RECUERDOS DE UNA AMIGA (2ª PARTE)

Gabrielle y Jester se dejaron caer de la parte trasera del carro cuando llegaron a Feres. El hombre que lo conducía ni siquiera se había dado cuenta de su presencia en todo el camino, lo que había sido una suerte.

Ya por las calles de Feres, Gabrielle observó con atención para recordar dónde había una herrería para poner las herraduras nuevas a Argo y a su caballo en cuanto los cogieran.

- Todavía no me creo que hayamos tenido tanta suerte – le comentó a Jester – Encontrar un carro que nos trajera a Feres en tan poco tiempo y además que no se diera cuenta el conductor de nuestra presencia.

- Oye, ¿qué hacemos aquí si querías ir a Potidaia?

- Jester, tengo un plan.

- ¿A sí? ¿Y cuál es ese plan?

- Lo primero iremos a por los caballos, el de Xena y el mío – le miró con desprecio fingido – Yo subiré en Argo, es muy desconfiada y al menos a mi me conoce.

- Vale, yo no quiero subir a un bicho agresivo.

Gabrielle suspiró, estaban saliendo de Feres en dirección a un bosquecillo.

- ¿A dónde vamos? – inquirió Jester.

- A por los caballos, están cerca del lago.

Horas después Gabrielle, desesperada por tener que escuchar las protestas de Jester sobre si subía o no al caballo, y el propio Jester, asustado por tener que subirse al animal, esperaban a que el herrero terminara de herrarlos.

- ¿Y si le da por encabritarse y me caigo y me parto el cuello? – protestaba.

- Le daría un beso al caballo por librarnos de tu estupidez – contestó Gabrielle apretando los dientes.

- ¿Por qué eres tan cruel? – le posó la mano en el hombro - ¿Sabes, Gabby? Si te enfadas tanto te saldrán arrugas más pronto y además es malo para la salud.

- Te voy a… - dijo Gabrielle al límite de su paciencia, pero se detuvo al ver que el herrero se dirigía a ellos.

- Los caballos están a punto, son veinte dinares por las herraduras y diez por colocarlas.

- ¿Treinta dinares? ¿Me tomas el pelo? Te doy la mitad, seguro que antes de llegar a mi destino tengo que cambiarlas de nuevo.

- Veinticinco, son dos caballos y algo de ganancia tendré que tener.

- Veinte.

- Dieciocho.

- Ah, trato hecho – dijo Gabrielle satisfecha de haber hecho equivocarse al herrero.

Le dio el dinero y continuaron su camino, ella, y Jester, que al final había consentido en subirse al caballo.

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Xena cabalgaba hacia Potidaia, sabía que sólo podría ir hasta medio camino a caballo, pues tendría que pasar por lugares por los que él no podría pasar. Cuando llegó al lugar, se bajó de él y lo azotó para que volviera a casa, Eva se lo había dejado y le había asegurado que podría volver él solo.

Después comenzó una subida por entre las rocas para pasar por el puente de cuerda que atravesaba la garganta del río. Había escogido este camino porque, aunque era muy complicado, le permitiría llegar antes a Potidaia e intentar algo antes de que capturaran a Gabrielle.

Pasando por la cuerda se le aparecieron tres soldados que venían por el otro lado.

- ¿A dónde vas monada? – dijo el del centro mientras los otros dos se reían tontamente.

- A espantar a tres cerdos – contestó ella.

- ¡A por ella!

Los tres avanzaron por la cuerda hacia Xena, ella saltó con su grito a detrás de ellos y picó al que iba el último, éste se volvió para recibir el puño de Xena en su cara, los otros también se volvieron al notar a su compañero revotar en una de las cuerdas que servía de barandilla. Recuperándose del golpe, el hombre intentó golpear a Xena, pero ella le agarró el puño y le obligó a retroceder empujando a los otros dos. Después saltó al lado del puente y sacó su espada.

- ¡Hasta otra chicos! – se despidió mientras cortaba una a una las cuerdas.

