Rocío de la plegaria II

sabrás que para ti no habrá descanso

La paz no esta contigo, tampoco la fortuna:

El signo así lo ordena.

Te pagan bien los astros esta guerra:

Por más breve que sea la cuenta de tu vida, pequeña no será.

Signo de escorpión. José Saramago


Un escalofrío sardónico disolvió las palabras que buscaba en su mente, que incluso ya habían recorrido a su lengua pero que su aliento no pudo empuñar, Piccolo recurrió entonces a su sempiterno silencio como mejor arma retórica, tenía la intención de darle unas palabras de aliento a su discípulo, decirle mil y un maravillas acerca de la valentía, como valor indispensable en las virtudes de un hombre, que la muerte en el campo de batalla es mas un privilegio que una condena, confesarle incluso que en sus adentros el namek estaba convencido de que las almas inocentes en medio de una guerra atraen la victoria ya que el Señor siempre ha estado complacido con los sacrificios de almas inmaculadas en pos de la paz, aunque en realidad solo una mirada benevolente se escapo de sus ojos y una pura advertencia fue lo que pudo pronunciar: - vienen para acá- antes de que sus manos comenzaran a sudar y su garganta se transformara en un árido desierto.

El estomago de Gohan por su parte se contrajo lenta y dolorosamente haciendo que sus ojos bailaran de un lado a otro buscando encontrar al enemigo en algún lugar, enemigo para el que lo habían reclutado, satánico personaje que había aprendido a odiar sin siquiera poderlo imaginar claramente, mano, cuerpo o aliento que debería lacerar sin preguntarse dos veces sin sentirse culpable por el acto, al fin y al cabo lo eternamente natural era ver al malo rendirse subyugado por la omnipotencia del bueno al que le estaba permitido asesinar pero solo al hereje invasor que osaba cundir el pánico, mientras que el héroe ascendía en celestial celebración a la gloria de los bienaventurados. Nadie apareció ni bueno ni malo, ni blanco ni negro solo el aire le pasó cerca de la mejilla, como es normal que el aire pase cuando se está en un monte.

Casi un pellizco detrás de la nuca y luego un temblor que le hizo tambalearse fueron dos señales de advertencia claras para Krillin, el momento había llegado aunque anticipadamente, lo sabia, en el mundo no había momento anunciado que no se cumpliera, a veces con inesperada anticipación, con sanguinaria premeditación, con burlona ventaja para atacar por la espalda, como las sombras acorralan en el callejón al transeúnte común, como es la estrategia general de toda revolución.

Kaiosama, desesperado por su falta de atención, corría de un lado a otro repasando en su mente todos los atajos que existían para regresar al mundo de los vivos sin perder tiempo, había olvidado despachar a Goku un día antes, lapso que se necesitaba si se quería recorrer el tradicional camino de la serpiente, y casi arrastrándose de vergüenza había solicitado la cooperación de Brassica para que cruzara a su pupilo por el bosque de los cien males, siendo como era la antigua reina experta asidua de la travesía que la ruta suponía, creyó en su ingenua cabeza que la mujer le daría un arrebatado "si", en lugar de eso encontró que siendo como era, madre loba de su hijo y serpiente astuta para la guerra lo devolvió humillado y burlado por donde había andado advirtiéndole: "si me lo encargas yo misma me desharé de él, antes de estar la mitad del camino, para que no tenga el privilegio de tocar a mi hijo" y tomando en cuenta que los guardianes de las otras puertas tenían un especial favoritismo a la pelirroja, se decidió por la natural manera rogándole a Dios que Enmadaio hiciera a un lado su simpatía por la monarca y no se pusiera exigente con Goku…

-¿me puedo ir a mi casa, señor?- pregunto una secretaria con los ojos llorosos y las manos temblorosas al dueño de la Corporación Cápsula.

- ¿se siente, mal?- pregunto ajustándose los anteojos el Dr. Briefs a lo que la empleada solo pudo contestar con sollozos ininteligibles tratando de explicar lo que no sabia

-solo… solo… quiero estar con mis hijos – suplicaba la mujer entrecortadamente

-¿están enfermos?- cuestiono por mera educación, mas que interés el patrón

La mujer movió negativamente la cabeza- estamos en guerra- se excuso inaudiblemente, los ojos del científico se angostaron sorprendidos

-¿contra quien?- formulo el hombre escrutando la expresión desesperada de la secretaria

-nos están invadiendo- murmuro la madre de familia

-¿Quiénes?- pregunto incrédulo, pero con cierta premonición el Dr. Briefs

- s... sai… saiya…- con movimientos circulares en las manos la mecanógrafa trataba de sacar de su boca la palabra que había escuchado en la televisión

El hombre no necesitaba escuchar la palabra completa, él mejor que nadie sabia lo que significaba ese sustantivo indecible, a veces intocable para las lenguas que no estaban permitidas por herencia a hacer uso del nombre o a colgarse el titulo, tan soberbio e impenetrable como era la propia raza casi extinta, pero no por eso borrada de la faz del universo que si había una prole a quien se le atribuyeran tan hondas cicatrices en el espacio era precisamente a esa, a la que él pertenecía, esa a la que honraría hasta el fin de sus días, esa que alguna vez protegió a costa de su propia vida, sin importar que en el infierno un asiento llevase su nombre para hacer mas cómoda su estancia.

-váyase- consintió el Dr. Briefs sintiendo un vuelco en su pecho.

