de ser lo que el día en que tomo posesión del trono soñó, era el fulano que atestiguaba de pie la caída de su triste reino escuchando la voz de Giselle atronando contra la intemperie, esa mujer de cabellos azules, blanca y delgada era la mejor estratega con que contaban sus fuerzas, la mejor amiga de la reina, juntas hacían una mancuerna estupenda cuando se necesitaba dar una verdadera lucha, pero esta vez la reina había salido sin ella.
-si alguien tiene miedo de morir, díganmelo ya para matarlos yo misma, esta vez nadie va a jugar, lo mas probable es que no nos volvamos a ver, ni nos volveremos a reunir para analizar que fue lo que les fallo, si tuvieron que cubrir mejor la guardia, atacar por la espalda o esperar al compañero de al lado, den lo mejor de ustedes, por sus hijos y sus mujeres, por sus muertos y sus vivos, no por este puto reino que esta empezando a oler a cadáver- Giselle se movía entre las filas de soldados ojerosos que no se atrevían a mirarla a los ojos a pesar de que estuviera en una bata de dormir que delataba su vientre empezando a crecer y continuar en redondo su cintura
-la llama el rey, señora- pronuncio por lo bajito una criada baja de estatura y con ojos de ratón asustadizo.
-ya saben lo que van a hacer, ahora lárguense, fue un placer conocerlos hijos de puta- los soldados rompieron filas después de una profunda reverencia marcial a su comandante
-nenita, llévame un té, por favor, tengo nauseas- Giselle se encamino hasta la sala central del palacio encontrándose a su marido y al rey con la mirada gacha, presto atención a las paredes de la sala, estaban vacías- que serios, hasta parece velorio- rompió irónica el silencio que abundaba en la estancia
-Giselle, tienen que irse- dijo el rey sin rodeos
La guerrera de cabello turquesa le dedico una sonrisa burlona – ¿ah si? Y eso, como por que o que, ¿te remuerde la conciencia? O a lo mejor nos quieres evacuar como lo hiciste con Bunny, en agradecimiento a nuestros servicios- profirió en tono melódico- estoy hasta la madre de tus estupideces, pendejo, ahora si lucidos quedamos, después del niño ahogado, quieres tapar el pozo
-estas embarazada Giselle, ni siquiera puedes pelear, sé considerada contigo misma, váyanse lejos y espera a que recuperemos al príncipe, alguien tiene que hacerse cargo de él- el rey hacia un esfuerzo enorme por convencer a la militar de la manera más pacífica.
- ¿tu crees que soy la única preñada en el reino? ¿Cuántas mujeres de primera, de segunda y de tercera clase crees que comparten mi estado? Esas criaturas van a dar la vida, una vida que ni siquiera comenzaran, igual que la debe estar dando Brassica en estos momentos, mientras tu me pides que huya, en lugar de salir a buscarla, del mismo modo que debe estar sufriendo tu hijo, de la misma forma que va a sufrir por TU CULPA- Giselle era de carácter explosivo y en aquella ocasión todo la sobrepasaba de modo que no podía contenerse- si te quieres ir- dijo dirigiendo una mirada al Dr. Briefs que observaba pasivo los argumentos de su esposa- lárgate, alcahuete, de todos modos no tienes buen nivel de pelea, sácale provecho a tu prodigioso cerebro en algún confín del universo, yo voy a estar bien en el infierno- una mano mas fuerte que ella la sujeto por la espalda, mientras otra refregaba sobre su boca y su nariz una esponja impregnada de cloroformo, los parpados de Giselle se fueron cerrando lentamente mientras los colores se mezclaban como acuarelas en su mente.
-Doc, la señora Bunny pregunta si gusta una taza de té o un poco de pastel- comunico una sirvienta regordeta de ojos grandes y vivarachos sustrayendo al científico de sus recuerdos
-si, ya voy, Pita, te puedo pedir un favor- pregunto el Dr. Briefs encandilado por la claridad que llegaba desde la puerta abierta del desván
-si claro, dígame- respondió acomedida Pita
-acomoda esto en alguna de las repisas de la habitación que ocupara el joven Vegeta, cuando llegue- peticiono el patrón extendiéndole una caja blanca
-¿soldaditos?, ya ni existen de estos- comento divertida Pita
-tienen su historia- contesto el doctor mientras abandonaba su refugio de dolor en busca de un pastelito.
Hola a todos, espero que aun sigan este fic, espero que les siga gustando y si tienen algun tipo de sugerencia o queja, pues, con toda confianza me la hagan llegar, ya sea por mail o a traves de los reviews, ultimamente no me escriben, no sé si ya no les gusté o si simplemente han estado muy ocupados como pa dejarme aunque sea un insulto, en fin, agrandeciendo siempre su tiempo, interes y atención a esta historia les mando muuuuuchos saludos y muuchoooooos abrazos desde México, hasta la
