Capitulo II

Muchos años pasaron desde la visita de los Eldar, y Númenor en su medio día, crecía en esplendor y sabiduría, pero los corazones de los hombres ahora se volvían constantemente hacia el oeste, siempre queriendo ver la ciudad inmortal que se erguía en algún lugar del horizonte. Vivían bajo el yugo del temor a la muerte, y construían palacios mortuorios más grandes y gloriosos que sus propias moradas, e Inziladûn con cada año que veía pasar, y llegando a la plenitud de belleza y sabiduría, confirmaba con gran pesar lo que aquel Señor de los Elfos le había dicho en una noche fría de otoño.

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Las puertas de madera se abrieron estrepitosamente de par en par. Inziladûn desvió los ojos de su bordado hacia la terraza que se extendía tras esas puertas. El cielo estaba cerrado de nubes negras que amenazaban con descargar una fuerte tormenta, y las olas del mar, impulsadas por el viento inclemente, se estrellaban contra las rocosas paredes del acantilado donde se erguía su casa en Eldalondë, y a su vez batía sus trenzas azabaches y sus vestidos celestes.

-Este año las lluvias se adelantaron- dijo su amiga cerrando las puertas con gran trabajo, y desvaneciendo la visión de aquel apocalíptico paisaje- Y llegan con más fuerza.

-¿Qué dices Silmarien? Esas nubes no son de lluvia - dijo retomando su labor en el bordado.

De súbito un estruendo ensordecedor estremeció los cielos, y el sonido de enormes gotas comenzó a escucharse y ganar terreno al silencio apacible que, hasta entonces, había predominado en la habitación.

-¡Grandioso! Esperaba salir después de esta animadísima sesión de bordado, y ahora tendré que quedarme aquí encerrada- decía mientras guardaba las agujas y los hilos de colores.

-Parece que nunca cambiarás tu gusto por el bordado- decía Silmarien imitando su gesto.

-¿Escuchas eso?- dijo Inziladûn agudizando su oído.

-No, ¿Qué cosa?- Silmarien guardó silencio y a la lejanía pudo percibir, entre las gotas que golpeaban el techo, el sonido de unos cascos sobre las losas de mármol de la explanaba frontal de la casa. Las doncellas salieron corriendo del salón camino hacia las puertas de la casa, y cruzando el jardín, divisaron entre la cortina de lluvia, tres figuras que salían de las caballerías

-¡attô!- gritó Inziladûn y recorrió la poca distancia que había entre ella y los brazos de su padre.

Silmarien, que se había quedado atrás, no olvidó el protocolo habitual entre la nobleza, que Inziladûn se había saltado, y guardando distancia saludó a los recién llegados haciendo una elegante reverencia.

-Bienvenidos sean mis Señores.

-¡Imrahil!- Inziladûn abrazó a su amigo- ¿Qué es lo que hacen aquí?

-No queríamos que estuvieses sola en tu casa con este mal tiempo-dijo Imrahil.

-Algo podría ofrecérsele mi Señora y queríamos estar presentes para socorrerla.

-Gracias por su consideración alteza- dijo la doncella saludando con una reverencia al heredero al trono de Númenor, el futuro Tar-Ancalimon- pero por favor pasen a la casa, para poder secarnos de esta lluvia.

-Iré a preparar los baños tibios.

-Te lo agradeceríamos sobremanera, Silmarien- dijo Imrazôr, y acto seguido, la doncella se apresuró hacia la casa.

El cálido vapor del baño había relajado su cuerpo de las tensiones del camino, pero su mente solo se había despejado, dejando ver mas nítidamente esos pensamientos que aun lo invadían y lo habían acompañado desde que, hacía muchos años en un salón del palacio en Armenelos, había contemplado por primera vez la inocencia de su blanco rostro de niña y sus bellos ojos violetas, y la colocó entre las cosas más hermosas que aún poseían los hombres en esos tiempos del mundo. Pero ella era tan solo el pequeño capullo de una flor entonces, y él ya había alcanzado la plenitud de la juventud. Tomando en cuenta estos pensamientos, los sentimientos que afloraron en su corazón se escondieron tras el velo de las prioridades que, como heredero al trono de Númenor, estaba obligado a poner en un estatus más alto que un amor de juventud. Imrazôr, consejero de su padre, lo había invitado a pasar unos días en su casa de Eldalonde, y los sentimientos por tantos años guardados volvieron a aparecer cuando volvió a contemplarla, ya en la primavera de su vida, convertida en una hermosísima mujer.

