Hola y bienvenidos a un nuevo proyecto que sumará un nuevo relato cada Halloween, o cuando se me dé la gana.

Disclaimer: Crash Bandicoot y los demás personajes relacionados pertenecen a Activision.


Relato 1

Pesadilla en el Iceberg Lab

A pesar de vivir en paz por una larga temporada, eso no contentaba a Coco Bandicoot. Así lo era, había algo que no tranquilizaba a la chica lista y, al parecer, sus hermanos y esa máscara guardiana se olvidaron que tenían enemigos. Eso era lo que la tenía a mal traer: esos villanos podían atacar cuando menos se lo esperaba y había que estar preparado para lo que fuera. Y últimamente los malosos no descansaban, tratando de apoderarse de un parque temático o de un súper cristal, así que no había tiempo para relajarse. Por eso, ella estaba muy molesta, en ningún momento sonreía, y ya no correteaba alegre persiguiendo mariposas; no, después de que fue tan ridículo ser paralizada aquella vez. No sólo eso le hacía enojar, sino las torpes palabras de sus compañeros que intentaban convencerla de que no era sano pensar todo el tiempo en esos científicos malvados. Que debía disfrutar esta calma, le decían a cada rato, y ella aún se mantenía firme en su opinión, con lo que debió tomar una dura decisión. Aunque le doliera apartarse de su familia, tuvo que hacerlo, ya que si nadie se preocupaba por esos peligros, entonces debía hacerlo, si bien era el trabajo de algún mayor cuidar a los menores.

—Tendré que actuar como la hermana mayor, qué ironía —se decía ella, alejándose de ellos.

A partir de ahí, empezó a quedarse más en su laboratorio subterráneo, buscando la manera de saber qué demonios estaba haciendo el N Team, y para distenderse, inventaba artefactos y armas que podrían ser útiles para la próxima batalla. En esto último sí que avanzaba, pero no fue lo mismo con averiguar sobre el paradero de esos humanos aliados de Uka Uka. No lo entendía: ¿por qué en esta ocasión era tan difícil entrar en el sistema de Cortex, si lo hizo un montón de veces antes? Todo apuntaba a que había algo muy importante que ocultaba, una especie de próximo plan malvado que seguro que era terrible para el mundo. Ella moría de la curiosidad y sus miles de intentos de hackear la computadora de ese sujeto barbudo fueron un fracaso tras otro. La furia empezaba a dominarla, cosa que la manejaba con prácticas de artes marciales, llevando a casi desgarrar su saco de boxeo. Mientras calmaba su respiración, ideas llegaban a su mente, muchas de esas buenas, y una fue fijarse en los demás miembros del equipo. Lo había logrado con Nina, sin embargo, no tenía nada sospechoso, así que tuvo que optar por N. Gin, justo aquel quien le enseñó todos esos trucos para invadir dispositivos.

—¿Con que usando mis ataques en mi contra? —se oyó una voz robótica, que ella reconocía bien, cuando la pantalla de su laptop enloquecía—. Ahora veremos cómo eliminas este virus.

Antes de apagarse por completo, el símbolo que usaba ese ciborg parecido a una bandera de pirata, se vio de una forma espeluznante en el monitor. Luego de una sensación de terror, le vino a la rubia un golpe de ira, porque su querida PC portátil rosada ya no se encendía más, y ahora su investigación estaba detenida. Tras este enfado, vino la desesperación y, al final, el llanto, al arrepentirse de cometer la tontería de desafiar a su antiguo maestro. ¿Qué les diría ahora a sus hermanos? No, era mejor no contarles nada y tratar de solucionar los problemas con algún otro método; siempre había una salida y debía mostrar que era la intelectual del grupo. A veces sus mejores ideas surgían cuando menos lo esperaba, y esta vez se apareció cuando lustraba su viejo kart de carreras interplanetarias. Lo que se le ocurrió fue simple: el envío de drones espía controlados desde su teléfono, y los mismos tendrían que asemejarse a los robots de esos doctores, para no despertar sospechas. Por suerte, ella aún conservaba las cámaras que custodiaban el castillo que Crash incendió cuando fue al rescate de Tawna. Estos necesitaban una reparación, cosa que no fue para nada complicado para la muchacha.

