Capitulo VIII
Se había recluido en la biblioteca de palacio por casi una semana, pasaba todo el día sumida en sus lecturas y solo salía a altas horas de la noche camino a su habitación, para que al día siguiente los hechos del día anterior se repitieran. La biblioteca se situaba en el interior de una de las torres más altas de palacio, y todos sus muros hasta el lejano techo estaban tapizados con miles de ejemplares de libros y pergaminos que databan desde los primeros escritos de los edain en la Primera Edad hasta los más actuales. También había maravillosos textos escritos por los Elfos en los días de la Gran Amistad, en su mayoría redactados en la lengua antigua.
Inziladûn ojeaba un libro grueso de páginas amarillentas, tenía indicios de que en sus primeros días la pasta había sido de un matiz verde oscuro, pero el color se había tergiversado con el paso del tiempo y ahora pocos indicios conservaba de su antiguo color, que ahora se tornaba de un tono negro con ápices verdes. Dio vuelta a la última página y concluyó su lectura. En el libro se narraban las guerras de los Eldar contra el enemigo oscuro, en las cuales los nombres de Huor, Hurín, Bregolas, entre otros grandes entre los edain, se repetían constantemente enalteciendo sus hazañas. Sus ojos violetas se iluminaron con los rayos del sol matinal que entraba por los enormes ventanales al volver su mirada al exterior. Suspiró y dejó la comodidad de la silla para tomar otro ejemplar.
La biblioteca constaba de siete niveles, y en cada uno de ellos se podía encontrar varias escaleras que servían para tomar los libros que estuvieran más elevados en el librero. Inziladûn subió a una de estas escaleras, mirando de vez en cuando hacia el suelo con cierto vértigo. Sus ojos se deslizaban por los lomos de los libros cuando dejó caer accidentalmente el tomo que llevaba en la mano. Un quejido llegó hasta las alturas en las que se encontraba y de inmediato bajó de la escalera, para encontrarse al pie de ésta con un Elda de cabeza plateada sobandose la coronilla.
-Lo siento mi Señor- dijo alarmada recogiendo el libro que estaba a los pies del Elfo- parece que últimamente daño a todo lo que me rodea, aun cuando esté encerrada entre libros.
-Y ahora la víctima he sido yo- sonrió el Elda.
-¿Se le ofrecía algo?
- Pues…solo quería conocer la biblioteca.
-Bueno aquí esta- dijo abarcando con su gesto el espacio. Ciriarán miró detenidamente toda la basta galería, desde sus elevados techos y cada muro tapizado de pergaminos.
-En realidad he sido encomendado a rescatar a una hermosa damisela que ha sido hecha prisionera por su autocompasión y pasa sus días y sus noches enclaustrada entre libros hasta casi el punto de convertirse en uno de ellos. ¿Usted la ha visto?
-Caballero, creo que su misión ha fracasado, ella se ha perdido en la noche de la vergüenza.
-Entonces tendré que llevármela a usted a tomar la merienda- Inziladûn sonrió y dudó en seguir a Ciriarán o seguir con su reclusión- no aceptaré un "no" por respuesta, hay mucha gente que la espera y la extraña, las mismas que me han pedido que la rescate- Inziladûn pensó un corto tiempo la petición pero al final de cuentas terminó por acceder.
El Elda cubrió sus ojos con una gasa blanca, aun que ella se había negado varias veces, pero la insistencia de Ciriarán fue más fuerte que la suya. La guiaba por uno de los claustros del jardín, ella lo pudo saber con solo sentir el aire rozar sus brazos desnudos y revolotear sus oscuros cabellos, y por el olor de las flores y los árboles, tan frescos como esa mañana. Sus pasos dejaron los mosaicos del claustro para adentrarse en el mullido pasto, tomando el camino que conducía bajo las sombras de los viejos árboles.
-¿Estas lista para tu sorpresa?- escuchó decir a la melódica voz del Elfo. Ella asintió y le fue quitado el vendaje de los ojos, descubriendo ante ella una agradable visión.
Se había montado un pabellón con una amplia mesa rectangular, donde sobre de ella se encontraban servidos platos de frutas con miel, panecillos de zanahoria y calabaza, aguas frescas, entre otras cosas, y todo esto se hallaba bajo la sombra de una tienda hecha con las más vaporosas telas. Inziladûn se introdujo al claro donde se representaba esa visión, y miró detenidamente sonriente y sorprendida.
