Título:Yao y el girasol
Prompt:Girasol marchito
Género:...cosa extraña.
Extensión:600
Advertencia: una o dos palabritas sucias.

—Conste que sólo estoy haciendo esto porque eres mi aliado, ¿entendido? —declaró de mala gana China, al mismo tiempo que le colocaba una manta encima.

Reprochándole el haber saltado del avión sin paracaídas, salió de la habitación. Rusia, quien apenas podía moverse, se quedó sentado en la cama. Hacía unas horas que había despertado del porrazo que se había facilitado. Observó su alrededor: estaba en una habitación que se le había proporcionado para descansar, adornada con grandes y majestuosas cortinas rojas con flecos dorados, algunos cuadros y un escritorio lujoso que sabía no le daría uso.

No obstante se alegraba de la presencia de éste: sobre él había un enorme —y pesado y caro a la vista también— florero, el cual tenía un girasol dentro. Iván no pudo evitar sonreír, los girasoles eran la luz de su vida, le recordaban todos sus sueños y fantasías.

—¿Sigues vivo, aru? —regresó el pelinegro con otra manta.

—¿Otra? —preguntó señalándola.

—No es para ti, es para mí —volvió a contestarle de mala gana. Cogió la silla que estaba al lado del escritorio y la acercó a la cama. Allí, se envolvió en el pedazo de tela, se sentó y refunfuñó algo sobre no poder vivir en ese frío de mierda.

Iván le regaló la misma sonrisa que le había dirigido al girasol.

—No me mires así, aru.

—¿Por qué estás tú y no mis subordinados? —rió.

—Tienen trabajo que hacer.

—¿Y tú no, China?

—Cállate, aru.

Hizo caso sumiso. Un Yao de mal humor no era el mejor para tener una conversación, ni mucho menos para molestarlo, por muy divertido que fuese.

Sabía muy bien por qué estaba así. No había sido el insensato salto del avión —¡cuánta había sido la desilusión del ruso al enterarse que la nieve lo había traicionado!—, sino que el conflicto había nacido antes.

Le había pedido al chino que se hiciese uno con él. "¡Pero si ya soy tu aliado!" le había contestado sin comprender, a lo que el rubio había explicado que no se trataba de una unión de política ni de ideología. Él ya poseía la alianza de China y Rusia. Lo que deseaba era unión personal: la de Yao e Iván.

La relación entre ambos hombres cambió. El chino lo evitaba a toda costa porque sabía que la insistencia de Iván era uno de sus rasgos más destacados. El rubio lo probaba: cada vez que se reunían para discutir un tema no personal, siempre se las arreglaba para escabullirse y acosarlo.

Y en esos instantes su presa más deseada se estaba quedando a su lado, cuidándolo, ¿qué más podía pedir?

No obstante Rusia no era idiota. Sabía lo que sus palabras eran capaces de lograr, así que no hablaría del tema hasta recuperar la movilidad y la capacidad de perseguirlo. Entonces, conforme pasaban los días necesarios para su recuperación, apenas conversaba con Yao sobre temas políticos y bélicos, nada más.

Para animarse, tenía a su preciado girasol. Podía observarlo cada vez que no cruzaba palabra con el otro.

Mas un día, la flor desapareció.

—¿Y mi girasol? —preguntó al chino una mañana después de despertar y encontrarse con el florero vacío.

—Lo boté, estaba todo marchito y horrible.

Iván no dijo nada, pero en su rostro se instaló un gesto triste, parecido a un puchero. Sin embargo no protestó. Podía conseguir todos los girasoles que quisiese cuando se recuperase, mas China, había uno solo.

Enorme fue la sorpresa que se llevó la mañana siguiente al despertar y ver un nuevo girasol. ¡Por eso amaba tanto a Yao y necesitaba hacerse uno con él!

Título:Hermosura
Prompt:Jade
Género:Fluff
Extensión:311

La belleza de Yao no tenía comparación, a Iván no le cabía ni la menor duda. Su cabello fino y negro como la noche profunda, sus ojos castaño profundo, su voz alegre y melodiosa, su andar sutil que parecía una danza cuando movía su ropa típica, su piel ligeramente distinta a la suya, lo que la hacía exótica, su tacto delicioso y confortante que siempre sabía animar su corazón, por más dañado que estuviese.

