Capitulo VII
Cuando Inziladûn abrió de nuevo los ojos, el sol se encontraba a media tarde. Buscó a su lado el cuerpo de Imrahil pero se encontró sola en su inmensa recamara, y no pudo evitar sentir una cierta melancolía. Se percató de sus nuevos atuendos, limpios y perfúmanos, al igual que ella, tan inconsciente estaba que alguien le dio un buen baño y ni siquiera se enteró. Poco quedaba de ese día antes de que cayera la noche y no pensándola más calzó sus botines blancos como su vaporoso vestido, arregló su sedoso cabello azabache y salió de su habitación.
-¡Silmarien!- gritó a su amiga que transitaba por uno de los pasillos laterales.
-Hola Inziladûn¿Cómo te sientes?
-Descansada y con la ligera sensación de haber estado ausente el resto del día.
-Es lo mínimo, pensé que no despertarías en por lo menos dos días con el estado en que te encontrabas ayer- la joven se ruborizó avergonzada.
-No quiero ni imaginármelo, pero ¿por qué no te pasó lo mismo a ti?
-Yo si mesuré mis bebidas-dijo sonriente.
-Disculpe Señora- se acercó un sirviente de palacio- su padre me ha pedido que la guiara hasta su despacho- Inziladûn palideció¿se habrá enterado del incidente de la taberna?
-Nos vemos luego, Silmarien- se despidió y acto seguido se dejó guiar por el paje hasta el despacho de su padre.
El sirviente llamó a la puerta y tras una respuesta afirmativa la abrió para dejar pasar a la noble joven. La luz de la tarde que moría atravesaba el ventanal donde se dibujaba la elegante figura de su padre.
-Atto¿me buscabas?- dijo e Imrazôr viró su cuerpo hacia su hija.
-Si, mi niña- decía perceptiblemente feliz- hoy es un día para celebrar- dijo extendiéndole una copa a Inziladûn, ofrecimiento que por obvias razones rechazó.
-¿Qué hay de especial en este día?-dijo intrigada.
-Sé que aun eres muy joven, pero pronto llegará el día en que tengas que sentar cabeza. Vas a casarte y a formar una familia, y tanto tú como yo desearíamos que fuese una familia excepcional- esto se estaba tornando interesante- y para tener una familia excepcional sus miembros tienen que ser excepcionales.
-Papá ¿podemos dejar los rodeos?
-Esta bien, prepárate y no vayas a gritar de la emoción: esta mañana, Ancalimon Heredero al trono de Númenor, me ha pedido tu mano en matrimonio- Inziladûn sintió como si le cayera una cubeta de agua fría, pero no dijo nada. A Imrazor le pareció extraña la reacción de su hija, su rostro inexpresivo y sus ojos fijos en un punto distante- hija ¿estas bien?
Inziladûn despertó de su sorpresa y volvió sus ojos violetas a los de su padre, que se mostraban preocupados. Imrazor trató de acariciar su rostro pero ella salió corriendo de la habitación y lo último que percibió de su hija fue el sonido de sus pasos que se perdían en la lejanía del largo pasillo.
Mientras, en la terraza de la casa donde habitaban temporalmente los Eldar, dos figuras conversaban animadamente, sin prestarle atención al hermoso decline de la tarde, donde el sol lanzaba sus brazos dorados a la superficie de la tierra como si se aferrara a ella.
-Ciriarán debes hacer algo con la mujer Dunadan- el Elda de cabellos plateados no despegaba su vista de su lectura- muere por ti, si no te has dado cuenta¿me estas escuchando?
-Si te estoy escuchando Anardil, pero en verdad no creo que sobrepase la simple atracción. Los sentimientos de los Hombres son tan fugases como sus vidas- dijo dejando el libro en la mesa de a lado.
-Si Beren Erchamion te escuchase en estos momentos se estaría burlando de ti- este comentario hizo estallar a carcajadas al, hasta entonces, serio Elda- aun que te burles de lo que te digo.
-Te estas metiendo en terrenos poco transitados. Ellos estaban destinados a encontrarse y a enamorarse, cosas como esas no volverán a suceder en Ardä, a menos que el destino nos tenga otra sorpresa, pero no me figuro como parte de ella.
-Ellos tampoco se figuraban dentro de ella- mustió el preocupado Elda.
-Además, ella es mortal y yo un Inmortal, tendría que venir el mismo Manwë volando en una de sus Águilas y ordenarme que si no dejo mi vida inmortal desencadenará otra vez a Morgoth.
-Yo solo te advierto de lo que veo y presiento.
-Gracias por preocuparte- dijo irónicamente antes de proseguir con su lectura- pero no es necesario.