Ellos gritaban y cuando se soltó la última los tres se agarraron a ella y quedaron colgados en el otro extremo.

Xena se volvió para continuar el camino, pero en ese momento apareció Ares.

- Buen trabajo – dijo mientras aplaudía.

- Tú los has enviado ¿verdad? – dijo ella apartándole para continuar su camino.

- Me has pillado – dijo encogiéndose de hombros – Te sienta bien ese vestido.

- No querías que llegara a Potidaia a tiempo.

- Venga Xena, tres hombres no son suficientes para detenerte.

Ella se había detenido observando a su alrededor.

- No, pero aquellas rocas de allí sí, y en cuanto a tus hombres, tenían que atacarme para que yo misma destruyera el puente y cayera en la trampa.

Él se rió, Xena nunca le defraudaba, estaba ansioso por ver qué haría para salir de esta.

- No tienes escapatoria, o retiras esas piedras y llegas tarde, o pactas con el enemigo, es decir, yo.

- Parece mentira que seas un dios – dicho esto se desenrolló una cuerda que llevaba rodeándole el abdomen y la cintura.

- ¿Qué piensas hacer? – dijo él mientras ella ataba la cuerda a uno de los postes del puente y tiraba fuertemente del nuda para comprobar que era suficientemente resistente.

- Apuesto a que no esperabas menos de mi – dijo sonriéndole Xena mientras se ataba la cuerda a los pies.

- Xena, no me convencerás de que te quieres suicidar.

- Qué ocurrente.

Cogió carrerilla y se lanzó de cabeza al vacío mientras se reía, para sorpresa de Ares. Cuando ya estaba abajo Ares se asomó al borde y vio como Xena se desataba y ya cabeza arriba se columpiaba en la cuerda y desaparecía por algún hueco de la pared. Sonrió para sí y desapareció.

Xena recorrió la caverna, la conocía desde hacía tiempo, pues no era la primera vez que se había escondido allí cuando estaba con su ejército. Le sorprendía que Ares no hubiera reparado en ella, quizás pensaba que no tenía salida.

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Jester y Gabrielle estaban ya cerca de Potidaia, Gabrielle planeaba entrar en la aldea y ver lo que se cocía allí dentro. Una vez allí, irían a por Tácitus, pues tenían que recuperar la espada de Jester y las razones por las que Tácitus había ido a Potidaia no podían ser por mero azar.

- Jester, separémonos, yo investigaré cómo llegar a Tácitus, tú… compra comida para nosotros y para los caballos – le dio una bolsa con dinero – No dejes que te timen mucho, no estamos ricos. Nos vemos luego en la taberna.

- Está bien, nos vemos Gabby – dijo Jester cogiendo la bolsa y alejándose.

Gabrielle se pasó la mano por la frente y resopló relajada.

- Bien, ahora a buscar a algún soldado que sepa dónde está Tácitus – se dijo y comenzó a caminar.

Oyó algo extraño detrás de ella y se volvió.

- Hola Gabrielle – Ares la saludó y se acercó a ella – Cómo ha cambiado Potidaia ¿eh?

- No estoy para juegos Ares, ¿qué haces aquí?

- Ayudarte – ladeó la cabeza – Tácitus es un señor de la guerra, tiene la aldea ahora mismo bajo su poder, así que has llegado tarde. Pero tienes una forma de liberar a tu pueblo…

- ¿Cómo? – inquirió Gabrielle.

- Tácitus se ha instalado en el edificio más lujoso de la aldea, pero si te enfrentas a él su ejército atacará, lo tiene en las colinas.

- ¿Entonces qué sugieres que haga?

- Está claro, Gabrielle, que ataques al ejército directamente.

- No creo que me digas esto gratuitamente, qué ganas con contármelo.

- No necesito ganar nada, te doy la oportunidad de que liberes a tu pueblo y que desde aquí extiendas tu paz a todo el mundo.

- Ya… Ares, déjalo, continuaré con mi plan.

- Haz lo que quieras, pero te lo advertí.

Ares desapareció, pero había sembrado la duda, Gabrielle no sabía cómo actuar, ¿sería cierto lo que había dicho el Dios de la Guerra?

