Capitulo V
-Siempre estas tan pensativo, y muchas veces me pregunto que es lo que revuelves en tu cabeza- dijo una dulce voz desde su espalda. Imrahil se encontraba recargado en el barandal del navío mirando hacia el oeste, y no le prestó atención a la doncella- ¿Estás molesto conmigo?- se acercó para mirar su rostro.
-Dime, Inziladûn- dijo mirándola por fin- ¿sientes algo por el Señor Glorfindel?
-Aparte de una buena amistad, nada- respondió extrañada por tan insólita pregunta- y creo que aunque así fuera no tiene porque molestarte- dijo visiblemente enfadada. Imrahil volvió su mirada al mar frente a él, e Inziladûn se retiró irritada.
A los días el navío tocó puerto en Rómmena, y en la Tierra de los Dones ya era primavera, podía respirarse su olor arrastrado por el viento que venía de tierra dentro, desde los bosques que rodeaban el río Siril, que bajada desde el corazón mismo del Meneltarma. Los nobles no perdieron tiempo en la bella ciudad-puerto, y de inmediato pasaron algunos pertrechos a sus monturas para llegar lo antes posible a Armenelos, que no estaba muy alejada.
Pronto cruzaron las grandes puertas de la Ciudad Blanca de Armenelos, y pasaron en silencio las calles empedradas hasta llegar a los jardines de palacio. Se hallaban cruzando los siempre ajetreados pasillos de palacio, abriéndose paso hacia la presencia del Rey entre reverencias y bienvenidas. Llegaron por fin a la gran puerta que da a la sala del trono, y ésta fue abriéndose lentamente dejando ver una espaciosa y elegante galería, al fondo se encontraba el glorioso sitial donde se encontraba el trono del regente de Númenor, y sobre éste él mismo, de pie dando la bienvenida a su hijo, y heredero.
Ancalimon tomó la mano de Inziladûn y se acercó a la presencia de su padre. La dama miró detenidamente a Tar-Atanamir y le pareció un hombre muy viejo, su cabeza era nívea y se apoyaba trabajosamente en el cetro de Númenor, pero una estrella le brillaba en la frente. A la edad del Rey, sus antepasados ya habían cedido la corona a sus hijos, pero Tar-Atanamir se aferraba a seguir reinando, porque ceder su corona significaba que pronto dejaría su glorioso palacio para dirigirse a la Casa de los Muertos, y dejar voluntariamente la vida.
-Bienvenido, hijo mío- decía con una voz cansada- según tus cartas se ha cumplido lo que esperabas de tu viaje, así que he preparado una modesta cena para celebrar tu éxito.
-Te agradezco padre- dijo inclinando su cabeza en modo de reverencia- Te presento a Inziladûn de Eldalondë- dijo reparando a su lado.
-Es un placer, hija de Imrazôr, pero ¿no eres tú la amada de mi querido sobrino?- Imrahil no pudo evitar sonreír ante tal pregunta.
- Soy solo una buena amiga, majestad- dijo haciendo una reverencia.
El Rey asintió sonriendo, en verdad solo quería saber si había alguna relación amorosa entre ellos dos, porque estaba enterado del amor que su hijo le tenía a la bella hija de su primer consejero, pero también sabía que su sobrino estaba unido a Inziladûn por un gran afecto.
Pasaron al gran comedor de palacio. Los comensales que se encontraban alrededor de la larga mesa se pusieron de pie, cuando al abrirse la gran puerta, la figura del regente de Númenor, acompañado de su hijo y de los nobles Imrahil e Inziladûn, se dejó ver. Tomaron asiento junto a los consejeros del Rey y el banquete comenzó. Todo pasó tranquilo, Ancalimon relató sus anécdotas del viaje, e Imrahil le hacía segunda corrigiendo algunos detalles que diferían de su experiencia propia. El Rey callaba y solo escuchaba severamente las palabras de su hijo. No le agradaba completamente que su heredero restaurara la amistad con los Eldar, pero esperaba que antes de que le cediera la corona pudiera hacerlo cambiar de opinión, antes de que la temible muerte interviniera en sus planes.
La cena había terminado cuando Inziladûn y Silmarien se retiraron y salieron a una de las terrazas que lindaban con la sala. Inziladûn le describía la hermosura del puerto de Lindon, y la de sus propios habitantes, de cómo había sido presa de una mágica sensación de intemporalidad tan solo unas cuantas horas después de haber pisado sus brillantes arenas.
