Rocío de la plegaria I

…estaba perdida en la inmensidad del blanco y de pronto descendió desde el cielo un príncipe para extraviarla en los suspiros del rojo….

….fluía el llanto de la doncella en el abismo pardo de la desolación….

Y la sangre ardía cuando la luna reclinaba a las estrellas, en el mar había una cuenca, en la tierra, el acero se afilaba…

Perdida entre el blanco y el negro. NOMICA

Doce veces había repicado la campana gloriosa en un eco ensordecedor que llegaba hasta los sueños más profundos de un hombre fatigado, los nervios alborotados de un gato perspicaz, la sorpresa cautiva de un niño de pecho, el escondrijo de un ladrón prófugo, el borlorte de una vecindad carcomida por la humedad; la catedral, epicentro de la alarma reclamaba furiosa la atención de las gentes comunes que iban y venían sin hablarse sin mirarse los unos a los otros, azorados por el vapor caliente que desprendía el pavimento al medio día. Los brazos del párroco añoso tiraban de la soga con brutal euforia, las palmas de las manos comenzaban a arderle y la capa mas superficial de su piel se desprendía lentamente dejando la carne viva y rosada al descubierto, como al descubierto quería dejar su urgencia.

Bunny, que había estado alimentado a las palomas buena parte de la mañana, fascinada por los movimientos singulares del gaznate tornasol, clavaba la vista en los animalillos tratando de auscultar los ojos rojizos en busca de una señal de razón, pero nada, el ave llegaba hasta la roseta de maíz lanzada por la buena samaritana, picoteaba, una, dos, tres veces tímidamente y se alejaba soberbia tras el ínfimo banquete quizás satisfecha, tal vez harta de lo mismo y solo en muestra de educación o resignación probaba amaestrada por el instinto de supervivencia, a sabiendas de que el desprecio no es la mejor manera de asegurarse un lugar en esta, aunque rutinaria, bondadosa tierra. La mujer, no queriendo cansar la cortesía convenenciera de las palomas, dobló la bolsa de papel media llena aun de alimento dejándola para otro momento y se puso a contemplar los edificios barrocos que rodeaban la plaza de armas, muros jaspeados que guardaban en su piedra los secretos del tiempo desde su concepción y hasta que la santa voluntad de la idea del progreso lo permitiese, fue entonces cuando noto el estruendoso jadeo de la campana eclesiástica, demasiado temprano para llamar a misa, apenas las once con cuarenta y tres minutos, bastante insistencia por ser martes trece, pensó que quizás el sacerdote tendría alguna superstición y quería espantar a la mala suerte a través del llamamiento continúo buscando que la gracia del señor descendiera sobre la comunidad…

Las acciones habían caído estrepitosamente durante los últimos quince minutos y los mercados mundiales se colapsaban sin la menor provocación, desde su despacho, en el último piso de la Corporación Cápsula, el Dr. Briefs miraba la repentina aglutinación de tráfico en las calles, orquestas de cláxones desentonadas eclipsaban la música clásica que le gustaba poner de fondo, los teléfonos, además sonaban más que de costumbre y el movimiento interno en la corporación aumentaba arrítmicamente…

Esa mañana habían caminado en círculos durante horas por las calles de Paris, en busca del vestido de novia ideal; virginal y romántico, costoso y de fino sello burgués, imposible de olvidar, fotogénico. Inigualable. Desde que era una niña, soñaba con el día de su boda: una mañana soleada, en que el mismo sol se despojara de las nubes para poder apreciar el mítico evento que tendría lugar en una catedral imperial, decorada con orquídeas blancas y tenue iluminación recordando la gran estirpe de la que provenía, poniendo en claro que ese día toda una muñeca de porcelana se entregaba al hombre de sus sueños, que por supuesto esperaba a por ella en el altar con una sonrisa en los labios y lagrimas de felicidad en los ojos de Bulma. El pinchazo de un alfiler en su cintura la saco del recuento de sus ilusiones sembradas en la floresta de su infancia donde aun creía que todo deseo furiosamente concebido por regla general terminaba por materializarse en carne y hueso, en sangre y espíritu logrando la unión que alimentaba la distancia y la muerte afianzaba, indestructible contra el paso del tiempo, indeleble al vaho del olvido, imprescindible para seguir viviendo, incorruptible para los azares del destino y los caprichos de la historia: la unión para la que su madre la había labrado, razón por la que había preservado su cuerpo intacto del placer carnal diciéndose a si misma que cuando el momento llegase seria similar a un bautismo solo que esta vez en lugar de renunciar al pecado original, lo aceptaría en el candor de sus sabanas húmedas y el sopor del regocijo recién nacido pero eternamente intuido.

-¿así está bien?- pregunto la modista moviendo la seda blanca en la dirección en que la heredera le había indicado momentos atrás pero no tuvo respuesta solo los ojos azules de Bulma se dirigieron hacia la tela brevemente y regresaron al espejo incrustándose en la palidez mortecina del ropaje impresionados por lo hueco que parecía su cuerpo envuelto en el gélido faldón y el insípido velo.