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Xena llegó a Potidaia. Todo parecía tranquilo, así que se dirigió a la taberna, allí se enteraría de quién era el señor de la guerra que andaba por allí.

Ya en la taberna se apoyó en la barra y sin dejar que el tabernero acabara de servir, le pidió un licor fuerte. Unos cuantos soldados que estaban a su lado, hablaban medio borrachos de un tal Tácitus, y a juzgar por el desprecio con que lo hacían, Xena se dio cuenta de quién era.

- ¿Habláis de Tácitus? – les preguntó.

Los soldados se volvieron hacia ella.

- Sí, ¿por qué?

- Lo estoy buscando, ¿podríais decirme dónde está? – el tabernero posó el baso al lado de ella.

- ¿Por qué quieres saberlo? Yo te puedo dar lo que estás buscando – dijo uno de ellos.

- Está en la casa del alcalde, pero yo te puedo llevar a un lugar mejor – ambos se arrimaron tirándole besos.

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Jester y Gabrielle se hallaban en la taberna en una de las mesas de atrás, Gabrielle pensaba en alto cómo atacar a Tácitus, mientras Jester observaba a la mujer vestida de rojo que en ese momento le daba un puñetazo a uno de los soldados borrachos que se estaban metiendo con ella.

- Si ataco a Tácitus recupero tu espada, me ahorro el enfrentarme con un montón de hombres y libero al pueblo – seguía diciendo Gabrielle – pero puede que si lo hago, ocurra lo que dijo Ares… Pero si ataco directamente al ejército… nos harán papilla – hundió la cabeza entre los brazos desesperada.

- Eso sí que es una mujer – dijo Jester al ver a Xena que había dado un sorbo al baso que le había puesto el tabernero y, en respuesta al ataque de los soldados, había cogido una antorcha y les había escupido fuego.

Gabrielle levantó la cabeza para ver, pero sólo logró ver un destello rojo en la puerta y a los soldados quejándose con las manos en la cara.

- ¿Qué ha pasado? – preguntó.

- Una mujer, se estaban pasando con ella y como los golpeó intentaron atacarla con sus espadas, pero ella les quemó la cara con la antorcha y el líquido del baso.

Gabrielle recordó cómo Xena había hecho eso mismo infinidad de veces. Agarró a Jester por la camisa y salieron de la taberna, Gabrielle quería ver quién había sido aquella chica que había visto Jester.

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Xena se dirigió directamente a la casa del alcalde. Allí hablaría con el tal Tácitus y averiguaría cuales eran las órdenes que le había dado Ares. Esperaba tener noticias de Gabrielle.

- ¿Quién eres? – preguntó el soldado que había a la puerta del edificio.

- Soy Xena, ¿Tácitus está aquí? – preguntó ella.

- ¿Xena? ¿No estabas muerta?

- Vaya, las noticias vuelan – le sonrió - ¿Tengo pinta de muerta?

- No… - el soldado la miró nervioso - ¿Tácitus te está esperando?

- Sí, tenemos que hablar de ciertos asuntos. Ares me ha dicho que no sabe si tendrá que atacar Potidaia.

- Habla con él – dijo el soldado dejándola pasar – Yo sólo recibo órdenes.

Xena entró en el edificio. No le costó mucho llegar hasta Tácitus, intuyó que estaría relajándose en el baño, pues ya era tarde.

- Hola Tácitus.

- Eres Xena – afirmó él – Ares me advirtió de que vendrías.

- Y a mí de que tú estarías aquí.

- Así que has venido a hablar.

- Si no te importa quería preguntarte algunas cosas.

- Ponte cómoda, ahora mismo estoy contigo.

Xena se sentó en una silla mirando a Tácitus con descaro, a él no le importó, al contrario, se sintió halagado.

- ¿Dime? – preguntó sentándose enfrente de ella con una bata cubriéndole.

- Ares me contó el plan.

- ¿Sí? Pues a mi me advirtió de que no te diera ningún tipo de información.

