Capitulo VI
Inziladûn salió corriendo hasta el jardín, riendo y aliviada de no tener que pasar minutos interminables con el persistente hijo del Rey.
La luna era enorme y amarilla, y la silueta de un gran árbol se recortaba a contra luz en ella. Siguió sin rumbo atravesando el jardín por un caminito empedrado hasta que llegó bajo la sombra plateada del Arbol Blanco de Númenor. Las flores de Nimloth reflejaban la luz de la luna como si ellas mismas crearan esa luminosidad. Hace tiempo que no miraba el Árbol y esta vez se presentó ante ella como un recuerdo de los Días Antiguos, preso en la bóveda del tiempo del jardín.
-Nimloth ha crecido mucho desde el día en que lo trajimos- dijo suavemente una voz desde su espalda. Inziladûn viró su cuerpo para ver de quién se trataba, y parado bajo los rayos plateados de la luna encontró al Elda que había llamado su atención en la sala del trono. Su frente estaba ceñida por una corona hecha de plata con incrustaciones de perlas y zafiros, y su largo cabello plateado caía libremente hasta más allá de sus hombros.
-Eso fue hace mucho tiempo- dijo mirando fijamente al hermoso ser, tratando de buscar en sus recuerdos su rostro.
-No fue hace nada- dijo esbozando una sonrisa, y fue cuando la doncella recordó dónde lo había visto.
-¿Qué lo ha hecho volver, Señor?- el Elda se acercó a ella.
-¿Me conoces? Por que yo no recuerdo tu rostro, perteneciente a los primeros o segundos nacidos- dijo tratando de ver en la dama un rasgo familiar que lo hiciera recordarla.
-Yo no pertenezco a la raza de los Elfos, pero Erú me ha privilegiado con una vida tres veces más larga que la de los hombres comunes, y por eso recuerdo la última vez que un navío cisne tocó puerto en Eldalondë. Yo misma recibí a lo Elfos que llegaban en él- Entonces el Elda la miró fijamente y sus ojos violetas aparecieron en uno de sus recuerdos, era aquella niña de belleza élfica atrapada en el mortal destino de los Hombres. Ahora tenía una madurez más completa, pero aun le parecía demasiado joven.
-Has cambiado, hija del crepúsculo de tu pueblo, más tus ojos siguen siendo los mismos. Aún conservas la misma inocencia de hace años.
-¿debo de tomar eso como un cumplido, Señor de Eressëa?- el Elfo mostró una sonrisa y le ofreció su mano, Inziladûn titubeo un antes de tocar la inmortalidad que había en ella, no quería llenarla de la mácula que por su condición de mortal poseía.
-Es una característica que veo en ti, Dama de Eldalondë- y diciendo esto le mostró el camino que salía de los lindes de palacio.
Las calles de Armenelos aun estaban muy transitadas a esas horas de la noche, y las antorchas bailaban con su misma sombra en los muros blancos de los edificios. Las cuadras eran sucesiones de casas, en su mayoría de mármol, y pequeños jardines con andadores, donde a través de ellos se podía llegar a la cuadra colindante. Tomaron asiento en una de las bancas que se encontraba en uno de los jardines, y se detuvieron a admirar la vida nocturna de la ciudad.
-¿Qué le parece la ciudad, Señor?
-Debo admitir que muy pocas hay de semejante belleza al este del mar.
-No le habrá causado mucha impresión la primera vez que vino a estas tierras, tomando en cuenta que usted viene de Aman, donde su belleza sobrepasa lo sublime.
- en verdad me sorprendió mucho, no sabía que los hombres fueran capaces de hacer semejante cosa, toma en cuenta que la ciudad no era tan grande y bella cuando llegué por primera vez a Númenor. Fue la primera impresión que tuve de los hombres, pues no los conocía dado que yo nunca he puesto pie en la Tierra Media.
-¡Ciriarán!- le llamó un Elda desde el otro lado de la calle, agitando su mano al aire para llamar la atención.
-¿Qué es lo que te trae por aquí, Anardil?- dijo saludando sonriente a su amigo.
-Incursionaba por la ciudad, y al parecer tu tampoco has perdido tu tiempo- dijo mirando a la tierna doncella que se encontraba sentada a espaldas de Ciriarán.
-Anardil te presento a Inziladûn, Dama de Eldalondë.
-Es un placer conocerlo, mi Señor- dijo reverenciándolo.
-El placer es mío-dijo imitando el gesto de la doncella- ¿Ya salieron a los campos frente a la puerta de la ciudad?
-No, acabamos de salir de palacio.
-deberían de ir, hay una especie de feria donde se están celebrando competiciones y torneos, además que hay abundantes puestos de comida. Y todo esto es por causa de nuestra llegada- decía el rubio y jovial Elda.
-Hace mucho que no asistía a un evento como este.
-Será porque hace mucho tiempo que no se celebraba nada en el reino.
-Imrahil ¿no te parece extraño que el Rey haya aceptado de nueva cuenta la amistad con los Elfos?- dijo Silmarien cambiando su gesto alegre por uno serio- fue Tar-Atanamir quien quebró esa alianza según tengo entendido.
-Si, es extraño- dijo con aire abstraído- pero deja esos pensamientos turbios para otro momento- y mordió la manzana acaramelada que llevaba Silmarien, intacta hasta esos momentos.
-¡Mira!- dijo señalando con el dedo hacia una fila de arqueros de Elfos y hombres- ¿No es esa Inziladûn?