—Bien, todos los sistemas están listos y funcionando —dijo ella con una sonrisa, mientras se secaba el sudor de la frente, y todo fue ni bien cuando pudo finalizar su trabajo de cirujano.

Como ya había perdido mucho tiempo, ella envió un robot de inmediato, el cual se posó en el bote de los nativos que iba rumbo hacia el Laboratorio del Iceberg. Una vez que llegó a la isla, entró por la parte de arriba, ya que sabía que la puerta del frente no funcionaba. Así fue recorriendo el interior y, después de un rato de no hallar a ningún ser vivo, dio con Neo, sólo para decepcionarse, porque no estaba haciendo nada malvado. El médico no más estaba con el teléfono celular en una mano y echado sobre un simple y duro sillón, quedándose de esta manera por una aburrida media hora. La espía quería ver qué tanto miraba por esa pantalla, intentando ponerse en varios ángulos, no obstante, una gruesa voz se oyó, preguntando a su jefe si también debía empacar esta cosa flotante. Por su parte, el cabezón no entendía a qué se refería con esa pregunta, hasta que vio lo que estaba señalando su más leal secuaz. Aquel estaba apuntando hacia la cámara, haciendo que el hombre se extrañara al ver a ese viejo y tan cercano artefacto y, en sólo un segundo, su confusión pasó a ser una reacción de horror.

—¡Tiny, destruye esa cosa! —ordenó el humano, quien dio un salto y se paró sobre el sillón.

Lo último que Coco vio fue que ese tigre de Tasmania se preparaba para dar un fuerte golpe con un aplauso, para después ver el mensaje de "señal perdida", y ese fue el primero de un sinfín de drones enviados y destruidos. En sí, no fue una pérdida total: ella averiguó algunas cosas, como que se estaba desalojando esa isla congelada y que se notaba que había un plan malvado y misterioso en proceso. No sólo parecía una mudanza, sino que también se estaba llevando cada pieza de metal, cada rastro de civilización, dejando el lugar como lo hallaron. Tan sólo faltaba encargarse de la guarida y, para desarmar las delicadas máquinas, se acudió a la ayuda de N. Gin, quien además tuvo que ocuparse de los intentos de espionaje. A partir de ahí, un escáner funcionaba dentro de las instalaciones, que daba una alarma ante aparato sospechoso, y la solución que optó la chica rubia ante eso fue el hacer dispositivos cada vez más pequeños. Su nuevo invento era tan minúsculo como las cámaras que se usan en cirugía y, luego de mucho esfuerzo por hacerlo, lo envió así no más, sin ponerlo a varias pruebas. No quería perder ni un minuto más en tonterías; su obsesión era tan fuerte a no importarle eso.

—Veamos cómo van las cosas —comentó ella cuando alcanzó a ver a aquel refugio entre los bloques de hielo y no mucho había cambiado, tras unos días creando su robot: el edificio se mantenía aun en pie, mas no se lo avistaba al mutante fortachón acarreando como un burro.

No, en su lugar estaba un grupo de rinocerontes marineros, acomodando las cosas dentro de una especie de camión, y ella aprovechó el portón abierto para entrar. Por ahí se infiltró una maquinaria en forma de bicho, de una mariquita, para ser exactos, para ver si eso le traía un poco de suerte. El supuesto insecto voló por todas partes sin problemas y aterrizó en un sitio donde podía contemplar el desarme del Psicotrón. Su rival y maestro hacía esa tarea, con la ayuda de alguien de su tripulación, y todo bajo las ordenes gritadas por Cortex. El doctor en medicina estaba impaciente y quería que se terminara el trabajo de una buena vez, porque el gran Uka Uka los estaba esperando hacía días. Quien lo oía todo desde lejos se sentía a la vez alegre y alarmada, porque sí tenía razón que el N Team tramaba algo y bastante grande, con ese cambio de escenario, y ahora tenía que reunir más evidencia. Por eso, su creación se acercó mucho más en busca de capturar imágenes y se posó sobre las herramientas de aquel ciborg, para más tarde meterse en el acorazado. Todo iba bien y sí, la suerte la acompañaba.