- Tiene razón, podría traicionarle y llevarme a Gabrielle. Aunque, si no me equivoco, no sabéis como atraparla.

- Si mañana continúa sin moverse mi ejército atacará.

- Ares tenía razón en lo que te dijo, Tácitus – se levantó de la silla – Gracias.

Dicho esto se marchó. Tácitus dio un puñetazo a la mesa al darse cuenta de su error. Le había contado a Xena que aún no tenían a Gabrielle y que atacarían Potidaia al día siguiente.

Xena se dirigió de nuevo a la taberna, tenía que encontrar a Gabrielle y advertirla, pero no sabía donde encontrarla y tenía la sensación de que a Gabrielle le costaría creer que era ella. Entró y se dirigió al tabernero.

- ¿Has visto a una chica por aquí? Es rubia, más o menos así de estatura – puso la mano más o menos a la altura de Gabrielle – lleva un bolso con pergaminos – y añadió para sí – eso la última vez que la vi.

- Sí, la he visto, venía con un hombre – contestó él – Creo que se dirigían a las colinas hace un rato.

Xena salió corriendo sin demora hacia las colinas, tenía que llegar antes de que Gabrielle intentara nada. Pero cuando estaba llegando escuchó el estallido del fuego griego y supo que era tarde. Siguió corriendo para ver si podía llegar a tiempo para salvarla. Cuando llegó sacó su espada y comenzó a atacar a los soldados, el fuego griego seguía estallando, comprendió que o Gabrielle o su acompañante era quien lo lanzaba, pero tenía que saber de dónde venía. Sin darse cuenta se encontró llamando a Gabrielle como si nunca se hubieran separado.

Gabrielle luchaba con los soldados mientras Jester lanzaba el fuego griego, se les estaba dando bastante bien. De pronto oyó una voz que la llamaba, pensó que lo había imaginado, pero volvió a oírla, lo cual la trastornó y le hizo perder la concentración.

Xena observó que ya no había fuego griego y que los soldados se retiraban, esto sólo podía significar una cosa, habían capturado a Gabrielle al otro lado de la colina. Volvió a Potidaia donde los soldados festejaban que habían vencido a la Defensora del Pueblo, así era como habían bautizado a Gabrielle. Sin pensar y llevándose por delante a unos cuantos soldados se dirigió a la casa de Tácitus. Éste la recibió con los brazos abiertos.

- Hola Xena. Parece que tu amiga no te esperó.

- ¿Dónde está?

- En el calabozo, junto con su amigo.

A Xena le sentó como un jarro de agua fría oír que Gabrielle tenía un amigo, ¿tan rápido había encontrado un sustituto para ella?, ¿quién sería? De todas formas ese no era momento para pensar en ello, tenía que liberar a Gabrielle.

- Mañana serán ejecutados como espectáculo privado – apuntó Tácitus sonriendo y llevándose a los labios un cáliz con vino.

Xena seguía pensando sin hacerle mucho caso, si tuviera el chakram sería sencillo salvarla, pero lo había perdido al morir.

- Quiero que seas mi invitada, lo verás desde el palco – continuó Tácitus – Duerme esta noche aquí, mañana por la mañana ejecutaremos a tu amiga, y podrás irte.

Para sorpresa de Tácitus, Xena no declinó su oferta, tendría más oportunidades de actuar estando dentro que fuera.

Poco después entró en la habitación que Tácitus había mandado preparar para ella, se sentó en la cama y reflexionó.

- Buena la has armado – alzó la vista al oír la voz de Ares – Por tu culpa Gabrielle está en prisión.

- ¿Por mi culpa? ¿Acaso este es mi ejército?

- Tú la desconcertaste y la vencieron por eso – la acusó – Pero eso da igual, mi oferta sigue en pie.

- ¿Tengo alguna otra salida? – dijo ella arrimándose a él mientras le miraba a los ojos.

Él la abrazó triunfante pero, cuando la iba a besar, un soldado llamó a la puerta.

- Adelante – Xena se acercó a la puerta y Ares desapareció.