-Chaparrito- pronuncio la peliazúl tímidamente

- ¿ahora que Bulmaaa?- inquirió desesperado el hombre con su timbre de voz imitando el femenino

- vamonos- ordeno temerosa la mujer

-¡ah no, no, no y no, no otra vez!,- exclamaba el hombre con aspavientos en sus manos mientras caminaba en dirección a Bulma haciendo que la dependienta de la tienda retrocediera cada vez un poco más- esta es la vigésima novena tienda que pisamos y ya no sé que numero de vestido es ese

- es que no me gusta- replico Bulma en una pataleta llanamente infantil

- no, Bulma, el vestido no es el problema, el problema es el novio, yo francamente no se que era lo que estabas pensando cuando le aceptaste el anillo a Yamcha, ni siquiera sabes como pueda ser en la cama, si ya de por sí deja mucho que desear en su manera de conducirse en sociedad, tarugo para todo, menos para hacerse de una linda esposa, pervertido en su conversación, ojo alegre como pocos le silba el viento y quiere cogerlo- argumentaba Chaparrito con ademanes casi dramáticos sin poner atención a las lagrimas que bajaban por el rostro desencajado de su mejor amiga

-yo tampoco sé, solo pensé que si él no era para mí Dios me enviaría una señal- respondió por lo bajito la mujer tratando de contener su llanto al sentirse francamente idiota por exteriorizar su cándida suposición

-demasiado ego el tuyo, ¿no crees?- sentencio Chaparrito mientras limpiaba con la manga de su camisa el llanto ininterrumpido pero silencioso de la peliazúl…

-… Yo os exhorto, hijos míos a ejecutar un presto pero eficaz acto de contrición final y que con sus últimos alientos y sus clamores de sincero arrepentimiento abran las puertas del cielo para todos ustedes ¡pecadores miserables, nubes rotas llevadas de aquí para allá sin agua, árboles infructuosos, hijos del pecado, amantes de Belcebú! Que se dejaron seducir en vida por sus atroces tentaciones - en medio de un círculo integrado por numerosas personas, el sacerdote, con los cabellos canosos desordenados y sus ropas cubiertas de polvo, intentaba cumplir con su misión de llevar el mensaje del Señor a todos los seres humanos- ustedes clámide de ingratos que jamás ha tomado en cuenta el sacrificio grandioso que hizo el señor nuestro Dios al darnos a su hijo para redimirnos del pecado creyeron tal vez que vivirían impunemente en el pecado por toda la eternidad- a Bunny, que podía observar perfectamente al evangelizador desde su banca, le daba pena el aspecto enfermizo del padre, sus manos sangrantes, sus ojos desorbitados y todo su cuerpo viejo que se estremecía cada vez que su garganta se desgarraba precipitadamente antes y después de una palabra, quizás ese hombre sufría algún desorden mental- pero ¡NO! Todos sus grandes disfrutes y sus enormes comilonas, sus ropas indecentes e inmodestas, su soberbia, su avaricia, su arrogancia y toda su maldita hipocresía verán hoy su fin y sabrán mientras yacen en la ignominia del infierno que el Señor da a cada quien lo que merece. Por eso esta vez no nos dará un diluvio por penitencia sino la extinción total a manos de los hombres del espacio- todo el cuerpo de Bunny se tenso mientras su corazón latía ferozmente- que hace media hora llegaron y hace cinco minutos destruyeron toda una ciudad con el solo resplandor de sus manos- murmullos de incredulidad se dejaron venir de entre los presentes cuando Bunny se dio cuenta de que le fallaban las piernas para ponerse en pie…

A Vegeta le daba asco la manera de matar de Nappa, siempre tan impersonal y falto de gracia, no se podía esperar más de un hombre que tenia tamaño de bestia y mente de animal, lo reprendería después; ahora lo importante era sosegar este sentimiento parecido a la taquicardia que experimentaba casi desde que había puesto sus pies sobre este suelo húmedo que desprendía un olor característico, probablemente para los terrícolas resultara normal, pero en los sentidos de Vegeta el aroma bailaba sugerente, mojo con su propia lengua sus labios conteniéndose la tentación de darle un mordisco "y si fuera venenoso" pensó e inmediatamente sonrió divertido con su propia paranoia extrapolar, nada de lo que hasta ahora había visto en el ajeno planeta le incomodaba realmente, le gustaba el azul pálido del firmamento, el verde del césped que había mandado al carajo Nappa, la falta de gravedad lo hacía sentirse etéreo. Había contemplado también el parecido extraordinario de toda esa gente, ahora solo cenizas, con los saiyajines, podrían pasar desapercibidos a no ser, claro, por las diferencias estratósfericas de fuerzas y la cola, aunque, ciertamente la cola podría ser cortada y entonces, serian dos gotas de agua; un cosquilleo carnavalesco ascendió por su diafragma, hacía muchos años que no lo sentía, no obstante aun era capaz de reconocerlo y sin temor a equivocarse supo que tenia esperanza…

Continuara…