—¿Me alcanzas esa llave? —pidió el sujeto deforme desde lo alto de una escalera a su socio.

—Bueno —respondió el otro obedeciendo de mala gana, y dio un largo bostezo al tanto que subía unos escalones—. Ya se hizo demasiado tarde, jefe. Ahora no podemos volver al barco.

De repente, todo se volvió oscuro, haciéndole suponer a la bandicut que ese asistente justo agarró la herramienta con todo y filmadora, sin querer. Cuando aquel marino, que no era un rinoceronte y era más similar a Crash (en cuanto a tamaño y un largo hocico), se dio cuenta de que aplastaba a un insecto, abrió la mano en seguida y el robot comenzó a fallar volando sin control. El ayudante comentaba de lo raro que era encontrarse con un bicho en esta zona antártica y, antes de que pudiera responderle, N. Gin fue interrumpido por Cortex, quien se quejaba de los ruidos que hacían, que no lo dejaban dormir. Esa fue la señal de dejar la labor para mañana y, mientras bajaba por la escalera, sintió unos ruidos dentro de su misil, pero le daba más importancia a descender con cuidado. Una vez en el suelo, ellos dos se fueron a la habitación que usaba a veces el científico pelirrojo, caminando en silencio, situación que no pasaba en el taller de Coco, porque ella se estaba desesperando por tratar en vano de quitar su invento de ese horrible cohete que aquel humano tenía en la cabeza. Maldecía su suerte.

—Se acabó: lo perdí —determinó ella cuando no tenía más audio ni video, y se tapó el rostro con sus brazos, apoyándose en su escritorio; cerró sus ojos llorosos hasta quedarse dormida.

—Espero que esto pronto termine —se oyó de repente una voz femenina que la despertó—. No me gusta cómo te trata ese bravucón. Si no tuviera que esconderme, le daría una paliza.

Esa voz se le hacía conocida de algún lado, y el experto en robótica le respondía que serían sólo unos días más. De pronto, la imagen se reestableció de alguna forma extraña, y ahí ella se dio cuenta de quién era la que hablaba: era Pasadena, quien se estaba quitando su disfraz de marinero. Por la manera del enfoque de la cámara, la Bandicoot descubrió que podía ver lo que ese villano del misil veía, que su dispositivo se conectó con su ojo mecánico. La espía estaba feliz por tener a un infiltrado que no sería detectado, sin embargo, su sonrisa se fue transformando en una expresión de asombro, cuando vio que la zarigüeya no sólo se sacaba su ropa de trabajo, sino que quedó sólo en ropa interior. ¿Qué rayos estaba sucediendo? La de acento texano se iba acercando con lentitud gateando sobre la cama, cada vez más cerca de aquel hombre y, por los sonidos, la testigo inesperada supuso que se estaban besando. La menor no sabía cómo reaccionar, ya que por un lado, quería apagar la pantalla pero por otro no podía dejar de mirar. Una rara sensación la invadía, que no podía definir, que aumentaba.

—Nos va a oír —musitó el de cabello anaranjado, cuando la cosa pasó a ser más apasionada, cuando la corredora de autos estaba por gritar de placer y hacía como si montara a un toro.

Era como si la observadora estuviera viendo un canal para adultos, y de la curiosidad pasó a estar furiosa, que por fin apartó los ojos del móvil. Sí, estaba molesta porque, desde hacía un buen tiempo, desde antes de ser enemigos, ella tenía la fantasía muy común de enamorarse del maestro, siendo la estudiante de aquel creador de máquinas. Nunca ella pudo decirle lo que sentía y menos ahora que cada uno fue por un camino tan opuesto al del otro, además, ella recién descubrió que perdió su oportunidad. Aquella chica, que la consideraba como una nueva amiga, estaba ahí teniendo una relación con un sujeto del lado del mal; no entendía lo qué les sucedía y, por una parte, ella se sentía traicionada y, por otra, ella quería estar en su lugar. Si pudiera deshacerse de la O'Possum, habría una nueva chance para hacer realidad su ilusión, mas no tenía la menor idea de cómo lograrlo. ¿Pero, en qué estaba pensando? No, ni que fuera una villana para intentar eso, y quizá el estrés le estaba afectando la mente, con lo que se fue a descansar. Sólo un breve instante se olvidó de sus problemas, ya que enseguida, una pesadilla la atormentaba y era revivir justo en frente de ella aquel momento de traición.