-Pensamos que tendrías hambre después de una semana de encierro- dijo una voz a su lado, que cuando la miró comprobó que era la de Silmariën.
-¿tu y quien más pensaron eso?- dijo mirando curiosa mente sobre el hombro de Silmariën.
-Silmariën y las personas que siempre estarán contigo pase lo que pase- dijo Imrahil tomando su mano desde la espalda de la doncella, Inziladûn se sorprendió al ver a su "hermano", pensó que por ser tan allegado a Ancaliom también estaba molesto con ella.
-Por favor siéntense señores- dijo Anardil, acompañado por varios Elda- la merienda va a comenzar.
Imrahil le facilitó una silla a Inzildûn y se sentó junto a ella. Los demás hicieron lo mismo y la merienda dio comienzo con la entrada de las frutas acarameladas. La mesa no era muy grande así que se podía escuchar las conversaciones de todos los comensales sin ningún problema.
-¿me pasas la canasta de fresas, Silmariën?
-Aquí está, Inziladûn.
-¿Cuánto tiempo más piensan quedarse, Señores?- preguntó Imrahil.
-Aun no lo sabemos, hemos pasado tiempos agradables en Númenor y no hemos contemplado la fecha de la partida- contestó Anardil
-Me da gusto que estén bien en nuestras tierras, y que no piensen aun en partir, hay muchas cosas que podemos hacer todavía.
-Es muy confortante que la amistad entre Eldar y Edain se haya renovado, así podremos nutrirnos recíprocamente con nuestros conocimientos, y seremos de nuevo como una familia- dijo Falastur, uno perteneciente a la gente de los Teleri.
-Así cuando partamos no será una despedida definitiva, y volveremos a vernos, amigos- dijo Ciriáran- Vilverinar¿podrías pasarme el pan de zarzamora?- Inziladûn lo miró extrañada, al igual que Imrahil y Silmariën, hecho del cual el Elfo se dio cuenta.
-Aquí está, Señor- dijo titubeando.
La merienda prosiguió alegre y despreocupada hasta que el sol estaba a media tarde. La mañana había pasado rápida entre las anécdotas y alegres carcajadas de los comensales, y cuando se dio termino a la reunión, la mesa se recogió con la ayuda de todos. Desmontaron el pabellón he hicieron a un lado la mesa para dejar el claro libre.
Silmariën cubrió los ojos de Imrahil con un vendaje. Se trataba de un juego muy viejo, que todos los numenorianos conocían, constaba en que la persona que llevaba cubiertos los ojos tratará de atrapar a ciegas a los demás participantes, y quien resultara capturado tomaría el lugar de su captor.
-¿entonces solo tenemos que huir de él?- preguntó Anardil.
-Si, Señor- contestó Silmariën.
-Es demasiado fácil.
-y más cuando se tiene tanta experiencia como Inziladûn- Imrahil solo sintió un fuerte empujón y después el suelo deteniendo su caída.
El juego comenzó. Los participantes se escondían entre los árboles e Imrahil se guiaba por los sonidos que hacían al desplazarse, avanzado con cuidado y a tientas.
-Imrahil, si no le pones más acción al juego te dejaremos solo y no te avisaremos- sentenció Silmariën.
-Y si sigues hablando, me darás más pistas para encontrarte- se defendió mandando su voz hacía la dirección de donde venía la voz de Silmariën.
Inziladûn corrió y se escondió tras un gran roble de tronco muy ancho, donde fácilmente su cuerpo cabía cinco veces más.
-Ya escuché tu carrerilla, Inziladûn, sé dónde te escondes.
-Dama¿puedo hacerle compañía?- dijo Ciriáran quien también huía.
-Es bienvenido a mi escondite- dijo haciéndole un espacio. El Elda quedó silencioso por un tiempo mientras escuchaba a Imrahil, que aun estaba alejado de su escondite.
-Quisiera preguntarle por qué se sorprendió cuando le llame por ese apessë- Inziladûn lo miró seria antes de responderle.
- Ese apessë ya me lo habían dado, es mi nombre élfico, mi amilessë, pero después de la prohibición del Quenya lo dejé de usar. Y me preguntaba cómo era posible que usted lo conociera, dado que siempre me he presentado ante usted y su gente con mi nombre en Adûnaic.
