Calabozo.

Un millón de vueltas había dado a través de las lúgubres arterias del espacio sideral penetrando de ida y de vuelta la oscuridad otrora temida en la que surgían desde el armario marionetas lanzallamas desdentadas, que lamían sus miedos, que desencadenaban sus lagrimas de desespero, ojos sin pupilas que lo vigilaban por la rendija de una pesadilla infantil, pesadillas socarronas que mordisqueaban las costuras de sus almohadas, cuerpos pardos, rostros desfigurados, títeres mutilados con una varilla por brazo, con un pozo oscuro y terrorífico por cuenca tuerta, todos juntos, danzando derredor de su cama, tomados de la mano, azotando sus cadenas, rompiendo en diabólicas carcajadas mientras su garganta expulsaba un grito feroz que mandaba traer la salvación y su Bunny que llegaba presta a encender de un tirón la luz de la estancia, a exorcizar sus monstruos con una brillante sonrisa, a disolver la bruma traidora con una caricia.

Vegeta se irguió en el asiento de la nave espacial y apoyo sus manos sobre la ventanilla frontal, en su mirada oscura se fundió la densidad intersticial del universo, tratando de calmar su respiración acelerada, bajo sus parpados una eterna pregunta cobraba forma en todos los idiomas que conocía ¿Dónde había quedado Bunny? Acaso su anima vagabunda le hacía de ángel guardián; sus años habían transcurrido en la ausencia de ella, pero nunca abandonaba un planeta sin antes buscarla en medio de miles de rostros condenados a muerte, en medio de parajes inhóspitos, entre bestias y seres humanoides, nunca exterminaba nada sin cerciorarse de que su antigua nodriza no formara parte de la población, la honda soledad en que ella lo había dejado se escurría entre los años del príncipe, como la humedad se filtra en un techo poco a poco hasta corromperlo, volviéndolo solo una pila de escombros listos para rellenar la tumba de un truhán que merece ser linchado por una turba de fantasmas grisáceos, que claman enardecidos por una migaja de justicia , por una pizca de venganza, por un gramo de piedad; igual que él había llamado con mortificación el socorro providencial de su nana desde el calabozo en que lo encarcelaban los primeros años de su vida en el cuartel, donde bailaban figuras de infernales contornos y se alzaban en medio del sepulcral silencio ronroneantes rogando que el principito las acariciara y ellas pudieran beber su alma a través de un popotillo, en aquel entonces un frío de patíbulo le acribillaba la espina dorsal mientras el hambre poblaba sus pensamientos y todo se reducía a un solo sentimiento: humillación, sofocante y burlona que se retorcía de risa en sus narices y soplaba a sus oídos con voz en celo un solo consejo "venganza, venganza" se escuchaba en el claustro del guerrero imberbe.

Veinticinco años había comido, bebido, y sobrevivido con el único fin de encontrar venganza, revancha, derecho de replica o lo que fuera por subsanar el dolor de perderlo todo; la inocencia, la virtud, la libertad de jugar con soldaditos de latón, el privilegio de escuchar historias épicas, la obligación de cumplir una promesa, el derecho de crear su propia historia, con casi treinta años encima, apenas y recordaba algunas anécdotas no amargas ni belicosas; un fumifugium anacrómico compuesto de caras que parecían lejanas y extrañas desde los ojos del mercenario a pesar de que el príncipe las hubiera rosado y adorado aquella idolatría de gentes comunes fue a dar al recoveco mas empolvado del corazón principesco no tanto en aras del olvido, sino como estrategia de escondite para que nadie mas las alcanzara, para que ningún Lord ungido de excremento las aniquilara de nuevo, la mandíbula de Vegeta comenzó a temblar victima de la rabia por encontrarse solo, sin la madre heroína que siempre vencía, sin el padre valiente que todo lo podía, al que todos obedecían, sin la comandante orgullosa que jamás se rendía, sin la anciana que le enseño a navegar a través de las constelaciones con solo plantar sus ojos en el firmamento, sin el profesor que nunca había perdido los estribos, sin la nana que juro, siempre lo amaría ¿en qué lengua invocarlos? ¿Bajo qué hechizo revivirlos?

¿Cómo calmar esa tempestad? Tempestad de oscuridad y realidad donde no existía hora de amanecer y contemplar la luz brillante de un nuevo día, donde Dios cabizbajo había cerrado los ojos e ignoraba que durante su pestañeo, Vegeta había caído por un precipicio de muerte y podredumbre, maleficio sin remedio, hazmerreír del Diablo, estira y afloja de un nudo tortuoso en la garganta, jalaba con intenciones de ganar el orgullo y la calamidad resistía. Tensión en los nudillos impotentes, dolor afilado en las sienes, presa desbordada y un río corría a cada lado de la faz principesca, el saiya meneo la cabeza envolviendo con su mano lo único que le quedaba de Bunny y de su tierra natal. El guerrero abrió los ojos, menos mal que aquel planeta llamado Tierra ya se vislumbraba y se llegaba la hora de sentirse valiente, de verse terrorífico, de causar el mismo dolor que se sintió cuando Dios aletargado se olvido en el ir y venir de su eternidad, que había en el universo un planeta llamado Vegetsai y que dentro de este vivía un príncipe de nombre Vegeta que alguna vez quiso ser feliz.