Capitulo IV

El tiempo pasaba desapercibido en Lindon, los días transcurrían pero la cuenta se perdía y en veces Inziladûn creía haber pasado eternidades recorriendo las playas y los jardines en la ciudad de los Eldar, y otras veces el tiempo que había estado ahí le parecía insuficiente para recorrer y descubrir todas las maravillas de esas tierras y de su gente.

Otra reunión se llevaba a cabo en palacio, y por consiguiente Imrahil y Ancalimon estaban presentes, pues se veían los tratados de comercio y amistad que se consumarían entre los dos reinos, y entre las dos razas, aun que el actual regente de Númenor no estuviera de acuerdo con esto, Ancalimon quería tener la amistad de los Elfos, como en los Días Antiguos, o dicho de mejor manera, como lo deseaba Inziladûn.

Paseaba a solas por la playa. Sus pies desnudos habían dejado sus huellas en la cálida arena a lo largo de toda la orilla, y sus blancos vestidos estaban mojados cerca de los tobillos. Inziladûn llenaba su regazo con las conchas y caracoles que recogía de entre la dorada arena, y sus cabellos ondulados caían sueltos hasta más allá de su cintura, como los brazos de innumerables ríos de aguas oscuras. Recogió un bello caracol de la arena y lo examinó para comprobar si tenía las características necesarias para ser acumulado en su regazo, cuando de pronto un destello azul calló pesado en su vestido, tomó sorprendida la hermosa joya dejando caer todos los caracoles que por horas había ido recogiendo de la larga orilla de Lindon, y cuando levantó la mirada para averiguar de donde provenía, se encontró con unos hermosos ojos del color de la joya, incrustados en un hermoso y blanco rostro que la miraban divertidos.

-Maese Glorfindel, me ha asustado- dijo sonriendo.

-Perdone mi intromisión, pero hace tiempo que la miro recorrer la playa y me preguntaba si no necesitaría un acompañante.

-Pensándolo bien, sería magnifico compartir este soleado día- decía feliz- pero ¿Usted no ha asistido a la reunión?

-Mi dama¿acaso el tiempo pasa inadvertido para usted?, la reunión concluyó hace horas.

-En verdad que el tiempo corre de diferente manera en tierras donde habitan los inmortales- dijo asombrada y extendiéndole la piedra aguamarina.

-Consérvela, mi Señora, en recuerdo de mi persona- Inziladûn lo miró seriamente.

-¿Se está despidiendo, mi Señor?- dijo con un dejo de tristeza. Glorfindel asintió.

-Esta fue la última reunión que celebramos, y para beneficio mutuo se ha establecido una buena amistad entre nuestros dos reinos, así que, dentro de algunos años, podrá visitarnos con más frecuencia, o si los deberes de palacio no me retienen, tal vez me vea recorriendo las calles de Armenelos- Inziladûn asintió pero la nostalgia que le causaba dejar ese lugar no había desaparecido de su corazón. Glorfindel tomó su nívea mano y cómo sabía bien que sucedería, esto la despertó un poco- ¿Quiere saber la historia de esta piedra?

-¿Es muy antigua?- preguntó con curiosidad.

-Muy antigua, se remonta antes de que el sol y la luna habitaran los cielos. Esta la recogí de la playa antes de regresar a la Tierra Media, en las orillas de Alqualonde.

-¿En la playa, Señor? Es una gran suerte encontrarse semejante joya tirada en la playa.

-Esa suerte es muy común en el Reino de Aman. Las playas del Puerto de los Cisnes están tapizadas de joyas como la que tiene en las manos, porque nadie las codicia, sino que las arrojan a la arena para que todos podamos disfrutar de ellas.

Inziladûn miraba asombrada la piedra sujetándola con las dos manos, pues era demasiado pesada para sostenerla con una. Le asombraba que tuviera en sus manos un pedazo del País de los inmortales, jamás se alejaría de esa hermosa joya.

-¿Quiénes habitan en Alqualondë?

-Los Teleri, de los que tú pueblo son descendientes por causa de Luthien, que su padre era Thingol, hermano del Rey de Alqualondë.

-Pensé que solo en Eressea había Teleri- dijo mirando hacia el mar- Hace años arrivó un barco de los Teleri al puerto de Eldalondë, lo comandaba un Elda sumamente hermoso llamado Ciriarán.

-Así que conociste al Señor de Tol Eressea.

-¿Usted lo conoce?- dijo con un interés mal disimulado.

-Tengo la gracia, Señora. Aunque hace tanto tiempo que no lo veo que su rostro se aparece confuso en mis recuerdos-dijo como si tratara de hacer más nítidas sus memorias- solo conservo la idea que me quedó de Él.

-Es una pena- dijo Inziladûn melancólicamente- pero usted puede navegar al oeste y regresar a su hogar, y volver a ver a sus viejos afectos.

-Gracias a Erú y a los Grandes Poderes tengo esa fortuna-dijo sonriente- pero aún falta mucho tiempo para que yo me decida a partir de estas tierras.

-Me da gusto que no tenga la intención de partir aún- dijo Inziladûn sonriente- Así yo no probaré la amarga copa de su despedida- Glorfindel asintió, pero su corazón se llenó de una profunda melancolía al escuchar las palabras de Fíriel, porque Él sí probaría esa amarga copa. Hace mucho tiempo que algo no le había recordado la muerte.