La noche había caído sobre su cabeza cuando todavía cruzaba con su montura los campos Estes de Númenor. La caza en los bosques de Hyarrostar había sido extenuante tanto para él como para su caballo, y después de una fructífera excursión, los dos se encontraban descansando en las solitarias caballerías. Imrahil le cepillaba las crines azabaches mientras su montura probaba las hierbas y frutas que su amo le había servido. De súbito un escuadrón de guardianes irrumpió en el agradable silencio del lugar, todos llevaban cota de malla y cascos como si fueran a librar una batalla, y preparaban sus caballos con una sorprendente rapidez.
-¿Qué es lo que sucede, Aglahad?- preguntó al capitán.
-Tenemos una búsqueda, amigo, la Dama Inziladûn ha desaparecido. No se le ha visto desde la caída del sol y por órdenes de Imrazôr y su majestad el príncipe Ancalimon la estamos buscando. No puedo demorarme más- dijo y acto seguido salió como un rayo de las caballerías seguido del escuadrón de guerreros.
Imrahil no perdió más tiempo y volvió a ensillar su montura lo más rápido que le fue posible. Cabalgó con dirección a la plaza central donde estaba reunido otro grupo de hombres. El relincho del caballo de Imrahil llamó la atención de los guerreros, quienes lo divisaron bajar por la calle desde las puertas de palacio.
-¿cómo se han organizado?- dijo Imrahil con cierto tono apresurado.
-un grupo de hombres inspeccionó la ciudad, Señor, y nos informaron que la dama no se encuentra dentro de ella- contestó uno de los hombres que según parecía estaba a cargo de esa compañía- Otros están buscándola en los alrededores, desde los muros hasta el Meneltarma, y nosotros vamos con dirección a Rómmena.
-No puede estar tan lejos- dijo incrédulo.
-ha tomado su montura, así que puede estar en cualquier lugar del reino y si no nos damos prisa nos aventajará más.
-¡Imrahil¿A dónde te dirigirás?- dijo la voz de Ciriarán desde su espalda. El Elda había llegado a tiempo para escuchar la información, y traía consigo a su gente montados en los más excelentes corceles que jamás habían pisado Númenor.
-¿A dónde se ha dirigido el príncipe Ancalimon?- dijo después de pensar un poco.
-ha llevado a su gente al nacimiento del Siril en el Meneltarma, y de ahí seguiría la rivera del río hasta Nindamo.
El joven guerrero no dio tiempo a que una palabra más fuera pronunciada, y salió a todo galope hacía las afueras de la ciudad. Ciriarán fue tras él junto con su gente. Tomaron el curso del Siril río a bajo en busca de la compañía del príncipe, y en la noche silenciosa los cascos de los caballos irrumpían los apacibles campos. No anduvieron mucho cuando divisaron al grupo de hombres dispersos.
-Anacalimon- dijo Imrahil a medida que llegaba a su altura- ¿qué noticias tienes?
-Nada, amigo- decía consternado- Gracias por venir, Señores de los Eldalië- dijo reparando en la compañía que había venido con su primo.
Ciriarán inclinó su argentina cabeza, acto seguido dio órdenes a su gente y de inmediato los jinetes se dispersaron en la llanura. Miró en la lejanía una masa oscura que se confundía con el horizonte, el río se perdía adentrándose en la sombra del bosque penumbroso que se alzaba como una frontera natural. Su atención se desvió hacía una patrulla de exploradores que regresaba desde el oeste comandada por una delicada pero templada figura femenina.
-Silmarien ¿Qué es lo que haces aquí?- dijo Imrahil sorprendido.
-No hay tiempo de reprimendas- le atajó secamente y se volvió hacia Ancalimon- Señor la Casa Blanca de Emerië esta vacía y no se encontró nada en sus alrededores.
La paciencia del príncipe llegó a su límite después de horas de búsqueda sin ningún resultado y sin ninguna noticia confortante. Apeó su caballo y se alejó frenéticamente hacia el sur, hacía la masa verde oscuro que conformaba el follaje del bosque, que se antojaba de una forma fantasmal bajo la escasa luz.
-¡Ancalimon!- le gritó vanamente Imrahil y se preparó para seguirlo cuando Ciriarán lo detuvo.
-Yo iré tras él, reagrupa a los hombres y ve acercándote al bosque, para entonces estaremos esperándote en los lindes- seguido de estas palabras susurró a su montura palabras en una bella lengua, y el caballo relinchó y se alejó como una flecha plateada sobre los campos tras el rastro del príncipe.
Miró suspicaz al bosque desde sus fronteras oscuras antes de adentrarse en él. El follaje era espeso y el suelo estaba repleto de ramas y raíces torcidas, que si no fuera por su inmortal montura otro caballo hubiera avanzado trabajosamente evitando los tropezones. Había perdido de vista a Ancalimon cuando éste se adentró sin ninguna previsión al bosque, y aún sus agraciados ojos élficos batallaban en esclarecer las formas sombrías que se le presentaban. Escuchó el rumor del cause, aun que no logró descifrar la rivera del río oculta entre los gruesos pliegues de oscuridad. Bajó de su montura y tomándolo de las riendas, guiado por su dotado oído, condujo sus pasos hacía esa dirección. Llegó por fin a la orilla del Siril, pero no había encontrado ningún rastro del eufórico príncipe ni de la dama Inziladûn. Dio agua a su caballo y se acuclilló para lavar su rostro, en ese momento sintió un frío cortante deslizarse por su garganta, casi a la altura de su oreja, de un súbito movimiento tomó la mano de su oponente con la cual empuñaba la larga espada y lo arrojó al agua. Sabía de quien se trataba, había sentido su presencia acercársele, así que no fue muy brusco a la hora de derribarlo.