—Veamos si por fin ya se durmieron —habló la menor, mientras abría la aplicación del dron.

Sí, después de unas horas, esos amantes estaban dormidos, y la hermana menor de Crash se decidió a probar de todos modos los controles de dirección de su aparato volador. Al querer ir hacia adelante, la imagen se movió y ahí a ella le surgió una idea descabellada, que tal vez ahora podía manejar a ese individuo como si fuera un títere. Al encaminar hacia el espejo del baño, ahí comprobó que ella estaba en lo cierto: sí, podía controlarlo, siempre y cuando él se quedara dormido. La titiritera sonreía a más no poder por este hallazgo y no sabía qué hacer primero, si atacar a Cortex o a Pasadena. Al final, se inclinó por aquel enemigo principal, que siempre molestaba con sus intentos de dominar el mundo, y para eso, primero se dirigió a la cocina en busca de un cuchillo. Sí, a pesar de formar parte de los héroes, Coco tenía un lado oscuro y bien oculto, y este era su momento para liberarlo, ya que su excusa era usarlo para el bien, para darles su merecido a esos malvados. Ya en una cocina futurística, llena de miles de aparatos extraños, ella hizo que aquel doctor tomara el cuchillo más grande que hallara.

—Bien, ahora encontremos la habitación —se decía ella mientras guiaba en un total silencio.

Con tanta vigilancia que hizo, la rubia ya conocía cada rincón del laboratorio, y así fue directo hacia el dormitorio de ese médico, quien descansaba sobre una cama tamaño matrimonial, a pesar de su corta altura. Su esclavo se ubicó lo más cerca posible y se preparó para apuñalar, sin embargo, Neo justo se movió esquivando el golpe, y no se pudo intentar de vuelta, por la intromisión de una mano que le agarró el brazo. Al ver quién interfería, se topó con el rostro preocupado de la zarigüeya, la cual llevaba con cuidado al ciborg de nuevo a su cuarto. Debía admitir la bandicut que su plan estaba arruinado por el momento, aunque sí logró asustar un poco a esa marsupial americana. Con mucha delicadeza, la que usaba dos coletas colocó a su novio a la cama y ella se acomodó muy cerca de él, tomándole de la mano para que no se le escapara otra vez. Para el día siguiente, ellos tendrían una charla muy seria, y así fue nomas, que casi al borde de las lágrimas, la texana explicaba cómo descubrió el sonambulismo en él, y encima era peligroso. N. Gin, por su parte, no podía creer lo que ella le decía, era absurdo.

—Nunca me había pasado algo así antes —respondió él, tras hacer memoria unos instantes.

—Quizá yo te lo causé —supuso su amada—. Para ahorrarme tener que golpearlo a ese tipo.

Una y otra vez, él la consolaba diciéndole que no se sintiera culpable, que era más probable que fuera una especie de respuesta involuntaria ante años de maltrato, y una reacción más que perturbadora. Antes de disponer medidas de precaución, por si eso se repetía, un rudo llamado a su puerta los interrumpió: era el barbudo exigiendo que volvieran al trabajo. Ellos se prepararon para salir tan rápido como pudieron y siguieron desarmando todo dispositivo que se encontraran para la mudanza. A la vez que hacían su deber, querían hablar sobre ese asunto terrorífico, mas no podían con el hombre amarillento viniendo a gritar a cada rato, y a veces, sólo estaba ahí vigilando. Se veía que él no tenía muchas cosas para hacer, o sólo le gustaba molestar, en especial al ayudante mutante, que intuía que había algo extraño con él porque parecía ser el preferido. La chica empezaba a sentirse incómoda al ser observada con tanto odio, que estaba a punto de enfrentarlo, si bien desistió cuando fue frenada por aquel pelirrojo, sujetándole del brazo y le susurraba suplicando que no lo hiciera. Ver esa escena le resultó al peluquero, según madame Amberley, ser otra prueba más para lo que sospechaba.