-Me pregunto lo mismo- dijo con aire abstraído.
Un gritó dominó el ambiente y todos los jugadores salieron de sus escondites en dirección a su fuente. Se encontraron con una singular escena, Silmariën e Imrahil tirados en el suelo, Imrahil tomaba del tobillo de la doncella y ella trataba de safarse.
-te dije que si no dejabas de hablar te encontraría- dijo quitándose la venda.
-Pero no tenía que abalanzarse sobre ella, Señor- dijo Anardil divertido y ayudando a Silmariën a levantarse.
-¡Esta será la revancha!- dijo Silmariën con aire vengativo colocándose la venda sobre los ojos.
El campo de juego se había convertido en un campo de batalla. Silmariën había efectuado su venganza con rapidez para la mala fortuna de Imrahil, y después el rubio edain había capturado a Falastur, y los turnos siguieron hasta que a todos les tocó portar el vendaje de los ojos. El día terminó con el juego, y después de descansar recostados sobre el pasto, contemplando las estrellas, se condujeron a la puerta donde se salía del palacio para entrar a la zona residencial de Armenelos, y ahí se despidieron Eldar y Edain con gratas palabras de amistad, para después recorrer el camino hacia sus aposentos.
El aire movía grácil mente sus cabellos oscuros, su pálido rostro era iluminado por los rayos anaranjados del atardecer, y sus ojos violetas trataban vanamente de esconder su tristeza materializada en cristales líquidos. La melancolía de la decadencia del día se posaba sobre su corazón oprimiéndolo, y de vez en cuando introducía su mano al interior de las telas de su vestido para comprobar que aún latía.
-No puedo quedarme, no puedo dejar este mundo- cada palabra era un doloroso golpe para ella.
-Si tuvieras una razón suficientemente valiosa lo harías, pero mis sentimientos hacia ti no son correspondidos de la misma manera- ella miró cómo los ojos grises de él se profundizaron ante tal afirmación.
-Me da miedo morir. Ustedes nacieron aceptando este don, los inmortales no lo comprendemos. No podría dejar mi vida inmortal por nada existente bajo el sol- ella bajó su cabeza, sintió cómo el dolor se agudizó al oír las últimas palabras que él pronunció.
-No puedes escaparte del destino- dijo mirando fieramente los ojos grises de él- mi corazón me dice que te aferrarás a aquello a lo que más temes, y el sufrimiento que has provocado se te será devuelto, y tu caída vendrá de mi. Cuando reconozcas el nombre que yo le di, será demasiado tarde para escapar de él.
El rumor de las olas se llevó sus palabras, y las dos presencias quedaron inmóviles sobre el muelle, como dos estatuas de reyes olvidados. El Elda volvió su cabeza plateada hacía el navío que lo llevaría de vuelta a casa, y suspiró con una profunda pena.
-Tenn'oio Indil Nai Eru varyuva le (hasta siempre Indil, que Eru te guarde)- acarició por última vez su rostro y se alejó.
Lo último que vio de él fue su cabello plateado brillar con los últimos rayos del sol, recuerdo que guardó con amargura hasta el final de sus días.
Ciriáran despertó en medio de la noche, pero aún seguía ese recuerdo abrumándolo. Desde la reunión en el claro su mente no tenía otra ocupación además de estar repitiendo una y otra vez las escenas de ese recuerdo. Apartó las sábanas y salió a caminar por los jardines de la casa bajo los luminosos ojos de las estrellas. El sol lo descubrió sentado en las escalinatas de mármol, con la mirada abstraída, contemplando un mundo invisible en ese plano de la realidad.
-No has dormido en estos últimos días, Ciriáran- despertó para contemplar el preocupado rostro de Anardil- ¿qué es lo que te ocurre?
-Tenemos que partir en poco tiempo- dijo acrecentando la confusión de su rubio amigo- ¿recuerdas a Indil?
-¿esa joven numenoreana que estaba loca por ti?
-Si, no creía que poseyera el don de la profecía, pero lo que me dijo cuando nos despedimos en el puerto se está convirtiendo en realidad.
-Explícate por favor.
-La dama Inziladûn es su hija- Anardil quedó pasmado- y le ha dado el nombre de Vilverinar…
-El nombre por el cual la llamaste aquel día en el claro- interrumpió.
-He reconocido el nombre de la causa de mi caída.