-No me imagino algo más hermoso que Númenor- decía la doncella de cabellos castaños recargada sobre la baranda de la terraza, sus ojos perdidos entre las luces de la basta ciudad blanca que se desplegaba desde sus pies hasta el horizonte.
-Yo tampoco me lo imaginaba, pero si existe y nos rodea, en el este con Lindon y en el oeste con Valinor. La próxima vez que viaje hacia allá te llevaré conmigo- le dijo sonriente a Silmarien.
-Ahora que mencionas el oeste, hace unos cuantos días varios marineros divisaron a lo lejos una flota de navíos cisnes acercándose a Eldalondë y Andunië, aun deben de estar muy retirados porque los divisaron desde el límite donde se nos es permitido navegar.
-¿estás segura que eran navíos cisnes¿Cómo los de los Teleri?- la doncella asintió sonriente con la cabeza, y a Inziladûn se le iluminaron los ojos.
-Me disculpan un momento damas- Inziladûn tan solo observar a Imrahil bajo el umbral de la puerta caminó hacia el barandal de la terraza dándole la espalda, y el pobre joven solo le quedó hacerle unos ojos de "ayúdame" a Silmarien.
-Con su permiso, recordé que… dejé algo en alguna parte- dijo entrando al salón.
Imrahil quedó solo con la distante figura de Inziladûn frente a él. Así con la grandiosa ciudad de fondo y en presencia de una princesa de belleza élfica, le parecía estar perdido en uno de sus innumerables sueños sobre los Días Antiguos.
-No puedes estar molesta aún- dijo acercándose a ella.
-Pues si puedo, así como tu te molestaste al pensar que cabía la posibilidad de que yo amará al Señor Glorfindel.
-Me preocupé por ti, los mortales no nos podemos unir a los Eldar, Inziladûn, como bien lo sabrá el Señor Glorfindel, pero creo que esas no son las palabras que quieres escuchar- y tomando aire pronunció- perdóname por haber pensado mal- la doncella esbozó una amplia sonrisa victoriosa.
-No estaba tan enojada, pero acepto tus disculpas.
-¡Claro que estabas tan enojada!, conociendo lo infantil que puedes llegar a ser- el rostro de Inziladûn cambió drásticamente, y cuando se disponía a marcharse echando humos, Imrahil la tomó por él brazo.
-¡suéltame!- gritó irritada tratando de safarse de su mano- ¡no quiero que me toques!
-Estas haciendo un escándalo- le decía Imrahil en voz baja.
-Entonces suéltame- dijo liberándose por fin, y después de una mirada encendida hacia el joven rubio se echó a correr escaleras a bajo, hacia el jardín principal de palacio. Al pobre Imrahil solo le quedó suspirar y echarse a correr tras la pista perfumada de Inziladûn.
Caminaba por uno de los amplios pasillos de palacio, rodeada por altos pilares de piedra blanca que culminaban en ramificaciones que conformaban las bóvedas del techo. Estaba iluminado por las grandes ventanas arqueadas que acompañaban a los pilares en toda la longitud del pasillo. Sus vestidos arrastraban el piso marmóreo y sus cabellos castaños ondeaban por la brisa primaveral que entraba por los ventanales.
-Silamriën, de casualidad ¿has visto a Inziladûn?- dijo el príncipe de Númenor quien la había intercedido en el pasillo.
-No la he visto mi Señor, en este momento la estoy buscando¿quiere que le de un mensaje de su parte?
-Solo dile que la busco, y que estaré en el despacho de su padre.
-Si majestad- dijo haciendo una reverencia. Cuando Ancalimon se hubo retirado e iba a continuar con su camino, un siseo atrajo su atención y buscando su fuente se acercó a un pilar.
-Inziladún¿Cuánto tiempo llevas ahí?- dijo sorprendida
-No mucho, desde que vi a Ancalimon pasar por aquí.
-Me preguntó por ti¿Por qué te escondes del Gran Heredero al Trono de Númenor, por quien todas las damas de la corte mueren?- dijo entre risas.
-¡No lo grites!- dijo mirando a su alrededor- quiere que merendemos juntos.
-¿En serio? Esto me huele a amor no correspondido.