—¡Déjense de tonterías y acaben de una vez! —dijo enfurecido el líder del N Team y se fue.

—Ya era hora de que se fuera —comentó la O'Possum cuando oyó los pasos de aquel lejos—. No sé qué bicho le picó para que estuviera todo el santo día vigilándonos y molestándonos.

El humano medio robot quería advertirle que quizá el otro podría oírla, pero prefirió sonreír, debido a que le gustaba la valentía que tenía ella, para decir las cosas de frente. Elegía estar alegre para no pensar en los problemas, y teniendo al lado a aquella compañera aventurera, (que le hizo ver que no sólo podía ser un secuaz para siempre), claro que estaba feliz. Así se mantuvieron el resto del día, avanzando mucho en el desguace y bromeando en las pausas, no obstante, llegó rápido la noche y la temida hora de dormir. Como única medida, nomás se acordó en que ella tuviera la llave de la puerta, tras asegurarla primero como siempre, y por si acaso, ella, la que estaba más alarmada sobre esto, aferró su fina y larga cola a uno de los tobillos del afectado. Quien más estaba preparada era la Bandicoot, quien había esperado la oscuridad para atacar otra vez, y logró que su víctima se levantara de la cama sin que la otra se diera cuenta. Antes que nada, buscó la llave que estaba debajo de la almohada, y se alejó andando con unos pasos sigilosos por los fríos y oscuros pasillos en busca del doctor Cortex.

—Tengo que darme prisa o Pasadena lo arruinará otra vez —se animó Coco en voz muy baja.

En esta ocasión, su rehén no iría a la cocina por el típico objeto para homicidios, sino que fue sin vueltas hacia la habitación, por una justicia más personal. Cuando vio sobre la mesita de noche aquella arma causante de su paralización, la muchacha gruñó con ira y sin más guio a su esclavo a tomarla para darle un buen disparo. Un rayo salió de esa pistola, que fue a dar contra un roncador villano, que dejó de hacerlo porque lanzó un grito ahogado de dolor. Casi quedándose en la misma posición que ella, Neo fue paralizado, y su atacante salió rápido del cuarto, sólo para tropezarse con la zarigüeya en la salida. Ese brutal golpe hizo que N. Gin se despertara desorientado, encima de aquella chica, y el terror empezó a invadirlo, queriendo saber qué hizo. Se levantó y volvió hacia la puerta con prisa, aunque se detuvo al accionar el picaporte, preparando su mente para presenciar una escena del crimen. Cuando entró, él se encontró con su jefe petrificado, quien apenas sólo podía mover los párpados, y esos ojos se quedaban fijos en el intruso. Por más que casi se le cayó el arma de las manos, por estar tan nervioso, el ciborg le disparó el antídoto, el rayo para deshacer la parálisis, y así él se liberó.

—¿Qué es lo que te pasa? —gritó Neo, yendo enfurecido a sacudir de la ropa a su secuaz—. ¡Pudiste haberme matado y con mi propia arma! Me has atacado y te arrepientes, ¿por qué?

—Soy sonámbulo —confesó el que tenía un misil con una voz débil, admitiéndolo con dolor.

El barbudo lo soltó de inmediato y se dispuso a pensar con cuidado; siendo un médico, tenía cierta preparación ante estos casos, y su primera idea era encerrarlo en la prisión que poseía la guarida. Su paciente no estaba seguro de esa decisión y fue el marinero mutante quien se interpuso pidiendo otra solución. El de piel amarilla no quería oír nada en contra de su plan, y ponía de excusa de "su casa, sus reglas", y el robótico estuvo de acuerdo con tristeza. Ellos tres bajaron hacia el sótano, rumbo a los calabozos, donde la oscuridad y la falta de limpieza predominaban. El especialista en el asunto quería terminar pronto para volver a su cama, ya que era la una de la madrugada, y la joven disfrazada se quedó un tiempo más, mirando con angustia a ese sujeto cautivo entre gruesos barrotes. Ella empezaba a soltar lágrimas y, al ver eso, aquel la animaba diciéndole que esto sólo era temporal, que tenía que creer que esto se arreglaría. Ella no quería irse, proponiendo que pasaría la noche en la celda de en frente, sin embargo, él no quería que se quedara en un frío y sucio sitio, y le pidió que subiera al cuarto.