-Tal vez no esté enterada pero tiene a todo el reino buscándola- dijo, recibiendo por respuesta una serie de tosidos ahogados. Ciriarán ayudó a ponerse de pie a la doncella y la encaminó hacia la orilla.
-Por mí que sigan así hasta que se resignen.
-Creo que está siendo un poco egoísta- dijo cubriendo con su capa su cuerpo empapado- pero me ayudaría a entenderla mejor si me explica por qué huye- Inziladûn calló por unos momentos no sabiendo qué respuesta dar de todas las que se formulaban en su cabeza y en su corazón.
-No quiero casarme con el príncipe de Númenor, pero me veo obligada ya que mi padre ha consentido en darle mi mano.
-Pero puede negarse, mi dama- decía con un aire paternal. La doncella sacudió su cabeza azabache.
-no puedo negarle mi mamo al futuro regente de Númenor, pongo en juego el honor de mi padre y el de mi Casa- sus ojos comenzaron a llenarse de cristales líquidos, pero su rostro era duro y conservaba un inquebrantable orgullo. El día comenzó a aclarar y donde antes la oscuridad era impenetrable, las formas comenzaron a volverse nítidas envueltas en fríos matices azules.
-¿y qué pretendía hacer¿Huiría sin más?
-Desgraciadamente no poseo el valor suficiente- sus ojos entristecieron y se tornaron hacia el suelo.
-¡Inziladûn!- volvió la mirada a la espesura del bosque y lo único que pudo sentir fueron unos brazos que la rodeaban protectora mente- ¿te encuentras bien?- la doncella asintió con una sonrisa mecánica.
-Estoy bien.
-Gracias, Señor de los Elfos, por haberla encontrado, mi deuda con usted jamás podrá ser saldada.
-Era lo menos que podía hacer por su majestad. Los esperaré en la salida del bosque, ahí estarán reunidos todos nuestros hombres- hizo una reverencia ante el príncipe y cuando iba a reverenciar a Inziladûn los primeros rayos del sol tocaron la tierra, iluminando el rostro angelical de la doncella enmarcado por unos empapados mechones azabaches, sus ojos violetas, que lo miraban de forma severa y un tanto suplicante, se cristalizaron convirtiéndolos en los más hermosos que hubiera visto en su inmortal existencia. Sintió una punzada súbita en el corazón, y desde entonces no tuvo paz en sus días.
Ancalimon e Inziladûn quedaron solos en el recién iluminado bosque. El silencio se hizo en su mundo, y la tensión creció entre el espacio que separaba sus cuerpos. El enamorado príncipe miraba entre intrigado y consternado a su doncella, no se explicaba el por qué había huido así de la ciudad, o más honestamente, no quería darse cuenta del por qué, pero la respuesta era inminente.
-Vamos, Inziladûn- habló fríamente tomando su mano - nos están esperando.
-Espere, majestad- miró con pena el rostro afligido del príncipe- después de toda la molestia que le he causado, creo que le debo una explicación y una disculpa.
-No es necesario. Yo soy el que se disculpa por haberle causado tanto sufrimiento. Informaré a su padre que la he liberado del compromiso. Es libre de nuevo, mi Señora.
Ancalimon ayudó a montar a la dama. Inziladûn se sentía avergonzada por todo el revuelto que había causado por nada, y se sentía apenada por el dolor que había causado al príncipe, pero sin cabida alguna para la duda, un gran peso había sido eliminado de su corazón, y como había dicho él mismo, se sentía libre de nuevo.
Recorrieron en silencio el camino que los llevaría fuera del bosque, y cuando las cortinas de ramas y follaje cedieron, encontraron congregados bajo el sol pálido de la mañana, a la gran mayoría de los hombres del Rey por un lado y del otro a los Eldar que estaban bajo el mando de Ciriarán. La numerosa compañía retomó el camino de vuelta a la ciudad. Inziladûn cabalgaba entre Silmariën e Imrahil, donde se sentía más protegida de la vergüenza, y aun así no era capaz de mirar a los ojos a sus amigos después de las preocupaciones que les había causado.
Ancalimon guardó en secreto el motivo de la huída de la dama, al igual que el hecho de haber pedido su mano al padre de ella, así que nada se supo al respecto, y aún que hubo varios que preguntaron nadie supo qué decirles. El secreto se custodió entre los implicados, Imrazôr, Inziladûn y Ancalimon, y entre los más allegados a ellos.