- Tácitus le comunica que está invitada a la fiesta que hay en el salón – anunció – y le hace llegar este regalo.

El soldado dejó sobre la mesa una caja bastante grande con una rosa y una tarjeta.

- Sea mi invitada de honor – leyó Xena en alto cuando se hubo ido el soldado.

- Parece que hasta mis vasallos quieren quitarme a la novia – bromeó Ares reapareciendo.

- Yo no soy tuya – contestó ella seria mientras observaba el regalo.

Abrió la caja y sacó un vestido azul de corte imperio con adornos de plata.

- No tiene mal gusto, te resaltará los ojos, aunque tu color sin duda es el rojo – comentó el Dios de la Guerra – Pero, si no quieres bajar a la fiesta, podemos cerrar el trato ahora y para mañana por la mañana tú y Gabrielle estaréis en Amphipolis – añadió cogiéndola por la cintura.

- Voy a bajar – contestó Xena sin apartar la vista del regalo.

Sin ningún recato, se quitó el que llevaba y se puso el vestido de Tácitus.

Al ver a Xena con su regalo, a Tácitus se le iluminó la cara, la saludó y la observó durante todo el festejo. Sin embargo, Xena no le hizo caso, en todo momento se mostró fría y parecía observarlo todo con detalle.

Xena se arrimó a un lugar donde un montón de gente se agolpaba para mirar algo, se estiró todo lo que pudo para ver. Cuando lo vio su rostro cambió, su problema estaba casi resuelto, su chakram reposaba en el centro de una mesa y a sus lados los sais de Gabrielle, los exponían como trofeos. Trazó un plan, esa noche robaría el chakram y los sais. Habló con el propio Tácitus para informarse de dónde estarían guardados. Tácitus tendría las armas expuestas toda la noche y tras la ejecución del día siguiente las vendería al mejor postor.

Esa misma noche, Xena se acercó al lugar donde estaban expuestas las armas después de dejar inconscientes a los guardias que vigilaban la estancia. Tras observar detenidamente para buscar los mecanismos de protección que se habían usado para protegerlos, vio que lo único que las protegía eran telas de araña que activaban una alarma, Tácitus debía pensar que nadie vería las telas de araña, pero Xena ya había tenido que enfrentarse con ellas. Al ver que no había mecanismos a la vista, las recordó y arrimando una vela las vio perfectamente. Cogió el chakram esquivándolas con destreza, y lo mismo hizo con los sais y con una espada que le había llamado la atención por el rubí que llevaba en la empuñadura. Se volvió a su habitación y escondió las armas.

A la mañana siguiente Tácitus sólo pensaba en la ejecución, por lo que no se dio cuenta de que le faltaban armas. Junto con Xena, que lucía otro vestido también regalo suyo, esta vez de color negro, subió al palco y observó cómo empezaba la ejecución.

Ares apareció junto a Xena sólo visible para ella y le preguntó:

- ¿Y bien? ¿Has decidido?

Xena sólo tuvo que indicarle los adornos en su pelo.

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Gabrielle y Jester miraban al público, pero sobre todo a Tácitus y a aquella misteriosa mujer que lo acompañaba. Gabrielle casi sintió odio hacia ella. El verdugo les colocó la soga en el cuello. Ares miró a Xena y negando con la cabeza desapareció.

- ¡Comprueba! – ordenó Tácitus.

El verdugo tiró de la palanca para comprobar que funcionaba.

- Todo bien, señor – contestó.

La luz del sol no dejaba ver a Gabrielle el rostro de aquella mujer que comenzaba a resultarle familiar. Jester lloriqueaba y culpaba a Gabrielle de haberle metido en aquel lío.

- ¡Procede! – ordenó Tácitus.

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El verdugo colocó a los dos sobre el falso suelo y tensó el nudo. Entonces Xena se quitó el chakram del pelo lo juntó y lo lanzó a la vez que el verdugo se disponía a tirar de nuevo de la palanca, el chakram se dividió y cortó la cuerda tanto de Gabrielle, como de Jester.