—Nos vemos mañana —se dijeron el uno al otro, con una voz apagada, y por fin se alejaron.

Sobre un duro y polvoriento banco de madera, el prisionero intentaba dormir, mas no lo iba a conseguir con los pensamientos aterradores que lo dominaban. Ahora, que se topó con el amor después de tanto, tenía que estar aislado, como si fuera un loco asesino, y en realidad, no confiaba en el tratamiento de su doctor. No había esperanza, y sabiendo eso, tendría que despedirse de su acorazado, de su tripulación, y de lo más importante, su novia. Eso sonaba a una pesadilla, que se agregaba al horror que vivió a lo largo de su vida: al principio, vivir en una familia que lo maltrataba, crear debido a eso problemas en la escuela, ser enviado a una lejana Academia formadora de villanos, tratar de ser bueno y pasar por un brutal accidente, y al final ser un simple ayudante de un científico gruñón y de una máscara terrorífica. Él no lo entendía: ¿por qué tenía que sufrir tanto? ¿Algún día iba a mejorar su suerte? Pensando con amargura, él comenzaba a entristecerse cada vez más, y Coco lo escuchaba, casi lamentando lo que hizo. Con la mente confundida, ella lo dejó en paz para poder irse a dormir, si bien no contaba que, al darse vuelta, su hermano estaba a pocos pasos y no se veía de buen humor.

—Buenas noches, hermano mayor —pronunció ella con dificultad, al no recuperarse de esa sorpresa, y tratando de continuar por su camino, el chico se lo impidió, bloqueando la salida.

"Yo escuché lo que decía tu teléfono", habló Crash con su propio lenguaje de señas y que su familiar conocía bien. El temor en la rubia crecía, no sólo por lo que le dijo, sino por cómo lo hacía, siempre estando enojado. Él le preguntó qué hizo y no se creyó la mentira de que sólo era una película; no, él reconocía esa voz y le exigió la verdad. Ella estaba inmovilizada por el miedo: nunca lo había visto lanzar esa mirada y, después de que él insistiera, ella le contó lo sucedido. Esperaba al final más furia expresada con las manos, no obstante, la pequeña sólo recibió unas suaves palmaditas en un hombro y ver como luego se alejaba ese muchacho. La chica lista no sabía por qué él reaccionó de esa manera, como si no fuera tan grave lo que le causó a sus enemigos. Eso le hizo pensar en que él estaba de acuerdo con darle su merecido a los malosos, y eso le causó cierta paz para no preocuparse más. A la mañana siguiente, ella fue a ver cómo estaba aquel encarcelado, y notó que algo extraño sucedía: él no estaba en la celda, sino que estaba afuera, contemplando el océano glacial. ¿Cómo él se habrá escapado?

—Por fin vino ese bote —gruñó el fugitivo, sonando cansado, y se trataba del de los nativos.

Él se subió, pidiendo antes el favor de que lo llevaran lejos de aquí, y esos marineros de Papu Papu aceptaron al ver a ese sujeto presentándose tan abatido. Al poco tiempo de zarpar, la nada misma surgió de repente, como si la oscuridad lo devorara, y eso era inusual para quien tenía un ojo robótico que nunca dejaba de funcionar. Así, una pantalla en negro permanecía sin cambiar, de modo que la mirona prestó atención a los sonidos, y se podía oír el oleaje y la charla que tenían los indígenas. Eso no era de mucha ayuda para averiguar qué pasó y, por el momento, ellos eran los sospechosos de un ataque. La única manera de revelar ese misterio era ir a esperar a que el barco llegara a la isla, con lo que ella salió corriendo hacia donde se encontraba el puerto. Este estaba al otro lado de donde vivía, teniendo mucho camino por el cual recorrer, y se maldecía por no poner más tecnología entre la tribu y su familia. Andando tan veloz como podía, apartando plantas, trepando montañas y esquivando trampas, ella lo logró y, al querer hablar con esas personas, la voz le fallaba por la agitación tras correr tanto.