La institutriz se encamino a paso severo por los pasillos de la mansión Briefs con un manojo de llaves en la mano sin poner atención en el resto de la servidumbre que iba arrollando con su mirada desdeñosa y los movimientos rápidos de su cuerpo a pesar de su cuantiosa aunque indescifrable edad, desemboco en el jardín y doblo a mano derecha internándose en las entrañas de la construcción conforme descendía cada peldaño y quedar justo enfrente de donde estaba vedado entrar, con eficacia de zorro encontró la llave dilecta y penetro la cerradura uniendo bronce viejo con plata frígida que al cabo de tres vueltas concedía el milagro del crujido revelando el fruto de su seno resguardado durante años entre las paredes de una tierra extraña, perdido en la oscuridad añeja, que como buena tiniebla sabía proteger lo que le es confiado. La mujer aguzo sus ojos, puñales mortales para los secretos y dio en el acto con lo que buscaba, lo extrajo magistralmente de su nicho y desando el camino.

Las dos hojas de la puerta de la recamara de Bunny, que yacía en su cama sin aire y sin fuerzas, se cerraron frente a la hilera de sirvientas curiosas y sin dar explicaciones aquel día se mando a descansar temprano a todos los empleados domésticos…

Los vio a todos mirando el firmamento, observó sus pupilas siguiendo cada uno de sus movimientos, los perfiles contraídos y concentrados en tratar de devanar sus pensamientos "infructuoso todo intento telepático o valentía efímera impuesta sobre el cuerpo" pensó Vegeta, al encontrarse con el primer espectáculo dantesco que le ofrecía este mundo llamado Tierra, no había mirada allí, que no le hubieran lanzado antes, no había en sus bocas tampoco dialogo nuevo que no hubiese escuchado antes, ni maldición que no le hubieran proferido con anticipación, tal vez la lengua cambiaba, pero el mensaje, el mensaje lo sabia de memoria "que todo el dolor, pesadumbre, congoja y aflicción caigan sobre tu madre y tu padre", sin saber que ya habían caído, "que tus hijos mueran en medio del miedo y recaiga sobre sus frentes tus asquerosas culpas", sin saber que en otro tiempo donde el tiempo dejaba de ser tiempo caían, "que Dios te dé la espalda cuando en el infierno clames perdón", sin tener en cuenta que Dios ni siquiera se había puesto a contemplarlo desde el día en que fue concebido, o al menos eso creía el príncipe. Una sonrisa fatigada se desprendió de los labios del saiya.

-¿y ahora?- pregunto Nappa a su superior sabiendo que la pregunta era meramente ceremoniosa y la respuesta por lo tanto litúrgica.

-jugaremos- anticipo el guerrero, tendiéndole el recipiente donde venían sus nuevos y mejorados soldaditos, aunque no de latón, al menos los saibaman tenían la grotesca capacidad de gruñir – pero antes, quítatelo- ordeno Vegeta a Nappa señalando el rastreador, que lo miro sin entender bien, pero que atendió bien pues conocía que el príncipe no repetía una orden sin antes haberte obligado a comer tierra y beber cianuro.

-¿Por qué?- cuestiono el subordinado con la insolencia de un niño

-Raditz, murió por su dejadez y falta de diligencia al confiarse de esa baratija y al no ser tú más astuto que él, quiero prevenir tu bochornosa muerte- concluyo Vegeta su mentira, destrozando su propio rastreador mientras atestiguaba como Nappa le imitaba con la sonrisa inquieta de un infante al que se le prometen golosinas…

Un grito que no era humano, pero que se desprendía de la boca de la modista, artesana modesta, buena mujer de Dios que no merecía atestiguar como el cuerpo de un desconocido para ella, pero archiconocido para los otros dos que miraban perplejos la escena, estallaba en mil pedazos junto a otro que era mas horripilante y aparentemente pegajoso que cualquier monstruo creado o imaginado por la mente humana, luego, pura estática un puntilleo a blanco y negro incontable y un sisear interminable poblaban esa pantalla y todas las demás por donde se seguía la nueva guerra, que guerra como esa no había visto este mundo, ni tampoco los ojos azules que lloraban, insatisfechos por tan grande señal de Dios, más bien del Diablo, que si Bulma sabía de un Dios, estaba enterada solo de las cosas buenas que la santidad ejecutaba, nunca, ni siquiera en ese momento se había planteado aquel dicho que rezaba: "el fin justifica los medios" inventado por los hombres, pero ya sabría ella, doncella de plata, que el hombre creado a imagen y semejanza refleja el lado más imperfecto de la misma perfección y aunque nublada de agua su visión salió a la calle vestida mitad de novia y mitad de viuda para encarar el cielo y buscar el dedo socarrón de quien había permitido semejante atrocidad o los hombros encogidos de una divinidad a la que las cosas regularmente se le salen de control al igual que ella sacada de su quicio se despojaba del anillo, símbolo de compromiso, arrojándolo con todas sus fuerzas a la lejanía en un ataque de locura fugaz.

"lo hecho, hecho está" pensó Vegeta, de brazos cruzados, para sí cuando sintió el tufo de la muerte invadirle los sentidos y Bulma, miles de kilómetros lejos de él, se echaba a andar por una calle desconocida suponiendo que había acciones irreversibles…

Espero que les esté gustando, esta secuencia de capitulos respecto a la llegada del principe, y espero con mucha mas ansia aún, sus comentarios. Besooos, abrazooos, apapachoos y muchos pero requetemuchos saludos desde México. NOMICA