Una gran lucha comenzó abajo, los pocos aldeanos que había ayudaban a Gabrielle y Jester.

Mientras, Xena luchaba con Tácitus en el palco. Tácitus no era un gran luchador, así que después de pararle un par de golpes con la espada, Xena le dio una patada que le hizo rodar, escaleras abajo, del palco. Xena bajó de un salto para ayudar a Gabrielle y los demás.

Gabrielle aún no podía creerlo, tenía en la cabeza un torbellino de sensaciones. ¿Realmente aquella mujer era Xena? Había oído su grito al bajar del palco, pero no podía creerlo.

Xena se abrió paso entre los soldados hasta Gabrielle, se levantó la falda del vestido y sacó los sais de Gabrielle que tenía enganchados con dos tiras en los muslos.

- Toma – le dijo a Gabrielle dándoselos.

- Xena, ¿eres tú? – preguntó ella con lágrimas en los ojos.

- Soy yo, Gabrielle. Toma los sais, luego tendremos tiempo para hablar – contestó ella mientras se apartaba a dos soldados sin el mayor esfuerzo.

Gabrielle obedeció pero estaba fuera de sí, todo le parecía irreal, su cabeza le daba vueltas mientras luchaba.

Todo terminó muy rápido, Tácitus y los suyos fueron capturados. Encontraron al alcalde de Potidaia cuando fueron a encerrarlos a los calabozos. Tras unos días de recuperación, ocupó su lugar y poco a poco todo volvió a su lugar en la aldea.

Cuando Xena y Gabrielle pudieron hablar al fin, Gabrielle comprendió que lo ocurrido sí era real y Xena le explicó cómo había sido posible. En cuanto a Jester, Gabrielle se lo presentó a Xena, y Xena, al igual que ella, se sorprendió tanto del parecido del carácter entre tío y sobrino, como de que Jes fuera su padre.

Ya por el camino hacia Amphipolis, esta vez Xena iba montada en Argo y Gabrielle y Jester en el otro caballo, Gabrielle le contó a Xena lo que le había sucedido mientras no estuvieron juntas, mientras Jester roncaba tambaleándose en el caballo.

- Xena, te eché tanto de menos – continuó Gabrielle después de terminar su relato – Y estabas aquí, nos debimos de cruzar varias veces.

- La cuestión es que volvemos a estar juntas y que una vez más hemos vencido. Por cierto, – se sacó una espada de su vaina y metió la suya que había estado colgando del cinturón – cogí esta espada cuando robé mi chakram y tus sais, me pareció bonita.

Gabrielle no podía creerlo.

- ¡Jester! – meneó a su amigo para despertarlo - ¡Jester, nos habíamos olvidado de tu espada!

- Mi espada… - balbuceó éste en sueños - ¡Mi espada, nos la olvidamos! – dijo despertándose de golpe.

- Tómala – dijo Xena riéndose.

- ¿Cómo la has conseguido? – dijo él sorprendido.

- Tienes suerte de que a Xena le llamen la atención las espadas – dijo Gabrielle – Ahora no la pierdas – añadió al ver que se ponía a moverla de un lado para otro.

Él la guardó en su vaina, hasta entonces vacía y poco después volvió a quedarse dormido.

- Qué lástima de hombre… - murmuró Xena.

- ¿Qué has dicho? – dijo Gabrielle.

- Que se parece mucho a Joxer.

- Sí, pero es mucho más atractivo.

Xena asintió sin añadir más.

- ¿Quieres decir que si tuviera más cerebro...? - Gabrielle hizo un gesto con las manos, pero al ver que Xena no lo entendía añadió – Ya sabes... si tuviera otro carácter, quizás, sería tu tipo...

- Yo no he dicho eso – dijo Xena riéndose, había captado perfectamente el gesto de su amiga.

- Ya, pero lo pensabas – murmuró Gabrielle.

- Gabrielle… - la regañó.

Siguieron camino hasta Amphipolis, adonde llegaron al día siguiente por la mañana, y fueron recibidos con una calurosa bienvenida por parte de Eva.