—¿No trajeron a un sujeto raro en su bote? —preguntó Coco, mientras buscaba ella misma.

Los cuatro navegantes respondieron negando con la cabeza y eso desconcertó a la marsupial anaranjada, haciéndole creer que se estaba volviendo loca. Alejándose de ellos, observaba el suelo arenoso con tristeza, y ahí vio extrañas y recientes huellas, como si alguien arrastrara a otro. Ella las siguió porque reconoció ahí las marcas que dejaba las zapatillas de su hermano, y se estaba dirigiendo hacia las cavernas. Ya adentro, ella estaría en una completa oscuridad, de no ser por los hongos fluorescentes, y el túnel la condujo pronto hacia una salida, hacia la playa cercana de su casa. La joven estaba asombrada debido a que su pariente halló un buen atajo, pero, volviendo a lo importante, el rastro la llevaba directo a la cabaña. Ya en su hogar de madera, ni uno de sus compañeros se avistaba, y revisando su teléfono, descubrió que la imagen regresó y que mostraba su laboratorio. ¿Acaso él estaba ahí? ¿Por qué? Buscando las respuestas, ella fue sin más demora, sólo para poder hallar a su títere sentado sobre su mesa de operaciones, y vigilando al villano de cerca, estaba cruzado de brazos el bandicut girador. Al parecer, ellos la estaban esperando y, ahora que estaba presente, una discusión comenzó:

—¿Así que esta vez Coco lo hizo? —preguntó N. Gin al destruye cajas, quien asintió enojado.

—¡Fue un accidente! —gritó ella, viéndose dolida, cuando en realidad quería decir otra cosa.

—¿Un accidente? —él habló con sarcasmo y la miró directo a los ojos—. Casi mato a alguien.

—Te lo mereces —respondió ella, sorprendiendo a esos dos—. Por engañar a mis hermanos.

Reuniendo la poca paciencia que le quedaba, el ciborg fue explicando que eso no era excusa para actuar de esa manera, que el N Team nunca quiso acabar con la vida de nadie, que sólo quería detenerlos y quedarse con los cristales. A ella no le pareció que fuera así y declaró no arrepentirse de nada, y ni siquiera la expresión de decepción y tristeza del casi general de los mutantes la hizo cambiar de opinión. Como esto no tenía una salida rápida, el humano habló sobre otro asunto, como pedirle a la vengativa que lo dejara en paz, a cambio de arreglar su laptop. Ella, por su parte, se cruzó de brazos y le dio la espalda, de modo que el científico ya no sabía qué hacer y le propuso que, si tanto quería ver morir a alguien, que sea él ya que le arruinó la vida. Como la situación no llegaba a ningún lado, Crash intervino, exigiendo con su lenguaje de señas, que le quitara ese robot en la cabeza y así dejar todo como antes, que por eso lo trajo hasta aquí. Hacer como si no hubiera pasado nada, no era lo que tenía en mente la rubia y por eso protestó, así como luego trató de convencerlo de que esto era lo correcto.

—Creí que eras una buena persona, Coco —interrumpió la discusión entre hermanos el rival, quien se bajó de la mesa para irse—. De todas formas, no quiero que realices esa operación.