Los dos continuaron caminando por la playa mientras el sol avanzaba en el cielo, y la mañana había terminado dando paso a la tarde y a la hora de la merienda. Fue entonces que condujeron sus pasos a la terraza privada de Gil-galad, donde los esperaban, ya sentados en la mesa de cristal, el Rey, Imrahil y Ancalimon. Ereinion los recibió sonriente y luminoso, y fue Él mismo quien se paró a darles asiento. Una cálida brisa meneaba delicadamente las cortinas blancas de la terraza y la hora se presentó agradable y feliz. Ese fue un día especial para la dama, sentía un gran amor por todo lo que veía, y aunque la hora de la partida se acercaba, no le tomó importancia para disfrutar al máximo esos momentos.

El despacho solo estaba iluminado por el candelabro que estaba sobre el escritorio, y en las paredes se dibujaba la figura del cuerpo de Gil-galad inclinado sobre el escritorio, revisando los papeles del Estado. Fuera en el mundo, reinaban las sombras de la noche y las estrellas tiritaban en el cielo, brillantes y distantes. Alguien llamó a la puerta y en seguida se abrió lentamente dejando ver la figura dorada de Glorfindel.

-¿qué es lo que averiguaste?- inquirió Gil-galad dejando los papeles de lado.

-La niña ama a los Eldar, Erenion, en especial a uno- contestó el rubio Elda- sus ojos me lo gritaban.

-¡¿Cuántas veces te advertí que no le coquetearas?!- dijo sobresaltado.

-¡No es a mi a quien ama, amigo!- dijo divertido- y no se de quién se trata. Pero no entiendo por qué quieres saber lo que ella piensa de nuestro pueblo.

-El joven heredero es orgulloso, y su padre ha repudiado la alianza con nuestra raza, es de esperarse que por algún vuelco del destino cambie de parecer, y no pienso arriesgar a mi reino y a mi gente a eso- dijo seriamente.

-¿y que tiene que ver la niña con eso?

-Ella es la futura reina de Númenor, si mis visiones son correctas.

-Pero ella no lo ama- dijo Glorfindel con una expresión seria sobremanera.

-¿y crees que eso le importa al orgulloso hijo de Tar-Atanamir?- dijo irónicamente- sé que estoy arriesgándome mucho en aceptar los tratados que me propusieron estos nobles de Andor, pero aun tengo la esperanza de que los descendientes de las Tres Casa de los Edain recuperen su antigua gloria, y sean merecedores de la tierra que los Valar les obsequiaron.

-Esperemos que se cumpla.

El viento ondulaba las hermosas naves en el puerto de Lindon, como un llamado a partir a tierras de mortales. El objetivo del viaje se había cumplido, y en esa mañana rosada, Ancalimon, Imrahil e Inziladûn se despedían de los nobles Eldar que los habían hecho pasar momentos inolvidables. El Rey bajó al puerto especialmente para ser testigo de la partida, y parado en el muelle observaba sonriente a los dos hombres y a la mujer.

-Esto no es una despedida, queridos amigos, es un nuevo comienzo, una nueva unión entre nuestros pueblos- dijo mientras un sirviente le pasaba tres cajas de plata, cada una con un obsequio dentro, como era costumbre entre lo Altos Elfos dar a sus huéspedes. La primera caja la recibió Ancalimon.

-Señor, las puertas de mi palacio en Armenelos siempre estarán abiertas para usted y su gente- dijo el joven heredero haciendo una reverencia.

Imrahil recibió la segunda caja y agradeció sobremanera al Rey su hospitalidad y la aceptación de sus tratados, y a Glorfindel, que hasta entonces observaba serio la despedida.

-Eres grande entre los hombres, Imrahil- decía Gil-galad- y grandes decisiones tomarás en el futuro- el joven hombre reverenció a sus nobles anfitriones, pero las palabras del Rey hicieron eco en su mente hasta el día que descubrió a que se referían.

Y por último, Inziladûn se acercó al Rey y recibió su caja de plata con una reverencia. El rostro afable de Gil-galad la miraba como quien ve un ápice de esperanza en medio de un problema.

-Siempre serás bienvenida a mi casa, Inziladûn- el Rey tomó su mano- estaré esperando tu regreso.

-Gracias mi Señor- dijo repitiendo su reverencia- yo también lo estaré esperando.

Fue entonces que Gorfindel se acercó a ella e Inziladûn le sonrió. De entre las personas que había conocido en su estadía en Lindon, fue con él con quien se había encariñado más. Fueron muchas las tardes que pasaron juntos, contándose historias de sus pueblos, y recorriendo el bello puerto, y por eso la partida era un poco más dolorosa para ellos.

-Namarië, mi Señor- dijo haciendo una reverencia, pero Glorfindel la acercó hacia el y la abrazó. Sonrió cuando sintió el frágil y delicado cuerpo de ella temblar entre sus brazos y su pecho. Nadie se esperaba esa reacción del Señor de la Casa de la Flor Dorada, en especial el príncipe de Númenor quien los miraba serio y sorprendido.

-que tengan un buen viaje- dijo finalmente mirando los ojos violetas de la doncella engrandecidos.

Las velas se izaron y el navío fue empujado por la brisa matinal. Todavía en el muelle se encontraban el Rey y Glorfindel contemplando cómo la figura del barco se perdía en la distancia, siguiendo La Estrella de la Tarde, el camino directo a Númenor.

-¿A que se debe tu comportamiento, amigo?- inquirió Ereinion y Glordindel rió.

-Debo confesar que es hermosa y hace tiempo tenía ganas de hacer eso, pero la razón principal era…

-Molestar al pobre muchacho- interrumpió Gil-galad y el rubio Elda asintió divertido.


Nota de Autora: En este capitulo llamo a Inziladûn Firiel, este nombre solo hace mención a su condición de mujer mortal ya que su significado es "Ella que expira".

Gracias y hasta el próximo capitulo. )