Recorría los pasillos de mármol de la casa, que a su izquierda se desplegaban una hilera de arcos de piedra que daban a un patio interior. Se detuvo unos momentos para contemplar el caer de la lluvia, después cerró sus ojos grises para poder sentir el viento fresco golpear sobre su rostro y revolotear sus oscuros cabellos.

-Mi señor, ¿se encuentra bien?- abrió sus ojos para contemplar al lado suyo otros eternamente violetas.

-Si, solo disfrutaba de la brisa- Inziladûn esbozó una sonrisa.

-Nos esperan en el salón de estar para comenzar la merienda, acompáñeme por favor- dijo tomando el brazo del príncipe y conduciéndolo a través de galerías y pasillos hasta llegar a la puerta de dicha sala.

Cuando las puertas se abrieron, dejaron ver una espaciosa galería tapizada con maderas preciosas traídas de Eressea, y en el centro de esta, una mesa baja era rodeada por finos y mullidos sillones color marrón, que a su vez se encontraban frente a la chimenea de mármol que ardía enérgicamente. Los recién llegados tomaron asiento, Inziladûn al lado de Silmarien en un sillón para dos personas, y Ancalimon entre los nobles Señores, Imrahil e Imrazôr.

- ¿Qué ha pasado últimamente en Armenelos, Majestad?- dijo Inziladûn ofreciéndole una aromática taza de té- no he sabido mucho desde mi visita el año pasado.

Bueno, todo esta yendo como yo me lo esperaba, en cuanto a mi preparación para recibir el trono de Númenor. Mi padre me ha dado la responsabilidad de casi todos los menesteres que a él le corresponden, de hecho hace unos meses visité las colonias que están al sur de la Tierra Media, en la desembocadura del Anduin.

¡que maravilla!- dijo Silamrien- dicen que sus bosques son hermosos y bastos.

Dicen bien, y además son una gran fuente para construir nuestros navíos- contestó Ancalimon- Aun que los nativos no están contentos con los tributos que recoge mi padre.

Veremos cual es el precio que nos cobre Gil-galad por pedir su alianza- dijo Imrahil.

Uno muy elevado, pero sin duda justo- comentó Imrazôr.

¿Irán a Lindon?- dijo Inziladûn tratando inútilmente de esconder su entusiasmo- ¿verán al Alto Rey de los Noldor?

Así es Inziladûn, pero solo irán estos jóvenes. Me temo que yo me quedaré, otros asuntos exigen mi presencia.

Yo podría ir en tu representación Attô- dijo pensando si sería necesario arrodillarse para conseguir el permiso de su padre.

Pero hija…

No veo mayor problema Señor- interrumpió el joven heredero- en que su hija nos acompañe en el viaje- Imrazôr quedó pensativo por unos segundos.

¡Vaya que yo si veo problemas!- dijo Imrahil, y la mirada acecina de Inziladûn lo traspasó.

No juegue con eso Señor, es un consejo que he aprendido a lo largo del tiempo que he conocido a Inziladûn- dijo Silmarien divertida.

Si Ancalimon no ve problema en que mi hija lo acompañe en su viaje…- Inziladûn volvió su mirada hacia su futuro Rey buscando su ayuda- entonces yo tampoco.

Gracias Attô- dijo besando la mejilla de su padre- y gracias a usted su Majestad, prometo no serle una carga.

¿Cómo podrías ser una carga para mí?- pensó el joven príncipe.

Afuera la lluvia caía con gran fuerza, y muy difícilmente la noche se diferenciaba del día, por que ni los rayos del sol traspasaban la gruesa barrera de nubes, ni el canto de los ruiseñores se escuchaba al caer el crepúsculo. Así el tiempo pasaba y parecía que los días se alargaban, pero al fin el aire comenzó a templarse y las lluvias cesaron poco a poco.

Inziladûn hastiada de su encierro por causa del temporal, recorría los lindes del jardín. Todo estaba cubierto de barro pero el pasto había crecido notablemente y los árboles habían reverdecido.

-Es un alivio sentir la calidez del sol sobre la piel- volvió hacia su espalda y el reflejo de los rayos del sol sobre la cabellera dorada de Imrahil encandiló sus ojos. Inziladûn sonrió y tomó su mano y él la sujetó con fuerza, como si temiera que se le fuera arrebatada. Y así siguieron juntos su paseo sin percatarse que dos figuras los observaban desde el edificio de madera que conformaba las caballerizas.

-Son una hermosa pareja, ¿no crees?- suspiró Imrazôr, pero Ancalimon miró con desilusión a los dos caminantes.

-¿Están comprometidos Señor?