El marsupial bailarín le impidió el escape y le propuso a su hermanita un trato, que más bien, sonó como una amenaza: que ella debía reparar este daño o, si no, él iba a considerarla una villana más. Eso sí que golpeó a la muchacha en su corazón, por pensar que pelearía con él, y también en su orgullo, por estar acostumbrada a dar órdenes, no a recibirlas. De mala gana, ella aceptó, y ahora se vino la difícil tarea de convencer al paciente de ceder a la extracción, cosa que él no quería estar a merced de dos torpes adolescentes. Ante el intento de fuga, los animales lo sujetaron por la fuerza y así lo ataron a la mesa metálica; ellos debían darse prisa antes de que los demás se enteraran de lo que hicieron. Sabiendo que no tenía escapatoria, el pelirrojo se calmó justo a tiempo antes de que le suministraran anestesia, que no era tan necesario si se debía trabajar con su zona artificial. Mientras un escáner lo revisaba, él seguía repitiendo que no quería hacer esto, que él se encargaría usando mejor tecnología, y eso fue una ofensa para la intelectual, que no más hizo oídos sordos y exigió que se quedara quieto.

—Alcánzame esa caja, hermano mayor —pidió ella sonando amable, señalando con la vista, y así logró desconcertar al chico, quien se rascó su cabello viéndose perdido—. La cosa gris.

De ahí ella consiguió unos guantes resistentes al calor que emitía el misil que siempre estaba arrojando humo, y por fin pudo desarmar sólo unas piezas, debido a que las demás estaban fusionadas con el cráneo. Cuando llegó al sitio en cuestión, unas horribles punzadas en todo el cuerpo empezaban a atormentar al ciborg, y lo llevaban a reconsiderar a usar anestésicos. El dolor de cabeza que siempre tenía, aumentaba de repente y no podía soportarlo más, con lo que les gritó que se detuvieran. Los Bandicoots no desataron las amarras, sino que tenían las intenciones de continuar, definido cuando el adicto a las wumpas le tapó la boca con una mano, a la vez que ella fue en busca de algo. Al rato, al enfermo le colocaban una mascarilla y todo se volvió oscuro, si bien se despertó enseguida, sintiéndose un poco mareado. Lo que vio primero fue a su antigua alumna, preguntándole cómo se sentía, con una rara dulzura, y le contaba que sí logró su objetivo. Como ya estaba desatado, él se levantó con dificultad, y antes que nada, le preguntó al héroe si era verdad lo que ella le decía y si no aprovechó para hacer otra cosa. Eso último se oyó como una acusación a oídos de ella y su bondad se borró.

—¡Ni creas que estoy arrepentida de todo esto! —rugió la chica lista, yendo a enfrentarlo—. Volviste a la normalidad sólo porque mi hermano lo pidió y nada más. Así que ahora lárgate.

Aquella broma fue tomada para mal y, por esta razón, ellos se quedaron desconcertados al presenciar tanta ira. No paró ahí, sino que ella siguió amenazando con tratar de averiguar lo que el N Team planeaba, que no se detendría hasta poder vencerlos. Ya tanto palabrerío les cansaba, en especial al que no hablaba, quien se propuso a acompañar a N. Gin a la salida y, una vez afuera, alguien les llamaba desde la playa. Ya atardecía y ese alguien venía directo a ellos, corriendo tan rápido como podía. Aquel parecía ser un secuaz marinero del doctor, por la ropa que tenía y reconocía el bicho anaranjado, y fue entonces que vio que era momento para despedirse. Él se despidió con su clásica sonrisa de oreja a oreja y le dio unas palmadas en un hombro, cosa que el otro entendió como una especie de disculpa. El ciborg respondió a eso agradeciendo, y por fin cada uno fue a su casa. Durante el camino hacia el acorazado, y ya en su camarote para poder tener un buen descanso, la zarigüeya que se quitaba su disfraz exigía respuestas, aunque ya tenía una idea de lo que había sucedido. Por más que la historia sonara aterradora y un poco vergonzosa, él le contó toda la verdad, si bien eso iba a dolerle.

—¿Coco lo hizo? —preguntó Pasadena al final, aun no creyendo por completo esa artimaña, tan oscura para alguien que creía que no sería capaz de matar, y ahora no iba a verla igual.

—Coco lo hizo —afirmó él mostrándose pensativo, o más bien, decepcionado de la menor, y eso le recordaba aquel dicho que decía que "hay tanta oscuridad como luz en cada persona".


¡Feliz Halloween 2021 y nos vemos el año que viene!