Debía admitir que también le tenía envidia. Él no se sentía especial, porque no lo era. Sus rasgos eran, ante sus ojos cuando se observaba al espejo, demasiado comunes.

—¿Pero qué dices, aru? —reprochó China una vez que le susurró al oído que también quería ser bello como él, cuando se encontraban mimándose, el pelinegro sobre sus piernas.

—La verdad.

—Claro que eres especial, aru, no digas boberías —replicó dándole un beso en la frente.

—Lo dices para hacerme sentir mejor. Pero no tienes por qué, Yao… —aceptó el beso, mirándolo con ojos cariñosos.

—No es verdad, sí tienes rasgos hermosos. A mi me gusta tu cabello, por ejemplo… es extrañamente claro y raro de ver de donde vengo, aru… —entrelazó sus dedos con la cabellera en cuestión y se quedó pensante unos segundos—. Tus ojos son color lila, eso no es común tampoco. Tienes un manejo muy peculiar de tu voz, esa es una característica atractiva también… y tus abrazos de oso son el empujoncito que a veces necesito para sentirme mejor.

Iván se quedó en su lugar, un tanto absorto. Jamás en su vida nadie le había admirado sus características. Todavía no estaba seguro si Yao se lo decía sólo para quedar bien con él o si en verdad lo veía de esa forma.

¿Pero qué importaba? En esos momentos se sentía el ser más amado y hermoso del planeta. Después de Yao, claro.

Título:Relájate
Prompt:Caída
Extensión:426

Al sentir la nieve invadir el espacio entre su espalda y su pesada vestimenta, Yao no pudo evitar chillar. Iván, el culpable de ello, rió como un crío.

—¡Déjate de estupideces, aru! —lo regañó. Lejos de intimidarse, el ruso lo tomó por las axilas, lo levantó sin problemas del suelo —ya que él era fuerte y el otro liviano— y cesar su risa le hizo dar una vuelta en el aire.

—Relájate, Yao —dijo mientras lo devolvía al suelo pero no lo soltaba, dado que había logrado marearlo—. Por fin podemos relajarnos un poco, disfrutémoslo.

El chino cerró la boca, su compañero rubio tenía la razón después de todo. Finalmente habían conseguido unos días para descansar, después de tantas reuniones, batallas, noches haciendo guardia… En esos momentos caminaban por una Moscú ligeramente nevada, lo suficiente para no deprimir al dueño de casa.

China trató de seguir el consejo de Rusia. Metió sus manos enguantadas en su abrigo, levantó la mirada al cielo y dejó que una sonrisa bien humorada se le dibujase. A pesar de estar lejos de casa, de que en ese país sus costumbres fuesen extrañas, a pesar de estar en medio de una inhumana guerra podía darse el lujo de disfrutar algo. Como le había dicho Iván antes de salir de su casa, se lo merecían.

—Más te vale que ese vodka sea realmente bueno.

—Ningún bar tiene un vodka como ese, te lo aseguro —el ruso se iluminó aún más, alegrándose por el cambio de humor del otro—. Gracias por acompañarme, Yao.

—Gracias por invitarme, aru.

Caminaron un poco en silencio, ambos disfrutando de la compañía del otro y del día que se prestaba para salir, a pesar del frío.

No obstante, Yao había olvidado temporalmente que quien tenía al lado era un peligro; por lo que no vio venir otra bola de nieve que le impactó a un costado del rostro. El chino se detuvo en seco, ceño fruncido, decidiendo si asesinar al otro país —que volvía a reír estridentemente— o no. Pero afortunadamente para él, Iván se estaba regocijando tanto en su broma, que él terminó siendo víctima de una: China lo empujó de tal manera que cayó sobre un montículo de nieve.

—¡El último en llegar al bar paga, aru! —comenzó a correr, aunque no tenía ni la más mínima idea de dónde estaba el establecimiento.

Corrieron como dos críos, olvidándose por un momento de todos sus problemas, errores, temores y desgracias. Eran sólo Rusia, China, la nieve, el Sol y muy pronto un vaso de vodka.