-Si, es ella.
-¿Qué pensaría el príncipe si la mirara?-dijo maliciosamente
-tendría más cuidado con ella.
La dama se encontraba entre una decena de caballeros que competían al tiro con arco. Sus ojos estaban vendados, como los demás competidores, y en la cuerda de su arco se tensaban dos flechas que apuntaban a un par de manzanas que se encontraban sobre una mesa. El coro de cuerdas cantó y un clamor subió al aire. Inziladûn descubrió sus ojos violetas y vio que sus fechas no habían errado el tiro. Era la única junto con Ciriarán cuyas ambas flechas habían sido certeras.
-¡¿Cuál será el premio para los ganadores?!- dijo el Elfo alegremente.
-¡una tanda de cerveza para el caballero!- decía el organizador- y para la dama…-dudó al no saber qué dar al contendiente femenino.
-¡Una igual!- gritó Silmarien desde el público que los rodeaba.
-¡Entonces serán dos tandas para los ganadores!- los aplausos y los clamores volvieron a escucharse.
-¡Silmarien!- dijo la dama saliendo del circulo de gente junto con Ciriarán- me quitaste las palabras de la boca.
-¿y tu a que niña le has quitado ese muñeco?- dijo al oído de Inziladûn.
-¿siempre tienes que ser tan…
-¿Donde recogeremos las pintas de cerveza?- interrumpió Anardil
-Son cortesías de la taberna "El Barril Espumeante", queda a unos cuantos minutos de la plaza central- contestó Imrahil.
-Entonces hacia allá nos dirigimos.
Condujeron sus pasos a ese destino. Dentro, la taberna tenía un aire acogedor, toda su estructura estaba hecha de madera, y de las paredes colgaban pinturas y bordados sobre las victoriosas batallas de los Dunedain. Para sorpresa de los nobles mortales, parecía ser que toda la flota élfica se hubiera puesto de acuerdo para tomar un trago, tanto que Ciriarán y Anardil no pararon de saludar y hacer reverencias hasta que llegaron frente a la barra. A esas horas elevadas de la noche el local estaba abarrotado, haciendo que la temperatura aumentara.
-Parece que los Eldar gustan de la bebida, mis Señores- comentó Silmarien sin ningún pudor.
-solo de la buena- replicó Ciriarán
-Pues están en el lugar indicado, la cerveza de "El Barril Burbujeante" es la mejor en todo el reino- dijo Imrahil
-Eso lo decidiré yo- dijo Anardil tomando ávidamente el tarro que acababa de ser servido. Los demás imitaron su acción pero con un mejor disimulado entusiasmo.
Inziladûn había quedado apartada de Ciriarán por los cuerpos de Anardil y Silmarien, pero esto no impedía que de vez en cuando lanzara unas miradas fugitivas al Elda de cabellera plateada.
La noche y los tarros de cerveza pasaban y pronto el ambiente se puso más alegre de lo que había sido. Un conjunto de Elfos Teleri comenzó a entonar una alegre canción entre balbuceos y palabras arrastradas, y al poco rato una orquesta de hombres los acompañó con sus percusiones y sus arpas.
-¡Vamos a bailar!- dijo Silmarien quien se caracterizaba por ser una de las mejores bailarinas. La doncella abandonó su asiento arrastrando a regañadientes a Imrahil y Anardil no necesitó invitación para unírseles.
-¿no baila, Señor?
-solo si me obligan- sentenció, y eludiendo todo protocolo Inziladûn tomó la mano de Ciriarán y lo condujo al conglomerado de personas que se encontraban bailando en el centro de la pista.
La luz naciente del sol cercenó la oscuridad en que estaba sumido el mundo, y entró silenciosamente a través del lino perla de las cortinas. Su cuerpo estaba cubierto parcialmente por las sábanas desordenadas, la cama estaba hecha un manojo de telas, y la cabeza todavía le daba vueltas. Buscó a tientas la almohada para cubrir su rostro de los insistentes rayos del sol, pero a cambio sintió escurrirse entre sus dedos unos delicados hilos. Abrió sus ojos violetas de súbito y se encontró con el rostro de Imrahil cerca del suyo y su mano tocando su cabello.
-¡¿Qué haces aquí?!- y el joven adan se despertó por el sobresalto- ¡Imrahil contéstame!
-Estaba dormido- dijo todavía aturdido.
-No beberías de estar aquí- dijo intentando ponerse de pie fracasando y cayendo inevitablemente al piso. Imrahil se despertó por completo y ayudó a Inziladûn a volver a la cama.
-Calmate. Tal vez no lo recuerdes, pero no podías ni andar después de que salimos de la taberna y te tuve que traer cargando desde las puertas de palacio. Si no fuera por el Señor Ciriarán que te cargó el resto del camino, de la taberna a palacio, creo que yo tampoco hubiera llegado y nos hubieran encontrado tirados a medio camino.
Inziladûn pareció aliviada al esclarecérsele muchas lagunas mentales que tenía. La cabeza le dolía y una sensación de nauseas la invadía. Se tumbó de nuevo en los mullidos almohadones e Imrahil hizo lo mismo junto a ella. Los dos aún conservaban la misma ropa del día anterior acompañada de un penetrante aroma a humo y alcohol. El sueño los dominó y cayeron dormidos en cuestión de escasos minutos.
Namarië
Hasta el proximo capitulo
Zinia Vanimälda