-No juegues- dijo haciendo ademán de seguir caminando- esto va en serio, habla mucho con mi padre últimamente y no creo que solo le gusten sus conversaciones.
-¿y cual es el problema de que quiera cortejarte? Digo, sin contar que es apuesto, noble y próximamente dueño hasta del aire que respiramos.
-Silmarien, yo no lo amo.
-o ya hay alguien más en tu corazón y por eso no puedes amarlo- dijo insinuadora mente.
-¡calla mozuela entrometida!- gritó Inziladûn y Silmarien solo se hecho a reír.
Para entonces habían cruzado la puerta que daba al pasillo principal, y mucha gente estaba congregada ahí, pero todos mantenían una actitud solemne y ni un sonido era perceptible, sus miradas se dirigían al centro del largo pasillo, por donde caminaba una comitiva de lo más hermosa y sublime, eran Eldar del Reino Bendecido. Sus rostros eran blancos y severos, y sus cabellos de plata y oro. Inziladûn quedó anonadada ante la presencia de estos seres.
-Olvidé decirte- le susurró al oído a Inziladûn- los navíos cisnes que divisaron los marineros arrivaron al puerto la tarde de ayer.
-gracias por olvidar este pequeño detalle.
-¡Inziladûn!- la dama se sobresaltó al escuchar esa voz, el príncipe heredero la había encontrado- ven, quiero que me acompañes- dijo y la tomó de la mano. Lo último que vio Silamarien de la doncella fue su rostro que pedía a gritos ayuda.
Ancalimon la llevó a la sala del trono donde ya estaba reunido el Consejo y el Rey esperaba en su sitial. Todos estaban serios y el aire que entraba por los altos ventanales revolvía la sensación de expectativa.
-Esperame aquí en compañía de tu hermano, mi dama.
-Yo la cuidaré primo, ya no se va a escapar- dijo Imrahil. Ancalimon besó la mano de Inziladûn para después tomar su lugar al lado derecho de su padre- ¿Dónde te estabas escondiendo? Ancalimon mandó a todo palacio a que te buscara.
-lástima que su casería haya fracasado- dijo sonriendo irónicamente.
-Si hubiera fracasado no estarías sentada a mi lado.
En ese momento el vocero anunció la entrada de la comitiva y las grandes puertas se abrieron dejando ver las hermosas presencias de los Eldar. La comitiva de cómo una veintena de Elfos entró al salón y tres de ellos se adelantaron a la presencia del Rey.
-Bienvenidos sean hermanos mayores a las tierras de Númenor, la más bella morada de los Hombres y la más amada- dijo el Rey acercándose a ellos.
-Le agradecemos su hospitalidad Tar-Atanamir, Rey de Hombres- dijo una dulce y fuerte voz.
-Hemos venido lo más pronto posible después de haber recibido su misiva- dijo otra voz de semejante naturaleza que pertenecía a un Elfo coronado de perla y plata.
-Han llegado en el momento justo, viejos amigos- dijo cortésmente el regidor de Numenor- Ahora que nuestra alianza ha vuelto a nacer.
Poco más de una hora duró la reunión, donde se trataron los asuntos de comercio que es lo que más beneficiaba a ambas partes. Cuando se hubo terminado Inziladûn se iba a retirar cuando la mano poderosa de Imrahil la tomó del brazo.
-¿Ahora que?- dijo desesperada y con un dejo suplicante en su voz.
-Ancalimon te pidió que lo esperaras aquí- la doncella volvió a tomar asiento sin reprochar pero visiblemente infeliz, y a Imrahil esto le tocó el corazón, él sabía que Inziladûn no amaba a su primo y en parte comprendía lo que ella estaba pasando.
En ese momento un hombre miembro del consejo se acercó a Imrahil y comenzaron una plática amena acerca del estado y su política. Fue entonces que Inziladûn aprovechó para salir a hurtadillas del salón, y aun que al joven Dunadan esto no pasó inadvertido, no intervino.
Nota de Autora: No me gusta que los capitulos parescan como cortados justo a la mitad, pero si no lo hacía de esta forma hubiera quedado muy extenso. No se preocupen el proximo capitulo lo subiré en pocos días.
Una cosita más, dejen reviews por fis!! ustedes sabrán que tan inspirador es encontrar algún mensajito de los lectores )
Hasta pronto!!
Zinia Vanimälda