-¿Comprometidos?, no, lo cual es una lástima, pues el único afecto que los une es una gran fraternidad que aun entre hermanos es difícil verla- volviendo a su rostro soñador- sus hijos hubieran sido hermosos y fuertes, la Casa de Beor por parte de ella y la Casa de Hador por parte de él se mezclarían de nuevo como cuando Morwen y Hurín se unieron en matrimonio.

-¿Y usted dice que es una lástima que no estén comprometidos?- dijo Ancalimon- No olvide qué fue lo que les sucedió a ellos y a su descendencia mi Señor, no les desee el mismo hado a Inziladûn y a Imrahil.

-Su Majestad- dijo Silmarien que acababa de hacerse presente- un mensajero ha traído una carta desde Armenelos para usted- y le tendió un sobre con el sello del Rey. Ancalimon examinó la carta detenidamente.

-Parece que el temporal ha agotado la paciencia de mi padre y necesita que parta en poco tiempo hacia Lindon- miró hacia el cielo buscando alguna nube amenazadora- mañana hará buen tiempo, ¿Inziladûn estará lista para entonces?

-Le aseguro que será la primera en estar presta a partir. Pensé que su padre no lo apoyaba en cuanto a restaurar la amistad con los Elfos.

-De hecho no me apoya, pero sabe que he decidido hacerlo con toda mi determinación y quiere que regrese lo antes posible para arreglar otros problemas que dejaré inconclusos hasta que regrese de Lindon.

Y como había predicho su padre, Inziladûn ya había organizado sus pertrechos cuando aún Imrahil y Ancalimon apenas veían qué sería necesario llevar para el viaje. Había mucho movimiento en la casa, e Inziladûn cansada de esperar sentada en un sillón decidió levantarse a ayudar un poco, pero al parecer Imrahil estaba muy ocupado preparando la montura de su caballo como para ponerle atención y su padre había salido al palacio gubernamental del puerto para arreglar unos asuntos.

Pasaba por un pasillo en forma de bóveda de cristal donde se desplegaban varias arcadas que daban a las recamaras principales, distraída en sus pensamientos y el canto de las aves. Escuchó ruidos dentro de una de las habitaciones y asomó dentro de ella. Anacalimon estaba parado frente a la cama empacando su ropa y objetos personales y no se había dado cuenta de la presencia de Inziladûn.

-Señor, ¿puedo ayudarlo en algo?- el joven se estremeció al escuchar su voz y viró rápidamente su cuerpo hacia ella.

-No la escuché entrar.

-Perdone mi intromisión, pero ¿puedo quedarme aquí con usted?, ya he pasado mucho tiempo sola y estoy impaciente. Dígame en qué puedo ayudarlo mi Señor- dijo introduciéndose al cuarto sin esperar la respuesta del príncipe.

-Bueno, no hay mucho en qué ayudar pero puedes hacerme compañía- dijo con una sonrisa tan luminosa como el sol. El silencio no tardó en conquistar el frío ambiente, y Ancalimon no podía evitar sentirse incomodo con la dulce esencia que manaba la presencia de ella. Inziladûn, aun que el príncipe no se lo había pedido, ayudaba a doblar su ropa y empacarla en la maleta de piel donde él había guardado el resto- dígame, ¿Por qué le interesa tanto visitar Lindon?

Es un especial interés por los Elfos que comenzó hace mucho tiempo- dijo sonriente sin dejar de doblar la ropa- ¿Usted no ha sentido algo extrañamente agradable cuando tiene la oportunidad de relacionarse con uno?

Si, son gente muy extraña, son como ventanas al pasado, a la inmortalidad- y una luz mortecina brilló en los ojos grises del príncipe.

¿desea poseer la inmortalidad, Señor?- dijo mirando con desconfianza esa luz.

¿Quién no la desea, mi Señora?

Yo no la deseo.

Pues yo la deseo por usted, porque personas como usted no pueden desaparecer de este mundo, muchos se han perdido ya- Ancalimon desvió sus ojos de los de ella y el corazón le palpitaba rápidamente, ¿había sido capaz de decir eso? Inziladûn continuó observándolo, no encontraba que pensar ni qué decir. De pronto una nube del pasado se apoderó de ella, y escuchó una hermosa voz que provenía de sus recuerdos: "…no vivas esperando la muerte o esperando que algún poder te salve de ese don, sino tus días se oscurecerán bajo la constante inconformidad que albergue tu alma".

Inziladûn dejó de doblar la ropa y miró hacia fuera por la ventana que estaba abierta de par en par. Una repentina corriente de viento sacudió el roble que lindaba con la ventana, arrancando de sus amarillentas ramas las últimas hojas que quedaban de su antaño frondoso follaje.

-Vuelve a ser otoño y ningún navío arirva al puerto.